Buscador de tesoros

EN tiempos inciertos los pequeños anuncios de los periódicos son una mina de mínimas mitologías de la época, un chirrión de afanes y locuras. Hace unos días me tropecé con uno que rezaba poco más o menos así: «Si hay alguna leyenda en su familia, llámenos, le encontramos el tesoro de su casa. Garantizado». Casas con tesoros. Ya no hay. O hay pocas. Y en cuanto a leyendas. Pocas también, pocas. Hay que ponerse a ello. Hay que tener afición.

No estoy seguro de que la de buscador de tesoros sea una profesión sólo de los malos tiempos o de los tiempos inciertos, que no pasa de ser un amable lugar común al que uno se acoge para no ir más lejos. Pero parece que muy mal deben de andar los tiempos para cuando un particular se anuncia en la prensa como buscador de tesoros (legendarios) y garantiza el resultado encima. Ahí es nada. Hay que creer mucho en uno mismo. O estar convencido de aquello que me decía hace años un chamarilero: «Todos los días sale un tonto a la calle, y yo, zas, detrás». Antes más había que sacar licencia. Te expedían o no te expedían Real Cédula. Y si encontrabas el tesoro había que pagar gabela. Claro que también es en los tiempos inciertos cuando proliferan los magos y los saludadores y los duendes y los guapetones y los camorristas y los brucolacos y los vámpiros, que alteraban la paz ciudadana, según decía el célebre aldeano crítico D. Valentín de Foronda (Cartas de Policía, Vitoria, 1802). Hay que estar muy loco para coger el teléfono, llamar al buscador y decirle: «Empiece por ahí, buen hombre», porque igual viene con una cuadrilla de mandaos y nos deja la casa echa una escombrera. A saber. Es como echarse a la aventura. Porque buscar un tesoro es ante todo una aventura.

Un anticuario de París se compró hace unos años el castillo de Echauz que esconde sigue y sigue la leyenda un tesoro, en Baigorri, solar de la familia d’Harrast –la del cineasta Harry d’Harrast d’Abbaddie, el amigo de Conchita Montes y de Edgar Neville, con quien hizo una Traviesa molinera (1934) ya invisible–, y se pasó una temporada aporreando como un poseso las paredes con un pico y poniendo cargas de dinamita en un sitio y en otro, para acabar marchándose exhausto, con el rabo entre las piernas. Y los aldeanos escuchaban desde fuera como si la casa fuera una barraca de feria gratis total o una caja mágica de los truenos, y reían maliciosos con los zambombazos. Porque lo propio del buscador de tesoros es terminar yéndose con el rabo entre las piernas, mohino, molido también, melancólico, y pensar de seguido en lo mal repartido que está el Universo Mundo. Los tesoros no se dejan así como así. Eso lo sabían bien los que conocían los ensalmos para sacarlos de las aguas profundas, del corazón del bosque, para arrebatárselos a las criaturas fabulosas, a los trasgos, a la noche.

Sostenía Mark Twain, el autor de ese libro subversivo donde los haya que es Huckleberry Finn, que es propio de muchachos sanos soñar alguna vez con echarse a la aventura e ir en busca de un tesoro. Claro que si vas, te cogen. Casi seguro. Pero es difícil que el mozo olvide el olor y el sabor de la aventura, de la búsqueda del tesoro. Ese temblor es difícil que lo olviden quienes de joven han soñado con los papeles del tiempo ido que hablaban de huacas virreinales o de las propiedades de la hierba guar-guar o mirado en el interior de la tumba de un templario (con el coadjutor del pueblo que luego llegó a “obispo rojo”) para ver si el buen caballero se había dejado algo de provecho en el camino o volado como Sain-Exupery, en la Aeropostal, o como Amalia Earhart, o recorrido bosques, ruinas, cuevas y subterráneos, en pos de riquezas fabulosas, de la fábula misma, de lo maravilloso que se nombra con palabras de todos lo días. Quienes saben de eso llevan la comezón de la búsqueda de los tesoros de por vida, a pesar de los pesares, por su causa probablemente. Más incluso cuando van para abuelos y saben que no tienen otro tesoro que la necesidad de la búsqueda, el ir en pos de la quest de la leyenda de los caballeros del Amadis, la que está siempre un poco más lejos, una jornada más allá de la última noticia. [4.11.98]

 

Artículo publicado en Blanco y Negro, Madrid, 4.11.1998