Punta Arenas, ciudad fantasma

 

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Punta Arenas, la ciudad más austral del continente americano, antes de la isla de Tierra de Fuego, es, en otoño, cuando empieza a soplar el viento del estrecho de Magallanes, una ciudad que resulta fantasmal. Allí llevan a los jubilados internacionales, turistas del lujo, a visitar el cementerio, cosa que estos hacen acoquinados –menos una pareja de japoneses que se reía a todo reír de la variada oferta de panteones… tal vez porque su muerte no es la nuestra, a saber–. Es una ciudad de puertas cerradas más que abiertas, de múltiples devociones religiosas, de vida de guarnición, que a pesar de los negocios petroleros y ganaderos, ya fue, aunque los grandes buques del Pacífico sigan amarrando, todo luces en la noche, en su puerto de brumas.

Por Punta Arenas ya pasó la furia del sindicalismo libertario, los crímenes impunes dela patronal, las pesquisas de los naturalistas y antropólogos, los alardes del poder omnímodo de los estancieros rastacueros, la ferocidad de los pistoleros que exterminaron indios onas y yamanas, la codicia iluminada de los buscadores de oro, el miedo de los fugitivos de la Europa de las guerras que pensaban que allá lejos, en la remota Patagonia, iban a rehacer su vida o cuando menos esconderse, como aquel apostador ful de frontón que esperaba encontrar olvido para sus trapisondas hasta que llamó en busca de refugio a la puerta de una chabola azotada por el viento y el agua que cae como cuerdas, para que se la abriera un pelotari de su mismo pueblo con una buena estaca en la mano.

Punta Arenas es una ciudad fantasma, con bancos, oficinas a medio gas y mucho negocio de aventura: Es una cuadrícula de calles cuyos habitantes humildes tienen una notable afición a la brujería doméstica, a vivir de las supercherías, cuando no pueden hacerlo de los pingüinos de la isla Dawson, pero también es una ciudad de charlatanes inveterados que cuentan y recuentan leyendas improbables protagonizadas siempre por tipos fuera de lo común, bajo cuyas huellas fue la patraña andante de Bruce Chatwin, el ídolo de la bobaliconería internacional, para construir al cabo otros personajes, otras leyendas, las suyas propias, improbables, al cabo, recreadas por sus lectores, como la del hotel Ritz donde se hospedó el mítico autor y donde me juraba mi barquero de Caronte, al tiempo que aporreaba la puerta, que allí habitaba una echadora de cartas experta en navegaciones que le había echado las cartas al viajero y le había visto envuelto en una nube de humo. Temí que me pasara lo mismo, por eso nos fuimos hacia el muelle y las luces de una marisquería providencial a por los ostiones y las centollas y el vino blanco de Urmeneta.

DSCN0436Punta Arenas es una ciudad que tiene mucho de decorado de película con miga y poco presupuesto acerca de la soledad, el apartamiento y la desdicha del que está en donde no debe, y en donde a ciertas horas pálidas de la noche o del atardecer austral que todo lo pinta de índigo, el único signo de vida parece ser el silbido del viento, como sucede en Las Encantadas que pintó Melville. Una cuadrícula por la que con pasos indecisos van a la deriva marineros chinos que buscan tugurios donde beber y fornicar, barloventeadores y vagamundos varios para quienes el mundo es ancho y el «¡Nada más que la tierra!» un grito de dandys fules, del tarot del humo. Es una ciudad de paso y una ciudad en la que toda espera es desasosiego.

Nada como caminar a la de riva por la cuadrícula de Punta Arenas para olvidar a Darwin y a Antoine de Saint-Exupery, para olvidar los libros leídos y los barcos fantasmas y para preguntarse qué demonios hacemos ahí, zarandeados por el viento helado del estrecho de Magallanes cuando el cielo es tan bajo que podríamos tocar lo y el agua aparece blanquecina y azul oscura, cerrada al fondo por lo picos nevados de la cordillera Darwin, al regre so de Puerto de Hambre, donde acabó enterrado el padre de Gauguin y también otrosmuertos más modestos, marinos sin fortuna, náufragos sin nombre, loberos, buscadores de oro, bandidos de identidad trucada, cuyos nombres tejen una historia de busca y mala suerte.

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Pocas cosas como dejarse llevar en la noche por un impostor austral, a tomar un pisco sauer, en la taberna donde se escucha a Marlene Dietrich cantar «Muss I denn», en compañía de un insólito traficante de armas —cortas de defensa, largas de caza, munición: dijo, dijo, mientras bebía recio—, encoletado, empendientado, añoso como uno mismo, pacifista para la ocasión, antibelicista, demasiado rabioso para mi gusto, y con un negociante en fósiles ligados más o menos al Milodón o a otros bichos improbables —el naturalismo es un buen negociocuando de la teatral y muy bella pacotilla nerudiana se trata—, vendedor para la ocasión de lápidas funerarias de prestigio adheridas a la historias de naufragios, que te cuenta de tesoros enterrados, allí por Fuerte Bulnes, asociados a ceremonias mágicas de la noche de San Juan y a las estrellas de la nebulosa de Magallanes, eso si la noche es clara, porque si no lo es, nada como una sirena en el corazón de la niebla para echarte a la garganta la necesidad de partir.

