“¡Que hable Marlow!”

Conrad-Library0054-lg SOLO en 1920, años después de que hubiese hecho todas sus apariciones estelares <<en el mundo>>, habló Joseph Conrad de Marlow, su creación más afortunada, digamos, porque sin él no habrían tenido <<existencia>> lord Jim, Stein, Cornelio, Kurtz, Powell o los capitanes Beard o Anthony, y ese sombrío personaje, perteneciente al cortejo de los oscuros, que es el financiero De Barral, y su hija, Flora de Barral. Conrad lo califica de caballero y dice con falsa displicencia que entretiene sus horas de soledad. Eso sí, le reprocha, como se ve a lo largo de las cuatro novelas que componen su ciclo –Juventud, El corazón de las tinieblas, Lord Jim, Azar-, ser demasiado rotundo en cuestiones opinables.

Sea lo uno o lo otro, sin Marlow, el narrador de las cuatro novelas citadas que ocupa un singular primer plano y que recoge sus testimonios, no habría podido relatar, poniéndolos por escrito, o copiándolos en el caso de lord Jim, los <<casos>> vividos por su personaje. Es un interlocutor necesario. Conrad no nos dirá cómo, dónde o porqué se encuentra con él por primera vez. No es necesario. Lo fortuito rodea sus encuentros y el mar y todo lo que con él se relaciona su medio. Marlow está ahí, en una fonda o en la cubierta de un velero, ocioso entre los ociosos, y de pronto, con un leve pretexto, empieza a recordar episodios de la vida en el mar, a sus protagonistas y los más menudos detalles que rodean sus avatares vitales, las circunstancias, que para él son primordiales. Cuando termina, cada cual se va por su lado a rumiar lo escuchado, o a contarlo, añadiendo réplicas.

Conrad, a quien suponemos el narrador siempre en penumbra, que raras veces le lleva la contraria o le puntualiza algún extremo, asiste a esas charlas conviviales, pero es Marlow quien de verdad relata y lleva la voz cantante, quien desgrana los pormenores, las sutilezas, analiza los meandros de conductas y personalidades de personas con las que a veces solo se ha cruzado de manera muy pasajera. Esa primera mirada dice bastarle. Pero sean como hayan sido los encuentros o las situaciones vividas, Marlow sabe, estaba allí, escuchando, y puede contarlo. Su manera de recordar y de contar y escenificar es determinante para que el relato coja auténtico peso. Sin él, el relato de esos avatares, más ajenos que propios, todos con un punto de ejemplaridad, no existiría. Porque el propio Marlow, en su relato, se oscurece hasta convertirse en una sombra.

Evidentemente es Conrad quien viaja al Congo, pero solo Marlow puede contarnos que un <<velo de necia rapiña lo cubría todo, como el hedor de un cadáver>>. Marlow está dotado de una gran curiosidad por las cosas y las gentes y de una exquisita sensibilidad para cuestiones relacionadas con la armonía con la naturaleza. Es lector y conoce el pensamiento socrático –tal vez demasiado bien como para no ser tenido en cuenta-, lo que no le impide expresarse con un detestable racismo victoriano, por ejemplo cuando se refiere a <<esos perros sarnosos indígenas>> que se permiten el lujo de llevar ante un tribunal a un blanco. Está en Lord Jim, capítulo V, cuando Marlow intenta explicar y explicarse qué hace en una sala de audiencia escuchando historias que no le atañen directamente (¿o sí?) y el extraño motivo por el que los demás se confiesan con él, lo toman por interlocutor y le cuentan sus zozobras, sus pasiones, sus secretos. Como también aparece un Conrad propagandista de la ética imperialista victoriana que le reprocha a Jim el <<abandonarse>> al ir a vivir con los indígenas sirviéndoles de ayuda.

Marlow es un experto, parece, en las cuestiones de buena y mala suerte, sobre todo en las segundas, y ajenas por supuesto. Él ha sido puesto a prueba y ha salido victorioso, como en su primer viaje. Eso le da una indiscutible autoridad moral –no siempre simpática, ni siquiera para el narrador que la encuentra abusiva- en los atolladeros morales del prójimo, él se limita a sonreír con bonhomía aunque a veces pierda la paciencia y apremie a sus interlocutores. Marlow escucha, sabe escuchar, pero sobre todo sabe hacerse con los secretos ajenos aunque luego diga que no sabe qué hacer con ellos y que bastante tiene con los propios.

