Rumias escocesas

 

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Escocia es un país muy hermoso y parece estar habitado por gente bastante peculiar o que cuando menos tiene fama de serlo. Es un país, y un reino perdido, engullido por otro más poderoso, aunque haya recuperado su parlamento propio, cuya historia huele a revueltas, rebeliones, firmes lealtades, división política, enfrentamientos, fracasos, disidencias y heterodoxias varias, tanto políticas como religiosas y filosóficas. Su paisaje está jalonado por bosques enormes de robles, hayas, alerces y majestuosas coníferas de Caledonia, castillos, ruinas, cementerios, granjas, pueblitos, destilerías de whisky, páramos y parajes agrestes que el brezo veraniego pinta de rosa (como la subida a Legate, pero a lo bestia) y la mica hace brillar.

Los escoceses tienen fama de ser gente bronca y cerrada, y en esa calidad caricaturesca han sido llevados al cine y a la literatura, cuando lo cierto es que raro será el lugar –tal vez en las Hébridas exteriores- donde no te encuentres con gente que se te acerca para ayudarte en lo que pueda, sin más, sin segundas ni terceras. A fin de cuentas eres el guiri de turno, el Otro, ese en quien lo habitual es afinar la natural xenofobia, y lo normal es que andes perdido o camino de estarlo, en ciudad y en el campo. Sueles necesitar ayuda. Resulta raro, por tanto, ese trato amable, cuando la especie que cunde es que hablar con desconocidos es una imprudencia que puede costarte la vida. Hay países donde el dinero que puedas llevar en el bolsillo hace que tu vida no valga nada, cierto, pero también la actitud de prevención más extendida hace que caigamos en la hostilidad manifiesta y en el andar a cara perro.

Robert Louis Stevenson, natural de Edimburgo y autor de La isla del tesoro, hace decir a uno de sus personajes, natural de las tierras bajas de Escocia que, en una situación difícil, se acaba de beneficiar de la hospitalidad de un extraño de las tierras altas: <<Si estos son los montaraces escoceses, me gustaría que mis paisanos fueran más montaraces>>. Los prejuicios y las ideas recibidas nos pueden, parece que nos facilitan el enraizamiento, nuestra posición en el mundo y al final son como la zarzamora, nos ahogan.

Luego resulta que, por fortuna, todavía hay <<escoceses>> de esos en tu tierra, entre tus propios paisanos, gente que cultiva un trato humano e igualitario que tal vez haya mamado o haya encontrado en el aire como quien dice, y lo ha respirado. Son un don y una riqueza inapreciables. No hay por tanto que ir tan lejos para saber de lo que todavía es el trato humano en condiciones o situaciones difíciles o delicadas. Puede ser cuestión de suerte y puede no serlo. No siempre somos bien recibidos en todas partes y el color de nuestra piel, nuestros papeles de identidad, nuestro origen y hasta nuestras ideas pueden ser el motivo de recibir alguna mala pasada. Basta que las tornas cambien, basta tropezarse con el bruto que esté de guardia.

ESCOCIA 2008 121  En el aeropuerto de Barajas asistí hace nada a una escena indignante. Una pareja se disponía a pasar el control de acceso a embarques. Él era blanco y fue tratado por la matona (porque de matones a sueldo se trata y como tales se comportan), de usted y de caballero; ella era negra y de inmediato padeció un tuteo agresivo, sin contemplaciones, propio de quien tiene muy claras las diferencias de rango social y vital, propias de un país de amos y de siervos; un tuteo desabrido muy expresivo de qué era lo que bullía en la sesera de quien se sentía perteneciente a una raza superior, aunque por la traza se le notara apenas. Estaba claro que la mujer, de haber sido blanca, habría sido tratada de otra manera y eso AENA no puede ignorarlo. Algo instintivo supongo, pero en las relaciones sociales el haber dejado el instinto, individual y tribal, a un lado es una conquista social que ha costado siglos. Es una cuestión política. No se puede tirar la toalla y pensar que es cuestión de irse acostumbrando y de admitir que eso forma parte de las signos de tu época y que nada ganas ya con indignarte, porque es irremediable. No hay anda de lo que concierna a la xenofobia, el racismo y los derechos humanos que sea ni irremediable ni irrenunciable.

