Pensión completa en Dinamarca

 

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En junio de 1944, en cuanto desembarcan los aliados en Normandía, Louis Ferdinand Céline busca refugio en Dinamarca, donde había ya guardado, o escondido (eso a gusto) su oro: «Uno nunca se larga lo sufrientemente pronto, lo suficientemente lejos… El resto es blablabla». Céline huele de lejos el ajuste de cuentas, huele la severidad, al exculpación de quien ejerce la acusación al grito de quien primero que da, da dos veces; huele la caza del hombre, el sálvese quien pueda, los fusilamientos y la venganza. Ha sido un testigo demasiado incómodo durante los años de ocupación. Hasta para los alemanes. Cuando coincide, en casa de Paul Morand, con Jünger, sienten de inmediato una mutua antipatía. Sin contar con que sus panfletos de antes de la guerra (todavía se venden ente carcajadas crueles en un bouquiniste del Sena especialista en nazis y fascistas) no le auguran nada bueno. Céline sabe que tiene enemigos, a puñados además. Iba a tardar unos meses en comprobarlo por lo menudo.

Es la época en la que Céline piensa en venir a refugiarse a España, de la mano de Antonio Zuloaga y de Lequerica, pero Bilbao (Zumaya en realidad) no acaba de convencerle. Su amigo y compinche de las juergas montmartresas Le Vigan acabaría refugiado en la España franquista (me parece que dio clases de francés en Barcleona). Después de su fuga través de Alemania, magistralmente relatada en Nord y en De un castillo al otro, acaba por fin en Dinamarca donde las autoridades gaullistas solicitan su detención y su entrega. Fue encarcelado desde finales de 1947, hasta bien entrado 1947. Céline se jugaba en ese momento literalmente la vida. No hay que olvidar el fusilamiento de Robert Brasillach y los juicios a Lucien Rebatet y a otros escritores. Viviría en Dinamarca hasta julio de 1951.

En esas cartas aparece toda su furia, su megalomanía, su astucia tramposa, sus pasiones, la pasta la primera de ellas, la pasta que le volvía loco, la jamancia y sus derivaciones (a fin de cuentas era un higienista), sus alaridos, su lucidez y sus visiones tenebrosas, su mala fe también. Todo Céline, contra las cuerdas, debatiéndose para sobrevivir. «Son simples quejidos de animal doliente y no tienen otro alcance», dirá de esas cartas que son un poderoso autorretrato: por lo que dicen y por lo que callan. Jamás dejó de ponerse en escena.

Céline se excusa y Céline olvida. Por ejemplo las cartas enviadas al periódico colaboracionista Je suis par tout cuya publicación se rechazó por excesos racistas, cosa que a la postre más que una ofensa le vino muy bien para su defensa. Entre tanto Céline escribe: Feerie pour une autre fois.

Céline escribió una masa (la expresión es de su biógrafo Almeras) de cartas a través de las cuales se puede seguir su vida como si fuera un diario.    Estas son cartas enviadas a su letrado Me Mikkelsen (con quien acabaría de manera tormentosa) y a su esposa, Lucette Almazor (de quien recientemente se ha publicado un breve texto de memorias), y se pueden leer como sucesivos capítulos de la novela de su vida. El compilador de estas cartas es uno de sus mejores biógrafos, François Gibault, autor de una estupenda biografía de Céline en tres volúmenes (El tiempo de las esperanzas, Delirios y persecuciones y Jinete del apocalipsis). No es un texto menor, un rebus, sino al contrario una cumplida muestra de un género, el epistolar, en el que el verbo de Céline brilla con toda su fuerza.

