Calle Pío Baroja, en Valparaíso (y 3)

VIAJE 1 39811887545_301782963278965_4528841589176785062_oEl fragmento corresponde a unas líneas de un artículo del poeta Guillermo Quiñonez, «De Valparaíso… Cerros, barrancos, abismos y pueblos», publicado y recogido en En Viaje, nº 281, Marzo de 1957, y luego en ese libro espléndido que es Memorial de Valparaíso, de Alfonso Calderón.

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Valparaíso, una reunión festiva de compadres barojianos que subían cerro Cordillera arriba, hasta dar con un descampado en el que había un circo en derrota y con la calle Pío Baroja… poetas, un dramaturgo, un músico. Tardé en darme cuenta de que era una reunión de gente excepcional que por si sola tiene una novela de exlio republicano español en Chile.
Alfredo González, autor de unas estupendas memorias, De carne y sueño
Juan Uribe-Echeverría un pelotari barojiano, amén de folklorista y novelista, en Sabadomingo, a quien debemos los navarros el oxímoron barojiano, referido al periódico de los carlistas (El Pensamiento Navarro), de que pensamiento y navarro es imposible.
Un músico, el cellista Salvador Goñi… tardé en darme cuenta de quiéne era. Me ayudó google. Le puse por casualidad el segundo apellido y acerté a la primera: Salvador Goñi Urriza, de los Goñi Urriza, de Pamplona, como su esposa (de eso que llaman de familia conocida hasta ahora mismo), los peligrosos Goñi Urriza. Salvador Goñi, abogado, concejal socialista del Ayuntamiento, exiliado, que de haber sido atrapado habría sido fusilado porque todos los hermanos fueron muy buscados, ellos y sus amigos, porque tener amistad con los Goñi Urriza era motivo de denuncia y prueba de cargo. Salvador Goñi Urriza padre de una arquitecta chilena de prestigio y abuelo de una novelista.
“El santanderino José Quintanilla”… caray, es el hermano del pintor Luis Quintanilla (durante meses jefe de los servicios secretos republicanos en San Juan de Luz), un personaje, José, de vida tan oscura que nadie quiere tocarla, ni su familia quiso saber qué hacia Pepe en el Madrid rojo, con sus trapicheos, sus influencias policiales y sus líos, y que había encontrado refugio en una conservera de langosta en Juan Fernández, lejos, de verdad lejos… ¿Sabían sus amigos del domingo porteño y  barojiano quién era en realidad el santanderino? De hecho, ya nadie lo sabe. Lean: José María (Pepe) Quintanilla, por Javier Rubio Navarro, autor de fiar.
Y el cronista de la parranda, el poeta Guillermo Quiñonez , para mí el gran poeta del puerto, junto con Pablo de Rokha en Oceanía de Valparaíso. Días de fiesta, días barojianos, lejos de aquellos otros en los que Alfredo González acusó, de manera velada y con tristeza, a Juan Uribe-Echevarría de connivencia con el régimen de Pinochet. (Continuará)

 

Calle Pío Baroja, en Valparaíso (1)

VIAJE 1 401Al fin, después de varios viajes y de no pocas vueltas, di con la calle Pío Baroja, en un cerro de Valparaíso. Está donde la habían dejado los últimos cronistas que escribieron sobre ella, o poco menos, en el límite entre los muy populares cerros Cordillera y Chaparro, cerros malfamados, porque en ellos habita (que le dicen) la pobreza y la delincuencia, dice, se hacen lenguas, o tal vez a causa de la obsesiva conversación sobre la inseguridad ciudadana que se convierte en una de las mejores armas del autoritarismo y que tiene a esos y otros cerros como escenario favorito. Nada como tener a la población atemorizada con lo que de hecho pasa y sobre todo con lo que puede pasarle para poder meterle ley y orden a cucharadas soperas en el menú del día.

La pobreza, cuando está a la vista resulta sospechosa, la vemos como una amenaza a nuestra seguridad, a nuestro modo de vida y probablemente lo sea. Por eso no frecuentamos los lugares donde anida. Por eso los mantenemos apartados, los borramos del mapa, salvo que nos sirvan para hacer uso de ellos en nuestro beneficio. Y en esa calle de Valparaíso, y también en otras calles, por llamarlas de alguna manera, de los mismos y otros cerros, la pobreza salta a la vista, agresiva, inquietante. Además de nuestro mundo, hay otros, muchos, demasiados. Conviene pasar de largo.

Pablo Neruda se escondió en esos cerros de la persecución de la que fue objeto por parte de un dictador de feo rostro, González Videla, –amigo de Baroja, o eso decían, en su exilio parisino- que le declaró comunista y Enemigo de la Patria, habló de los habitantes de esos cerros, de los racimos de puertas pobres, de esas casas desvencijadas, habitadas por «dinastías de marítimos y portuarios, que se eternizan entre los cerros y el Puerto». Los oficios de la bahía se heredan: estibadores del cuarto y el medio pollo, mecánicos, ferreteros y shipchandlers, gruistas, lancheros, pescadores, camioneros… Otro tiempo, sin la amenaza del paro y las demoledoras reubicaciones neoliberales, los regalitos globalizadores que paralizan en seco vidas.

