Toboganes de tristeza

violeta-parra-louvreLA voz quebrada de Violeta Parra sorpresiva en una radio lejana, ahí, en el dial nocturno, el de las voces y las vidas perdidas, cantando su muy hermosa «Chilena en París». ¿Quién se acuerda de los poemas de Nicanor Parra? Acordarse de un poeta, no acordarse, leerlos, revisitarlos: comprometidos asuntos. Violeta Parra, Víctor Jara, José Larralde, Reggiani, el que cantaba poemas de Boris Vian: Quisiera no morir sin haber conocido los perros negros de México que duermen sin soñar… Se han escurrido veinticinco años desde la muerte de Neruda y de otras muertes, veinticinco años de los cafés del carrefour de l’Odeon, donde ya no hay sino sombras, espejos y algún robinson avejentado, perdido, fantasmal, como Ben Gunn, que habla, cómo no, de lejanos lances de piratería del alma, veinticinco años de deslealtades a los propios sueños también, y más tiempo desde que Jaime Gil de Biedma escribiera su «Elogio de la canción francesa».

Las canciones de entonces (a cada cual las suyas) son poderosos tiradores de la memoria. Al conjuro de su melodía aparecen auténticas paradas circenses, lo que la gente del oficio de la magia en los teatros llamaba incluso fantasmagorías, ilusiones de espejos y cartón piedra: la música de Nino Rota para Amarcord, sin ir más lejos, conjura recuerdos inauditos. Podría seguir nombrando toboganes de melancolía, agónicos toboganes otoñales de melancolía que fueron festivos, pero estaría plagiando a ese poeta extraordinario y tan mal conocido, Leo Ferré, el poeta de la anarquía y de la rima clásica, en su canción «La mélancolie», en la que desmenuza esos desfallecimientos de la vida cotidiana que nos encogen el alma, que a cada cual le encogen de una manera especial el alma, porque cada cual tiene los suyos, momentos en los que no pasa ningún ángel, que quedan suspendidos, cómo péndulos que se detuvieran un instante en el silencio, naderías que se rompen, olvidos, regalos de no cumpleaños, que diría Lewis Carroll. Estaría plagiando a Ferré y haciendo lo mismo que los viejos camaradas, los camaradas viejos, cuando tararean tarde en la noche el olvido de las canciones de sus veinte años y se les ve atemorizados, ausentes, cómplices por un momento de esa intensa vergüenza ante la deserción de los propios sueños, de los desfallecimientos, antes de escurrirse a los afanes del presente, tan distintos, tan costosos de adivinar entonces.

*** Artículo publicado en otoño de 1998. No encuentro al referencia exacta.

 

 

Regalos

REGALOS

DE los de no cumpleaños habló Lewis Carroll en algún lado. Son los regalos de los días que no son especialmente navideños, de los días que no son de aniversario, de los días que igual no hace bueno y su motivo es porque no hace bueno, o viceversa, o porque hemos tenido presente a alguien de una manera especial o porque lo hemos visto cabalmente -eso tan raro- cuando lo hemos encontrado por sorpresa al pasar una página, al doblar esa esquina de papel, o hemos encontrado allí un jirón de una conversación perdida que así recuperamos. Los que yo recibo suelen ser libros, tal vez porque es lo mío, tal vez porque los lazos de amistad y afecto que me unen a quienes me los regalan se han ido anudando y tejiendo a través de los libros, de eso tan hermoso, y tan juvenil también, que son las lecturas compartidas, las lecturas paralelas, los descubrimientos sucesivos, entusiásticos y contagiosos de la existencia. Compartir la lectura de un libro es algo más que compartir las peripecias de unos personajes, que visitar una cierta atmósfera, un país lejano y extraño, a medias inventado (como nuestro pasado), algo más que unas ideas pasablemente estimulantes. Los libros regalados crean un vínculo extraño entre quien da el regalo y quien lo recibe, fundan un pacto curioso, una complicidad, pasajera o perdurable, poco importa, pero el caso es que hay gente que ya sólo vive para nosotros en los regalos que nos ha hecho, que se ha instalado allí, entre las páginas que el tiempo va patinando con la minuciosa arquitectura de la destrucción que sólo se hace visible cuando es demasiado tarde, y que vive para nosotros en su trama, con sus palabras propias, desdoblada tal vez en personajes literarios que, ellos sí, ellos permanecen frescos, vivos. Otras veces damos vueltas y más vuelta al libro preguntándonos por qué demonios nos lo habrán regalado, dónde estaremos nosotros, dónde nos habrán reconocido, dónde ellos, cuáles son las palabras de la complicidad, el santo y seña de ese súbito gesto de amistad, y no encontramos nada, un enigma que nos puede costar media vida descifrar, el enigma de unos desconocidos que a pesar de todo se empeñan en mostrarse el mundo con un gesto mudo, del que habló Valéry.