Una voz detrás de la escena

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HACE unos meses apareció, traducido del catalán, un libro de poesía sorprendente, Mascarada, de Pere Gimferrer. Era, es, un libro insólito en el panorama de la poesía que se está escribiendo (o al menos publicando) hoy en España, enconada en bandas más que ramplona de forma y lenguaje, leída y trasegada como se reza un rosario para la salud del cuerpo y del alma de los capos di tuti capo. Ahora, Gimferrer publica un libro inclasificable, El agente provocador, un texto inquietante y provocador a su manera, sobre el que los lectores no se ponen de acuerdo en decir si es verso o es prosa o es prosa en verso o narración o memoria, sin reparar en que estas cuestiones, aquí y ahora, carecen en absoluto de importancia, y que la perplejidad, la emoción que suscita su lectura se desarrolla en un territorio más recóndito y más luminoso, desde luego. El texto es otro, el texto turba y conmueve, está más lejos de la verdad biográfica que lo sostiene, y además esos breves capítulos, tienen algo de contagioso, de invitación a la errancia, a la deriva de las palabras, de revisión de las propias creencias y perplejidades.

Gimferrer corre el riesgo del texto, se hace visionario -pongan otros los nombres de los poetas que se arriesgaron en ese terreno en el que la poesía es subversión y forma de conocimiento, además del de Lautreamont expresamente citado en el texto- y corre el riesgo del ejercicio de la memoria, de su pesquisa incierta, dubitativa, titubeante, visionaria una vez más; corre el riesgo de ir a la deriva por los recovecos de esa vida en fragmentos que nos constituyen y de sostener su pesquisa en la tensión del lenguaje empleado, en la sucesión de imágenes de una fuerza expresiva enorme -el primer capítulo que comienza “La materia definitiva: el individuo mismo”, vale varios Handkes (por lo menos) y el fragmento que se refiere a la represión de la lengua catalana en el año 1970 vale la plasticidad de los más febriles Francis Bacon-. El ejercicio de la memoria, cuando nos sostiene el éxito social y los palmeros de la prensa mafiosa no tiene, al menos para mí, valor alguno. El ejercicio de la memoria tiene valor cuando encara los fundamentos más recónditos de nuestra propia vida, cuando toca ese terreno pantanoso que nos diferencia e individualiza, pero que a la vez hace que nuestro relato resulte especular.

He aquí que Gimferrer, que ha pasado de la cincuentena, la edad a la que -según cantaba Serge Reggiani en la época que de aquí se trata-, llegamos medio sabios, medio locos, me decía, cuando el viento azotaba furioso las ventanas: <<Unas vez pasados los cincuenta cada vez estoy más cerca de quien era cuando tenía veinticinco>>. Gimferrer -con seguridad el lector más seguro de los que hoy hay en España- arriesga cuando por edad, por prestigio, toca a sestear o a hacer el mico. No es nuevo. Es la marca de la casa, viene haciéndolo desde hace mucho, en sus dietarios, en sus excepcionales monografías de arte, en su poesía -“Es el mejor de todos ellos”, dice una voz que viene de los años 70-. En ese riesgo del escritor que se aventura y sueña, está la verdad de una vida y de una literatura, la suya es una voz que se escucha detrás de la escena, siempre en el otro lado, en solitario, difícilmente imitable, en ese terreno difícil en que vida e invención son una misma cosa. [9.11.98]

 

¡Poeta, tus papeles!

