Pierre Mac Orlan, el perfecto aventurero.

 

macorlan1Pierre Mac Orlan guardó celosamente durante toda su vida varios secretos: de dónde sacó Pierre Dumarchey (nacido en Peronne, departamento del Somme, en 1882, y muerto en la comuna de Saint-Cyr-sur-Morin, en Seine-et-Marne, en 1970) su nombre de guerra, Mac Orlan; qué episodios concretos ocultaban aquellas cifras «10.7.2.» que llevaba, como dados trucados, a todas partes y escribía en donde podía; y qué pasó en realidad para que dijera aquello de que no sabía donde empezaba la vida y acababa la muerte, y hablara de esas horas turbias del amanecer en las que el bien y el mal se confunden y de la absolución que lleva consigo la escritura.

Es posible que esas cifras, esas palabras enigmáticas escondieran secretos tenebrosos, vergüenzas aún dolorosas al cabo de los años. Es posible que tuvieran que ver con ese otro lado del espejo del que mucho se habla y muy pocos en realidad han visitado y que supiera que para el dolor de fondo no hay literatura que valga.

Unos enigmas que alentarían una vida y una obra extensa y lo bastante peculiar como para concitar el respeto de unos y la inquina de otros. Nadie ha logrado desvelar esos secretos, aunque sí es cierto que la obra de Mac Orlan está impregnada de episodios de su propia vida. Baste saberlo, pero hay que contar con que en los límites de lo confesado, lo confesado a medias, está lo inventado: empezando por su propia familia. Un librero de viejo y su albacea y confidente de sus últimos días asistieron a la quema de cantidad de cartas –de Apollinaire a Colette, pasando por Dorgelés o Paul Morand-, para que nadie pudiera reconstruir lo que fuera cuando él no estuviera para inventar a su conveniencia el contenido de las lagunas.

«Es necesario haber cometido muchas estupideces, probablemente irreparables, para sentir la necesidad de escribir un libro considerado como la pura confesión pública», dirá en uno de sus libros más enigmáticos, Père Barbançon (1946). Escribirá en repetidas ocasiones sobre esos libros de confesiones cuyo objetivo no suele ser otro que ponerse en escena de la mejor manera posible. Trampa pura. Prefería, con mucho, la pura invención aunque esta estuviera tejida en el dechado de lo vivido y bien vivido, a su pesar. Inventar era en cierta manera una liberación, aunque él estuviera atrapado en su propio e identificable mundo.

m_167636946_0A Juliette Greco, que cantaría con mucho éxito alguna de sus canciones, le habría confesado, ya octogenario, que de joven había sufrido demasiado. Una juventud que pasa por puertos como Rouen, Le Havre, pero sobre todo por Montmartre, por las canciones callejeras de Aristide Bruant, por el mítico Lapin À Gill, antes de que se convirtiera en el Lapin Agile, y por una bohemia más bien agria, peligrosa, a pesar de cruzarse con algunos de los que llegarían a ser sus amigos: Apollinaire, Max Jacob –que fue quien llamó Quai des brumes al cabaret-, André Salmon… casado con una de las  “hijas” de Fredé, el del Lapin Agile, Marguerite, que sería pintad por Picasso en un cuadro titulado La femme à corbeau. Hay más nombres de desconocidos y de perdedores en la vida de Mac Orlan que de famosos. Y muchos más de macarras, delincuentes, prostitutas –les filles- y de gente habituada «desde su más tierna infancia a considerar la deshonestidad como la expresión más directa de un espíritu de calidad» (El canto de la tripulación). No me extraña que El extraño caso del doctor Jeckyll y mister Hyde fuera uno de los libros de R.L.Stevenson más citados.

De esa época de bohemia parisina queda un precioso libro de recuerdos de la Butte Montmartre, Rue Saint Vincent, título por cierto de una canción delicada y bella de Aristide Bruant que cantaría Germaine Montero junto a las del propio Mac Orlan.

