“¡Que hable Marlow!”

Conrad-Library0054-lg SOLO en 1920, años después de que hubiese hecho todas sus apariciones estelares <<en el mundo>>, habló Joseph Conrad de Marlow, su creación más afortunada, digamos, porque sin él no habrían tenido <<existencia>> lord Jim, Stein, Cornelio, Kurtz, Powell o los capitanes Beard o Anthony, y ese sombrío personaje, perteneciente al cortejo de los oscuros, que es el financiero De Barral, y su hija, Flora de Barral. Conrad lo califica de caballero y dice con falsa displicencia que entretiene sus horas de soledad. Eso sí, le reprocha, como se ve a lo largo de las cuatro novelas que componen su ciclo –Juventud, El corazón de las tinieblas, Lord Jim, Azar-, ser demasiado rotundo en cuestiones opinables.

Sea lo uno o lo otro, sin Marlow, el narrador de las cuatro novelas citadas que ocupa un singular primer plano y que recoge sus testimonios, no habría podido relatar, poniéndolos por escrito, o copiándolos en el caso de lord Jim, los <<casos>> vividos por su personaje. Es un interlocutor necesario. Conrad no nos dirá cómo, dónde o porqué se encuentra con él por primera vez. No es necesario. Lo fortuito rodea sus encuentros y el mar y todo lo que con él se relaciona su medio. Marlow está ahí, en una fonda o en la cubierta de un velero, ocioso entre los ociosos, y de pronto, con un leve pretexto, empieza a recordar episodios de la vida en el mar, a sus protagonistas y los más menudos detalles que rodean sus avatares vitales, las circunstancias, que para él son primordiales. Cuando termina, cada cual se va por su lado a rumiar lo escuchado, o a contarlo, añadiendo réplicas.

Conrad, a quien suponemos el narrador siempre en penumbra, que raras veces le lleva la contraria o le puntualiza algún extremo, asiste a esas charlas conviviales, pero es Marlow quien de verdad relata y lleva la voz cantante, quien desgrana los pormenores, las sutilezas, analiza los meandros de conductas y personalidades de personas con las que a veces solo se ha cruzado de manera muy pasajera. Esa primera mirada dice bastarle. Pero sean como hayan sido los encuentros o las situaciones vividas, Marlow sabe, estaba allí, escuchando, y puede contarlo. Su manera de recordar y de contar y escenificar es determinante para que el relato coja auténtico peso. Sin él, el relato de esos avatares, más ajenos que propios, todos con un punto de ejemplaridad, no existiría. Porque el propio Marlow, en su relato, se oscurece hasta convertirse en una sombra.

Evidentemente es Conrad quien viaja al Congo, pero solo Marlow puede contarnos que un <<velo de necia rapiña lo cubría todo, como el hedor de un cadáver>>. Marlow está dotado de una gran curiosidad por las cosas y las gentes y de una exquisita sensibilidad para cuestiones relacionadas con la armonía con la naturaleza. Es lector y conoce el pensamiento socrático –tal vez demasiado bien como para no ser tenido en cuenta-, lo que no le impide expresarse con un detestable racismo victoriano, por ejemplo cuando se refiere a <<esos perros sarnosos indígenas>> que se permiten el lujo de llevar ante un tribunal a un blanco. Está en Lord Jim, capítulo V, cuando Marlow intenta explicar y explicarse qué hace en una sala de audiencia escuchando historias que no le atañen directamente (¿o sí?) y el extraño motivo por el que los demás se confiesan con él, lo toman por interlocutor y le cuentan sus zozobras, sus pasiones, sus secretos. Como también aparece un Conrad propagandista de la ética imperialista victoriana que le reprocha a Jim el <<abandonarse>> al ir a vivir con los indígenas sirviéndoles de ayuda.

Marlow es un experto, parece, en las cuestiones de buena y mala suerte, sobre todo en las segundas, y ajenas por supuesto. Él ha sido puesto a prueba y ha salido victorioso, como en su primer viaje. Eso le da una indiscutible autoridad moral –no siempre simpática, ni siquiera para el narrador que la encuentra abusiva- en los atolladeros morales del prójimo, él se limita a sonreír con bonhomía aunque a veces pierda la paciencia y apremie a sus interlocutores. Marlow escucha, sabe escuchar, pero sobre todo sabe hacerse con los secretos ajenos aunque luego diga que no sabe qué hacer con ellos y que bastante tiene con los propios.

A Marlow más que su aspecto o el ser propenso a las congestiones biliares, es su voz y su tono narrativo lo que le da verdadera consistencia. Pocas veces aparece descrito físicamente o se nos dice cuáles son sus costumbres sociales; de su privacidad, nada. En Juventud, sentado a una mesa de reluciente caoba, se sirve vino de Burdeos de manera generosa; y en la larga noche en que se relata Azar, fuma varios cigarros. Sabemos, eso sí, que ha navegado, y mucho, y que el momento más feliz de su vida –Juventud y Azar– fue cuando tuvo su primer mando aunque no sabe si aquel intenso sentimiento de plenitud se debió a Oriente, al sol, al mar o sencillamente a la juventud. Conrad nos lo presenta como un hombre sabio, sensible, y también chismoso, cicatero, y hasta alcahuete feliz. Marlow es un experto en los golpes de azar, de infortunio más que de fortuna, pero se indigna cuando las cosas no son como deben ser; adora la disciplina que rodea la vida del mar, pero a la vez sabe lo poco que las personas pueden hacer cuando las circunstancias las empujan a actuar de una manera inesperada de fatales consecuencias. La fatalidad es otro de los fuertes de Marlow.

