Los mascarones de Isla Negra

 

 

mascaron-isla-negra_CustomEL poeta Pablo Neruda tuvo una pasión arrebatada: construir y habitar casas nada convencionales y crear en ellas escenarios que acababan por resultar prodigiosos y algo teatrales, como las cajas de Cornell. Neruda fue un formidable aficionado al cachureo, esa manía, muy chilena, por reunir cosas inverosímiles que adornan las casas humildes y las no humildes, las tumbas de los cementerios insólitos, como el de Punta Arenas, y los mejores bares de Valparaíso.

Las casas en las que vivió Pablo Neruda son una más de sus creaciones. En ellas se refleja la arbitrariedad, el gusto a contrapelo, el gusto por lo insólito, propio del collage surrealista. Son escenarios en los que lo raro, lo precioso, lo ridículo y hasta lo cursi, se dan cordialmente la mano. Tantas casas como escenarios donde representar el papelón de la propia vida y una prolongación de los poemas escritos desde el mirador de sus ventanas y sobre el dechado de la épica de lo cotidiano, de lo humilde, de lo que está poco menos que hecho al tamaño de las manos y que fue la materia de sus odas elementales.

Como buen personaje literario importan sus escenarios porque estos forman parte de su obra. Se entendería mal a Pablo Neruda, al poeta, al personaje literario y a la persona secreta en los pliegues de su perfil psicológico, sin el entorno en el que vivió. Lo suyo no fue un mero alarde decorativo, sino proyecciones de un mundo interior, de un universo poético alérgico, desde luego, al horror vacui. Al contrario, esos escenarios son el más cabal espejo de su bulimia vital y de su exuberancia sentimental. Neruda decía que se había pasado la vida reuniendo juguetes, edificado sus casas como un juguete y que jugaba en ellas <<de la mañana a la noche>>.

Neruda fue un infatigable recorredor de mercadillos, un pedigüeño convincente, un tenaz buscador de artesanos, un genio en dejarse tentar por el azar de las calles, de los derribos, de los naufragios, de lo que ya fue. Lo saben todos los que le conocieron y dejaron testimonio de su trato y entornos, ya fuera en el Madrid republicano en cuyas insondables ferreterías alavesas rebuscaba en busca de un picaporte, una de las muchas manos gentiles que invitaban a llamar a sus puertas, o en las dichosas tapias del Botánico; en el París donde estuvo de diplomático, en el Chile de su vida pública política y del pulule de los remates. Abrió las puertas de todos los comercios insondables que pudo, en un sitio y en otro, de las tiendas arrebatadoras de los naturalistas y los exploradores, de los lugares que ostentan el cerrado por defunción. Sopesó las tripas de las casas, los pecios, los barcos en desguace, los equipajes perdidos, las cosas que estuvieron en una mano y fueron dejadas caer, las cosas perdidas, las herramientas de los oficios desaparecidos, los testimonios materiales de los vagos afanes.

TD-Santiago-La-ChasconaIslaNegra-Mascarones-620x413Detrás de las cosas que abarrotan las casas de Pablo Neruda están sus múltiples viajes por Oriente, China, Rusia, la entonces Europa del Este, Francia, Italia, América Latina. Detrás de los objetos hay congresos de escritores, lecturas públicas, empeños políticos, mercadillos, hallazgos casuales, enseñas de comercios insondables, y muchos lances de la compra de lo inverosímil: un gigantesco rompecabezas, una constelación de huellas de pasos.

Para el que fuera su secretario en la embajada de Francia, Jorge Edwards, tan insustituible como implacable conocedor del poeta, el paraíso de Neruda era Las Pulgas de París. Habitar casa, componer casa, en Sicilia, con Matilde Urrutia o en la Chascona, en Santiago, en París, en Madrid, la Casa de las Flores en el Argüelles bombardeado, donde dejó las máscaras de Bali. Aquí fue Miguel Hernández quien empujando una carretilla le ayudó a salvar algunos libros de la casa bombardeada en la guerra civil.

Según Neruda para coleccionar algo, cualquier cosa, bastaba con desearla intensamente. Algo que se revela más o menos cierto en cualquier furioso coleccionista y, por supuesto, en su caso. Y estar en ello, claro, estar en la labor de meterse el mundo en el bolsillo que es tarea de ilusionista y de poeta.

Desde muy niño, desde que vivía en Temuco donde nació, Pablo Neruda tuvo una relación muy especial con los objetos. Los reunía con pasión, los amaba de una muy peculiar, cantarina y poco descifrable manera, hacía que hablaran para él a su antojo, les dedicaba poemas, les inventaba también, muy a menudo, historias improbables, hermosas, lejanas, que los mejoraban. Son o fueron las piezas incontables de su humano rompecabezas. Rossebud sería para Neruda la vaquita de madera que le pasó por un agujero de la cerca el vecino al que no volvió a ver jamás.

