Paisajes

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EL poeta suizo Ramuz habló del paisaje como patria, algo que, como todo lo relacionado con las patrias, queda bien en el papel, pero que es un entelequia poética como cualquier otra porque luego no se sabe bien qué se quiere decir con eso. Y si no que se lo expliquen a un escritor desplazado, desposeído de paisaje propio, hombre a la fuerza errante, como pudo serlo Joseph Roth. Los desplazados es por cierto el título de un brillante ensayo (algo menos espeso que de ordinario) de Mario Praz, donde este viene a hablar de esa condición del siglo donde libertad y desplazamiento van a menudo tan unidas. Tal vez en lugar de patria bastara con hablar de ese lugar entre cielo y tierra que está, vaya usted a saber dónde está, y que nos hace sentirnos en nuestro sitio en el mundo, no ser (momentáneamente) unos desplazados, convenientemente desarraigados para ser nosotros mismos, no meros miembros de una tribu más o menos feroz, y sólo eso. Ese lugar puede estar en donde nacimos, en donde hemos ido a parar o lejos, en otra parte, sin que para llegar allí sea necesario el pasaporte Nansen: en algún lugar de la Patagonia, en uno de sus fiordos, para Luis Sepúlveda, en la tierra del Dolpo, en el Himalaya, para ese escritor tan emocionante como marginal que es Peter Matthiesen, así al menos lo dejó dicho en su Leopardo de las nieves. De ese lugar pueden echarnos, pueden empujarnos, pueden retenernos en él a la fuerza, podemos también aceptar las servidumbres de su ley de la tribu, y entonces el lírico lugar en el mundo se hace cepo. La poética del lugar en el mundo, del paisaje propio y hasta de la casa como isla, es azarosa y lleva consigo una cierta precariedad y a veces una cierta amargura. El lugar puede perderse, pero puede ganarse de continuo, puede construirse incluso, como hizo Pío Baroja con su País del Bidasoa, que se hizo visible gracias a las páginas literarias. Escritores arraigados, escritores desarraigados, entre ambos hay un territorio, un paisaje con leyes propias, el de la escritura, el de la literatura, el paisaje de la invención, a veces no queda más que ese, patria o zorrera, tanto da.

*** Artículo publicado en El Correo, Territorios, Bilbao, 9.9.1998

 

 

Patagonia Express

A Luis Sepúlveda le conocí en Madrid, un día de finales de Mayo de 1994, en una comida que probablemente fue, creo, un si es no es tumultuosa, más que nada porque me parece que había por allí un poeta arrebatado y gritón que ponía pingando a todo bicho viviente, que es oficio de poeta en campaña, como todo el mundo sabe. Y es que al berreo se le llama vitalidad, entre otras cosas. Sea. De la misma forma que a la difamación, a la burla, a los celos, algunos clarinetistas de postín les llaman “la sal de la literatura”. Cominerías. Afortunadamente comimos en un extremo de la mesa, y bebimos y hablamos hasta que él se fue a firmar ejemplares a la feria del Retiro. Sepúlveda es un conversador nato, un entusiasta contagioso y uno de esos seductores que saben como capturar, como hacerse, como vivirlas en el fondo, historias geniales, las que aparecen en este Patagonia Express, emocionantes, rebosantes de entusiasmo y de celebración de la vida. Llevaba una ballena de plata al cuello. Yo había leído un libro suyo, Mundo del fin del mundo, y me había quedado de inmediato cautivado por esa Patagonia o esa Tierra de Fuego de la que me había hablado un poeta chileno que aparece y desaparece de mis historias, Adolfo de Nordenflycht, y que también había leído en el extraordinario libro de Bruce Chatwin a esos confines dedicado. Un territorio que nunca perdí la esperanza de ver alguna vez (porque no pongo empeño alguno en ello), pero que desde entonces, fue el telón de fondo de esa No existe tal lugar de mis desvelos y el acicate de un viaje que concluyó cuando metí los pies en el agua del estrecho de Magallanes, en una playa sucia, junto a la ciudad más asutral del continente americano: Punta Arenas.

Aquel día de primavera madrileña hablamos de ballenas, de barcos, de viajes, de viajeros, de literatura, de un congreso de escritores del viaje y la aventura que se celebra todos los años en Saint-Malo… Casi, casi, aquella comida pudo haber acabado como una de las historias espléndidas, arrebatadoras, que componen este Patagonia Express: su encuentro con Bruce Chatwin en Barcelona y su casi inmediato propósito de salir disparados hacia la Patagonia. Sepúlveda, un escritor de viajes, sea, y algo más, bastante más. Tiene un estilo natural y eficaz, que evoca de manera engañosa el relato oral, porque tiene rasgos de gran estilo. El suyo, sus viajes, tienen poco que ver con un inventario de cosas vistas -Desde aquel lejano Rien que la terre del mítico Paul Morand (y otros autores también) a Il mondo cho e visto de Praz- y mucho, bastante más con las historias vividas. Nos separaban muchas cosas, nos unían otras. El es un viajero. Yo no lo soy, y hasta se me han pasado las ganas de decir, sin venir mucho a cuento y a modo de gansada, aquella cita de Lezama que a muchos les sirve de excusa para no leerlo a fondo jamás: <<Pocas personas habrán viajado tanto como yo entre las paredes de mi biblioteca>>. Sepúlveda me hablaba de los escritores de gabinete (casi todos los españoles), los que necesitan un espacio preciso, casi un escenario, y de cómo él, para escribir, no necesita ese gabinete -no le hace falta este secreter de indiano, aunque en él acabe iluminándolo-, sino espacios más amplios, más abiertos, el requerimiento del viaje. Lo explica muy bien en ese libro: le basta con una mítica moleskina y una tabla de panadero en la que apoyar sus papeles. Y además se nota que es veraz. Un escritor de gabinete jamás habría escrito estas historias americanas (incluida la del pariente de América que cierra el libro de manera contundente y obliga al lector a quitarse el sombrero).

Importa sin embargo el lugar donde leemos ciertos libros. Este Patagonia Expres, leído desde uno de esos lugares donde uno se siente bien, de los que habla Sepúlveda, a pesar de todo, a pesar de los pesares, es una forma de vivir la propia casa, el paisaje como una segunda piel. Leer ese libro de viajes desde un rincón perdido, en el rincón del fuego de una casa vagamente perdida en una geografía que les dice poco a quienes en ella no vive, con el viento del sudoeste silbando por la chimenea, es también una forma de viajar, es, como decía Jean-François Fogel al hablar de Paul Morand, admitir que “siempre tiene que haber alguien en movimiento para pervertir a los que están en reposo”. Y es, sobre todo, una forma de comprobar el poder de seducción de esa literatura sostenida en las historias verdaderas y en las vidas de los hombres: escribir con verdad.