Mac Orlan dio comenzó su carrera artística como dibujante. De esa etapa quedan algunas viñetas –como la de los marinos que adornan La nuit de Zeebrugge-, muchas caricaturas y dibujos, y su amistad con dibujantes y pintores de la talla de Gus Bofa, de Chas Laborde, de Derain, de Georges Grosz, que ilustra su Port d’eaux mortes, de Pascin… Además de una dedicación constante a los libros de arte o de bibliófilo que le dieron lo suyo.

Y a propósito de bibliofilia, hay un Mac Orlan secreto autor de libros eróticos, osados los llaman, o, hablando en plata, descaradamente pornográficos que duermen en el infierno de la biblioteca nacional francesa bajo nombres de autor pintorescos de veras: Pierre de Bourdel, Pierre de Jusange, Sadinet. Al final de su vida Mac Orlan no quería oír hablar de aquellos pecadillos literarios de juventud, porque encima estuvieron a punto de costarle el nombramiento de comendador de la Legión de Honor. Eran para comer. Sólo eso. La miseria era un fantasma que le acosó durante toda su vida.

En su casa de Saint-Cyr-sur-Morin colgaba un cuadro que  representaba la popa de un galeón y unos marineros bogando en la oscuridad y debajo la canción del encantamiento:

Quince hombres van en el cofre del muerto,

            ¡ja, ja, ja, y una botella de ron!

Pero los años de bohemia parisina, de busca y oficios diversos, de aspiraciones difusas, terminan de mala manera, adscrito al 269º de infantería, hasta que es herido el 14 de septiembre de 1916, muy cerca de su lugar de nacimiento y licenciado. De esos años de trincheras, barro, ratas, desolación, bosques fantasmas, marchas y contramarchas compartidas con los batallonarios de África, los joyeux, un horror que le llevaría a escribir una especie de escalofriante elogio de la bayoneta, saldrían algunos de sus memorables personajes condenados a la errancia de la incierta posguerra. La guerra, aquella Primera Guerra Mundial, la última guerra de la infantería, sería un motivo recurrente en la obra de Mac Orlan, como lo sería la Legión extranjera, en la que estuvo enrolado su hermano Jean, el aventurero de la familia, el sargento que terminó de la mala manera. La guerra y la vida peligrosa le atraerán en la misma medida que la exorcizará escribiendo sobre ella, ya fuera la por él vivida a la fuerza o por los soldados de fortuna e infortunio del siglo XVIII, los de la guerra de los Siete Años, como en Picardie, roman des aventures du sergent Saint-Pierre et de babet Molina (1943).

En 1920, Pierre Mac Orlan dio a la imprenta un libro –en las míticas ediciones de La Sirena fundadas por Blaise Cendrars, el barloventeador, con dibujo de Rouault- titulado Pequeño manual del perfecto aventurero. Es una joya literaria que lo retrata y que habla del sentido de casi toda su obra o al menos de buena parte de ella.

DT4183Aventurero inmóvil, por supuesto, pasivo, el perfecto aventurero. No hay otro, según él. Los viajes son inmóviles, imaginarios, de lo contrario son reales y turbios, oscuros, como lo suyos de su juventud a través de Europa y hay que buscar refugio en la vida sedentaria y viajar a través de sueños y memorias ajenas.

Mac Orlan se muestra humorísticamente desencantado de esa aventura que para él puede acabar al cabo de una cuerda, como temió acabar su querido François Villon, o en el potro espantoso de la guillotina.

La aventura es una cuestión de paga y sólo eso, sostendrá, o en todo caso la materia de una historia vaga que se cuenta alrededor del puchero familiar, tejida a base de fuerza y suerte y de recuerdos amañados. La aventura, el leitmotiv de casi toda su obra, ya fuera lejos, ya consistiera en el mero sobrevivir en un medio hostil, ya estuviera agazapada en las calles mal iluminadas de las grandes ciudades, como Berlín, Hamburgo, Barcelona. Londres <<está en el hombre que la lleva en sí, como una pequeña luz que puede iluminar el desorden inaudito en el que cada cual se esfuerza en esconder su dinero>> (prefacio a Le décor sentimental (1939)) o todavía peor, en Port d’eaux mortes (1927), donde dice algo todavía más desgarrado, más desencantado: el objetivo de la aventura no es otro que «comer confortablemente en cada comida y conocer el reposo entre los hombres, como todos los hombres dotados para la obediencia a las leyes de la mayoría».