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La calle Pío Baroja es una calle humilde y descalabrada, sinuosa. No hay en ella una plaza donde tiende su carpa un circo en derrota, sino que por un lado está flanqueada por una escuela en cuyos muros aparece, blanco sobre negro, el nombre del escritor, y por otro, por casas bajas de techos y paredes de calamina verde limón, azul Prusia o desvaído, granate intenso. Viejas puertas y viejas aldabas. Algún derribo. En los bordes de la calle basuras, muebles desvencijados, escombros. A la espalda de la escuela hay una iglesia medio ruinosa y un enorme conventillo ahora restaurado y grafiteado en plan elegante por los grafiteros porteños que ponen su alegría, su arte cierto y su lirismo intenso de palabras, colores y formas en los muros descalabrados y ruinoso de la ciudad. Hace unos años, el ruinoso e insondable conventillo, estaba habitado por delincuentes y travestís que salían nocturnos, como los vampiros. Eran una parte de esa leyenda urbana del viejo puerto que se renueva sin cesar fantasía sobre verdad.

De la calle Pío Baroja salen un par de calles que los días de lluvia se transforman en torrenteras, en cuyo fondo aparecen las grúas del puerto y los barcos que estén al atraque. Hasta allí llegan los bramidos de las sirenas y al día siguiente de las grandes borrascas, el olor del yodo marino. Le hubiese gustado al autor de La estrella del capitán Chimista.

Un vecino que andaba al ojeo, cuando me vio tomando una fotografía del viejo cartel de la calle, además de decirme que tuviera cuidado porque me iban a robar la cámara –un guardacoches, unas calles más abajo, después de preguntarme: «¡Aonde va, gringo!?», me hizo un expresivo gesto de cortar el pescuezo–, me instruyó de inmediato sobre el nombre de la calle que, según él, era de «un importante papa de Roma, muy antiguo», por lo de Pío, explicó. Se mosqueó el hombre cuando me eché a reír. Y no le gustó nada que le dijera que era el nombre de un importante escritor. Importante o no, un escritor no es lo mismo que un papa ni de lejos, como todo el mundo sabe. Y mientras vivir en la calle de un papa tiene su prestigio, vivir en la de un escritor que vaya usted a saber qué habrá escrito, no tiene ninguno, sobre todo para quien no lee. Siento haberle dado el día. Supongo que en cuanto me di la vuelta, el papa regresó a los altares de aquel mitómano de barrio y ahí seguirá. De la misma manera que hace cincuenta años, la calle no era Pío Baroja, sino Pido barajo, una expresión del habla canalla porteña propicia a la bronca (según el folklorista Juan Uribe-Echeverría).

Esas calles vertiginosas van a parar a la plaza Echaurren, la plaza que fue de la marinería en tierra y hoy es de los mendigos y de los platos de sopa que reparten los que anuncian el fin del mundo y otras amenidades. El barrio chino porteño del que apenas queda nada, como no sea el Bar Liberty, un antro centenario, donde los borrachones medio méndigos o méndigos completos, beben y arman bulla debajo de un insólito cuadro, no malo, de tres jugadores de golf vestidos impecablemente de tales, auténticos gentlemens, y bajo una constelación de miles de gorras marineras y cuatro o cinco loros verdes y pulgosos que arman una gori de espanto en la penumbra. Ambiente. Espeso.

Esa calle, ese barrio que nunca vio, aunque lo describiera con exactitud, le hubiese gustado a aquel Baroja que soñó, como pocos lo han hecho en lengua castellana, con una vida de aventuras, propia y ajena, o ajena hecha propia; con largas travesías, con vidas intensas de marinos que hacían la carrera de Ultramar, con espejismos americanos y supo escribir esa amarga e intensa poesía de la vida en el mar para seguir cien años después conmoviendo a sus lectores.

*** Artículo publicado a origen en el Diario de Noticias, de Navarra, en la sección “Y tiro porque me toca”, el 20-VII-2008.

