Alcalde

NO me lo podía creer. Me han dicho que me han hecho alcalde. Así, como suena, alcalde. Alcalde de siete casas y veinte vecinos, bastante más de cincuenta vacas, varios rebaños de ovejas, unas cuantas puntas de caballos misteriosos, porque aparecen y desaparecen por arte de birlibirloque… Un domingo, después de comer vino un vecino puroalmorro y me espetó desde lejos: <<¡Gorrichene que tan hecho alcalde, que ta tocao!>>. Me llevé una sorpresa mayúscula. Me eché a temblar. A partir de los cuarenta, cuando los errores en la vida se suman así, 1 + 1 = 11, las sorpresas suelen ser mayúsculas casi siempre y una fuente tan jacarandosa como inagotable de pejigueras.

Resulta que no quiero ser alcalde, que entre otras cosas ya se me ha hecho tarde para trotar por la senda de la gente sensata, de la gente de orden y demás, y que he formado intención de hacerme insumiso de cargos públicos. Me refiero a los cargos públicos que resultan obligatorios no por ley escrita alguna, sino por algo que es lo que más detesto: la ley de la tribu, el empujón, el por narices. Nadie me había preguntado si quería ser alcalde o algo. Tampoco saben si sirvo para el cargo. Saben que no hablo su lengua, la lengua en la que rien, riñen, discuten y filosofan, y que de sus problemas cotidianos no tengo ni repajolera idea, porque nuestras vidas son distintas a rabiar. No me voy a hacer ganadero a estas alturas. Y sólo los muy tontos “se hacen” vascos como quien se deja crecer el bigote.

Además, la mía, es una alcaldía sin maceros, sin chistera, sin secretario, sin alguacil, sin pregonero de aquel que a veces coincidía con el anterior y a veces no y que leía bandos medio incomprensibles en las esquinas (en invierno en cara sol, en verano en el lado de la sombra), y sin enterrador, porque en mi pueblo cuando toca, toca, y hay que coger el pico y la pala, y actuar como un buen cristiano.

Y por si fuera poco, para oficiar de alcalde por no tener no tengo ni gorra ni garrota ni pelliza de esa que usan en otras tierras más meridionales, sólo tengo un “barbúr” devorado, porque se rasga mucho en los espinos y las ailagas (y mucho más en las travesías nocturnas de la ciudad, sin comparación, vamos) y no vas a salir hecho un mendigo a poner orden o a echar un bando o a algo. Te pueden tomar por loco e igual te encierran antes de preguntar. Hasta he pensado irme de exiliado político a Madrid -hasta que pase el régimen este de la tribu y me depongan y armen, si lo creen conveniente, la revolución-, que no es un mal sitio para estos menesteres. O a París. O más lejos. Pero pienso si no estaría así huyendo de mi mismo, si no estaría huyendo de la trama más o menos impenetrable y confusa y chocarrera en que acaba consistiendo nuestra vida allí donde nos encontremos, y no sé yo, no sé, si no voy a tener que tragarme mis pujos ácratas y hasta mis dengues de corista, y aprender, a coscorrones siempre, qué cosa es eso del común, y arrimar el hombro, porque toca, tal vez sólo por eso. Por el momento me voy a leer a Raimundo de Sabunde entero, a ver si aprendo algo de su servidumbre voluntaria.

Artículo publicado en no sé dónde antes del año 2000.