¡Poeta, tus papeles!

 

pere NADA como un acto pomposo, de Patrimonio Nacional y todo, para presentar un libro de poesía que se pretende rompedor, pero ya huele a panteón de hombres ilustres. Lo neoclásico va bien con lo inefable y va bien con lo rompedor. Va bien con todo. Tanto que el otro día, en Palacio, confundí a un funcioneta pomposo con un lacayo. Tal vez fue por su aspecto de lameculos. A Verlaine nadie le habría visto rodando por las salas cubiertas de alfombras de un palacio. Aunque quién sabe. Son muy raros los poetas, mucho. Verlaine fue a parar a la cárcel con sus versos y sus delirios y sus gaitas. En España fueron a la cárcel los pésimos poetas de aquella bohemia hampona de la que habló Pío Baroja, como Pedro Luis de Gálvez. Poesía y hampa han ido a menudo juntas. Los casos de Villon, Verlaine o Santos Chocano son de los más conocidos, pero hay muchos otros desconocidos, ignorados y para siempre jamás, amén. La poesía brota bien en los márgenes, en los fosos, en los alfoces, brota mejor que en lugares más confortables, aunque no es seguro. Hay muy buena poesía escrita desde la vida ramplona. Poesía y patraña, sin embargo, son casi sinónimos, viajan bien juntas, se mezclan mejor que la leche y la patxarra foral. El mal poeta se hace prohombre cívico y hasta hace entonces tragar el humazo de sus pésimos versos. El poeta ramplón se hace profesorcete y tate, rodeado de su hampilla, de su sociedad de bombos mutuos, ya es alguien. El tartufo de los versos elegantes se hace funcionario en el ministerio de la ventaja y también es alguien porque se le puede sacar algo, porque puede dar algo de gorra y cuando aparece como un tramposo te amenaza con los servicios jurídicos que a él se los dan de balde, porque decir que es un tramposo es atentar contra su honor, cuando debería ser hablar de lo que todos tenemos delante de las narices. Tiene honor los poetas. Como todo el mundo. Hay que defendérselo, ya que ellos mismos no se lo defienden con sus actos. La poesía contemporánea es distinguida, irónica, ingeniosa, dulcemente melancólica, jamás desciende a la cama del diablo, jamás sube o viaja a los paraisos y cuando va por al calla va ciuda sorda, muda. La poesía contemporanea, el póker, la perica, la colla de gallo de los salonardos, la humanidad de pacotilla… un temblor, a veces.

*** Artículo publicado en El Correo, de Bilbao, otoño de 2000. Se trataba de la presentación de una obra completa de Pere Gimferrer en el palacio de Oriente. Fui invitado expresamente por Pere, de lo contrario no habría asistido. Le agradezco que, viendo lo incómodo que yo allí estaba, estuviera amable y afectuoso. Había por allí auténtica gentuza, empezando por Juan Manuel de Parda, como convine con Jesús Pardo cuando nos fuimos dejando las croquetas a nuestra espalda.

Lección de estrategia

TAL vez el lector, el lector anónimo, el lector en pelo lo sepa, tal vez no, pero conviene de cuando en cuando hablar de ello aunque sea hacerlo de los arrabales de la literatura, de los gajes del oficio y de las cuestiones marginales que al lector, pagano último de la farra, le importan de ordinario un comino. Uno, a uno cualquiera me refiero, como escritor puede ser un inútil total, pero si tiene detrás al director de un diario de gran tirada, a sus amiguetes, parientes y demás interesados, haciendo de palmeros todos, puede estar seguro de hacer carrera literaria, meteórica incluso, poniendo en el mercado bodrio tras filfa, trufada de plagios ciertos HR_56600100261081_1¾luego escribe cartas babosas a los plagiados para pedirles perdón: «Maestro, yo quiero ser como usted cuando sea mayor» y otras vilezas parecidas propias de lameculos y de hideputas¾, probablemente hasta el fin de sus días.