País del Bidasoa

 

CHESTERTON dejó dicho que el tiempo inglés había posado expresamente para el pintor Turner; también para Whistler, el de los negros betunes, podríamos añadir nosotros. Parafraseándolo, diremos que el País del Bidasoa posó expresamente para Pío Baroja, y también para su hermano Ricardo. En ese país pequeño y humilde, Pío Baroja encontró casi todos los materiales de construcción a los que puede aspirar un escritor que quiere construir un mundo literario propio: Itzea, su casa de Vera, que es el epicentro de ese país visible e invisible a la vez, y el entorno más inmediato, la segunda piel del poeta, Vera de Bidasoa y un mundo rural que a pesar de encontrarse en sus postrimerías, le permite localizar en él su ideal de vida al margen, sin cuidados, sin otro cuidado que el vivirla bien de los clásicos, y fundirse con un paisaje -el paisaje como patria del poeta suizo Ramuz y como escenario de la invención-. Ahí encontró unas gentes que le suministraron datos precisos acerca de unos personajes que acabarían teniendo existencia por estar en los papeles de Aviraneta ordenados por Pello Leguía, y casi sólo por eso: Chapalangarra, Fermín Eguía, Mina, Juanito el de la Rochapea, Jauregui, el pastor, el cura santa Cruz, Valdés, liberales unos, realistas otros -la misma gente, en dos bandos-, hasta la confusa historia de los anarcosindicalistas que entraron por Vera en 1924 con intención de acabar con la dictadura, pero que acabaron a la desbandada por los montes perseguidos por los carabineros, en la cárcel o agarrotados en la cárcel de Pamplona. Todo un mundo, pequeño y abigarrado a la vez, luminoso y oscuro, amable y ariscado, que tiene el otoño de las palomas como estación reina, un país de clima mudable y cambiante, y su paisaje en consecuencia, con brujas, mixtificadores, contrabandistas, carabineros, lamias, aventureros, soldados de fortuna, marinos que se han asomado a los prodigios de la mar mayor, negreros incluso, ilustrados, y en el que hay lugar también para ese sapo que protesta porque él no hace mal a nadie, no hace sino tocar la flauta y a quien le pesa su soledad cuando en el agujero en el que vive escucha el latido de su corazón, también para el agote cuyo pecado es haber nacido en la casa en la que ha nacido y no en la de al lado, y también para el leproso que anda en el akelarre porque “es el único sitio donde me tratan como a un hombre”, según le dice a Jaun, el de Alzate, el arisco caudillo que se quiebra y se hace peregrino porque no puede aliviar la verdad del dolor. Un mundo profundo y antiguo, un paisaje cierto, que le sirvió para colocar en él la célebre República del Bidasoa, la de su Momentum Catastrophicum, la de sus Chapelaundis del Bidasoa, gente de boina grande, pero de corazón también grande, que creen en un país libre, tolerante, culto, abierto, sin abusos de poder, sin excesos de fuerza, limpio, sin dogmas, sin empujones, con una libertad de conciencia expresamente reivindicada, un país en el que tuvieran cabida (también lo dice, también lo dice) los vascos y los no vascos, un país “sin moscas, sin frailes y sin carabineros”, dijo don Pío en 1918. Una utopía, cierto, pero nada nos impide aspirar a ella, nada, porque en eso consisten las utopías, dice don Pío más de una vez. Un país que para los entusiastas de la obra de don Pío es como canción dulce, ligera, conocida, siempre vieja y siempre nueva. [septiembre, 98]

 

Paisajes

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EL poeta suizo Ramuz habló del paisaje como patria, algo que, como todo lo relacionado con las patrias, queda bien en el papel, pero que es un entelequia poética como cualquier otra porque luego no se sabe bien qué se quiere decir con eso. Y si no que se lo expliquen a un escritor desplazado, desposeído de paisaje propio, hombre a la fuerza errante, como pudo serlo Joseph Roth. Los desplazados es por cierto el título de un brillante ensayo (algo menos espeso que de ordinario) de Mario Praz, donde este viene a hablar de esa condición del siglo donde libertad y desplazamiento van a menudo tan unidas. Tal vez en lugar de patria bastara con hablar de ese lugar entre cielo y tierra que está, vaya usted a saber dónde está, y que nos hace sentirnos en nuestro sitio en el mundo, no ser (momentáneamente) unos desplazados, convenientemente desarraigados para ser nosotros mismos, no meros miembros de una tribu más o menos feroz, y sólo eso. Ese lugar puede estar en donde nacimos, en donde hemos ido a parar o lejos, en otra parte, sin que para llegar allí sea necesario el pasaporte Nansen: en algún lugar de la Patagonia, en uno de sus fiordos, para Luis Sepúlveda, en la tierra del Dolpo, en el Himalaya, para ese escritor tan emocionante como marginal que es Peter Matthiesen, así al menos lo dejó dicho en su Leopardo de las nieves. De ese lugar pueden echarnos, pueden empujarnos, pueden retenernos en él a la fuerza, podemos también aceptar las servidumbres de su ley de la tribu, y entonces el lírico lugar en el mundo se hace cepo. La poética del lugar en el mundo, del paisaje propio y hasta de la casa como isla, es azarosa y lleva consigo una cierta precariedad y a veces una cierta amargura. El lugar puede perderse, pero puede ganarse de continuo, puede construirse incluso, como hizo Pío Baroja con su País del Bidasoa, que se hizo visible gracias a las páginas literarias. Escritores arraigados, escritores desarraigados, entre ambos hay un territorio, un paisaje con leyes propias, el de la escritura, el de la literatura, el paisaje de la invención, a veces no queda más que ese, patria o zorrera, tanto da.