En Lord Jim hay dos momentos particularmente intensos relacionados con Marlow. Uno es cuando Marlow y Stein, el coleccionista de mariposas, departen acerca del pobre Jim y le juzgan porque, claro está, saben de su vida más que él. Y otro no menos intenso, es cuando el narrador recibe el paquete que contiene el relato del fin de Jim y la ciudad está afuera y él está a resguardo, y cuando lo abre es el olor de su juventud el que se expande por el cuarto en penumbra: los soles, las borrascas, los vientos, las mareas, los perfumes de Oriente… toda su juventud está encerrada en las apretadas líneas escritas por Marlow.

Y cuando queramos saber si finalmente tuan Jim venció a su suerte y a los imponderables, -tarea esta común a la mayoría de los personajes conradianos- no nos quedará otro remedio que decir con los contertulios ocasionales de ese Marlow que a pesar de la edad sigue en los afanes del mar: <<¡Que hable Marlow!>>.

*** Artículo publicado en ABCde las Artes y las Letras, Madrid, 7.6.2008

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“Joseph Conrad y los vagabundos de las islas”

import_15846014_1 LA imaginería de la biografía de Joseph Conrad está relacionada, al menos en la superficie con dos asuntos que resultan poco menos que antitéticos. Por un lado con una vida esencialmente aventurera o cuando menos de acción, en cuyo fondo late la siempre amarga poesía del mar, los clípers y sus tripulantes, los marinos de altura, las grandes travesías, el romanticismo de la exploración geográfica y científica, los vapores que hacían las carreras de ultramar, doblaban el mítico cabo de Hornos o iban más allá del canal de Suez, de donde, era fama, venían los siempre embriagadores perfumes de la aventura, los de las lejanías y el Fuir, fuir la bas, las cartas de marear, los mapas de lugares remotos, las litografías exóticas y toda la cacharrería de los shipchandlers y el opio, claro… Exotismo, sí, pero siempre al servicio de los negocios y el expansionismo del imperio británico, a los abusos y horrores de la barbarie colonialista, belga, sí, como en El corazón de la tinieblas, holandesa como en todas su páginas que traten de las Célebes y el Índico, pero también inglesa, qué duda cabe, así se tenga a su cultura una devoción rayana en la idolatría.

Al fondo o detrás de esa galería de estampas tan convencionales como sentimentales y retratos de lo vivido y bien vivido, de las cosas vistas, está la famosa aventura que un profesional de este espinoso y muy literario asunto, dijo que se reducía a una cuestión de paga, aunque en su fondo latiesen otras cuestiones, otras incomodidades y desazones más profundas.

A Joseph Conrad se le relaciona con unos mapas ya en desuso, pálidamente coloreados, que todavía ostentaban territorios ignotos, sin levantar (como el Congo de su época en los mapas que usó el mismo Stanley), con unos mares, los de la China, las Filipinas, el Índico o la Malasia que, al menos en los papeles, frecuentara otro galeote de la pluma, Emilio Salgari; mares en los que hasta hoy mismo la piratería es un hecho y la navegación un asunto comprometido, y que siguen suministrando materia, al parecer inagotable, para páginas literarias de mejor o peor fortuna.

Allí lejos, la genuina geografía de Conrad, todo era posible, todo se hacía misterioso, impenetrable y las normas y leyes occidentales, los principios morales que parecen sostenerlas, los sólidos prejuicios de casta y raza, y las convenciones sociales más sólidas, se difuminaban hasta hacerse, ellas sí, de verdad enigmáticas. Allí lejos se corría el peligro de la pérdida de la identidad y de padecer el desarraigo como una enfermedad.

De otra parte, las imágenes que nos han quedado de Conrad y que por el contrario de lo que sucede con las anteriores no han dejado páginas literarias relevantes, es su vida como escritor en la relativa reclusión de la amable campiña inglesa, el condado de Kent o Essex, donde tuvo varias residencias y donde llevo una vida doméstica casi del todo libre de sobresaltos a partir de 1895, año de su matrimonio con Jessie George y de la publicación de La locura de Almayer, alentada por uno de sus mentores literarios, Galsworthy.

StateLibQld_1_143479_Joseph_Conrad_(ship)Esos años, esa nueva vida, dedicada a la escritura febril y trabajosa de sus novelas, apenas han dejado testimonios literarios (las dotes de autobiografía estricta de Conrad no fueron muy brillantes: a Crónica personal le falta franqueza y le pesan los prejuicios y las convenciones, es decir, verdaderas ganas de contar por lo menudo la propia vida). A Conrad le acuciaba la necesidad de contar episodios significativos de su propia vida, pero era incapaz de hacerlo sin recurrir a los alter egos. Este detalle me parece relevante en alguien que sostuvo su literatura en su propia vida, en las cosas vistas, en el repaso del poso que estas habían dejado en él y en el análisis del carácter y la personalidad de quienes se habían cruzado en su camino.