Acercarse a la administración y recibir, por el hecho de ser extranjero, un trato desapacible es un riesgo que corren los inmigrantes y quienes se encuentran en país extraño. Puede resultar desagradable y hasta un atropello, pero puede resultar temible acercarse en calidad de extranjero a un centro médico y no ser atendido o ser mal atendido por ello. A mí no me ha pasado. Al revés. Todavía estoy asombrado por la calidad humana de los médicos, no todos escoceses (hubo un irlandés de por medio), que me trataron de urgencia en Pitlocry y en Aviemore, al pie de los montes Cairngorms, y siento una gratitud que no sé cómo expresar. Daba vergüenza ser atendido en un hospital o en un centro de salud –como el de Aviemore, cosa que habrán tenido oportunidad de comprobar esquiadores y alpinistas-, con humanidad, mimo y gratuidad, cuando aquellos mismos médicos o sus próximos habían visto cicateada la atención médica en sus viajes a España a extremos de auténtico delito (con el Código Penal en la mano), asunto este que, por cierto, sale una vez y otra en las noticias, sobre todo en Cataluña. Me temo que estemos a punto de perder parte de una riqueza, no sé si del todo <<natural>>, que teníamos y que la sociedad neoliberal del bienestar que ahora hace agua por todas partes se haya llevado por delante parte de ese capital del que disfrutábamos hasta hace nada. Primero la atención, luego los papeles. Sí, ya sé, que es una cuestión administrativa llena de imponderables, pero antes es una cuestión de intención política, de sistema, una creación voluntaria, algo que depende de programas políticos prioritarios que contemplen las más amplias coberturas, prevenciones y calidades médicas y sanitarias, con algo más que con palabras grandilocuentes y vacías. El bienestar de nuestra sociedad se mide por algo más que por nuestra capacidad de consumo.

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, “Y tiro porque me toca”,  10-VIII-2008.

 

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La estampida del oro

stevensontwain En 1879, el escritor Robert Louis Stevenson, el autor de La isla del tesoro, hizo un viaje en tren entre Nueva York y San Francisco, del que escribió una serie de reportajes con auténtica enjundia. No era para menos. El tren de Stevenson era uno de aquellos trenes que cruzaban, de costa a costa, los incipientes Estados Unidos y hacían ya innecesario el viaje de los buscadores de oro a través del Cabo de Hornos o del istmo de Panamá, por la ruta que, en otros siglos, habían seguido piratas como Morgan, Bartholomew Sharp o el fantástico William Dampier.

Un tren, aquel en el que viajó Robert Louis Stevenson, abarrotado de gentes que esperaban hacerse de oro no bien desembarcaran en la costa del Pacífico y pudieran perderse hacía Río Sacramento, el American River, Stockton o el condado de las Calaveras. Un tren que se cruzaba con otros, igualmente abarrotados, que regresaban y cuyos viajeros les gritaban: <<¡Regresad!>>. No había oro para todos, pero eso no quitaba para que aquella fuera una de las grandes epopeyas de la <<especie humana>> (Robert Antelme) en el siglo XIX. Allí, en aquella loca carrera había hombres y mujeres de todas clases, credos, profesiones, nacionalidades, lenguas, razas, subrazas, tribus y un único objetivo: el oro, o cuando menos el bienestar que los sistemas sociales, las guerras o las hambrunas les negaban.

Por la misma época, otro escritor, Ambrose Bierce, también grande, pero norteamericano este, dejó dicho en su Diccionario del diablo que un inmigrante era una <<persona desinformada que cree que un país es mejor que otro>>. Como humorada sarcástica no es mala, pero lo cierto es que unos países tienen bienes que otros no tienen: sanidad, educación, vivienda más o menos digna, trabajo, alimentos, ocio y hasta libertades y derechos elementales, que hasta pueden asegurar un mínimo de dignidad.