No es un revolucionario ni un aventurero novelesco el que habla, no es un cantor convencional de la aventura, es un hombre al que, como le sucede a alguno de sus personajes, el miedo empujó a la poesía, a otra poesía, no al canto insensato del riesgo. Eso le diferencia a Mac Orlan de otros escritores de la vida aventurera. En la obra de Mac Orlan late la mala suerte y el miedo. La pobreza, el destino inevitable y fatal, la tara, empañan el aliento del famoso viento del largo, lo que es meramente literario, novelesco, esteticista. Mac Orlan era un conservador, alguien celoso del éxito social, el prestigio, el respeto, y que defendía un muy conservador apoliticismo que le permitió pasar sin ser incordiado por la época de la ocupación alemana y, a la vez, no ser inquietado por los inquisidores de La Liberación.

«Un hombre de calidad, cuando ama la aventura, no habla nunca de lo que ha visto.

Un aventurero pasivo de buen gusto guarda en su interior lo que ha visto, por pudor».

Raymond Queneau que desde que lo descubrió siendo un muchacho, le admiró de manera incondicional, escribió aquello tan hermoso de que Pierre Mac Orlan en lugar de alistarse en la Legión se había alistado en la literatura. Si salvarse era la tarea, él lo hizo en la escritura, en la invención, en el cultivo de una sentimentalidad tan tierna como inquietante.

firma Mc Orlan

Mac Orlan es un escritor a descubrir, aunque no esté en modo alguno olvidado. Su obra ha regresado a uno de esos márgenes de los que salió cuando el fantastique social, ese nuevo y perecedero romanticismo surgido de la Primera Guerra Mundial dejó paso al horror de un siglo que Albert Camus calificaría del miedo. El tiempo no está para florituras esteticistas, pero no hay que buscar mucho para poder encontrar a los desheredados que pueblan sus páginas, para ver que en las páginas de sucesos la demencia acecha como entonces, sino redoblada.

Los mismos caraduras de la cultureta nacional española que hace unos años, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, lo tildaban de «escritor de tercera fila», encuentran hoy que es de buen tono mostrar interés hacia su obra y, encima, hacerse los entendidos. No es que sean el doctor Jeckyll y mister Hyde, sino que son Tartufo, el irredento, el que sale a escena en busca del beneficio, del pesebrón, siempre, pague quien pague, eso da igual. Los caballeros de industria de Pierre Mac Orlan se comportaban con más gallardía.

port d'eaux mortesLos escenarios preferidos de Pierre Mac Orlan, fueron los barrios portuarios, los lugares malfamados, los llamados «barrios calientes», los bares de marineros, los cabarets animados por jazz-bands o por acordeonistas, ese piano de los pobres que él mismo tocaba, los hoteles de paso, las ferias, las estaciones de tren, los barrios populares, los mercados…

Sus personajes no son menos abigarrados: las putas, los legionarios, los soldados de fortuna, los caballeros de industria, los guapetones, los desertores, los joyeux (batallonarios de Africa), los ex-convictos, los hamponcillos, los vagabundos, los aprendices de pintor aquejados de irremediable mala suerte, los poetas sin suerte, los idiotas de la familia y los sin familia, los parados… toda una fauna social que el tiempo se encargaría de ir difuminando y metamorfoseando en su desdicha de fondo en forma de fauna innombrable, sin historia ni memoria.

