El pasaje de L. F. Céline, una corte de los milagros

DSC_0094 El peatón de esta primavera lluviosa de París que deje atrás el Boulevard des Italiens y entre por la rue de Choiseul tal vez no lo sepa porque la placa azul, verde y blanca estará tapada por otra artesanal en blanco y negro que dirá: «Rue Michel Foucault, mort du sida». En esa calle estrecha encontrará una pasamanería y otros comercios y talleres de artesanos, todos profundos y de color canela, que le llevarán sin esfuerzo cien años hacia atrás. Y en su fondo encontrará un pasaje, el de Choiseul: una puerta de hierro y de vidrios que descomponen las luces eléctricas del interior y el color de los anuncios publicitarios: verde botella, amarillo canario, negro. Al otro lado de esa puerta vidriera de invernadero se abre un pasaje comercial, uno de esos rincones que el viajero de oridanrio no visita, salvo que sea peatón de oficio, ese que se echa por la mañana a la calle y va a la buena de Dios, ensoñación va, hallazgo viene; un pasaje donde Louis Ferdinand Destouche, dit Céline, vivió de niño y que para él fue la calle mayor de una aldea perdida en el corazón de París, un escenario irrenunciable al que bautizó con el nombre de Pasaje de Beresinas algo que sin esfuerzo se puede entroncar con el «Nuestra vida es un Viaje en el invierno y en la Noche…», que abre Viaje al final de la noche, la canción de los Guardias Suizos, pero Eluard, Paul, habla de otros animales

DSC_0101Uno de eso pasajes que al peatón de la ciudad le pueden contagiar aquellas ensoñaciones tan del gusto de Walter Benjamin, casi, casi el inventor de estos escenarios del hombre moderno hecho espectador curioso de sí mismo, que pasa, se detiene, mira esto y lo otro, desea, sopesa, sueña, proyecta y al cabo echa andar con su insatisfacción y su anonimato a cuestas. Ese pasaje era una verdadera corte de los milagros, hasta las cartas postales que nos han llegado lo muestran abigarrado, lleno de gente detenida delante de las vitrinas, mirando esto o lo otro, un pasaje abrumado de enseñas y de reclamos comerciales, como hoy mismo: el editor –el de los poetas paransianos y el de Le Banquet–, el impresor, el saldista de ropa de confección, el cafetín, el juguetero, el higienista y hasta el bisutero, a las que se superponen el artesano, el pequeño comerciante que oscila entre la ruina y el apaño, el desocupado, el mocoso, el pillete y el buscavidas de otro tiempo… Y a ese escenario del flâneur volvió Céline una y otra vez. Para él fue ese callejón sin salida de la infancia que muchos escritores llevan dentro, el punto de partida de su viaje en solitario, errando entra la realidad y la invención, hasta el final de la noche. Unas veces nos dirá, maldiciéndolo, que era un lugar sólo bueno para reventar debajo de un cielo de vidrio polvoriento entre las miasmas y el gas que se escapaba silbando de los picos. Su viaje tiene sentido porque es para huir del pasaje de su infancia, de ese invernadero donde crece una vegetación malsana. Era preciso irse lejos de aquel ambiente asfixiante de campana de gas, pintado con una luz tenebrosa, para curarse la herida, la tara: sólo así se puede entender la nostalgia del viento de alta mar. Pero a la vez se llevó de ese pasaje de pequeños comercios un rico bagaje de imágenes y de personajes imborrables, de voces y de rostros, un amplísimo repertorio léxico para invectivar y nombrar el mundo, y hasta canciones de doble sentido, juegos de palabras, bromas feroces, que no en vano –curioso sarcasmo del tiempo– por la que fuera casa de Céline se abre una de las salidas del teatro des Bouffes-Parisiens. De esa breve calle Mayor de una ciudad de provincia donde todo el mundo se conocía y se espiaba y se calumniaba hasta el delirio, salió el cortejo del apocalipsis celiniano.