En el mercadeo callejero de Punta Arenas, al peso de romanas de colorines, junto a los jureles y las centollas más muertas que vivas, puedes comprar relatos para el resto de tu vida. Ese viaje, para quien escribe o para quien sueña, merece la pena. Vaya que sí.

*** Artículo publicado en el diario ABC, el 4.9.2003.

 

 

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Addenda de 2013: en mi diario del viaje de aquel año hay muchas más impresiones. Temo que vayan a quedar inéditas. ¿Quién te publica hoy un diario de viajes? A mí, nadie. Contento me puedo ver con que la editorial Pamiela, de Pamplona, me publique lo que voy escribiendo. Lo que me importa hoy es la respuesta a esta pregunta: ¿Regresaría a Punta Arenas? Sin lugar a dudas, pero camino de Tierra de Fuego, y sabiendo que en los bajos del casino de la plaza de Armas no estarán los contertulios de aquellos días de viento.

 

Patagonia Express

A Luis Sepúlveda le conocí en Madrid, un día de finales de Mayo de 1994, en una comida que probablemente fue, creo, un si es no es tumultuosa, más que nada porque me parece que había por allí un poeta arrebatado y gritón que ponía pingando a todo bicho viviente, que es oficio de poeta en campaña, como todo el mundo sabe. Y es que al berreo se le llama vitalidad, entre otras cosas. Sea. De la misma forma que a la difamación, a la burla, a los celos, algunos clarinetistas de postín les llaman “la sal de la literatura”. Cominerías. Afortunadamente comimos en un extremo de la mesa, y bebimos y hablamos hasta que él se fue a firmar ejemplares a la feria del Retiro. Sepúlveda es un conversador nato, un entusiasta contagioso y uno de esos seductores que saben como capturar, como hacerse, como vivirlas en el fondo, historias geniales, las que aparecen en este Patagonia Express, emocionantes, rebosantes de entusiasmo y de celebración de la vida. Llevaba una ballena de plata al cuello. Yo había leído un libro suyo, Mundo del fin del mundo, y me había quedado de inmediato cautivado por esa Patagonia o esa Tierra de Fuego de la que me había hablado un poeta chileno que aparece y desaparece de mis historias, Adolfo de Nordenflycht, y que también había leído en el extraordinario libro de Bruce Chatwin a esos confines dedicado. Un territorio que nunca perdí la esperanza de ver alguna vez (porque no pongo empeño alguno en ello), pero que desde entonces, fue el telón de fondo de esa No existe tal lugar de mis desvelos y el acicate de un viaje que concluyó cuando metí los pies en el agua del estrecho de Magallanes, en una playa sucia, junto a la ciudad más asutral del continente americano: Punta Arenas.

Aquel día de primavera madrileña hablamos de ballenas, de barcos, de viajes, de viajeros, de literatura, de un congreso de escritores del viaje y la aventura que se celebra todos los años en Saint-Malo… Casi, casi, aquella comida pudo haber acabado como una de las historias espléndidas, arrebatadoras, que componen este Patagonia Express: su encuentro con Bruce Chatwin en Barcelona y su casi inmediato propósito de salir disparados hacia la Patagonia. Sepúlveda, un escritor de viajes, sea, y algo más, bastante más. Tiene un estilo natural y eficaz, que evoca de manera engañosa el relato oral, porque tiene rasgos de gran estilo. El suyo, sus viajes, tienen poco que ver con un inventario de cosas vistas -Desde aquel lejano Rien que la terre del mítico Paul Morand (y otros autores también) a Il mondo cho e visto de Praz- y mucho, bastante más con las historias vividas. Nos separaban muchas cosas, nos unían otras. El es un viajero. Yo no lo soy, y hasta se me han pasado las ganas de decir, sin venir mucho a cuento y a modo de gansada, aquella cita de Lezama que a muchos les sirve de excusa para no leerlo a fondo jamás: <<Pocas personas habrán viajado tanto como yo entre las paredes de mi biblioteca>>. Sepúlveda me hablaba de los escritores de gabinete (casi todos los españoles), los que necesitan un espacio preciso, casi un escenario, y de cómo él, para escribir, no necesita ese gabinete -no le hace falta este secreter de indiano, aunque en él acabe iluminándolo-, sino espacios más amplios, más abiertos, el requerimiento del viaje. Lo explica muy bien en ese libro: le basta con una mítica moleskina y una tabla de panadero en la que apoyar sus papeles. Y además se nota que es veraz. Un escritor de gabinete jamás habría escrito estas historias americanas (incluida la del pariente de América que cierra el libro de manera contundente y obliga al lector a quitarse el sombrero).

Importa sin embargo el lugar donde leemos ciertos libros. Este Patagonia Expres, leído desde uno de esos lugares donde uno se siente bien, de los que habla Sepúlveda, a pesar de todo, a pesar de los pesares, es una forma de vivir la propia casa, el paisaje como una segunda piel. Leer ese libro de viajes desde un rincón perdido, en el rincón del fuego de una casa vagamente perdida en una geografía que les dice poco a quienes en ella no vive, con el viento del sudoeste silbando por la chimenea, es también una forma de viajar, es, como decía Jean-François Fogel al hablar de Paul Morand, admitir que “siempre tiene que haber alguien en movimiento para pervertir a los que están en reposo”. Y es, sobre todo, una forma de comprobar el poder de seducción de esa literatura sostenida en las historias verdaderas y en las vidas de los hombres: escribir con verdad.