*** Artículo publicado en El Correo, Territorios, Bilbao, 9.9.1998

 

 

El otoño y sus sombras

LA gente que entiende de estas cosas afirma que el otoño es la estación gastronómica por excelencia. Y es que el otoño, en el campo, es la época de las recolecciones, de la depredación, de la caza. Hace unas semanas, por San Miguel, que es cuando se ajustan los pastores, pasaron las primeras palomas, las zuritas, en su viaje anual hacia el sur y la gente de esta tierra de todos los demonios se echó al monte con la escopeta al hombro.

Escopetas elegantes, escribió Pla en algún lado, en unas páginas que no sé yo, no sé, si no tienen ya sus buenas arrugas. José María Castroviejo, Alvaro Cunqueiro, Pla, y hasta el Baroja de Las horas solitarias, escribieron páginas muy hermosas sobre esta estación. Ahora no sé. Ahora piensa uno en los mendigos utilizados como cobayas humanas por los servicios secretos del gobierno, por ejemplo, y se le quitan las ganas de estas y otras excursiones por las chimeneas del otoño. Todos los días la prensa nos trae nuestra diaria ración de enormidades.

Y si hablo de los demonios es porque sin remontarnos a los disparates furiosos de los inquisidores Salazar y Frías (Logroño) o Pierre de Lancre (Bayona), es fácil advertir que no hace falta echarse al coleto ningún potingue medianamente venenoso para verlos y apreciar que son terríficos, feroces y de instintos criminales. No te encuentres con uno esos de noche, no te encuentres, que cuando menos te llevaras un buen susto. Lo digo porque el otro día, en un pueblo fronterizo, me tropecé con uno de estos que a lo que se veía capitaneaba una punta de diez o doce patriotas tan silenciosos como funerales y feroces hasta las cachas, necesitados de enemigos para subsistir, para existir. Diz que me tomaron por madero. Mal asunto, malo de veras.  Julio Caro Baroja opinaba que esos mozos, esas fieras, para hablar pronto y mal, estaban demasiado bien alimentados y les sobraba una energía que echaban con facilidad en el crimen o en sus aledaños. Están en pie de guerra -esa es una precisa seña de identidad- y con ser pocos, abultan que es un gusto.

Ahora, eso sí, el país, este país tan desconocido como denostado, tiene una luz única, clara, transparente. Dicen que es cosa del viento sur que tiene el poder de hacer bajar las bandadas de palomas y de acercar las cosas, dibuja sus perfiles más precisos, sus sombras desconocidas, y nos hace creer algo tremendo: que vivímos en un belén; y no es así. Barthes habló de esa luz en un texto muy hermoso y decía que era líquida; eso decía, sí.

La luz es líquida y transparente, pero para lo demás, el país profundo, el país oscuro y sombrío, es un escenario impecable para algunos poemas de Seamus Heaney: <<Oh, tierra de santo y seña, garra, guiño y mueca,/ De mentes abiertas, tan abiertas como trampas>>. Heaney tiene sus razones.

Sarrionaindia, en otra lengua, en otra circunstancia también, las suyas, y pensando en algunas de sus páginas -No soy de aquí: menudo dietario, poco frecuentado, poco leído, menos citado, tal vez inquiete de verdad-, en sus poemas también, uno duda, y se siente confuso por ello, de que las ideas políticas, por muy radicales que sean, con ribetes totalitarios y étnico-visionarios incluso, invaliden forzosamente una obra literaria, como parece afirmar Horacio Vázquez-Rial en su magnífico por otra parte prólogo a El prolífico y el devorador de W.H.Auden. La de Joseba Sarrionaindia es una literatura profundamente anclada en un país, en una lengua que es un país.

Sin olvidar el X.L.Méndez Ferrín de Con pólvora y magnolias cuando reclama en un poema vibrante la libertad de su pueblo o en los poemas de Triste Stephen.

Todo esa difícl armonía entre el sentimiento nacionalista, el sentimiento del extrañamiento, de la expropiación, de la pérdida y a la vez de un sentido justo de la historia, ese peligro cierto de los pujos étnicos, raciales, exclusivistas, esas afirmaciones en la propia identidad a costa siempre del desprecio, a costa de otro. Pantanoso terreno este para la literatura.

Lo cierto es que hay literaturas tan ancladas en la tierra profunda de sus autores, en sus fuegos, y en sus sombras sobre todo, que sin ella no serían posibles. Hay tierras que de tan profundas, tan sombrías, resultan a la postre sofocantes y ahogan la literatura, las palabras en libertad, ligeras, audaces, que en ellas se puedan escribir.

