Un manto de lenguas

2adaf61d9dSe me ocurre que no es una mala forma de comenzar una pesquisa en torno al rumor recordar el, para mí, sorprendente efecto escénico apuntado por Shakespeare al comienzo de La Segunda Parte del Rey Enrique IV cuando escribe: “Entra el RUMOR, en traje cubierto de lenguas pintadas”. Qué mejor manera de representar al rumor que un traje, o una capa, con lo que ésta tiene de ocultación y embozo, cubiertos de lenguas. Y no me resulta difícil imaginar la impresión que puede producir en el espectador ese personaje que presenta la obra cubierto con un traje o con un manto de lenguas, surgiendo de la oscuridad, a la luz de unas teas: lenguas rojas como llamas… De la misma forma que resulta difícil olvidar el monólogo de este personaje hablando de sí mismo como prólogo a una historia de rebeliones, olvidos, derrotas, juventud, poder y muerte a la que pone su sal y su tragedia sir John Falstaff. Pero no logro imaginar su rostro. O mejor dicho, sí, pero más que un rostro sería una rápida sucesión de máscaras cambiantes que el espectador sólo llegaría a entrever un instante. Esa ausencia de rostro es uno de los rasgos que caraterizan al rumor. Nadie lo propala, nadie le presta oidos. Ahora está aquí, más tarde allí, en otra parte.

Ese personaje que al desaparecer deja sobre la escena la confusión, y se complace en que los correos lleven consigo prestadas a las lenguas del Rumor, “los dulces consuelos de la mentira, peores que las verdaderas desgracias”, sabe que el rumor es más atractivo que la verdad o que la noticia cierta, pues en él, además de la mentira, cabe, claro está, lo cierto, pero también algo más sutil y más atractivo: lo posible, lo que es verosimil, especulable. Y al permitir la especulación, pone viento en la imaginación, enciende las ospechas, permite la vana esperanza de lo mejor y el temor de lo peor anticipado, el engañoso cambio del curso de los acontecimientos. Cabe preguntarse qué es lo que despierta el rumor para que lo rumoreado sea más atractivo y más creible que la verdad misma. Y probablemente la respuesta este, además de en la insatisfacción, en esas pasiones distintas y encontradas, la envidia, el odio, la codicia, los celos, -pasiones tristes en palabras de Spinoza-, que lo alientan y sirven de eco, y sin las que el rumor no sería sino el pábilo humeante de una vela apagada.

Es difícil no prestar oidos al rumor. El personaje de Shakespeare lo sabe, por eso habla de sí mismo como de una flauta en la que “soplan las sospechas, los recelos, las conjeturas, y tan sencilla de tocar, que ese monstruo sin arte, de cabezas innúmeras, la multitud eternamente discordante y bullidora, pueda hacerla resonar”.

Un elemento más del rumor, la masa, la turbamulta, un público que desea un espectáculo continuo y continuamente renovado y que le sirve gustoso de eco. Existe una relación estrecha entre el rumor y la multitud descontenta, ávida de noticias y de cambios. El rumor suele estar en el origen de esas sobrecogedoras acciones de la muchedumbre presa de un ciego impulso de brutalidad, de violencia. El rumor crea cómplices cómodos y efectivos de la injusticia y hasta del crimen, buenos encubridores. Y eso lo saben quienes lo echan a rodar, pues además del rumor espontaneo, hay otro calculado y frío. Me acuerdo ahora mismo de Fritz Lang en Furia y de algunas páginas de Elias Canetti; pero también de acontecimientos de la vida diaria que tienen al rumor como protagonista.

En la película de Fritz Lang es el rumor de la captura de uno de los autores de un secuestro el que desencadena la violencia, el ansia de venganza, de destrucción, el odio, de una pequeña ciudad norteamericana. Unos ciudadanos que desean cobrarse la justicia por su mano y no se preguntan si aquel que está encerrado en la prisión es culpable o no; necesitan un culpable, eso es todo. Dan vagamente por cierto lo que han oido, lo que corre por las calles, por los patios, en la barra del bar, no por que les mueva el instinto de justicia, sino la necesidad de sacudirse el aburrimiento, de salir de la rutina, de la vida parda de todos los días en la que nada o casi nada sucede, se la que ellos son los protagonistas y los epsectadores hastiados. Y después de que el rumor desaparece de escena, dejando tras de sí la ruina, el miedo y la vergüenza, la ley del silencio. Nadie quiere salir de ese protector anonimato que confiere el rumor. Cada cual no dice más que lo que ha oido, no otra cosa. No hay culpables.

En el filme de Lang el rumor aparece más asociado al odio, a la violencia y a la muerte, que a esa maledicencia, a esa insidia, a la envidia y los celos, exenta en apariencia de violencia, más propios del rumor en las pequeñas comunidades, en los petits noyaux, en los cotarros, en las tribus urbanas, en los pequeños mundos cerrados sobre sí mismos que controlan a sus miembros, recelan de la disidencia y no tienen otra prueba de su existencia que el espejo. En estos casos, sin embargo, la violencia del rumor es algo sordo, latente, una amenaza continua que puede o no convertirse en brutalidad, en violencia física; pero que primero se vive como intimidación, como temor inconfesado.