Las listas de libros más vendidos no son veraces, como tampoco lo son las noticias que conciernen a la vida privada de los escritores hecha asunto público por arte de birlibirloque, sino reclamos para incautos y bobalicones, las razones por las que unos escritores aparecen en los papeles, viajan, figuran, firman o dejan de firmar, y otros no, nunca, en ningún caso, tienen más que ver con el gansterismo que con la literatura, los premios de pasta gansa son pufos descarados, y un largo etcétera de amenidades y donosuras que contribuyen a hacerles, a quienes en ese potaje están metidos, la vida más agradable.

Julien Gracq escribió hace mucho un libro titulado La litterature a l’estomacq donde hablaba de las trapisondas que rodean al oficio de escritor y que muy a menudo lo sostienen con independencia del valor de la obra realizada. A Gracq, la sociedad literaria francesa, no le perdonó jamás (o casi) el haber escrito aquel libro, en 1949, además, porque de las trapisondas no se habla, no es costumbre o es pésima costumbre, no es elegante. La sociedad literaria, francesa o no, pide al escritor docilidad, elegantzia, sentido de las convenciones y de las conveniencias, decir amén a todo, hacer como si no, hacer como si sí, posar, dejar de posar, sonreír, mirar al infinito, hacer como si leen, como si cocinan, como si aman, como si son listos -las focas y los osos tienen más grandeza-, trabajarse a los miembros de los jurados de postín, adular a los fachones, a los restos de la inmunda España del franquismo, ser un figurante más del gran espectáculo, del circo de la mugre (varias pistas y ninguna iluminada), que los más cucos, los que de verdad viven de ello, quieren hacer pasar por literatura. Vaya mejor el lector de la mano del Caballero de los Leones, alancee gigantes donde los haya, no los tome por molinos, ni por sus ruedas, gánele la partida al impostor.

* Artículo publicado vete a saber dónde

 

 

 

Sabor a podre

LO tienen todo, o cuando menos casi todo. Tienen dinero, tienen ese éxito social que la inmensa mayoría codicia, figuran por derecho propio en la pachanga de la sociedad de su tiempo, son imagen pura y a veces solo eso, y tal vez por eso mismo admirados, existen más que sus conciudadanos anónimos, viven vidas de verdad, de primera, como sus entierros, sus coyundas, sus trapisondas, parece que dicen, parece que piensan, parece, y aun quieren expresarse, venderse, dejarse manipular por la tribu de la Pandereta, escribir, en suma, y publicar y saborear esa miel nueva, antaño denostada, la de ser autor celebrado. Y mienten porque son unos profesionales de la mentira, unos profesionales de ese turbador ejercicio de hasta donde se puede llegar por dinero, del tocomocho de lo que se viene vendiendo como literatura cuando no es sino basura, eso sí, bien aderezada, bien albardada, bien promocionada sobre todo, con los necesarios toques de pandereta incluidos. Esto es, artefactos vagamente literarios, pero bien vendidos, con la técnica adecuada, con la manipulación mediática que sea menester. Y así se hace verdad lo que escribía el padre Isla (Cartas de Juan de la Encina): desdichada es la madre que no tenga un hijo que imprima. Pero la literatura es otra cosa, la verdadera literatura está transcurriendo lejos de los platós, en los márgenes, casi un paso más por delante de sus propia sombra, como siempre, en un lugar, en un espacio en el que las trapisondas mediáticas no hacen mella alguna. Eso también lo saben los lectores, que no son tontos, ni mucho menos. Porque si algo sabe Ana Rosa Quintana es que callando, sonriendo, dengue va dengue viene, no hace sino aterrizar en ese territorio en el que lo cometido no tiene importancia alguna (cosa que también sabe Urralburu and wife en otra juerga de novela negra que dicen ahora como venimos diciendo nosotros hace mucho, está más de moda que nunca), porque ya no es noticia, porque ella, profesional del ramo, sabe que al público hay que echarle pitanza renovada a diario y que lo que hoy es alarma social, mañana no es sino chascarrillo, y eso con suerte, y pasado olvido, aburrimiento, nada. Y gira la rueda de la fortuna, la ruleta amañada, y gira.

*** Artículo publicado en El Correo, de Bilbao, año 2000.