<<Deberíamos viajar sin tregua y alentar en nuestro pecho un corazón de mzungu>>, concluye el mejor de nuestros escritores viajeros, Javier Reverte, en su deslumbrante El sueño de África. Siempre tiene que haber alguien en movimiento para pervertir a los que estamos en reposo. Un corazón de vagabundo o de vagamundos (que eso significa mzungu) en cualquier lugar, con y sin luz líquida, en el rincón del fuego sobre todo, para que las páginas que escribamos ni huelan a sangre ni a meos de gato.

 

 

Aquí París

 

Pío Baroja EL Pío Baroja que escribe estas páginas memorialísticas es el que vive refugiado en París, sobre todo en su segunda estancia parisina, entre 1938 y la primavera de 1941, hasta muy pocos días antes de que París fuese declarada, el 19 de Junio, ciudad abierta por el general Weygand, y abandonada a merced de los alemanes que don Pío no llegó a ver porque cuando entraron en al ciudad el ya hacía días que estaba en Bayona. El París que aparece en este libro es un París vivido, escrito en el día a día, y es un París recordado, al tiempo de su publicación por vez primera, en 1955, un año antes de su muerte, y vuelto a recorrer en los vericuetos de la memoria de lo vivido y en las cuartillas escritas desde su refugio de la Ciudad Universitaria.

Para Baroja los de París son los días del exilio, de un curioso exilio, entre voluntario y forzoso, que no tuvo nada de dorado, son los días de la zozobra personal, de la precariedad material, de la melancolía intensa y del arrebato de quien ve la vida como pérdida y callejón sin salida, pero aun saca fuerzas para escribir páginas llenas de vigor. Baroja tiene más de sesenta años, se encuentra achacoso y carece de unos medios sostenidos de ganarse comodamente la vida, ha perdido su casa de Madrid, el ambiente de Vera de Bidasoa le resulta irrespirable y no puede aunque lo intenta marcharse a América como hacen otros para huir de la guerra y de la muerte. Baroja vive en la Casa de España de la Ciudad Universitaria en condiciones más bien precarias, es testigo de las idas y venidas de los funcionarios de la República que escapan a América con los billetes pagados, escribe artículos para La Nación de Buenos Aires, escribe también páginas novelescas –Laura o la soledad sin remedio, Susana o los cazadores de moscas, páginas de El hotel del cisne que se cruzan aquí, en este libro, de manera enigmática- y recorre París a pie, como había hecho en otras ocasiones, pero curiosamente no se entusiasma demasiado con el libro de uno de sus amigos de esos días, el poeta Leon-Paul Fargue, que acaba de publicar una soberbia guía del vagamundos de la ciudad, Le Pieton de Paris (1939). Tal vez los días no están para hacer de flâneur, para recorrer librerías de viejo, mercadillos, tabucos, para ir al encuentro de tipos raros, para ser observador y sólo observador de la vida… El aire del día es otro, es gris, es hostil, es azaroso, la época y los avatares que va viviendo como testigo involuntario y forzoso a la vez le resultan a Baroja ininteligibles y amenazantes a partes iguales, y aunque todo ello acabe con fortuna en los papeles -por pura fidelidad a su vivir para contarlo-, aunque tenga y mantenga amigos y relaciones en esos días turbios, hay algo más en estas páginas que la mera crónica de una época incierta. La arena de los días traza un autorretrato lleno de melancolía, de añoranza, de fragilidad y de entereza a la vez: un Baroja que tiembla y a pesar de todo, a pesar de atravesar los malos tiempos, los de la incertidumbre, crea y espera estoico sin esperar en nada, leal a sus sueños y a sus ideas.

 

 

 

 