 

pere NADA como un acto pomposo, de Patrimonio Nacional y todo, para presentar un libro de poesía que se pretende rompedor, pero ya huele a panteón de hombres ilustres. Lo neoclásico va bien con lo inefable y va bien con lo rompedor. Va bien con todo. Tanto que el otro día, en Palacio, confundí a un funcioneta pomposo con un lacayo. Tal vez fue por su aspecto de lameculos. A Verlaine nadie le habría visto rodando por las salas cubiertas de alfombras de un palacio. Aunque quién sabe. Son muy raros los poetas, mucho. Verlaine fue a parar a la cárcel con sus versos y sus delirios y sus gaitas. En España fueron a la cárcel los pésimos poetas de aquella bohemia hampona de la que habló Pío Baroja, como Pedro Luis de Gálvez. Poesía y hampa han ido a menudo juntas. Los casos de Villon, Verlaine o Santos Chocano son de los más conocidos, pero hay muchos otros desconocidos, ignorados y para siempre jamás, amén. La poesía brota bien en los márgenes, en los fosos, en los alfoces, brota mejor que en lugares más confortables, aunque no es seguro. Hay muy buena poesía escrita desde la vida ramplona. Poesía y patraña, sin embargo, son casi sinónimos, viajan bien juntas, se mezclan mejor que la leche y la patxarra foral. El mal poeta se hace prohombre cívico y hasta hace entonces tragar el humazo de sus pésimos versos. El poeta ramplón se hace profesorcete y tate, rodeado de su hampilla, de su sociedad de bombos mutuos, ya es alguien. El tartufo de los versos elegantes se hace funcionario en el ministerio de la ventaja y también es alguien porque se le puede sacar algo, porque puede dar algo de gorra y cuando aparece como un tramposo te amenaza con los servicios jurídicos que a él se los dan de balde, porque decir que es un tramposo es atentar contra su honor, cuando debería ser hablar de lo que todos tenemos delante de las narices. Tiene honor los poetas. Como todo el mundo. Hay que defendérselo, ya que ellos mismos no se lo defienden con sus actos. La poesía contemporánea es distinguida, irónica, ingeniosa, dulcemente melancólica, jamás desciende a la cama del diablo, jamás sube o viaja a los paraisos y cuando va por al calla va ciuda sorda, muda. La poesía contemporanea, el póker, la perica, la colla de gallo de los salonardos, la humanidad de pacotilla… un temblor, a veces.

*** Artículo publicado en El Correo, de Bilbao, otoño de 2000. Se trataba de la presentación de una obra completa de Pere Gimferrer en el palacio de Oriente. Fui invitado expresamente por Pere, de lo contrario no habría asistido. Le agradezco que, viendo lo incómodo que yo allí estaba, estuviera amable y afectuoso. Había por allí auténtica gentuza, empezando por Juan Manuel de Parda, como convine con Jesús Pardo cuando nos fuimos dejando las croquetas a nuestra espalda.

Las llamadas de Pere Gimferrer

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A Pere Gimferrer le conocí por teléfono hacia 1984. La suya fue una de las llamadas más insólitas que podía haber recibido en aquel momento. Pere era alguien importante, desde hacía mucho además, y yo, y otros cuantos que se lo callan, no éramos estrictamente nada. Además, por entonces, yo había leído sus Dietari (en la preciosa edición de Edicions 62), que fueron una confirmación de un cierto tipo de escritura de artículos de prensa que algunos practicábamos contra viento y marea por entonces. Los suyos, como dietarios, fueron, a comienzos de los ochenta, unos libros de referencia, una invitación a vivir lo cotidiano de manera literaria, novelesca casi. Aquello pasó. Se lo ha llevado por delante un vendaval de mala leche y de patrañas. Queda la literatura.

Pere llamó aquel día porque había leído un libro mío, uno de los primeros, le había gustado, se había entretenido mucho con los personajes y sus trapisondas, y se interesaba por lo que pudiera tener entonces entre manos. Sé que fue cosa suya que aquella novela de un desconocido estuviera entre las finalistas del nacional de literatura de 1985. Nada le obligaba a ello. Nada.

Fue mi primer editor de envergadura y ha sido mi mejor lector (no soy el único que lo dice), minucioso, lúcido, cómplice, curioso de detalles hasta límites insospechados. Que a Gimferrer le gustara una novela tuya era algo de lo que podías estar orgulloso. Yo lo estuve y he venido estándolo de su amistad.