Por un lado, pues, es la inquietud de la aventura o de la errancia, la embriagadora atracción de esa vida más intensa que está siempre en otra parte, y por otro el trabajo de forzado, a parado, con una literatura que se le resistía –no en vano lo hacía en una lengua que no fue la suya más que de una manera tardía– y con la que tardó en cosechar un éxito algo más que regular. Esa escritura trabajosa revela a un Conrad empecinado con ese nuevo destino escogido como antes había escogido el de marino, viniendo de una tierra que no tiene (como él mismo se encarga de relatar en Crónica personal) tradición alguna marinera. Esa escritura era un logro en si misma, fruto del tesón y la disciplina, casi más que del genio literario.

Yo veo al lector de Conrad rodeado de toda esa cacharrería del alma de la que gustan rodearse las gente del mar que lo han abandonado –asunto este que ha sido llevado a la pintura con bastante fortuna-: caobas relucientes, tekas, metales bruñidos, maquetas de barcos, reliquias de allá lejos, siempre el la-bas de Baudelaire como un ritornello, porque así vi al primer lector de Conrad que conocí; un lector por devoción que lo leía casi como quien lee un breviario. Cacharrería propia de ambientes cálidos y acogedores donde la conversación, arte al que Conrad tuvo devoción y sobre cuya trama teje sus relatos, brota al parecer sin esfuerzo alguno. Aquel lector era uno de tantos marinos que en la literatura recuperan el gusto por un mundo el de los grandes veleros de cuatro y hasta cinco mástiles (clíppers del nitrato) a cuyo fin asistieron a finales del XIX y en la primera mitad del XX; por no hablar de la fantasmagoría y las leyendas generadas por la Guerra del Opio.

Hay un Conrad que en fecha incierta, hacía 1877 en todo caso, hace contrabando de armas para los carlistas hacia los que muestra una simpatía basada en el romanticismo, aunque advierta un peligroso comunismo, una ideología hacia la que tuvo una particular antipatía; hay un Conrad juvenil, y hay otro, más raro, más reconcentrado, que retirado en la campiña inglesa se dedica a sus obras más prolijas, una detrás de otra además, como si le fuera la vida en ello. Hay uno que viaja y hay otro, que es el mismo, que vuelve sobre la huella de los propios pasos con la intención de comprenderlos de una manera cabal, de viajar al oscuro corazón de lo vivido, al porqué de las cosas, casi siempre turbadoras, vistas y guardadas en la memoria, al secreto de la condición humana de quienes se ven confrontados a si mismos y puestos a prueba por la fuerza de las circunstancias.

Puede pensarse que la literatura de Joseph Conrad está hecha para viajeros inmóviles, esteticistas y sólo eso, pero nada menos cierto. Quien no sienta inquietudes morales dudo mucho que encuentre atractivos en la literatura de Conrad, que logre representarse el drama de los destinos desplegados en sus páginas. La literatura de Conrad es la que atrae y fascina a André Gide, su traductor al francés cuando la descubre (hacia 1912) aunque al final le aburra (ver las anotaciones de su diario del año 1943, las referidas a Chance y a Romance, por ejemplo) y a Bertrand Russell.

La de Conrad no es sólo una literatura de marinos o de aventureros pasivos, una literatura que al menos al otro lado del Atlántico ya había dado libros espléndidos (los de Melville, el Gordon Pym de Poe y ese extraordinario de Dana Dos años al pie del mástil que se leían con fruición en la Inglaterra victoriana por no hablar de Stevenson y de Kipling) y que ponderaban los valores educacionales de la dura escuela del mar y toda la faramalla. En su mundo literario late algo por demás inquietante: los vaivenes de las almas de sus personajes y del mismo autor, sus zozobras interiores, el enfrentamiento o acoplamiento fundamental del individuo, de la persona con el mundo, la búsqueda de su lugar en el mundo y sus zozobras interiores, su climatología. La suya sigue siendo al día de hoy una literatura de conflictos morales, en la que las fuerzas de la naturaleza cumplen también un papel muy preciso y son un motivo de reflexión constante: la oscuridad exterior es uno de los motivos más recurrentes de sus relatos. La persona enfrentada a la oscuridad, en ella mecida, por ella amenazada.

Joseph Conrad es y no es el cantor de la aventura, ni siquiera de la errancia. Es el escudriñador de los problemas morales que aquejan a quienes por azar, propia voluntad o falta de ella, golpe del destino o fuerza de las circunstancias se encuentran en un ambiente hostil (todos) abandonados poco menos que a si mismos. Así se muestra tanto en La locura de Almayer, como en Freya la de las siete islas como en su lord Jim. Son los ambientes hostiles los que cuentan, otros no los hay y si los hay acaban siendo escenarios de la desdicha. Y cuentan en la medida que es ahí donde se desarrolla el combate o lo que queda de él.

Lo que si cabe sostener, porque creo tiene una importancia decisiva al dar sentido al ejercicio de la escritura como explicación y fijación de un mundo moral, es que en Joseph Conrad hay una íntima relación entre vida y obra, es decir, que los episodios de la propia vida, cuando menos la que llevó al comienzo, errabunda, desorientada, en búsqueda de un destino, viajera, más bien al buen tuntún, mientras sirve de una manera o de otra en distintos buques de la marina inglesa, en la que hizo una rápida carrera de marino, fueron el pretexto de sus relatos, le suministraron los escenarios, los episodios concretos y sus muy precisos protagonistas. Conrad encontró en su camino personajes de verdad fuera de lo común, convencionalmente novelescos, como el explorador y patriota irlandés Roger Casement, amigo suyo, aunque se negara a solicitar para él clemencia cuando iba a ser ahorcado por traición al corona. Episodio este claro u oscuro, según se mire, en la vida de Conrad y que habla de sus firmes convicciones morales, patrióticas (por hacer algo de psicoliteratura de barbecho), aunque igual habría que hablar de aquello que hablaban nuestros clásicos: de la inconstancia del coraçon humano.