“Los caprichos de la suerte”, en bandeja de plata

manuscrito-de-los-caprichos-de-la-suerte-foto-jesus-g-feriaPor Dios, qué horterada, la carpetilla (una de ellas) manipulada, con las cuartillas de uno de los manuscritos (mecanoscritos también) de Los caprichos de la suerte, presentada en bandeja de plata, con una innecesaria plegadera de marfil encima, para que se vea que hay posibles. Qué horterada, insisto, de puesta en escena sobre la mesa del despachito (se dice) de Baroja, el de los muchos libros intonsos, el de las ediciones de Valle-Inclán dedicadas a Ricardo Baroja, el de los libros de Salvador Reyes cuyos subrayados los estudiosos deberían examinar con detenimiento…  Eso sí, la bandeja de plata rima muy bien con la casa en la que, de manera bochornosa, se llama al servicio a golpe de cencerro (de oveja). Una bandeja de plata para un libro deficiente, por no decir malo, muy malo, senil y simplón, cosa que José Carlos Mainer no puede ignorar, aunque lo adorne y adobe como le venga en gana, y dudo que del todo acabado porque al ejemplar que pude leer en 2005 le faltaban páginas y otras ya estaban publicadas. ¿Pero que se creen que es, la Divina Comedia? Cursi y petulante (uno de los adjetivos barojianos más utilizados). Pío Baroja detestaba el boniment, es decir, el aparato publicitario y la charlatanería comercial aplicada a la literatura, claro que siempre se refería a los demás. Y en este caso, ma foi que los ha habido, no ha hecho falta recurrir a Cornejo para el atrezo, pero casi. Culto y clero. La casa se presta a ello. Y los periodistas que acudieron a mesa puesta tragaron con la mamarrachada de la bandeja de plata y no dijeron nada porque iban invitados, incluida la jamada, ¿en Zalain?, es decir, comprados por cuatro perras, no para informar, sino para hacer publicidad.  Lo que Baroja opinara o dejara de opinar sobre la Guerra Civil no es en modo alguno relevante, en la medida en que para esas alturas ya lo había expresado de manera clara y contundente en otras páginas: anti republicano, anti demócrata, de un antisemitismo grosero, anti comunista, anti socialista… y más favorable a una dictadura militar que a otra cosa (1.9.1936). Recuerdo cuando en enero de 2006 aparecieron por Itzea un fotógrafo y una directiva de la editorial Espasa Calpe, y los recibieron de mala manera, sic transit gloria mundi, no dejándoles sacar fotos de la casa porque era privado, solo del archivo fotográfico puesto sobre la mesa del comedor, qué cosas, pero de los caprichos de la suerte estamos hablando… De caprichos y de Kapritxines, y de sus mañas. La suerte, mala.

¡Poeta, tus papeles!

 

pere NADA como un acto pomposo, de Patrimonio Nacional y todo, para presentar un libro de poesía que se pretende rompedor, pero ya huele a panteón de hombres ilustres. Lo neoclásico va bien con lo inefable y va bien con lo rompedor. Va bien con todo. Tanto que el otro día, en Palacio, confundí a un funcioneta pomposo con un lacayo. Tal vez fue por su aspecto de lameculos. A Verlaine nadie le habría visto rodando por las salas cubiertas de alfombras de un palacio. Aunque quién sabe. Son muy raros los poetas, mucho. Verlaine fue a parar a la cárcel con sus versos y sus delirios y sus gaitas. En España fueron a la cárcel los pésimos poetas de aquella bohemia hampona de la que habló Pío Baroja, como Pedro Luis de Gálvez. Poesía y hampa han ido a menudo juntas. Los casos de Villon, Verlaine o Santos Chocano son de los más conocidos, pero hay muchos otros desconocidos, ignorados y para siempre jamás, amén. La poesía brota bien en los márgenes, en los fosos, en los alfoces, brota mejor que en lugares más confortables, aunque no es seguro. Hay muy buena poesía escrita desde la vida ramplona. Poesía y patraña, sin embargo, son casi sinónimos, viajan bien juntas, se mezclan mejor que la leche y la patxarra foral. El mal poeta se hace prohombre cívico y hasta hace entonces tragar el humazo de sus pésimos versos. El poeta ramplón se hace profesorcete y tate, rodeado de su hampilla, de su sociedad de bombos mutuos, ya es alguien. El tartufo de los versos elegantes se hace funcionario en el ministerio de la ventaja y también es alguien porque se le puede sacar algo, porque puede dar algo de gorra y cuando aparece como un tramposo te amenaza con los servicios jurídicos que a él se los dan de balde, porque decir que es un tramposo es atentar contra su honor, cuando debería ser hablar de lo que todos tenemos delante de las narices. Tiene honor los poetas. Como todo el mundo. Hay que defendérselo, ya que ellos mismos no se lo defienden con sus actos. La poesía contemporánea es distinguida, irónica, ingeniosa, dulcemente melancólica, jamás desciende a la cama del diablo, jamás sube o viaja a los paraisos y cuando va por al calla va ciuda sorda, muda. La poesía contemporanea, el póker, la perica, la colla de gallo de los salonardos, la humanidad de pacotilla… un temblor, a veces.

*** Artículo publicado en El Correo, de Bilbao, otoño de 2000. Se trataba de la presentación de una obra completa de Pere Gimferrer en el palacio de Oriente. Fui invitado expresamente por Pere, de lo contrario no habría asistido. Le agradezco que, viendo lo incómodo que yo allí estaba, estuviera amable y afectuoso. Había por allí auténtica gentuza, empezando por Juan Manuel de Parda, como convine con Jesús Pardo cuando nos fuimos dejando las croquetas a nuestra espalda.

Para leer en un manicomio de papel

20-Libreria-en-Londres-destruida-durante-un-ataque-aereo-1940  HACER futurología o fantasía recreativa no es mi fuerte. La gente, además, miente que es un gusto, y en la televisión, más: <<¿Usted lee?>>, pregunta el presentador de turno y muy ufano le contesta el menda que está de guardia<<¡Vaya que si leo, me sobra afición, aunque me falte tiempo!>>. Mentira. Salta a la vista. Hay gente que lee hasta libros inexistentes, como El vecino del tercero de Gustavo de Maeztu, pero esta es harina de otro costal. Como hay gente que roba libros por docenas aprovechando que te mudas de casa. Al personal le dices: <<Dígame los cinco libros de su vida>> y se queda corito, pasmao, una mano delante y otra detrás, no sabe qué decir, echa mano de las telarañas de su sesera. A mí me pasa y como nuestra nadas poco difieren, pues eso.