A Marlow más que su aspecto o el ser propenso a las congestiones biliares, es su voz y su tono narrativo lo que le da verdadera consistencia. Pocas veces aparece descrito físicamente o se nos dice cuáles son sus costumbres sociales; de su privacidad, nada. En Juventud, sentado a una mesa de reluciente caoba, se sirve vino de Burdeos de manera generosa; y en la larga noche en que se relata Azar, fuma varios cigarros. Sabemos, eso sí, que ha navegado, y mucho, y que el momento más feliz de su vida –Juventud y Azar– fue cuando tuvo su primer mando aunque no sabe si aquel intenso sentimiento de plenitud se debió a Oriente, al sol, al mar o sencillamente a la juventud. Conrad nos lo presenta como un hombre sabio, sensible, y también chismoso, cicatero, y hasta alcahuete feliz. Marlow es un experto en los golpes de azar, de infortunio más que de fortuna, pero se indigna cuando las cosas no son como deben ser; adora la disciplina que rodea la vida del mar, pero a la vez sabe lo poco que las personas pueden hacer cuando las circunstancias las empujan a actuar de una manera inesperada de fatales consecuencias. La fatalidad es otro de los fuertes de Marlow.

En Lord Jim hay dos momentos particularmente intensos relacionados con Marlow. Uno es cuando Marlow y Stein, el coleccionista de mariposas, departen acerca del pobre Jim y le juzgan porque, claro está, saben de su vida más que él. Y otro no menos intenso, es cuando el narrador recibe el paquete que contiene el relato del fin de Jim y la ciudad está afuera y él está a resguardo, y cuando lo abre es el olor de su juventud el que se expande por el cuarto en penumbra: los soles, las borrascas, los vientos, las mareas, los perfumes de Oriente… toda su juventud está encerrada en las apretadas líneas escritas por Marlow.

Y cuando queramos saber si finalmente tuan Jim venció a su suerte y a los imponderables, -tarea esta común a la mayoría de los personajes conradianos- no nos quedará otro remedio que decir con los contertulios ocasionales de ese Marlow que a pesar de la edad sigue en los afanes del mar: <<¡Que hable Marlow!>>.

*** Artículo publicado en ABCde las Artes y las Letras, Madrid, 7.6.2008

Las tinieblas del olvido

 

NO tengo la seguridad ahora mismo de que fuera el tremebundo rey de los belgas, Leopoldo II, quien bautizara a sus posesiones africanas como el país de las tinieblas. Lo que si diré es que un explorador de ese mundo, H.M. Stanley, utilizó la expresión para titular sus dos tomos de exploraciones del Congo que aparecieron en 1890, en Nueva York y Paris. La edición francesa lleva como título, Dans les ténèbres d’Afrique. Los mapas del río Congo que acompañan a esa edición son muy elocuentes: allí no había nada, un territorio más ignoto que virgen. Ahí no hay nada, lo verde de lo impracticable y pardo de lo inexplorado. Fascinantes. Ahí hay espacio más que suficiente para el famoso Horror del libro de Conrad que es uno de los más poderosos leit motiv de esta narración. Stanley utiliza una y otra vez las expresiones del horror de la jungla a la que califica de oscura o de lóbrega.

Oscuridad, extravío, peligro, perdición, trastorno, pillaje, crueldad gratuita… son algunas de las más intensas impresiones comunicadas por Conrad en su libro. Esa impresión tenebrosa, de algo que no se llega a mostrar nunca del todo, que queda fantasmal, entre la niebla y la oscuridad y el territorio del río, es el mayor logro narrativo de Conrad. El poder de la densidad Tan agobiante como de dificl anabdono, de su prosa brilla en las páginas de esta novela en la que Conrad describe la navegación por el río y la calidad “mineral” de la selva impenetrable, y más loque entrevee, lo que sospecha que lo que en realidad ve. Conrad logra algo muy difícil: hacer inquietante algo lejano, que como lectores lo imaginemos con auténtica aprensión. Conrad con su descripcion de la selva como algo vivo –a una criatura- da de paso una increíble impresión de extravío.

El mismo año que se publica el realto del viaje de Stanley (al de 1888 me refiero), es cuando Conrad medio comanda Le Roi des Belges, el barco que remonta el río. Para entonces las leyendas del Congo y de quienes protagonizaban aquella “gesta civilizadora”, una turba de aventureros sin escrúpulos, corrían los mentideros de los culos de mal asiento, de los que vivían impulsados por el fuir, fuir la-bás, de Baudelaire y de la honorable carne de horca. Un paraiso de riquezas tan oscuro como peligroso. La llamada de la aventura estaba asegurada.

El médico que examina a Marlow le pregunta en El corazón de las tinieblas (1902), si en su familia hay algún precedente de locura o de trastorno mental más o menos transitorio. Porque para aventurarse en ese lugar donde no hay otro díos que el marfil y todo gira en torno a ese preciado bien y por el que cualquier crimen es posible, hace falta estar un poco loco. Ese libro será todo lo simbólico que queramos que sea, en nuestra calidad de lectores impertinentes, pero no puede ser desligado de la realidad de la época: la furia del márfil, la que luego daría en la furia del caucho y de otras riquezas que entonces sólo eran sospechadas, las atrocidades cometidas por agentes comerciales, militares, policías, curas, funcionarios blancos de la metrópoli belga en aquellas tierras. Es decir la labor de la barbarie blanca, vendida como obra civilizadora. Ese, en sus detalles más macabros, es el verdadero Horror que encerraba el país, no, desde luego, el fantástico descenso a los infiernos personales del más famoso agente de la Compañía, Kurtz, engolfado en su propio fondo cenagoso de barbarie, ambición, impunidad y locura.