La obra de Conrad se nutre claramente tanto de sus peripecias vitales como de sus borrascas interiores, y está impulsada por una firme voluntad de poner en claro ideas que le eran muy queridas y que le sostenían. Conrad no nos aparece en el espejo de papel, o entre las líneas de lo escrito, como un jovial o entusiasta vitalista, que va a comunicar a su lectores una inmediata confianza en si mismos, y en la vida, sino como alguien sombrío, oscuro, atormentado, que a veces cae en la tentación de expresar de manera rotunda e inequívoca su angustia y su convicción de que todo, empezando por las ambiciones, carece del más mínimo sentido y está condenado al desastre: «mientras más se arriesga uno en la vida, mientras más cosas se intentan, más se convence uno de que todo es en ella vacío, vulgar y limitado». Y sin embargo no hay que desertar. Eso jamás.

De sus navegaciones Joseph Conrad sacó una nutrida y abigarrada galería de personajes mayores y menores, a menudo esbozados con un trazo certero de retratista al minuto («rostro de cabra mustia») y en otros casos apenas disfrazados. Sus primeros lectores, a los de Almayer y Un vagabundo de las islas me refiero, se reconocían (peliagudo asunto este) en las páginas escritas y le pedían que continuara contando sus aventuras, sus vidas. Es probable que casi todos se vieran como los blancos, vestidos de blanco de la cabeza a los pies, que repasan la marcha del mundo y sus habitantes media docena de peldaños más debajo de la veranda del hogar donde sestean.

Y es que sus primeros y más atentos lectores fueron precisamente los «vagabundos de las islas», aquellos que por aparente capricho torcían el rumbo del destino. Otro cualquiera habría recurrido al celebre y muy literario cafard que alienta los comportamientos más o menos pintorescos de los héroes de la novela de aventuras, y se habría quedado en ese pantano literario detenido confiando en que el nombre diciendo poco, lo diga todo. Conrad va más lejos, Conrad bucea una y otra vez, como si no lograra nunca explicárselo del todo en esa inquietud, en ese desasosiego que acomete a aquellos de los que como él andaban de un lado a otro, eran culos de mal asiento, en busca de un destino, de su destino, huyendo de él, buscando su lugar en el mundo, en ese vaivén que va del arraigo al desarraigo, abandonándose con violencia a sus pasiones oscuras.

Ahí, sí, ahí, además de pintar de manera admirable y asombrosa los precisos escenarios de la errancia, logró dibujar con maestría unos personajes desarraigados, por supuesto, pero en busca de arraigo o cuando menos de algo que se le parece, que casi siempre llevan al hombro un pesado equipaje de sueños malogrados junto un difusa necesidad de redimirse que acaba concretándose en nada o en poca cosa.

Los «vagabundos de las islas» han dejado de ser lo que fueron alguna vez o han dejado de intentar ser lo que se esperaba de ellos o lo que quisieron ser. Al fondo de la trama oscura de sus vidas siempre late el deseo, la necesidad de ser algo, la dignidad, el honor, el comportamiento intachable, el valor… toda la espesa tela de araña de los valores morales en cuyo seno se debaten los personajes de Conrad sin que, fracasados o triunfadores, cuando menos en apariencia, acaben encontrando sosiego y acomodo. Un misterio en apariencia insoluble que tiene que ver con la Naturaleza y con sus fuerzas. Nadie está a salvo, ni siquiera escribiendo en el retiro de la campiña inglesa. En cualquier momento la inquietud puede llamar a la puerta.

En Freya, la de las siete islas, es donde dice de uno de esos vagabundos que era «un hombre absurdo, enajenado y atormentado». Y esa calificación definitoria aplicada a Jasper, el dueño del bergantín El Bonito, es válida para todos los que aparecen protagonizando dudosos episodios de desdicha irremediable. Las variantes y diferencias son mínimas, circunstanciales. Todo lo demás, los exóticos parajes, el color local que tanto relumbre dan a la aventura, quedan en un muy segundo plano. Siempre puede la espesura: la de la selva, claro, la de la noche, la de la tela de araña.

Y es en La línea de sombra, donde Joseph Conrad, por boca de su capitán Gilles, senequista que preconiza una sabia indiferencia hacia las cosas, buenas o malas, y contradiciendo la inutilidad del combate expresada en otra parte (y aquí está la tensión narrativa de Conrad su riqueza) dice algo que vale como una inmejorable enseña moral porque incluso es más un deber que un propósito: que todo se reduce a una cuestión de una lucha constante y necesaria contra los errores, la mala suerte y la propia conciencia. Con esta frase casi está fundando el mundo moral sobre el que se escribe su literatura. No hay personaje de Conrad que no luche contra esos imponderables, el mismo Conrad lo hizo, y mucho me temo que también sus lectores, los que van algo más lejos que los mapas del anticuario de marina y la cacharrería exótica… los que abandonan esa lucha son los «vagabundos de las islas».