Es en El muelle de las brumas donde de uno de los personajes se dice que tenía «niebla en la cabeza». Y es que si hay un rasgo que iguale a los personajes de Mac Orlan es ese tener «niebla en la cabeza», ese estado dubitativo del alma, que difuminan de manera peligrosa las fronteras del bien y del mal, que inducen a las ideas embrionarias y a las estupideces mortales.

257315393Escenario y personajes, tan inolvidables como el legionario Pierre Gilieth de La Bandera o el Jean Rabe de Quai des Brumes, como Mademoiselle Bambú, aquella reina fugaz del Paralelo, como los hermanos Gohelle, pintor uno, escritor el otro, que en su casita de Santenay resultan tan familiares, de La cavaliére Elsa (1921), La Vénus international (1923), Marguerite de la nuit (1924), Les pirates de l’avenue du Rhum (1924), Simone de Montartre (1924), Sous la lumière froide (1926), La tradition de minuit (1930) o Port d’eaux mortes, entre muchos otros títulos que reúnen relatos basados en ese mundo que él calificó de lo fantástico social.

Y las ciudades, las clásicas, París por su puesto, Brujas, Amberes, Hamburgo, el Berlín de la ascensión irremediable e imparable del nazismo sobre la que escribiría unos buenos reportajes, ciudades portuarias o ciudades como Londres donde la niebla –otro motivo recurrente en al literatura de Mac Orlan- la que todo lo detiene desfigura se convierte en epopeya a lo Paul Feval.

Londres tuvo para Mac Orlan un atractivo especial. Vivió allí en circunstancias tan confusas como en cualquier otra parte hacia 1901. En Londres frecuentó la Railways Taverne, la taberna de Charlie Brown, mitad museo mitad casa de exótica casa de empeño, el barrio chino de los fumaderos de opio, los afrodisíacos venenosos, los juegos clandestinos, las mujeres pálidas y embriagadas en la oscuridad, Limehouse, al Isla de los Perros. Cuando regresó a Londres, siendo un escritor famoso lo haría como reportero de sucesos y acompañado de un oficial de Scotland Yard, pero sus pasos serían los de su juventud, los que le llevaban a frecuentar los escenarios de Jack el destripador y de quienes le emulaban.

macorlan autoportrait 1920

También los caballeros de fortuna, del siglo XVII sobre todo, atraerían su atención. Aquellos intrépidos marinos de los puertos vascos y bretones de la costa atlántica, enfrentados a las armadas inglesas y españolas, nutren las páginas de libros tan espléndidos como El canto de la tripulación (aunque sean aventureros del siglo XX, pasivo uno, activo el otro los que lleven a cabo de la búsqueda del tesoro) o A bordo de la estrella matutina.

En 192… Pierre Mac Orlan escribiría un ensayo que sería fundacional, Le décor sentimental, en cuyo prólogo habla de un concepto literario, casi de un género en aquella época, que compartio con autores con mejor o peor fortuna que él, como Francis Carco, como Joseph Kessel: Lo fantástico social. Algo más profundo desde luego que los meros hechos de página de sucesos, que la mera crónica de la vida peligrosa, algo que viene de escuchar el verdadero latido, rumor de la época, los signos que hablan del futuro amenazante y de las fuerzas sociales que bajo la apariencia de nos tienen en vilo.

large_le_quai_des_brumes_blu-ray_04Su vida,  legendaria, novelesca, como todas, a fuerza de repetirla y adornarla con pipas, escopetas y perros de caza, acordeones, vinos, conversaciones, pinturas, en la orillas del Petit Morin, un río sombrío y con nenúfares del departamento de Seine-et-Marne a menos de cien kilómetros de París, que corría por el fondo del jardín de su casa, no fue ni más ni menos rutinaria que la de cualquier escritor que, como él, escribiera de la mañana a la noche. Nada misteriosa, al revés. Pero ese escritor que vive rodeado de sus criaturas en medio del campo ha venido siendo un motivo recurrente que excusa, claro, de hablar de asuntos menos folklóricos. Las vidas privadas de los escritores acaban siendo folklore puro, baratija, y la suya no ha escapado a esa regla que acerca sus casas, una vez desaparecidos, a la barraca de feria.