Pero lo importante de esos artículos de Stevenson, que era más un tránsfuga que un inmigrante, es que fue testigo de los modos y maneras padecidos, dentro del mismo tren, por los chinos que viajaban en un vagón aparte, por los indios de la praderas y por lo habitantes de la región de antes de que en 1848 se descubriera oro en la serrería del <<coronel>> Sutter y comenzara la estampida.

Stevenson se rebela indignado contra el trato injusto, injurioso, racista, que padecían los inmigrantes de otras razas, allí donde se estaba organizando un imperio blanco, yanqui por supuesto. No habla de los hispanos, pero su testimonio no es el único, e hispanos había, a miles, y rusos, franceses, italianos, suizos, vascos, nórdicos, galeses, escoceses, irlandeses… Es, como digo, una epopeya asombrosa, en algunos de cuyos empeños <<trabajaron piratas chinos al lado de rufianes de la frontera y pillos evadidos de Europa, entendiéndose unos a otros por medio de un dialecto extraño que se componía en su mayor parte de juramentos, jugando, bebiendo, peleando y asesinándose unos a otros como lobos>>.

Stevenson se da cuenta de que ningún país se somete de buen grado a la inmigración, como tampoco quieren someterse a la invasión, ambas son <<una guerra a sangre y fuego, y la resistencia a cualquiera de las dos no es otra cosa que legítima defensa>>. Claro que. aquel vibrante abogado de la dignidad y de las libertades que a ella coadyuban, se lamenta de que la tradición libre e igualitaria de la república, se ve pisoteada precisamente por quienes en ella se abanderan de forma campanuda e hipócrita. El creer en ciudadanos de primera, de segunda y de tercera es un asunto viejo, que hunde sus raíces en un mundo de amos y de siervos, de razas superiores y de razas inferiores, de sangres limpias y de sangres sucias.

En la California de la época cundía un racismo brutal del que eran víctimas los indios norteamericanos, los chinos y los hispanos, vulgarmente llamados <<mexicanos>> o greasers, para no meterse en honduras de si en realidad eran <<peruvianos>> o chilenos, de los que había miles, ya que Chile era el granero de la región: exportaba trigo y los barcos regresaban con lastre de pino Oregón del que tiraban para la construcción y para las más hermosas carpinterías interiores del viejo Valparaíso.

Corrían tiempos de xenofobia y de racismo, impunes, sin testigos de cargo. Los inmigrantes concitaron de inmediato el tradicional e inveterado odio xenófobo y racista de los yanquis anglosajones, que se materializó en un sin número de asesinatos, robos, atrocidades impunes padecidas por los hispanos cuya historia a quedado tan a tras mano que parece inexistente. Cuando un pueblo no tiene pasado remoto, mucho menos lo tiene reciente. Los pasados fundacionales suelen estar limpios. Eso no impidió ni la estampida ni la creación de una sociedad nueva.

No es difícil acordarse de ese lejano tren de Robert Louis Stevenson ni de esa estampida profundamente transformadora del escenario que la recibe, con las brutales tensiones y malestares sociales que provoca, cuando se ven las colas de la sopa madrileña, los dormitorios del vagabundeo urbano, las ciudades siempre invisibles del extrarradio; los autobuses que salen nocturnos de las cercanías del mercado Oborn, en Bucarest, en dirección a ese oeste de la Europa del bienestar; la llegada incesante de pateras con su carga de vivos y de muertos anónimos que desaparecen en las trastiendas de los cementerios o en los centros de acogida; el desembarco del pasaje de los aviones que llegan de la América andina en una especie de búsqueda de El Dorado a contrapelo; el pase silencioso, continuo, como de reloj de arena inacabable, por las antiguas fronteras de gentes que vienen de remotas regiones de China o de esa Rusia sin otros zares que la inmensidad del territorio, en busca de un poco de ese oro que aquí parece sobrar o de empezar de nuevo o de empezar a secas, y a quienes tarde o temprano las viejas leyes, las costumbres de un tiempo que se aleja por la brava nos resultarán a todos insuficientes. Hace años que los nuevos tiempos estaban aquí. Llegaron los bárbaros, traen especias nuevas, alfabetos, lenguas, dioses domésticos, instrumentos musicales, leyes, mitos, cuentos y una violencia, sí, que invita cuando menos a reflexionar en la propia, como los irlandeses que en aquel tren lejano brutalizaban al indio cheroqui que cogían por banda, igual.