Neruda tuvo una vista prodigiosa para las cosas. Sabía rescatar lo anodino del polvo y de las penumbras más o menos lujosas donde las cosas duermen y darle valor, un valor que tal vez nunca tuvieron cuando estuvieron en su sitio o que nadie, salvo él, supo ver: el sifón, la horma del zapato, la llave, el animal que iluminaba la alcoba, la lupa, la imagen devota del rincón del humo, el dios temible, la taza, la última copa. Y tuvo un gran sentido del lugar que debían ocupar en sus escenarios. Allí nada era casual. Un instrumento de música, una máscara, unas mariposas o unos escarabajos estaban en el preciso lugar donde iban a servir de recordatorios de vidas vividas y soñadas, de reliquias y de incitadores al viaje literario, al poema.

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EN Isla Negra, al sur de de Valparaíso, el mar bate violento, bronco, contra las rocas rotundas de la orilla y el viento levanta arena y tierra entre los cipreses y los eucaliptos. La luz es la del otoño austral, la de las sombras que se alargan y el aire esta velado con las gotas de agua de la espuma.

La de Isla Negra es una casa construida a medida de los caprichos, a medida que el poeta necesitaba más espacio para colocar sus colecciones. Es una casa sin orden ni concierto o sin otro orden y concierto que el del capricho, coronada por el pez nerudiano encerrado en sus aros armilares. El mismo pez de la enseña de la casa que hondeaba cuando el poeta estaba en casa.

Una casa rodeada de una cerca de tablas de ciprés de las Guaytecas con nombres grabados, nombres que fueron gestos de resistencia en los tiempos más duros de la dictadura, el testimonio de un aprecio popular y una devoción que pocas veces concita un poeta.

Una casa que iba a ser centro de reposo de agotados mineros y exhaustos obreros del salitre, cantados una y otra vez en sus poemas, y ha dado en santuario, en lugar de peregrinación de lectores y no lectores de Neruda.

Las vigas de raulí del bar de Isla Negra son el testimonio de los amigos que partieron, de Miguel Hernández a Paul Eluard, pasando por Federico, y del gusto de Neruda por los buenos vinos (no fue él el único que brindó con el dinero de su premio Nobel) y las mejores copas. Hombre de muchos amigos, de muchas sobremesas, de mucha fiesta y de muchos regalos de no cumpleaños, como los de Alicia en el País de las Maravillas, de mucho huronear y patear las calles de las ciudades, de asomarse a donde no se asoma nadie, un merodeador y buscador, de imaginar de caprichear, de cachureo bravo: hay que comprar haciéndose el dormido, decía, como juegan los jugadores de ventaja.

Si toda colección es un eficaz autorretrato, las de Pablo Neruda conforman el de alguien proteico, insaciable, curioso hasta el delirio, alguien pueril y refinado, ambicioso y humilde, baratero y secreto, algo ilusionista también que busca el asombro de sus huéspedes. Es una casa para uno mismo y para los visitantes. Tal vez por eso se les enseñe el guardarropa del poeta, su sombrero Stetson, sus zapatos ingleses y sus corbatas ídem y su americana de Eton.

Es en el escenario de sus casas, rehechas después de su muerte por su viuda Matilde Urrutia, donde se ve que nada le bastaba, que su propósito poético era abarcarlo todo. Así es como resultan un portentoso rompecabezas, una cacharrería del alma, la envidiable escenografía de una vida que le permitió titular sus memorias con un rotundo Confieso que he vivido que esconde las sombras todavía no exploradas de su psicología compleja.

Isla Negra es la casa del mar, la que encierra su prodigiosa colección de mascarones de proa: la Cymbelina, el Gran Jefe Comanche, el Armador, la Sirena, la María Celeste, La Novia, la Bonita, la Micaela, la Medusa… Otras tantas evocaciones de la mitología de los grandes veleros, los balleneros, los clípers del nitrato, los barcos que navegaban con leyendas innombrables a bordo, los de la mala suerte, que atracaron en Valparaíso: <<Hoy llegó de arribada, por haberse declarado un motín a bordo, el pailebote Juan Fernández>>.