Pere siguió paso a paso la escritura de aquella novela que me traía entonces entre manos, Tánger bar, y no paró hasta que estuvo terminada, entregada y pudimos encontrarnos en su despacho de Seix Barral, en julio de 1986. Hablamos de literatura, sí, pero también de dieta veraniega, y se interesó mucho (no era para menos) por una americana que yo llevaba, que más parecía blusa de tratante valenciano de ganado. Me organizó la visita a la ciudad y me mandó, al palacio de la Virreina a ver un cuadro de Lucien Freud, que ha sido para mi la referencia de algunas páginas sombrías, y al museo municipal, a ver el de los moros de Fortuny, otro libro que no fue fundacional porque para aventurarse por aquellas trochas literarias hacía falta algo más que padecer fantasías esteticistas.

Desde entonces, al margen de que sus libros últimos me hayan parecido muy valiosos, por la mucha ambición literaria que encierran, como El agente provocador, no he dejado de recibir pruebas de su generosidad como editor, como persona y como amigo, así que estas palabras no creo que tengan más valor que el testimonial. Ha hecho por mí mucho más de lo que yo podía haber hecho por él.

Le he visto complicado en situaciones curiosas, desde moverse como un agramontés entre las almenas fules del castillo de Javier, hasta quedarse desconcertado en la acera en una comedia bufa un día, de hace dos años, que fue a presentarme un libro y no acudió ni Dios, ni prensa ni público, nadie, bueno, sí, había uno, Valentì Puig, que no salía de su asombro. El único que parecía estar en su salsa en aquella situación incómoda para todos era Pere que aún trasteó con los micrófonos a ver si funcionaban.

Si escribí o mejor si terminé de escribir Las pirañas y la publiqué en Seix Barral fue gracias a él, porque le bastó leer unas páginas sueltas de borradores (se los mandé desde Leyre, en junio de 1986) para contratarla. Y sobre todo, si pude acabarla, fue gracias a su empuje personal y literario, no sé cuál de los dos más importante, tal vez el primero, porque sin la puesta en claro de algunas cuestiones íntimas, el libro no podría haber sido escrito. Tenías razón Pere, o la tuvo Miró: <<Cada día un poco más lejos>>.

La cubierta con los brujos de Goya fue idea suya, aunque tuviera trastiendas que ni él ni yo conocíamos entonces.

Desde aquella insólita llamada han pasado más de veinte años y hemos tenido cientos de conversaciones telefónicas. A Pere le resulta insólita mi vida y a mí la suya (por parafrasear a Montaigne donde más me gustaría). En esas conversaciones telefónicas ha venido apareciendo un Gimferrer curioso de asuntos en los que muy pocos intelectuales españoles se han de verdad interesado: el nacionalismo vasco, cuyas andanzas seguía directamente por periódicos del País Vasco leídos a diario; el cinéfilo que me dio pistas imponentes que dan de verdad sentido a algunas escenas de La gran ilusión; el hombre curioso de las cuestiones de su tiempo, desde las memorias de Gerry Adams a la estampida migratoria; el boticario de barbecho que conoce esa literatura de prospecto que nos hace a todos los sesos agua; el erudito lector memorioso de rincones de nuestra literatura y también de otras que nunca deja de asombrarnos; el humorista, que lo es, con quien se pueden compartir esos lances estrepitosos que animan lo cotidiano; el historiador de arte que responde con paciencia a las consultas de los indocumentados como si fuera el gugle; la persona para la que cuenta el valor y la calidad de lo que los demás hacen… Mentiría si dijera que no ha estado cuando los días estaban cubiertos de nubes o era la época de la muda del cangrejo. Erudiciones, sí, esteticismo, también, pero una comprensión profunda de la obra literaria, por vivida, pareja una calidad humana sin la que, al menos a mí, las anteriores me parecen un saco de humo.

La última conversación telefónica que tuvimos fue a propósito de la calavera del conde de España, la que un pariente mío le había dicho a Baroja que estaba encima del armario del juzgado de algún pueblón, ya no me acuerdo bien. Pero este sí que es el resto de la historia y ya la seguirá contando él, si es que la cuenta.