*** Artículo publicado en ABC Cultural

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Jinete solitario

arton2618LA de Jünger vino siendo una de las fascinaciones intelectuales más enigmáticas de los últimos tiempos. Su figura y su obra, muy complejas, poliédricas, poco aprehensibles, han concitado hasta el último momento admiraciones y rechazos igualmente apasionados. Fue un maestro con discípulos invisibles, un maestro sin discípulos. Sus necrológicas le absolvieron de sus pecadillos de juventud, de su militarismo prusiano, entre otros, como si este sólo fuera un mero adorno, una parte desdeñable del atrezo de la historia, lo que tiene rasgos de despropósito. Ese aspecto de Jünger guerrero, de patriota nacionalista, de una lealtad ya rara, no resulta simpático, porque esos no son valores muy cotizados en este fin de siglo (aunque puedan serlo en unión de la extrema violencia en el futuro). Y eso que estimo que la figura y la obra de Jünger está más allá de la simpatía y de la antipatía, en el territorio de las verdaderas aventuras intelectuales. El que Jünger fuera por los castillos y las casas fuertes de la Francia rural y ocupada consultando bibliotecas no puede ser tomado como un rasgo de dandismo guerrero, porque, entre otras cosa, es una sandez y se olvida el título merced al que las puertas debían franqueársele: eran los vencedores de la guerra, imponían sus derechos de conquista. De su nazismo le absuelve por lo visto el haber estado mezclado en una conspiración contra Hitler, por ser amigo de uno de los Von Stupegnagel ¾«¡Voilá le plus beau de nos vainqueurs!», en frase pasablemente falsa e indecente de Hélène Morand, en cuya casa coincidió Jünger con aquella furia andante que fue Céline: no se gustaron, nada¾, pero queda por resolver su decidido aristocraticismo porque este no goza de buena fama allí donde impera la pretensión de igualdad a la baja. El aristocraticismo es escurridizo, ambiguo, demasiado individualista, si de verdad no se reduce a pamemas decorativas, es un viento que lleva lejos. Las camas de Procusto funcionan con los vivos y también lo hacen con los muertos y con los mitos vivientes. Pero con esa cama sucede como con la envidia, que a nadie le gusta tener una de ellas. El de inquisidor es papelón poco lucido, así que mejor, antes de mostrar esa antipatía tan del tiempo a todo lo que es excepcional y se sale de las convenciones, silenciar ese pensamiento en constante búsqueda y evolución que le llevó lejos, del lado de los sueños y del conocimiento del otro lado del espejo, tal y como lo muestra ya de forma agónica en los últimos tomos de sus diarios. Nunca se echó, ni se rindió ni desertó. Entomólogo y soñador de tormentas y desiertos futuros, aventurero de los papeles y de los conflictos del hombre de su tiempo, místico y visionario, casi siempre se nos muestra lejano, inaprehensible, hermético a menudo, en una obra en la que no resulta fácil aventurarse, más allá de los lugares comunes que la reducen. Una obra siempre animada por unas tensiones morales en lo personal y en lo colectivo que resultan casi a la fuerza acusadoras para el lector. Jünger mostró que una obra intelectual en solitario es más difícil de lo que parece, que está condenada a chocar con sus contemporáneos, que esa es una empresa ciertamente admirable que tiene riesgos ciertos y momentos de verdadera zozobra, y exige renuncias también ciertas. Filosofar y cultivar nuestro jardín siguiendo a Cándido no está al alcance de cualquiera.

*** Publicado en ABC, de Madrid, 9.3.1998

 

 

 

 