Y ya si le dices lo de qué libros se llevaría a una isla desierta le entra pavor Porque es que a la gente lo de irse a una isla desierta no le tira mucho, como no sea para ganar algo o hacer el borde. Y la lectura tiene mucho de isla desierta. A lo mejor no es más que eso. La gente prefiere, con mucho, las Seycheles. Y a las Seycheles, como a Santo Domingo, y al Caribe de los urralburidos, la gente no va a leer. Va a otra cosa. Y casi todos a lo mismo. A leer no. Además, qué se va a llevar libros a una isla desierta, la gente se llevaría algo para zampar o para fornicar, yo qué sé, pero libros no, como no sea para encender una hoguera, y aun así, porque la gente sabe, por experiencia que le dicen, que los libros arden mal, se amazacotan, verdad, y atascan el mejor de los tiros y dejan mohina la más vivaz de las piras. La gente es muy suya y en una isla desierta, más, ni comparación vamos. Igual hasta se llevan el manual del fumador de puros de Zino Davidoff para pasar el rato. Dales puros, dales el libro desencuadernado, el de las cuarenta hojas, el que les hace sentirse listos, listos, bajo los porches del alma, no les des Montaigne, que igual les quita el sueño y las ganas de pifar.

Pero el caso de la biblioteca seria no es el mismo que el de la isla desierta. <<¿Qué libros deben estar a su juicio en una biblioteca?>>. Y el personal (y yo también porque soy de la cuadrilla) se pone serio, sesudo, humano, lírico, fraternal, igualitario, solidario, profundo, mon semblabe, mon frere, y en lugar de reconocer que él, juicio, lo que se dice juicio, no tiene o tiene poco, quiere libros para meditar y para instruirse y para lucir vitola de culto e instruido y demás, y habla a tontas y a locas, y miente a veces, y generalmente lo sabe, pero como mienten todos, pues qué más da. La gente queremos libros clásicos, queremos libros de prestigio, libros que no defrauden, que sean, como el perro, el mejor amigo del hombre, aunque no sé yo si no habría que empezar a dudar de la inteligencia o el instinto del perro (Baroja, dixit), habida cuenta de su amistad por animal tan dañino como el amo de ocasión.

Si nos preguntan lo de los libros queremos no quedar como unos perfectos indocumentados o como unos patanes, que eso es lo que somos la mayoría. Las cifras de ventas cantan y los verdaderos visitantes de las bibliotecas son tan raros, tanto, que habría que hacerles un homenaje. O varios… por lo menos dos. Y canta también mucho el propio talante, tal vez demasiado. Casi se nos ve a trasluz qué libros no hemos leído. Lo mejor de los libros es que es un asunto privado y que así debería quedar.

Ahora, eso sí, si me tengo que poner pincho, ciudadano de primera, con derecho a voto y mi constitución y de todo, yo diré que en una biblioteca que se precie no falte ese Quijote que muy pocos leen, la verdad, más que en el día del libro (famoso), en esa lírica fantasía que es ponerse a leer el Quijote como quien hace una gran cosa, un homenaje a Dios sabe qué o qué cosa, pero como está de moda, nadie dice nada y queda bien y, sobre todo, queda aburrido, que es de lo que se trata. Es como una misa, pero rara. Se ve que nos tira. A mí, en Madrid, hace unos días, un chorbo con menos imaginación que una hiena, me invitó a leer a todo leer Os Luisiadas. Eche a correr, a correr, creí que era el día famoso de la bestia, el del 666, y me salvé como pude de la tortura. A mí qué demonios se me habían perdido en aquella palestra leyendo algo medio sagrado. Ninguno. Pero no, hay que tomarse en serio las cosas, todas las cosas, hasta las que son inútiles totales. Sin contar con que a ver quién es el guapo que se mete con Cervantes, el que tenía la sesera llena de dolor y de comprensión de sus semejantes y de ruidos de amargura, y con Sancho Panza y con la Dulcinea que era una gamberra, y con sus sueños y delirios que a la mayoría le resultan incomprensibles cuando no desconocidos, como el discurso radical de ese caballero de los leones que vale, por el arrojo de vivir, para todo tiempo y lugar, como si fuera un bálsamo del tigre a lo bestia.