<<Soy el más marinero del papel>>, escribe un Neruda enamorado de un mar mítico, para él imposible, porque en lugar de navegar, cosa que le gusta poco, nada, se contenta con coleccionar caracolas, mapas, instrumentos de navegación, barcos innumerables encerrados en botellas, cuadros de barcos –muchos de ellos en el museo dedicado casi por entero a lord Thomas Cochrane, a quien Neruda tuvo una ilimitada admiración, en el cerro Cordillera de Valparaíso, -, maquetas, caracolas de todos los rincones del globo, máscaras rituales, pipas de espuma de mar, manuscritos, legiones de <<judas tronadores>> (unos diablos mexicanos de barro con festivo corazón de pólvora), mapamundis y mapas, cartas de navegación, picaportes, dientes de cachalote con escenas de la vida en el mar, tarros de farmacia, vajillas, naipes, dioramas, ex votos italianos, juguetes, animales, grabados naturalistas, herramientas de oficios viejos a los que dedicará odas de elementalidad y emoción parejas, pisapapeles, sulfitos, fósiles, grabados de naufragios, angelotes, esos fabulosos estribos chilenos tallados cuyo origen se remonta al siglo XVII de los jesuitas americanos, imágenes religiosas exóticas, relojes, insectos, piedras, fósiles, zapatos, botellas y garrafones de colores… Cualquier inventario se hace a la postre insuficiente. Y todos hacen un poema del inventario, que es poema de solitario, como el que sin saberlo levanta Robinsón en su isla.

Pero en Isla Negra es el océano que se sale del mapa el que está dentro de la casa, junto a una de las mesas de trabajo del poeta, una mesa de madera basta que llegó, como no podía ser menos, con las olas, según informa la guía aquejada de psitacosis, encargada de suscitar el asombro de los miles y miles de visitantes, devotos peregrinos de todo lo que sea insólito, que pasan por la casa. Una mesa ruda, una mesa para la tinta verde y para los poemas como torrentes de montaña, arrastrando muchos materiales, feraces por supuesto, por supuesto.

coleccion-barcos-en-botellaFUE en Isla Negra donde Pablo Neruda enfermó de muerte poco después del golpe de estado de 1973. Una ambulancia lo sacó días después de que la casa fuera registrada con él en cama. Se cuenta que el propio Neruda presidió el allanamiento desde la cama: <<Aquí lo único peligro es la poesía>>, le dijo al oficial que mandaba el registro.

Neruda no volvió a pisar la casa de sus sueños, la de sus mejores días, la que alberga lo más significativo de su mitología marinera, la del <<soy el más marinero del papel>>, el del navegante de sueños. Cuando regresó lo hizo en un féretro para ocupar la tumba que comparte, después de algunos avatares, con Matilde Urrutia frente al océano, cerca de un ancla.

Como tampoco llegó a ver La Chascona, la casa de Santiago que fue destrozada por los militares alzados –<<generales, traidores, mirad mi casa muerta>>- y en la que fue velado, la noche del 23 de septiembre de 1973, entre cascotes, cenizas, vidrios rotos, barro, obras de arte destrozadas, libros quemados. Hay vidas que no son en balde, hay vidas que ofenden, hay escenarios que molestan: te quemo la casa porque sé que la quieres, rompo tus cosas porque formas parte de ellas. Esa es la divisa de la barbarie.

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Valparaíso en la noche

VIAJE 4 387<<Valparaíso en la noche, siento tus pasos de baile>>, o cantaba Ángel Parra. Por su parte, el Gitano Rodríguez sostenía  que no se puede vivir sin conocerlo. El Gitano fue uno de los muchos poetas que han cantado esa ciudad enrevesada, recodera, formada por cerros y quebradas profundas, de cara a la bahía de Quintil y al océano Pacífico. La Joya del Pacífico, la llaman los marinos, y esa canción se escucha en una gran película neo realista, Valparaíso mi amor, del doctor Aldo Francia: la miseria oculta de los cerros, el que la riqueza del puerto fuera ya cosa del pasado y no llegara para todos, las casas palafíticas e inverosímiles al borde las quebradas donde crecen las mimosas invernales y el maqui de los picaflores. Lo filmó también Joris Yvens. Y los porteños se asoman con emoción a esas imágenes y enmudecen como quien se asoma a un espejo.

Nous irons à Valparaiso, cantaba Germaine Montero, la amiga de García Lorca; y su mejor dibujante, Lukas, dijo desde el mirador Attkinson, que era una ciudad en la que no se podía vivir sin una sonrisa en el corazón, la que ahora mismo brilla en los graffitis y murales de sus tapias y derribos. Una ciudad de buganvillas, palmeras, picaflores, tordos, cuturras y palomas (las que pinta el Lolo Coirón), de casas de adobe y calamina, y de villas <<inglesas>>, en las que luce el anaranjado del pino oregón, que venía de lastre en barcos como en el que habría emigrado Joaquín Murieta.

