Sucre, una ciudad blanca

«Llegué, pues, a Sucre por la carretera de Potosí (…). Entre las casas se levantan pequeñas frondas de patios y huertos, y señorean el vecindario las dos torres de la Catedral», tal es el comienzo de Chuquisaca o La Plata Perulera, de ese escritor olvidado que fue don Ciro Bayo y Segurola, que vivió y recorrió buena parte de Bolivia a finales del siglo XIX. Una ciudad blanca, en la que perviven las frondas lujosas de los patios, dominada por los cerros antenados de Churuquella y Sicasica.

Hoy, llegando de Potosí, el viajero pasa por huertas y fundos de recreo, y por un cuartel de soldados en cuyas tapias una pintura naif avisa al viajero de la imprevisible furia del soldado boliviano. Y por si fuera poco, muy cerca, un diplodocus le aguarda con las patillas tendidas para darle la bienvenida e invitarle a visitar sus huellas turísticas. Para llegar hasta allí ha habido que recorrer una carretera desolada y peligrosa, y cruzarse con camiones atestados de viajeros, y algún control imprevisible de policía antinarcóticos armada hasta los dientes.

Nada en las blancas calles virreinales de Sucre hacía recordar hace unos días la batalla campal que se desarrolló en ese escenario el 27 de noviembre del año pasado y que se saldó con tres muertos. Queda sí, como queda en Cochabamba, una película documental que corre de mano en mano. Pero de un día para otro, Sucre se ha convertido en una mediática «Capital del Racismo».

«¡Viva Fernando VII!»

Y es que hace unos días, la celebración de 199 aniversario del primer grito libertador de la América hispánica -Dicen que fue: «¡Viva Fernando VII!»- terminó en unos violentas agresiones y enfrentamientos, no solo con las fuerzas del orden -carabineros y ejército-, sino entre los participantes en una manifestación anti Evo Morales de la llamada «clase media» enfrentada a los llamados «campesinos», indígenas en su mayor parte. El enfrentamiento se saldó con heridos, pero también con agravios de difícil sutura: se humilló a campesinos indígenas desvistiéndolos y haciéndoles besar el suelo y la bandera de Chuquisaca.

La indignación nacional por ese hecho vergonzoso y la acusación de que la autoría correspondía a grupos incontrolados de matones no se hicieron esperar. El fantasma de la impunidad flota sobre los acontecimientos diarios de Bolivia. Es todo un síntoma de hasta dónde ha llegado el enfrentamiento social y racial. Para los más optimistas, sin embargo, el cambio político de Bolivia es irreversible y esa pugna es parte del precio a pagar por él. Pero en Sucre, además de las agresiones impunes padecidas, los partidarios de Evo Morales han perdido las últimas elecciones a la prefectura que ha quedado en manos de una comerciante chola.

¿Por qué esos estallidos de furia en Sucre? No parece probable que sea solo por racismo, del que se acusan unos y otros. Más fácil que se trate de dos concepciones distintas de la existencia, y de un encono que viene de lejos, de agravios no olvidados por parte de unos y de otros, incluida la antropofagia.

Sucre, al margen de ser la capital oficial de la República y sede de los tribunales, es una ciudad universitaria (Don Ciro Bayo la llamó Atenas del Alto Perú) que no huele a pólvora ni, a primera vista, a encono; a chocolate en todo caso, y a botica, porque jamás he visto tantas boticas juntas (y covachuelas de abogados). Vista desde la azotea de la iglesia de la Merced es una ciudad quieta, cuadriculada, salpicada de manchas de color de las buganvillas, con los montes de los obispos a lo lejos.

Indígenas originarios, mestizos, blancos: un laberinto oscuro. En Sucre, los campesinos de los valles de los alrededores acuden a diario a vender sus productos a un mercado colosal, apretado de voces y de colores.

También fue en Sucre donde al margen de una manifestación gremial, en la que había desde «vendedores al paso» hasta curanderos uniformados, vi, bajo la campana de la «libertación», una indígena originaria charlando en un inequívoco tono familiar con dos cholitas vestidas de riguroso chador islámico: los vericuetos de una globalización que excede en mucho lo económico.

En las calles de Sucre, además de quechuas, es común ver jal´qas, una de las etnias más pobres del país, con sus pantalones por debajo de las nalgas, que habitan en comunidades de la región de Chuquisaca y cuyas mujeres se especializan en unos tejidos cuya decoración es expresión de sus mitos.

Entre tanto, las monjas navarras siguen atendiendo, desde hace más de sesenta años, los servicios de enfermería del hospital de San Bartolomé. Se habla poco de esos religiosos españoles que aparecen en los lugares más inhóspitos y recónditos de Bolivia, gente, en todo caso, que hace mucho, de manera abnegada, humilde y bienhumorada. Ya sea en las selvas del Beni o la tortuosa geografía de las minas de plata y estaño, dando el callo, nunca ajenos al atolladero nacional y a sus vendavales.

 

 

 

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