Es así como la literatura de Joseph Conrad está poblada de vagabundos, de marinos o no que sienten de pronto un golpe de cálida locura, que llegan un día, por las derrotas de los mares de Asia, encantadores, emprendedores también, soñadores, que frecuentan clubes siendo «uno de los nuestros», y aun teniendo origen plebeyo son porque así se comportan, intachables caballeros del imperio (el aristocraticismo de la conducta es otra de las constantes de Conrad) o poco menos, o cuando menos en proa de serlo alguna vez, y luego se echan, desfallecen –ese recorrido vital es una de las cosas que más le interesaban a Conrad-, caminan por una frágil corteza, en cualquier momento ese terreno puede quebrarse y revelar su naturaleza destructora.

De pronto algo sucede, algo inexplicable, no hay deber que valga, ni sueños, el viento rola, las pasiones cambian de ruta, el honor se pierde, sobreviene la culpa, y esos desdichados hacia los que los demás, sus iguales, sienten una turbia compasión, dejan de ser lo que eran para convertirse en eso, en vagabundos, y sobre todo en blancos que dejan de ser blancos. Insistirá mucho Conrad en ese aspecto. Se ve que esos personajes le atraen tanto como le repelen, que la compasión que sienten otros personajes, testigos de esa perversión, dirá, de esa enfermedad moral culpable, es la propia compasión, de muy corto alcance, al borde siempre de la repulsión y el desprecio. Han jugado y han perdido. Lo siente, pero no siempre lo dice, se demora en circunloquios (será Marlow el mayor especialista en darle vueltas a los destinos ajenos), en el examen de las causas y las consecuencias, sin llegar nunca del todo a desentrañar el enigma. Con Conrad de la mano llegamos a sospechar que no hay perdón posible, ni misericordia verdadera, ni reparación tampoco. Con Conrad de la mano es fácil llegar a orillas de verdad vertiginosas.

Pero es que nunca admitió Conrad el abandonarse a la propia naturaleza, a los impulsos más primigenios, a ese conformarse con la propia naturaleza del que habla Montaigne cuando aclara para rematar la faena «Y más no puedo hacer». Eso no va con él, ese conformismo (aparente e irónico en el caso que acabo de citar) con las propias limitaciones no va con él. Conrad creyó más bien en lo contrario, en las normas caballerescas –representadas por el imperio británico y por su marina más que por cualquier otro país y grupo social, haciendo de ellos una raza aparte-, en el esfuerzo por vencer a esos demonios íntimos reflejados en las oscuridades de las tormentas.

Por eso repasa una y otra vez tanto el motivo como el día a día que les convierte a gente común en hombres incapaces de distinguir el bien del mal y que se abandonan a sus oscuras pasiones, que «encallan», por emplear una expresión que empleará Conrad más de una vez. Como por ejemplo cuando se refiere a gente como ese Jacobus, en Una sonrisa de la fortuna, que pierde la cabeza por una domadora de circo que llega a un isla lejana y tras la que el colono sin tacha lo abandona todo y sigue al circo por lejanas tierras cayendo en la «abyección», otra palabra del genuino vocabulario de Conrad, una abyección nunca descrita –como tampoco acaba nunca de describirse por lo menudo los extremos de horror a los que ha llegado Kurtz-, siempre exorcizada desde lejos. «No tenía la suficiente fuerza de voluntad para librarse», dirá de ese Jacobus, pero ese juicio es aplicable a todos los que han dejado de ser blancos.

Jacobus es uno de tantos, uno de los muchos derrotados (pero protagonistas indiscutibles de las conversaciones del tedio tropical) que componen el fresco de Conrad, espejos particulares sobre los que volvió una y otra vez, no porque le interesaran especialmente, no porque intentara con sus palabras rescatarlos de ningún nimbo revelando gestos de su oculta grandeza, sino a modo de un muy preciso aviso de caminantes que a su propia conciencia atañía.

La primera y gloriosa frase de Un vagabundo de las islas es muy reveladora de las tormentas y zozobras, y de la soledad esencial, que acometen a esos vagabundos que aparecen así nombrados (nunca como aventureros), a lo largo y ancho de las páginas conradianas: «Cuando abandonó por primera vez en su vida la estrecha y rígida senda del deber, lo hizo con el sincero propósito de volver al camino de la virtud tan pronto como aquella extraña excursión hacia el Mal hubiese producido el efecto deseado». Los personajes de Conrad destruyen sus vidas por inadvertencia, por descuido, por caer en la tentación de dejar su deber a un lado, aunque sea momentáneamente, de ser desleales a sus principios y a sus propios sueños, por no saber regresar a un territorio más firme, como si todos, los peores enemigos al cabo de si mismos, obedecieran a aquella extraña maldición de Chamfort en uno de sus muy ácidos aforismos: «Yo, sin mí, que bien me portaría». Pero eso sí, hay que rastrear mucho para encontrar una línea de humor salvífico en la obra de Conrad. La verdadera ironía no fue lo suyo.

Los aventureros, ganadores siempre a su modo, suelen ser gente sin escrúpulo alguno porque muy pocos hay que tener cuando se sabe que esa, la aventura, es una cuestión de paga y sólo eso, pero en Conrad el aventurero es un granuja que sirve de pretexto a las conversaciones de los intachables caballeros del imperio sólo en apariencia ocupados en el cumplimiento del deber, el verdadero aventurero que por serlo es blanco hasta la médula, explota también a su modo a los pobrecitos soñadores, los vagabundos que encallan, demasiado ocupados con su culpa y sus pejigueras del alma para darse cuenta del alcance del desastre.