Otras veces Céline nos pintará este pasaje de esta manera: la zarabanda carnavalesca de pierrots, arlequines, payasos, máscaras, jóvenes, viejos que gritaban y reían y cantaban envueltos en una nube de confetis. Casi, casi estamos viendo una mascarada siniestra de Ensor o de nuestro Solana, si en vez de la luz azulada, verdosa, del gas tuviera la amarillenta oscura de las candilejas. Esa luz neblinosa es la del pasaje de su infancia, pero es también la que ilumina los pasajes más alucinados de Viaje al final de la noche y de Feérie pour une outre fois, I: «¡Posa Lili, posa¡», una luz más terrible (las palabras son suyas) que la de la luna, que aterra, que hace ver gente que ni está viva ni muerta ni nada, verdosa, azulada, del otro lado, envuelta en una nube de confetis de colores, como aquellos de los carnavales de 1900, en el pasaje de Choiseul.

IMG_8310         Este pasaje de Beresinas o pasaje de Choiseul o más sencillamente pasaje de Céline, es uno de los escenarios más duros y más sólidos de Viaje al final de la noche y de Muerte a crédito. Ahí abría su puerta el detestado comercio familiar de puntillas y curiosidades, el que le hará describirlas de esta manera grotesca: «¿¡Pero eso se compra, eso?! ¡¿Pero quién Dios mío, quién?!».

La casa familiar exigua, asfixiante, en un lugar donde la luz del sol puede eclipsarse con la llama de una vela; donde el padre, en su literatura, berrea estupideces y la madre se afana monstruosa encima del peculio; el escenario de la codicia, del miedo al presente, al futuro, a los demás, a la vida, del engaño, de la pequeñez y de una miseria cuyo horror, como el de las zorreras y los pulgueros, sencillamente se aprende. Eso al Céline regresado del exilio en una célebre entrevista de los años cincuenta le hará decir que la primera vez que vio la naturaleza fue cuando fue al cementerio.

A Céline, al final de su vida, se le podrá ver vestido de mendigo, pero con una pequeña fortuna cosida en los dobladillos y chalequillos de la ropa incierta que le cubría. Su vieja amiga la actriz Arlétty, decía que para ir vestido de esa manera hacía falta un gran estilo.

En su tumba, un tres palos a todo trapo.

*** Artículo publicado en el diario ABC, Madrid, 27.5.1994.

Farandola para un guiñol burlesco

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LA época en la que Céline escribió y publicó Guiñol’s Band es una época turbia y confusa por encima de todas las de su vida. Es la época de la ocupación y de las deportaciones, del colaboracionismo y del mercado negro, de la resistencia y de la delación, del ánimo de justicia parejo al de venganza, de los amos del día camino de ser los vencidos del mañana. Es la época de su encuentro con Jünger, en casa de Paul Morand –los dos escritores se detestaron de inmediato–, y es la de las amenazas de muerte –«on pense à moi dans les ténèbres», escribirá… Roger Vailland, su vecino, se defenderá de haber proyectado matarlo–, de los falsos documentos de identidad y del permiso de armas, de los delirios de la huida, del inminente y anunciado apocalipsis hacia el que Céline va con los ojos bien abiertos, pero con los forros de la ropa rellenos de guita, luises, moneda contante. El apocalipsis tanto tiempo anunciado, porque Céline se pasó la vida anunciando el apocalipsis, la hecatombe, la gran nada, no otra cosa. La época de Guignol’s Band es en la que parece no haber tiempo más que para huir, para ponerse a salvo; pero todavía hay tiempo para chalanear con Denoël, su editor, el contrato de ese guiñol, para escribir incendiarias cartas al director en el periódico fascista Je suis partout, para merodear por Montmartre, para seguir una palabra detrás de otra en el empeño de no dejarse nada en el tintero, ningún rincón de la memoria sin revisitar, sin reinventar, nada.

 El fondo autobiográfico, el material-memoria, de Guignol’s band son las estancias londinensas de Céline, ese Londres recordado y reinventado desde que su familia le envía adolescente a estudiar inglés para que pudiera convertirse en un buen hombre de comercio –ese fondo miserable, torpón, del petit boutiquier, que Céline llevaba dentro y que aflora por todas partes en su obra en forma de mezquindades de carcajada-, y sobre todo el de su trabajo en la embajada francesa durante la primera guerra, antes de que fuera licenciado del todo, inválido condecorado. Esa es la época revisitada veinticinco años después, la de la vida a grandes tragos, de las andadas en los bajos fondos de Londres, cuando él mismo teje la leyenda de haber conocido a Mata Hari en algún antro de los que visitaron Kessel o Mac Orlan, en compañía de un profesional del hampa, Joseph Garcin.