La suya fue una vida relativamente retirada, que luego, como todas, no lo era tanto porque además de que su casa fue un lugar de constantes peregrinaciones de admiradores y demás, jamás pudo prescindir de sus visitas semanales a París, los miércoles generalmente, y hasta regresó, por unos años, al Montmartre de su juventud, donde compró, en 1957, una casa con el dinero de la venta, entre otros cuadros, del espléndido retrato que le hiciera su amigo Pascin en 1924.

El eremita Mac Orlan, como todos los eremitas, le tenía un miedo cerval a ser olvidado y a que ese olvido trajera consigo el tiempo siniestro del frío. Un miedo injustificado porque fue un escritor asiduo de programas de radio, de periódicos, de apariciones públicas, miembro de la Academia Goncourt… un miedo inconcebible a la pobreza, cantaba en Valparaíso el gitano Rodríguez.

Entre como son de verdad las cosas y como las imaginamos o queremos representarlas, las verdaderas vidas de los escritores se nos escapan de manera irremediable.

1337 Pero no creo que fuera tanto el gusto por la vida retirada, como una perentoria necesidad de ganarse la vida de la mejor manera posible lo que le llevó a vivir como un eremita que trabajaba como un forzado. Mac Orlan no dio jamás la espalda a los honores sociales que pudieran tocarle en suerte, desde miembro de la Academia Goncourt a la Legión de Honor.

Su casa de Saint-Cyr-sur-Morin le gustaba y no le gustaba. Era su retiro y como todos los retiros, su condena. A ratos, el campo, los campesinos que jamás lo consideraron alguien del lugar, le pesaba. No le daban nada. Mac Orlan no fue, como pudo serlo, un escritor del mundo campestre. Para ser un hombre sedentario, fue el cantor de la vida de los culos de mal asiento.

Y no fue en modo alguno un solitario. Temía a la soledad como a la peste. Decía que a los solitarios la nariz se les achataba de tanto aplastarla en el vidrio de la ventana esperando la llegada de un providencial visitante.

Las cosas en la casa de Mac Orlan se fueron desgastando. Los cazadores de recuerdos pasaba y volvían a pasar. En el escenario había muchas pipas, discos, un viejo tocadiscos, diccionarios, una silla de camellero, algunas armas africanas, tarros para tabaco, un recuerdo de Gómez de la Serna, algunos cuadros y grabados, y las fotografías de un loro, Dagoberto, que le regalaron cuando cumplió ochenta años. Así lo dibujó un caricaturista de mérito, Flyp, con su boina escocesa, su pipa y sus pantuflas.

Tiempo después de su muerte, la mujer alumbrada que abría la puerta de su casa al visitante ocasional exhibía un hijo que decía ser «el último»: era un jovencito magrebí. No hubo mas amantes que aquella Margot, la hija del Lapin Agile, la que pintó Picasso y a la que escribió unos versos que encontraron en la carpeta de su mesa:

Si yo supiera tu dirección

                                   Podría escribirte más a menudo

                                   Los días son cortos, las noches me hieren

                                   La habitación está vacía para mucho tiempo.

Poemas y canciones, muchas canciones, como las que escribió para aquella mujer extraordinaria, amiga de García Lorca, que fue Germaine Montero. Germaine Montero interpretó de manera inolvidable una de sus canciones más famosas, La fille de Londres –un chino salía de la sombra-            Pero Mac Orlan no solamente escribió canciones, sino que su obra literaria sirvió de base para películas inolvidables: La bandera, en 1935, rodada por Julien Duvivier, que le dio una fama enorme, y con Jean Gabin en el papel del legionario Pierre Gilieth, y con uno de los amigos más enigmáticos de Louis-Ferdinand Céline en el reparto, el actor Robert Le Vigan, que hace el papel del legionario español Fernando Lucas (de hecho acabó dando clases de francés en Barcelona antes de escapar a Sudamérica); Margueritte de la nuite (una de sus novelas menos conocidas y más delicadas), dirigida de manera magistral por Claude Autant-Lara en 1956, La tradition de minuit, de Roger Richebé, por no hablar de ese François Villon de 1945, con el cantante Serge Reggiani en el papel del poeta.