En el fondo de todas estas pugnas morales late algo más que mera literatura. Bertrand Russell, que fue un admirado amigo de Conrad, señaló algo muy importante referido a su mundo moral, cuando dejó dicho que este tenía perfecta conciencia de las diversas formas de apasionada demencia a que se sienten inclinados los hombres y era esto lo que le daba una creencia tan profunda en la importancia de la disciplina: «El hombre se parece deplorablemente al mono por la inestabilidad de sus emociones», dirá sorprendentemente Conrad al hablar de los vaivenes furiosos que acometen a uno de sus personajes. No es un darwinista el que habla, porque dicho sea de paso, los secretos de la naturaleza no fueron lo suyo, sino el caballero que ve representado en el simio todo lo que detesta. Ahí aparece un rígido y antipático o cuando menos poco simpático, moralista. Los vientos sociales, políticos y vitales de los individuos parece que han venido rolando en otra dirección. Y sin embargo… sin embargo en el corazón de esas páginas siguen aguardándonos unas perplejidades y unas oscuridades que despiertan en nosotros ecos dormidos o simpatías especulares, e íntimas y secretas certezas.

Un tipo de disciplina que el autor de ese libro excepcional, de ese breviario de aturdidos navegantes que es La conquista de la felicidad proclama que es una forma de liberarse de las más íntimas ataduras, de ser de verdad libre, de no abandonándose a los propios impulsos, «sino sometiendo el impulso descarriado a un propósito dominante». Es decir que además de los exorcismos morales, hay un proyecto ético, solitario, individual.

Russell se acercó a Conrad con una gran perspicacia –lástima que su traductor al francés, André Gide que en su diario deja abundantes muestras de preocupaciones morales no llegue ni con mucho tan lejos como llega Russell-, aunque no tuviera fortuna al augurar el olvido en que iba a caer, que ya estaba cayendo sobre Conrad en los años veinte, porque su prestigio literario no ha hecho sino crecer. Otra cosa es que tenga lectores, porque es precisamente el rígido mundo moral de Joseph Conrad el que está en franco descrédito. Y como literatura de la mera aventura es impracticable.

Las coordenadas del mundo moral en el que se mueve Conrad son las de la soledad y la decadencia, casi siempre imparable e irreparable, la lucha contra la adversidad, el enfrentarse con aquello que nos resulta extraño, por completo ajeno, enemigo, un medio hostil que es tanto exterior como interior, que puede ser tanto la selva, como el mar o la Naturaleza a cuya fuerza y merced queda uno, como puede serlo las zozobras interiores, las borrascas de la conciencia, el sentido de la fatalidad. Son precisamente esos combates los que dan intensidad a la literatura de Conrad.     «El hombre, y hasta el hombre de mar, es un animal caprichoso, víctima constante de las ocasiones desperdiciadas», sostendrá en otra ocasión. Y es que Conrad tuvo un oído muy fino para captar el insidioso susurro de las oportunidades perdidas, ese que pone en tela de juicio cualquier noción de una elemental dicha, y que acomete en sus momento de locura o desfallecimiento más intensos a sus vagabundos e incluso a quienes como él han abandonado el mar y regresado al mundo civilizado y entregado, como él mismo, insisto, a la plácida vida doméstica, engañosamente conformistas, siempre dispuestos a dejarse engatusar por las historias de allá lejos y por sus protagonistas. Oportunidades perdidas y una culpa difusa que lo mismo empuja al arrepentimiento que a la autodestrucción, a echarlo todo a rodar sin remedio ni misericordia.

Conrad explora una y otra vez esas situaciones límite en las que no parece haber esperanza alguna y el individuo queda en solitario, enfrentado a su culpa y a la manera en que esta enturbia el juicio y hasta, sin perdón posible. Todo lo que es irreparable le tienta, precisamente por serlo.

En ese sentido, el personaje más enigmático de Joseph Conrad es a mi modo de ver Marlow. Ese Marlow, sentencioso, algo metiche, que conversa con Stein, el cazador de mariposas, en el centro de la noche, en medio de la selva. Una escena que compone un magnífico cuadro, una soberbia conversation pieces literaria. Y es que en la literatura de Conrad la conversación es uno de los más poderosos motores de sus relatos.

Un buen lector prestaría sin duda atención a los interiores de Joseph Conrad, capaz de describirnos, como si fuera suyo, el interior de un baúl de los que llevaban los chinos que como en Tifón alojaban en las cubiertas de los barcos por sus viajes por el mar de las Célebes, la costa de Macasar o del mar de China o unos interiores asfixiantes donde flota «un olor a coral en putrefacción, a polvo oriental, a muestras zoológicas»; las muestras zoológicas de los coleccionistas de mariposas, como Stein, con destino a los gabinetes naturalísticos occidentales que forman parte de la fauna de ese fin del siglo XIX y de la genuina fauna literaria del autor Lord Jim.