En algunas pequeñas comunidades, el País Vasco, sin ir más lejos, existe un rumor que se propala sin que nadie sepa de dónde viene, quién lo ha hecho correr -esa es la expresión que mejor corresponde al rumor-, imparable, que relata aquello que quien lo escucha desea en el fondo oir porque le identifica con sus convicciones arbitrarias y mesiánicas -la aparición del traidor, del vendido, del martir y también de quien pone en peligro la existencia de la comunidad-, que más tarde provoca la acusación ominosa y anónima que aparece escrita en una pared y que termina con un cuerpo tendido en el suelo, del que nadie -ese vago “la gente”- quiere saber nada, dando con ello crédito al rumor, convirtiendo a los indiferentes en cómplices y en encubridores. Ese rumor se confunde aquí con la delación que propicia el arreglo de cuentas, con una suerte de un linchamiento moral, con la perversión del crimen impune. Sería este caso de sociedades atemorizadas, dominadas por las mafias, las camorras, sociedades demasiado cerradas sobre sí mismas, fundamentadas en la exclusión y en la defensa de unas vagas esencias. En ellas, el rumor sería la mejor arma de atque y de defensa; un arma mortal.

Y junto a ese, otro más, y otro, tantos como vientos, como lenguas, el rumor ominoso de la pequeña ciudad que obligaba, por asfixia, por esos minúsculos conflictos que hacen la convivencia imposible, a algunos de sus habitantes a marcharse, primero encerrados en sus casas, luego proscritos y huidos, y sólo de regreso cuando todo había sido olvidado y aún así… todas esas historias, las hay, siempre las hay, que comienzan con el “dicen” y en las que la simple diferencia o la transgresión de unas reglas no escritas de convivencia, de unas convenciones arbitrarias, de unos prejuicios en definitiva, están en el origen del rumor que propala la calumnia. Y es que en toda pequeña comunidad, grupo social, tribu, camorra, hay quien vive del rumor, que en ello obtiene su crédito, que va de un lado a otro presuroso llevando o trayendo la última noticia -“se dice”, “me han dicho”-, y al que le prestan atención no precisamente los más cuitados, sino todo el que se pone al alcance de su lengua. Sería aquel “Delator” de Elias Canetti en Cincuenta caracteres, un profesional del rumor que no puede parar quieto, siempre apresurado de un lado a otro, de tertulia a covachuela, de la barra del bar al salón del barbero o del poncio, es lo mismo, siempre en posesión de un secreto que hace correr con la impostura cómplice de la discreción -el asunto es estar en el secreto, compartirlo-, destripa famas, arruina créditos, sabe que lo que él cuente será contado y rondará de aquí para allá hasta que llegue ánonimo a oidos de su víctima. Un daño irreparable.

Y otra cara más de ese personaje de muchos rostros: el rumor como subversión. El rumor que siembra la inquietud, la burla, que hace correr el pormenorizado relato de los abusos y atropellos reales o ficticios del poder, de sus lacras y miserias ocultas, que agrupa enemigos y sostiene resistentes, y que encontraba reflejo en los códigos penales que castigaban a quien propalara rumores falsos en tiempo de guerra o en tiempo de paz… Cosas de las dictaduras o supervivencia de sociedades más primitivas que viene a ser lo mismo. Cómo no pensar que es el rumor un arma en manos de quien puede propalar falsas noticias. Qué cosa más subersiva que esa mentira disfrazada de verdad, esa verdad a medias, esa certeza aplastante que corre de aquí para allá y socaba los grandes discursos, el mensaje del mesías de turno. Cuando las cosas vienen mal dadas todo se hace rumor.

El rumor como subversión del poder; pero también como ejercicio de este. Hay veces que las falsas noticias se hacen rumor o aquellas nutren este. El periodista en momentos de confusión, en momentos en que el espectáculo está en su apogeo, sobre todo si este es siniestro, sangriento, se hace eco de lo que escucha en la calle y de lo que le aseguran fuentes oficiales, fuentes cercanas al poder, los portavoces mismos y con ello hacerse eco de un rumor calculado cuyo objetivo es encontrar apoyos, cómplices, simpatizantes ¿No fueron meros rumores las noticias de las fosas de ejecutados en el golpe de estado rumano? ¿No conmovieron a los espectadores? ¿No convirtieron aquellos cdáveres anónimos en mártires? ¿No produjeron en este caso un movimiento de simpatía y de solidaridad y uno parejo que exigía más venganza que justicia? ¿Y las fantasías del agua envenenada y de los ejércitos subterraneos? Los medios de comunicación se hicieron entonces eco de los rumores, de las fantasías, que corrían por las calles, lo aventaron y si algún objetivo tenían aquellas noticias falsas fue cumplido con creces.

Sí, el rumor de Shakespeare, y casi el de todos los días, es el de la guerra, el de la desgracia, el de la deslealtad, el de la muerte … pero queda sin embargo, o tal vez hubiese que hablar de él en pasado y escribir quedaba, otro igualmente antiguo, el de lo extraordinario incomprobable y lo sucedido en lejanas tierras, que nutrió los libros de maravillas, animales fabulosos, plantas y piedras de propiedades extraordinarias, hizo perderse a viajeros demasiado crédulos, y alentó las historias de las noches largas.

*** No tengo la más remota idea de dónde publiqué este artículo, ni cuando.