<<Otro libro que no debe faltar en una buena biblioteca>> [habla aquí Tartufo con voz impostada de hermano fosor de la cultureta] serían los Ensayos de Montaigne, que según dice la gente que sabe, fue el inventor de la intimidad, y, en la edad moderna, casi del pensar por cuenta propia, el de mirar las cosas de frente sin que nos dicte nada, nadie. Y un maestro en ese oficio de meterse en un cuarto y leer sin molestar a nadie, sin padecer ese prurito de ser imaginativo para asuntos del incordiar al personal con ideas y con actos y con puñetas. Tu, a tu torre, la pones donde te la gana, hasta en la biblioteca del barrio, y a leer, que no pasa nada, que eres tu la materia de los libros, tu mismo, con tus sueños, tus penas, tus miedos y perplejidades, y tus glorias de cuatro perras, padrecito coraje de los demonios.

Y metería Nietzsche, entero, en un volumen, para que entre en la propuesta, que me parece un autor fundamental, de esos sin los que sería imposible comprender la marcha del universo mundo, porque le hace creer al personal que es un superhombre, un tipo que se puede comer el mundo a bocaos, en un mundo en el que quien no tiene una cuenta corriente jugosa, un puesto, un acta de diputado, algo, no vale una mierda. Eso está bien. Te metes entre pecho y espalda unas páginas de esas del vagabundo y su sombra o algo así o del Humano, demasaido humano, pensadas reciamente, y te dices <<Jooooder, que es que estoy hecho un mulo>>, y sales a la calle y como llevas un casco virtual de papel y de vida no ves como te azacanea y se despiporra de ti el de hacienda, el guardia municipal (cuando levanta mentiras hechas atestado) o el otro, tanto da, el magistrado a quien la verdad le importa un comino porque lo importante es el ius y el iure y algún otro latinajo engañabobos, el casero o el promotor inmobiliario, el jefe de personal hideputa, el del garaje, el asesor de la pura nada, el del seguro, este, aquel, todos los de la trampa. Tampoco ves como te tima el del bar de la esquina con algún repugnante bebedizo, ni como te sisa el del banco, te lima, de la cuenta, risrasrisras, los famosos ordenadores que tienen nuestra vida atrapada en sus entrañas invisibles. Nada, tu, con tu Nietzsche a cuestas, miras hacia a lo alto, aonde los luceros aquellos de los falangistas y te dices <<¡Soy un tío bragao>> (eso sí, si miras para atrás verás las plumas que has dejado en el camino, como si fueras un Pulgarcito tontiloco).

Así las cosas, no queda más remedio que echar mano de Robinson Crusoe, el que por su mala cabeza, y su gusto inmoderado de la aventura, y por padecer ese prurito de ir para algún lado (y terminar en Pamplona, por cierto, con Viernes además, que se comió algún bicho por donde los fosos, según se cuenta en un libro que me robaron cuando me mude de casa), se echa a la aventura y naufraga. Robinson es un hombre que naufraga –qué hermosa imagen- y se ve obligado a construirse una vida con sus manos, a fabricarse el presente, a actuar –de la misma manera que en otro tiempo lo tienen que hacer los vapuleados compañeros de ruta de Cándido, el de Voltaire, cuando cultivan con provecho su huerto y filosofan o viceversa o yo qué sé-, a ser de verdad util para uno mismo, y a todo eso que queda tan bien en el papel y que luego, en la realidad, es de una complejidad extrema, cuando no un calvario.

Y ya puestos en negocios de fantasear sobre esa biblioteca mínima, biblioteca de campaña, biblioteca de socorro, pues habría que tener Baroja, bastante Baroja, todo Baroja a ser posible, porque no es autor de un libro solo, sino una fronda de personajes (como lo fue Dickens), de opiniones contundentes, de sentimientos y emociones tan comunes, como es la del descontento, la del saber que la vida suele estar muy por debajo de cómo la hemos soñado, de pasiones también, como la del decir no, del querer vivir la propia vida, libre al menos de conciencia, como Montaigne, el del château, sin ir más lejos, la del tirar del ronzal en la dirección contraria, que nos puede llevar a fuerapuertas o al manicomio o a parte alguna, lejos, que es a donde nos lleva la literatura.

[Y ya metidos en faena, yo, particularmente y en cuanto que persona humana, en una biblioteca que se precie pondría un Inferno, como en las antiguas, no con obras gorrinas o psicalípticas totales, sino con las obras completas del marqués de Sade que es un monumento a lo banal, al aburrimiento, al hastío y hasta al esplín de los flaneures, un porro dumdúm de letra impresa, que hace pensar en si los infiernos no serán todos de papel y están en nuestra sesera, y pensar también en la cosa aquella de la carne es triste (aquí se mete ahora lo del helas que queda dabute) y yo he leído todos los libros, porque carne lo que se dice carne en Egües hay unos chuletones bandera y lo de los libros, ay, lo de los libros, hay donde elegir, vaya que sí… Ah, que lo de la carne no era la de buey, ah, pues eso se avisa, se avisa]

*** Artículo publicado en la revista Tk, Nº 10, Pamplona, 2000, págs. 75-78.