¿Quién es Marlow? No es en puridad un vagabundo de las islas, aunque así quede en parte retratado, ni un culo inquieto que no acaba de encontrar su lugar en el mundo, tampoco es un loco, como Almayer, como Peter Willems o como Jasper Allen y es algo más desde luego que un mero alter ego de Conrad o un truco narrativo que le sirve para interponer entre el narrador y la historia una perspectiva de elegante distancia. Marlow está al tanto de todo, está por encima de todo, no se sabe como, pero se sabe que ha vivido más –ese más vivir está muy presente en todo Conrad-. No es un triunfador ni un perdedor, basta con saber que es alguien entregado a los imponderables de su deber. Marlow está detrás del lúcido y horrorizado relato del Viaje al corazón de las tinieblas y está en Lord Jim, es, de hecho, quien mejor conoce su historia, la verdadera historia, sus motivaciones oscuras, sus enigmas insolubles No acaba nunca de abandonar su postura de espectador. Marlow es un moralista, como también lo es el capitán Gilles de La línea de sombra, y el mismo Conrad. Conrad sin embargo lo retrata como un incorregible charlatán aficionado a contar «poco convincentes experiencias».

Marlow no puede ocultar su admiración por ese lord Jim a quien tacha de ser un pobrecito soñador, pero que no sabe qué hacer con su vida, no sabe cómo redimirse de la culpa que le hace ser un auténtico outsider, casi un forajido, alguien que en al selva busca tanto el olvido como el escondite y así el alivio, como una ocasión en la que probar su verdadero ser y redimirse de la culpa que le atenaza y que le conduce a una inmolación por demás inútil, casi a un suicidio

A Tuan Jim una situación límite le puso prueba y allí fue donde comprobó que seguir una norma ética y moral no es ni tan fácil ni tan claro, que esa línea se puede hacer de pronto borrosa y de que le hombre en su soledad puede ser puesto a prueba allí donde menos se lo espera, que su sentido del deber que por un lado le libera por otro lo zarandea de tal manera que acaba por destruirlo.

Hay un momento curioso en La línea de sombra, un momento de oscuridad y de zozobra, en el que Burns, el segundo de a bordo, aparece en cubierta cuando menos se lo espera, fantasmal en medio de la tormenta, envuelto en un abrigo que le animaliza tanto como el confiere una fuerza teatral y que le espeta, visionario, loco, a su capitán, el propio Conrad en su primer gran viaje con ese mando: «¿A qué esconderse capitán? (…) Lo que se necesita es audacia (…) Atáquelo francamente». En su demencia desatada Burns no se refiere a la tormenta ni a la calma chicha que puede destruirlos, sino a un fantasma, aunque el capitán no vea en la muy precisa amenaza del desastre más que una mezcla adversa de destino y fuerzas de la Naturaleza. Para fantasmas, esos, para maldición esa, la de la Naturaleza, la de la suerte adversa, la de los imponderables contra los que hay que emplear la entereza y la audacia (un aprendizaje que puede costar una vida entera dirá en otros lugares, cuando toca a recordar y a afirmarse en el recuerdo, cuando quien lo dice está a salvo, en un interior londinense victorianamente confortable o en la veranda de un club colonial admitiendo que sus días de andar errante han terminado para siempre).

Eso mismo convienen Marlow y Stein, el inefable Stein, en Lord Jim, cuando se dan cuenta, cuando saben, porque ellos saben, porque están a salvo hasta de sus oportunidades perdidas, que la única manera de luchar contra las adversidades no es ya la de hacerlas frente, sino la de entregarse, arrojarse a su corazón y ser tormenta en la tormenta. A brazo partido. Esos son momentos literarios de mucha intensidad, muy conmovedores. Arrojarse en brazos de la tormenta, pero no para ser destruido por ella, sino para vencer al cabo, para plantar cara a las adversidades, y hacerse fuerte en esa victoria. Ese es para mi uno de los mensajes más rotundos de una literatura necesaria, como fue la de Conrad, casi para poner la propia vida a salvo. Literatura de la propia errancia.

 

Deriva de las estaciones

 

NI VOLVER, volver, volver, ni decíamos ayer, porque entre otras cosas no deja de ser un broma ya muy gastada, espesa. Cuando pasaron las grullas hacia el sur, nocturnas, atronadoras, estaba leyendo a Josep Pla y, con ese viento sur que hace que la gente melancólica camine como si no pisara el suelo y alquile de cuando en cuando el cerebro a los disparates furiosos, la chimenea echaba tanto humo como la suya, y casi todo en mi casa emanaba un confortable olor a jito. Luego vinieron los temporales. Cuando repasaron, hace ya un par de meses, no menos atronadores, pero en más perfecta formación, los ansarones hacia el norte, estaba leyendo la edición castellana de ese desbarre apocalíptico que es Guignol’s band de Céline. Hace unos años, Céline me interesaba bastante más que ahora. Ahora me abruma –ese agobio de la furia, ese malestar del rencor extremo–, tal vez porque como decía Caro Baroja en Los Baroja los asuntos tristes o tremebundos interesan cuando eres joven; cuando vas camino de ser mayor que le dicen, interesan cada vez menos, poco, nada. Citemos un verso de Gil de Biedma: cuando aparece cada vez más claro que envejecer y morir son los verdaderos argumentos de la obra, que es por cierto cuando hay quien se amorra a la contemplación de alguna vanitas siniestra o por el contrario se aplica a vivir con toda la intensidad de que sea capaz. Va en caracteres. Va en bolsas, también; y en estados de salud.