Patagonia Express

A Luis Sepúlveda le conocí en Madrid, un día de finales de Mayo de 1994, en una comida que probablemente fue, creo, un si es no es tumultuosa, más que nada porque me parece que había por allí un poeta arrebatado y gritón que ponía pingando a todo bicho viviente, que es oficio de poeta en campaña, como todo el mundo sabe. Y es que al berreo se le llama vitalidad, entre otras cosas. Sea. De la misma forma que a la difamación, a la burla, a los celos, algunos clarinetistas de postín les llaman “la sal de la literatura”. Cominerías. Afortunadamente comimos en un extremo de la mesa, y bebimos y hablamos hasta que él se fue a firmar ejemplares a la feria del Retiro. Sepúlveda es un conversador nato, un entusiasta contagioso y uno de esos seductores que saben como capturar, como hacerse, como vivirlas en el fondo, historias geniales, las que aparecen en este Patagonia Express, emocionantes, rebosantes de entusiasmo y de celebración de la vida. Llevaba una ballena de plata al cuello. Yo había leído un libro suyo, Mundo del fin del mundo, y me había quedado de inmediato cautivado por esa Patagonia o esa Tierra de Fuego de la que me había hablado un poeta chileno que aparece y desaparece de mis historias, Adolfo de Nordenflycht, y que también había leído en el extraordinario libro de Bruce Chatwin a esos confines dedicado. Un territorio que nunca perdí la esperanza de ver alguna vez (porque no pongo empeño alguno en ello), pero que desde entonces, fue el telón de fondo de esa No existe tal lugar de mis desvelos y el acicate de un viaje que concluyó cuando metí los pies en el agua del estrecho de Magallanes, en una playa sucia, junto a la ciudad más asutral del continente americano: Punta Arenas.

Aquel día de primavera madrileña hablamos de ballenas, de barcos, de viajes, de viajeros, de literatura, de un congreso de escritores del viaje y la aventura que se celebra todos los años en Saint-Malo… Casi, casi, aquella comida pudo haber acabado como una de las historias espléndidas, arrebatadoras, que componen este Patagonia Express: su encuentro con Bruce Chatwin en Barcelona y su casi inmediato propósito de salir disparados hacia la Patagonia. Sepúlveda, un escritor de viajes, sea, y algo más, bastante más. Tiene un estilo natural y eficaz, que evoca de manera engañosa el relato oral, porque tiene rasgos de gran estilo. El suyo, sus viajes, tienen poco que ver con un inventario de cosas vistas -Desde aquel lejano Rien que la terre del mítico Paul Morand (y otros autores también) a Il mondo cho e visto de Praz- y mucho, bastante más con las historias vividas. Nos separaban muchas cosas, nos unían otras. El es un viajero. Yo no lo soy, y hasta se me han pasado las ganas de decir, sin venir mucho a cuento y a modo de gansada, aquella cita de Lezama que a muchos les sirve de excusa para no leerlo a fondo jamás: <<Pocas personas habrán viajado tanto como yo entre las paredes de mi biblioteca>>. Sepúlveda me hablaba de los escritores de gabinete (casi todos los españoles), los que necesitan un espacio preciso, casi un escenario, y de cómo él, para escribir, no necesita ese gabinete -no le hace falta este secreter de indiano, aunque en él acabe iluminándolo-, sino espacios más amplios, más abiertos, el requerimiento del viaje. Lo explica muy bien en ese libro: le basta con una mítica moleskina y una tabla de panadero en la que apoyar sus papeles. Y además se nota que es veraz. Un escritor de gabinete jamás habría escrito estas historias americanas (incluida la del pariente de América que cierra el libro de manera contundente y obliga al lector a quitarse el sombrero).

Importa sin embargo el lugar donde leemos ciertos libros. Este Patagonia Expres, leído desde uno de esos lugares donde uno se siente bien, de los que habla Sepúlveda, a pesar de todo, a pesar de los pesares, es una forma de vivir la propia casa, el paisaje como una segunda piel. Leer ese libro de viajes desde un rincón perdido, en el rincón del fuego de una casa vagamente perdida en una geografía que les dice poco a quienes en ella no vive, con el viento del sudoeste silbando por la chimenea, es también una forma de viajar, es, como decía Jean-François Fogel al hablar de Paul Morand, admitir que “siempre tiene que haber alguien en movimiento para pervertir a los que están en reposo”. Y es, sobre todo, una forma de comprobar el poder de seducción de esa literatura sostenida en las historias verdaderas y en las vidas de los hombres: escribir con verdad.