Valparaíso conserva vivo el recuerdo de los veleros que, hasta la apertura del canal de Panamá, doblaban el Cabo de Hornos rumbo a California e hicieron de Valpo (como la llamaban los gringos) uno de los puertos de mayor movimiento del mundo. Valparaíso fue decayendo poco a poco, cuando el salitre dejó de salir rumbo a Europa, pero sigue llena de color, de escaleras más laberínticas y empinadas unas que otras, que serpentean los cerros: Placeres, Bella Vista, Monjas, Alegre, Concepción, Barón, Artillería, Toro, Playa Ancha donde la ciudad se acaba y acaban muchos porteños porque ahí está el cementerio, con el mar batiendo a sus pies, y ahí fue donde fusilaron y enterraron hace cien años a un Landrú porteño cuya tumba es hoy un centro de peregrinación y atracción turística: la animita milagrosa de Émile Dubois. Animitas callejeras de Valparaíso: otro mito de devoción y superstición porteña, como el cementerio de Disidentes y sus tumbas historiadas.

Se dice que Neruda se inventó Valparaíso, no ya porque viviera de joven en ella y se escondiera en uno de sus cerros cuando fue perseguido o porque adquiriera más tarde la casa torre, la casa proa de La Sebastiana, en Cerro Bellavista, sino porque escribió mucho sobre ella, le dedicó muchos versos y, refiriéndose a sus millones de peldaños, dijo que quien subiera todas esas escaleras habría dado la vuelta al mundo.

Valparaíso es un nombre legendario y algo más que eso: una ciudad emocionante. Basta reparar en los detalles: los loros y los jugadores de golf del Liberty, el bar de trueno de la plaza Echaurren, frecuentado por el cineasta Raúl Ruiz; las ferreterías que venden <<golos chinitos antiguos>>; los bares de trueno de los marinos, los volantines de colores que se alzan primero en un cerro, luego en otro, y se saludan y bailan, y los porteños que los miran gozosos; la manera en que conversan desconocidos con desconocidos, porteños o no porteños, afables, en las barquillas de los ascensores, como la palomilla del Artillería que me contaba como de niña, de moza, subía las escalas de gato del Esmeralda… los barcos.

Hoy, al margen de la industria turística sostenida en su nombre, del Valparaíso de Neruda no queda gran cosa. Quedan las <<Antigüedades el abuelo>>, pero las puertas de los cafés que él frecuentó, o las del Roland Bar y el American Bar, están cerradas. Los locales del carrete juvenil son otros. Inútil buscar el cabaret de Los Siete Espejos fotografiado por Sergio Larrain, pero sí el elegante Club Naval o el Museo del mismo nombre, aunque pesen los recuerdos sombríos de 1973. De aquella época todavía gloriosa queda el simpático Cinzano de la plaza Aníbal Pinto, donde Rodolfo prepara unos sauers gloriosos y el capitán Oliva perora sobre navegaciones y desastres del mar con una caña de Canepa en la mano, y por la noche se escuchan cuecas y tangos que emocionan a la parroquia entrada en años; y también el Bar Inglés, donde la melancolía de las vidas y las ciudades que ya fueron tiene sabor a limón de pica, a palta y a cilantro. Para encontrar cachureo marítimo del que le gustaba a Neruda, y a falta de la misteriosa colección del escritor Salvador Reyes, hay que ir al Hamburgo, el hogar del navegante alemán, donde las maquetas de barcos, los gallardetes, las banderas, los mascarones, no dejan un espacio libre: <<El trabajo es el enemigo de la clase bebedora>>, reza, con palabras de Oscar Wilde, un cartel que saluda a la clientela.

Una ciudad patrimonio de la Humanidad, mezcla de muchas sombras y descalabros y no pocas luces, pero que tiene un valor: la alegría de la gente más humilde, la que encuentras en el mostrador de los jugos del Bogarin o de las empanadas de Salvador Donoso, en las mesitas de las caletas Membrillo o Portales, bajo el vuelo de los pelícanos, a la sombra de San Pedro protector, en Los porteños, en cuyas mesas se enciende el fuego del piure, en las barquillas de los ascensores bromeando acerca del aguacero y del temporal que rompe con furia en la Costanera, de la cesta de la compra y sus afanes, de los volantines, del último circo en derrota que acertó a pasar por alguna placilla de los cerros altos, allí por donde la calle Pío Baroja es una calle de miseria; en el griterío del mercado amarillo y verde de El Cardonal o en la noche de trueno de sus alrededores, o en el bar de El Enano Cochino, hombre de cine y espectáculo, undergrounds ambos. Valparaíso, una ciudad de poetas, de pintores, de soñadores, de una melancolía incurable, que es habiendo sido. Contar Valparaíso es, en los temporales del invierno, la mejor conversación porteña.

*** El artículo se publicó en El País, de Madrid, en 11.4.2009 con el título “Bailando una cueca en Valparaíso”