Rumbo sur

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EN 1888, R. L. Stevenson sale de San Francisco en compañía de su familia a bordo de la goleta Casco. El viaje durará dos años, hasta la compra de la finca de Vailima, y a la Casco le seguirán la Equator y la Janet Nicoll. A bordo de esas goletas seguirá escribiendo febrilmente su obra al tiempo que recorre las islas Marquesas, las Pomotú, Sociedad, Hawai, Marshall, Gilbert, Samoa, Nueva Caledonia, visita Sidney incluso, y escribe este prolijo memorial de su viaje, algo más que un mero diario de navegación y algo, poco menos, que un relato novelesco de las cosas vistas y vividas. Stevenson da cuenta de su encuentro con ese paraíso terrestre más frágil en la práctica de lo que se supone, da cuenta de su encuentro con las tierras -algunas de ellas peligrosas como el archipiélago de las Pomotú- de las que ya no regresaría, acariciaría sí, como todos los viajeros que hasta allí llegan, la idea de volver -se lo cuenta a Marcel Schowb en alguna carta-, pero ese regreso no sería sino una fantasía. Viajar para no regresar: es otra de las caras del viaje.

El Stevenson que escribe estos viajes a los Mares del Sur es un viajero que tiene, aparentemente, todo el tiempo por delante, es un viajero a la antigua, que viaja con toda su familia, poco menos que con la casa a cuestas, y que se detiene en los lugares que visita lo suficiente como para contagiarse de su vida cotidiana y participar activamente en ella, como para hacer suyo sus ritmos de vida y compartir una cierta intimidad que le permite escribir un libro de memorias, tejido a todas luces sobre el diario de navegación, plagado de datos y de testimonios.

Sus anotaciones son apasionadas, coloristas, los detalles abundan, Stevenson actúa -tal y como señala Horacio Vázquez-Rial en su estupendo prólogo- a modo de un antropólogo algo más que aficionado que se interesa por la trama social de las sociedades a las que se abre, por sus condiciones de vida, que compara unas con otras y desde las primeras páginas se propone escribir una de esas historias que son ante todo literatura ambiciosa.

Costumbres, climatología, gentes, objetos, cultivos, ritos, habitats, todo merece la atención de un Stevenson que vive intensamente lo que describe, tal vez porque le va la vida en ello, que no pasa y se va, porque ya no había otro sitio a dónde ir que aquellos mares del sur, aunque él tal vez no lo supiera, que describe y descubre el entorno en el que va a hacer su vida en ese último tranco tan febril como siempre, tan lleno de entusiasmo que será la marca, la mejor marca, de la casa. El Stevenson que se dirige a los Mares del Sur es un hombre enfermo que pretende de ese modo recuperar si no la salud si algo del tono vital que le faltaba y al que vemos deslumbrado con la belleza, dolido con el dolor evidente del prójimo, vivo en la vida, vivo en las palabras con las que teje el fresco del paraíso.