IMG_0002En Guiñol’s band se desata con violencia la rabia, la furia y la capacidad visionaria, la vena burlesca, sarcástica, la elaboración de la parodia de si mismo, héroe de guiñol –ese fue uno de sus mejores trucos literarios–, ahí está el asunto, héroe de guiñol, negro y secreto, impostor redomado en aras de un relato más verosímil que ningún otro, el del desastre sin reposo ni respiro; aquí la construcción de ese personaje pícaro y abusivo, hampón, crápula y hasta macarra de ocasión, que se ríe de todo y de todos, cruel casi siempre, abusivo, pocas veces tierno, desbordante de humor negro, el jinete solitario de la noche, el navegante igualmente solitario de la mugre, llegan a su culmen. No hay mejor océano que ese para navegar con el viento del verbo furioso, torrencial, en las velas. La suya es una vuelta de tuerca genial. Guiñol’s Band fue saludado como una pieza magistral del surrealismo… no sé yo, no sé. No queríais taza, pues taza y media, parece decir con esta vuelta sobre las huellas de sus pasos, y lo dice explícitamente en el prólogo que encierra su mínima poética.

 Todavía este Céline, este mitómano que inventa su propia biografía página a página, es el Céline legible, identificable -el esfuerzo de Carlos Manzano su traductor es colosal–, todavía podemos seguir las andadas del que se tira de cabeza en el dominio de la noche y ahí se pierde para regresar trayendo de la mano un cortejo de personajes cuando menos insólitos, delirantes, grotescos, pura barraca de feria.

Y eso que a la vista de estas apretadas, avasalladoras seiscientas cuarenta páginas en ebullición, no puedes menos que preguntarte «¿Pero quién demonios lee a Celine?». No tengo la menor idea. Es para mí todo un misterio. Debe ser cosa de iniciados, de tenida de furiosos (tirando a domésticos). Lo mejor son los lugares comunes, el escritor fascista, antisemita brutal y minucioso (una de sus fobias llevada al delirio), eso sí, el magnífico prosista, qué prosa, eh, qué prosa: colgajos de calidad para excusarse de arrimarse a su prosa. Inimitable, además. La furia, su furia, su verbo, no se improvisa, no se copia. Para quedarse sin resuello no hay más que leer en voz alta alguna de estas escenas. No se parece a nada que recordemos. A nada.

Celine_-_Gen_Paul_-_Pierre_Labric_01_maxDetrás de este libro está el Céline que acumula luises de oro, que ya se teme lo peor –en ese momento su amigo, aunque esto,tratándose de Céline sea mucho decir, Antonio Zuloaga (y también Lequerica) se lo quiere traer a España–, que acumula patatas en la bañera, y es el mirón de los cursos de danza de su mujer Lucette Almansor. Detrás de este relato torrencial está el Céline enrabietado por la falta de éxito total de sus novelas anteriores, por la ocupación alemana, por los judíos, en general, y por las sandeces místico-célticas-esotéricas puramente nazis del nacionalista de la edad de piedra: materia con la que delirar un rato largo, alucinógenos de primera.

IMG_0176Ahí  también, ahí, la magia de la literatura, su poder, un Céline que logra transformar la mugre, la codicia, la ambición desmedida, el rencor, el orgullo bobalicón, los delirios del que no bebe, que esa sí que es buena, en oro puro literario, en esa prosa entrecortada y asfixiada del fuera de sí, en ese borbotón prodigioso de lenguaje, en esas imágenes inesperadas del verdadero visionario, el que como Elías se va con ellas, en ellas se pierde y le lector con él.

La primera de Guiñol’s band este libro, terminado de imprimir en marzo de 1944, va ornada con una imponente fotografía (h. t.) de un mascarón de proa femenino, motivo curioso si pensamos que es un símbolo o un emblema de una enorme belleza (VD. Chesterton en «Un dickensiano»»), que sugiere todo lo que no hay, o no parece haber, en la obra de Céline, el viento del largo (valga el galicismo forzado), el de Baudelaire cuando escribe el fuir-fuir la bas, sobre todo para quien afirmó reiteradamente que en esta vida todo es feo, sucio, todo está irremediablemente degradado, no hay nadie, no hay nada que valga la pena. Sólo hay que vivir para contarlo y jugarse la vida en el empeño. Y perderla, y perderla.

NOTA: salvo la del mascarón de la primera edición francesa y la de sus amigos de Montmartre, las otras dos fotografías corresponden a su época de Meudon, tras su regreso del exilio danés.