Al hilo de la ruta

 

41Ftgu8GjaL._SX316_BO1,204,203,200_Carnets du grand chemin (1992) del recién fallecido Julien Gracq, traducido por A lo largo del camino, es un título que hace expresa referencia al <<género>> practicado. Estos <<carnets>>, que en muy poco se diferencian en cuanto a tono y materias a las Lettrines de 1967 y 1974, no son un diario ni íntimo ni privado, son más bien un dietario que agrupa notas de tono diverso: remembranzas históricas, ensoñaciones, notas urgentes suscitadas por lo inmediatamente vivido, lugares vistos con ojos del geógrafo y del aventajado paisajista que fue Gracq –España, Eslovenia, Dinamarca, junto a caminatas en el bosque cercano a su casa y a las incursiones en la provincia francesa, último bastión del exotismo viajero-, notas de peatón de la ciudad, como la muy exacta referida al <<trou des Halles>>, libros leídos, encuentros –Jünger, Morand achinado-, recuerdos de la guerra mundial, perplejidades, inquietudes y las inevitables piezas cobradas para dar realce a la colección y hacer de los Carnets du grand chemin un libro muy atractivo, algo solemne, en su estilo sobre todo, sin los desfallecimientos habituales de cualquier <<carnet>> que hable de las voces que se escuchan detrás de la escena, de ese magma que sostiene la obra de un escritor. Es indudable que el autor, pese a no hablar de lo más privado, aparece en parte reflejado en estas notas agavilladas con la intención de que vieran la luz. Al menos aparece el previsible autor de Un balcon un fôret (1958) o de Un beau ténébreux, en su mejor estilo.

Y junto a todo lo anterior las lúcidas y amargas reflexiones sobre el oficio del escritor, sobre el por qué y el alcance de su empeño y su torvo aspecto mediático. No en vano escribió La Littérature à l’estomac para denunciar la farsa mediático-empresarial que rodea y en ocasiones asfixia la creación literaria, y que le llevó a editar su obra con José Corti, al margen de la bambolla, mucho menos silenciado de lo que se pretende, hecho prestigioso autor de referencia. No es de extrañar que un director como André Delvaux se inspirara en Le Roi pêcheur para su Rendez-vous à Bray, a cuya <<atmósfera>> se hace referencia expresa en estas notas.

Gracq, un autor cercano al surrealismo –en este libro hay alguna entrada que revela su fascinación por aquel movimiento que ha dejado muchos documentos coleccionables como piezas mayores de caza bibliofílica-, pero con un gusto decidido por el clasicismo, por el gran estilo, por la solemnidad y la gran dicción. Esa es una de las claves de Le chateau d’Argol, libro que tenía fascinado a Juan Perucho.

*** Artículo publicado en ABCDe las Artes y Las Letras, ABC, Madrid, 19.1.2008

 

Lección de estrategia

TAL vez el lector, el lector anónimo, el lector en pelo lo sepa, tal vez no, pero conviene de cuando en cuando hablar de ello aunque sea hacerlo de los arrabales de la literatura, de los gajes del oficio y de las cuestiones marginales que al lector, pagano último de la farra, le importan de ordinario un comino. Uno, a uno cualquiera me refiero, como escritor puede ser un inútil total, pero si tiene detrás al director de un diario de gran tirada, a sus amiguetes, parientes y demás interesados, haciendo de palmeros todos, puede estar seguro de hacer carrera literaria, meteórica incluso, poniendo en el mercado bodrio tras filfa, trufada de plagios ciertos HR_56600100261081_1¾luego escribe cartas babosas a los plagiados para pedirles perdón: «Maestro, yo quiero ser como usted cuando sea mayor» y otras vilezas parecidas propias de lameculos y de hideputas¾, probablemente hasta el fin de sus días.

Las listas de libros más vendidos no son veraces, como tampoco lo son las noticias que conciernen a la vida privada de los escritores hecha asunto público por arte de birlibirloque, sino reclamos para incautos y bobalicones, las razones por las que unos escritores aparecen en los papeles, viajan, figuran, firman o dejan de firmar, y otros no, nunca, en ningún caso, tienen más que ver con el gansterismo que con la literatura, los premios de pasta gansa son pufos descarados, y un largo etcétera de amenidades y donosuras que contribuyen a hacerles, a quienes en ese potaje están metidos, la vida más agradable.

Julien Gracq escribió hace mucho un libro titulado La litterature a l’estomacq donde hablaba de las trapisondas que rodean al oficio de escritor y que muy a menudo lo sostienen con independencia del valor de la obra realizada. A Gracq, la sociedad literaria francesa, no le perdonó jamás (o casi) el haber escrito aquel libro, en 1949, además, porque de las trapisondas no se habla, no es costumbre o es pésima costumbre, no es elegante. La sociedad literaria, francesa o no, pide al escritor docilidad, elegantzia, sentido de las convenciones y de las conveniencias, decir amén a todo, hacer como si no, hacer como si sí, posar, dejar de posar, sonreír, mirar al infinito, hacer como si leen, como si cocinan, como si aman, como si son listos -las focas y los osos tienen más grandeza-, trabajarse a los miembros de los jurados de postín, adular a los fachones, a los restos de la inmunda España del franquismo, ser un figurante más del gran espectáculo, del circo de la mugre (varias pistas y ninguna iluminada), que los más cucos, los que de verdad viven de ello, quieren hacer pasar por literatura. Vaya mejor el lector de la mano del Caballero de los Leones, alancee gigantes donde los haya, no los tome por molinos, ni por sus ruedas, gánele la partida al impostor.

* Artículo publicado vete a saber dónde