Y para mí la más inolvidable de todas ellas, la que mejor expresa a mi juicio esa poética de mala suerte y desesperanza propia de Mac Orlan hecha de noche y de niebla, de mala suerte, de violencia soterrada y basada en los escenarios de su juventud, el Lapin Agile, Montmartre, su desaparecido hermano Jean, el legionario: El muelle de las brumas, dirigida en 1938 por Marcel Carné.

Cuentan los cuentos que cuando Mac Orlan se quejó al poeta Jacques Prévert, autor del guión y de los geniales diálogos de El muelle de las brumas, de haber introducido en el argumento un pintor suicida que no estaba en la novela, Prévert, le dijo:«¡Pero, Pierre, si ese es el único personaje que es tuyo». La película con Michéle Morgan en el papel de Nelly es para mí una joya.

Y es que a Pierre Mac Orlan hay que buscarlo también en esos márgenes iluminados por las canciones de Germaine Montero, su cantante favorita, de Georges Brassens –que fue quien tuvo la afortunada idea de decir que Mac Orlan suministraba recuerdos a quienes no los tenían-, de Jacques Brel, sus visitantes de los días finales de Saint-Cyr-sur-Morin, y hasta de Léo Ferré, de quien en Le mémorial du petit jour habla con auténtica admiración, cuando Ferré estaba empezando.

mcorlan1

RAMÓN Gómez de la Serna, que fue, con César Arconada y Mariano Tudela, si no su mejor, sí su más ruidoso embajador en España, habla de él con aquella admiración tan suya que al final no sabemos qué demonios le está reprochando. En Retratos contemporáneos lo idealiza hasta desfigurarlo casi por completo, volviendo amable lo que fue positivamente oscuro. Lo cierto es que en su casa de Saint-Cyr-sur-Morin guardaba un recuerdo de Pombo con una dedicatoria de Ramón. No consta que pasara por Pombo aunque quién sabe. Como guardaba una fotografía del coronel Juan de Liniers, su anfitrión en los días que visitó las tropas de la Legión española en Dar Riffien y que orna la edición de Légionnaires.

La Legión, ya fuera española o francesa, con su fauna triste y su épica desgarrada, con su romanticismo cierto y recurrente, espeso y desesperanzado en extremo muy propio del mundo de la noche brava, es un asunto recurrente en Mac Orlan desde una de sus primeras novelas, La rire Jaune (1914), hasta esa crónica de su viaje a Marruecos en los años veinte, que es Légionnaires (1930), pasando por Le camp Domineau de 1937 y su obra ya citada La Bandera, de 1931, dedicada, qué cosa más curiosa, a «Monsieur Anatole de Monzie», y no al general Franco, como sostienen los farsantes para dárselas de tremendos y de estar en el ajo en un país en el que el tuerto es rey.

A Mac Orlan, me contaba Pierre Guibert, el del Hôtel La Moderne, una tarde invernal, de niebla helada, de hace más de veinte años, en Saint-Cyr-Sur-Morin, el que sería uno de sus más asiduos albaceas, lo enterraron con un balón de rugby entre las manos, un balón que le había regalado el famoso XV de Francia en su mejor época con la firma de todos sus jugadores.

Luego, vino la sombra. La aventura de Mac Orlan es una aventura cada vez menos frecuentada. Y ahora, cuando escribo estas páginas hasta las aguas del Petit Morin corren lejos. El aventurero pasivo ha vuelto al viaje inmóvil de El Canto de la Tripulación después de ir a la búsqueda de su tesoro. También ahora cae la nieve.

 

Sutegia, de Lekaroz, enero de 2005.

 

* Publicado en Turia, Teruel, Números 73-74, 2005, págs. 21-30

 

Anuncios