El corazón de las tinieblas y la vuelta sobre las huellas de los propios pasos de Conrad en 1902, doce años después de haber hecho él mismo el viaje, tiene algo de simbólico, cierto, pero más que nada por que las tinieblas y profundidades de la conducta humana no le eran ajenas, al revés fueron la materia misma de sus mejores obras. El escritor del mar, de los viajes y de la aventura escondía en su interior otro que era el que le interesó tanto a André Gide, que fue su introductor en Francia. Alguien que no era indiferente a nada de lo que veía, a la barbarie de la civilización occidental y a sus patrañas, y a la labor de zapa que envenena las conciencias. En ese libro hay una evidente rumia del propio Conrad.

Cuando Conrad escribe esas páginas ya sabe lo que sucede allí abajo. No soalemente por las noticias más o menos vagas que le llegaban sino por su relación con ese personaje extraordinario y novelesco que es el patriota irlandés (ejecutado en 1916 por los ingleses acusado de traición) Sir Roger Casement, a quien conoce a poco de desembarcar en el Congo. A juzgar por sus diarios de viaje, Conrad tuvo enseguida oportunidad de ver lo que sucedía con la labor civilizadora de la Compañía belga de explotación de los territorios vírgenes del Congo. Se quedó sobrecogido.

En El corazón de las tinieblas aparece un personaje genuinamente conradiano, uno de sus más enigmáticos y atractivos personajes, más incluso que el abominable Kurtz o que el mismo Almayer, alguien que aparecerá en otras obras suyas: el capitán Marlow.

Marlow aparecerá en otra obra maestra, lord Jim, será su escribidor, el que se hace con los papeles (como en esta misma), el que concluye diciendo del desdichado Jim: <<Era un pobrecito soñador>>, y el que hablando con Stein, el cazador de mariposas, en el corazón de la noche otra vez, conviene en que para salvarse a veces es preciso echarse en medio del torrente. Marlow es un espectador del mundo y de las pasiones humanas, es comprensivo, pero lejano, lleva su propio equipaje a cuestas. Sabe que cada cual debe cumplir su destino, sabe que la nuestra es una lucha continua y necesaria contra los errores, la mala suerte y la propia conceincia, y que lo que más podemos esperar de la vida es un cierto conocimiento de uno mismo que llega siempre demasiado tarde y una cosecha de remordimientos inextinguibles.

Tengo para mi que en Marlow es más que posible ver uno de esos alter geos literarios hechos a base de lo vivido y de lo imaginado, uno genuino, uno de los mejores, en el que la realidad se mezcla con lo que pudo haber sido, la reveladora preyección de uno mismo. Marlow puede encarnar prejuicios, ideas y opiniones contundentes, una ctitud secreta del autor, un aspecto incluos concorde con la voz (voz nocturna: las suyas suelen ser las palabras de la nche. Marlow es Conrad y no es Conrad. Es Conrad quien viaja, en 1890, a África y remonta el peligroso rio Congo, todo un mundo, y Marlow quien se queda fascinado por el bárbaro Kurtz y por su demencia. La novela abunda en detalles autobiográficos del propio novelista, las tensiones entre Marlow y el ofical de la Compáñía son parecidas a las que tuvo el propio Conrad, las enfermedades que como él dice se desarrollarían plenamente más tarde, también. Se fue del Congo en parte empujado por ellas. Su mirada es la mirada de Marlow.

A cien años vista ese libro se nos ofrece rico en tensiones personale sy en contradicciones que retratan bien al propio Conrad como un escritor empeñado en la lucha consigo mismo, que le da a sus obras buena parte de su tensión. Si inequívoca es su condena de la brutalidad en el pillaje cometido por los belgas, su complacencia con lo que hacían a su vez los ingleses es tan clara como absoluta. Lo que en unos es expolio, en otros es labor civilizadora. Siempre depende de que lado nos ponemos o estamos, de quien es el más fuerte. Conrad además de sostener sus ideas más profundas debía cuidar a sus lectores y a sus editores. No era el único. Stanley en el viaje en busca de Emin Pachá (el aventurero alemán Edouard Schnitzer, el rey de Ecuatoria), echa la culpa de esa barbarie a los sudaneses que no consideraban a los habitantes de las selvas congoleñas más que como animales, esclavos o cosas. Llovía por tanto sobre mojado.

El corazón de las tinieblas es un libro denso, fascinante, una pieza mayor del mosaico conradiano. Sin contar con que la historia del libro está tan rodeada de personajes tan reales como legendarios, de leyendas pavorosas, que es por si sola una novela, una invitación a redoblar el viaje cuando menos literaria, al país de las tinieblas, al corazón de ese río del que Stanley decía –y ahí le seguiría Conrad- que se hacia profundo sin cesar, como el olvido.

*** Artículo publicado probablemente en El Cultural, de ABC, Madrid, ¿2008¿