Los sermones del abogado de la juventud

rls-image2SUENA paradójico que quien fuera un trotamundos, un viajero a la fuerza -huyendo como el personaje de Las Mil y una Noches de la pálida visitante para caer, lejos, en sus brazos-, dedicara un ensayo a la casa ideal, al paraíso del soñador sedentario (pero con alma de vagamundos), al escenario idoneo de la vida cotidiana de quien puede perderla y por lo mismo ganarla, en el sueño, en la fantasía. No una casa cualquiera por tanto, no un delirio utópico emparentado con la Ciudad Jardín y similares, sino la casa para un soñador que se precie. Cuando Stevenson redacta este ensayo, 1884, viene de los Alpes y de la Costa Azul -Davos e Hyeres-, y se acaba de instalar en Bournemouth, en la costa sur de Inglaterra, en una casa, confortablemente amueblada, con vistas al mar, rodeada de pinos, cesped y rododendros. Sus días de andar errante parecían haber terminado. Quienes le visitan en esa época en Skerryvore, su nueva casa, que tenía nombre de faro, le ven lleno de entusiasmo. El mismo, refiriéndose a esa casa dice que se sentía como un mendigo irlandés en la corte del rey. Es la época del Extraño caso del Dcotor Jeckyll y Mr. Hide y enseguida de esa otra novela inolvidable Secuestrado!. Es la época de la escritura febril encogido en su cama, envuelto en una nube de humo.

            La casa ideal no es un ensayo de arquitectura al uso, es una construcción fantástica producto de su capacidad de ensoñación, de su capacidad de proyectarse en los papeles. Es un texto que rebosa entusiasmo por el entorno hecho escenario del gozo, por la propia vida. Habla Stevenson de la casa -en un tono que recuerda al de Thomas de Quincey cuando describe la habitación ideal del hombre de letras en las primeras páginas de Las confesiones de un comedor de opio-, pero el lector está escuchando su eco en un libro muy posterior al que la lectura le remite casi por fuerza: La poética del espacio, de Gaston Bachelard. Stevenson interpreta ese espacio ideal donde la vida transcurre entre el gozo de la escritura y las ensoñaciones del paseante más o menos solitario, fruto de los cuales son otros dos opúsculos de interés menor: <<Sobre cómo disfrutar en los lugares desagradables>> y <<Caminos>>.

Lo curioso es que la vida de Stevenson se iba a acomodar muy poco a esa casa ideal. Cuatro años después de escribir este opúsculo que organizaba una vida de escritor más que una casa incluso, y tras la muerte de su padre gracias al que pudieron mantener el cottage de Skerrymore, Stevenson se embarcaría en un viaje sin regreso que le llevaría a los mares del Sur, a bordo del Casco. Cuando se construya una casa, entre 1890 y 1891, la de Vaïlima, será bien distinta a como él la había pergeñado, acogerá una vida forzada por la última vuelta de tuerca.

Juanto a La casa ideal, en esta gavilla de opúsculos, reunidos por capricho editorial y sin otro norte que ese, el magnífico Sermón de Navidad -estaba en una edición de Austral y en edición no venal traducido por Santiago Rodríguez Santerbás, autor, entre otros títulos, de una memorable Vuelta al mundo en ochenta mundos-. El Sermón de Navidad es un texto excelente para explorar ese lado casi desconocido del pensamiento de Stevenson, de sus ideas éticas, morales, que es contagioso en su entusiasmo, en su alegría, en la voluntad de ser mejor, algo mejor, sin exagerar, sin zurriagazos, sin alardes. Frente a los torpes ajustes de cuentas de fin de año, frente a la cicatería, la adustez, los humazos del puritanismo, aconseja Stevenson felicitarnos por no haber sido peores, con ese humor que nos pone en marcha.

Un sermón de circunstancias que trata de “ese arte precario de vivir correctamente”, en el que aquel advocatus juventus abogaba con firmeza por la alegría, por el hacer algo más feliz al prójimo contagiándolo del propio gozo de la existencia, por no abrumarlo con nuestras nubes y borrascas, por el dar batalla por lo que creemos justo, por la generosidad desde la más estricta individualidad, por la benevolencia de quien se sabe débil, por el estar contento con uno mismo ya que “un hombre insatisfecho con su comportamiento es un hombre propenso a la tristeza”… Por todo lo que queda fácil, estupendo, en el papel y luego, al otro lado, se revela como una de esas árduas tareas en las que merece perder la vida, para ganarla.

Robert Louis Stevenson, La casa ideal y otros textos, Prólogos, traducciones y notas de Santiago R. Santerbás, María Condor y Antonio Iriarte Jurado, Ed. Hiperión, Madrid, 1998, 124 páginas.