Si me interesan los asuntos más o menos campestres, de un bucolismo que a veces pone los pelos de punta, es porque los tengo delante de las narices. De no ser así, es decir, de no tropezarme con las grullas o con el viento huracanado del sur, que como asunto nocturno es de una animación que tumba, o de no poder comprobar que aun no estando en Malasia los bosques son majestuosos como templos y rumorosos como el mar (Conrad), esos asuntos del pasar de las estaciones, de su ritmo, de sus hitos y de sus oficios desaparecidos, de sus gastronomías menores hechas a base de platos contundentes, me resultarían extremadamente irreconocibles, imaginarios, pura literatura fantástica. Si no fuera de esa manera me iban a interesar tan poco como las historias del Kronen y el mensakismo ilustrado y toda una faramalla literaria que me resulta por igual incomprensible y antipática, y con pésima prosa, además, (sobre todo la prosa). En esos asuntos de la deriva de las estaciones, que sé interesan más bien poco, podemos fijarnos quienes vivimos en algún lugar en el que todavía hay cielo y tierra. Solo así tiene sentido leer un libro como Las horas de Pla o su Huida del tiempo, y que esa materia literaria nos resulte cuando menos identificable. Libros apacibles, libros de horas, libros del humor vagabundo, hechos de mucho mirar las cosas del mundo en torno y de poner la mirada allí donde no la suele poner nadie, y a la vez de mirar en la tradición literaria, de fijar la memoria, de genuina invención literaria; libros que me parece resultan cada vez más anacrónicos, más representativos de una sensibilidad que tiene mucho de resistencia a la barbarie, como los de artículos de Chesterton, cada vez menos frecuentados, más desconocidos, como nuestros clásicos (reflexión recurrente donde las haya y sin mucho futuro), cada vez más lectura propia de unos lectores que tienen algo de sociedad secreta, que leen a contrapelo, que leen, a secas.

*** Artículo publicado en La Nueva España, Cultura, de Oviedo,        20.3.1996, y el El Correo de Andalucía, Sevilla, 28.6.96. Escrito desde Gorritxenea, en Zozaia, de Baztan.

Navegar mares prohibidos

 

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EN el primer párrafo de Moby Dick aparece una imagen preciosa. Su curioso narrador nos dice que cuando se encuentra dominado por el humor melancólico (niebla en la mirada) lo que hace es embarcarse, echarse al mar. Y no otra cosa hace, o puede hacer, el lector siguiendo sus pasos, porque además de que la lectura es un formidable antídoto contra las borrascas del alma, la de Moby Dick es toda una travesía, uno de esos viajes literarios que resultan a la postre inolvidables, que como todos los viajes cambian, cuando menos, nuestra mirada. El Pequod es uno de esos barcos (como la Hispaniola) de los que una vez que hemos subido no podemos bajar jamás. Vamos, como lectores, a bordo para siempre, en compañía del enigmático Quiqueg, harponero, memorable personaje literario, natural de Rokovoko, “una isla muy lejana hacia el Oeste y el Sur. No está marcada en ningún mapa: los sitios de verdad no lo están nunca”.

Herman Melville publica  en 1851. La escribió en apenas un año y la novela cayó de inmediato en el olvido fruto del desinterés del público por ese majestuoso artefacto narrativo, plagado de digresiones morales y oceanográficas (agotadoramente enciclopédicas, cosa en la que no repara casi nadie por una razón más que obvia), de reflexiones de resonancias míticas y metafísicas –como lo será otro de sus mejores libros, Las encantadas- y de situaciones poco menos que enigmáticas, absurdas casi, arbitrarias, lejanamente autobiográficas (Melville en su calidad de culo de mal asiento anduvo en un ballenero hasta que desertó) que tenían a la cubierta del Pequod como privilegiado escenario teatral, y a los señores Stubs y Starbuck, entre muchos otros, como conspicuos actores de una marítima compañía del cisne. Un teatro, el del Pequod, en el que se representa, con la debida grandilocuencia, la historia de una rebelión de resonancias clásicas contra el destino, la suerte y contra las fuerzas oscuras que parecen dominarnos sin remedio y apenas logramos sujetar, como no sea mirando para otro lado. Una rebelión contra los errores, la mala suerte y la propia conciencia, dirá muchos años más tarde otro grande de la literatura del mar, Joseph Conrad. Una rebelión de ángeles caídos, de humanos que se miden, harpón en mano, con los dioses y sus tormentas.

Ismael va a contarnos su vida, se embarca casi sólo para eso, para contarnos del mar y de los buques, de la tela de araña de las gavias y aprejos, pero acaba contándonos la asombrosa historía del capitán Ahab y de su ballena blanca, inseparables el uno del otro, incomprensibles el uno sin el otro. Ismael acaba contándonos la historia de un destino inexorable, de un destino que el hombre no puede en modo alguni alterar. Es, el suyo, un viaje hacia la destrucción, un morir matando. Ni siquiera Mr. Starbuck es capaz de pegarle un tiro a Ahab y terminar con la pesadilla de la caza de la ballena blanca. Starbuck baja el fusil y firma su condena de muerte y lo sabe, es humano, no es Ahab. No hay a bordo más salvadidas que un ataud. Ismael no será un héroe, es sólo un superviviente, un amedrentado superviviente, un testigo del desigual duelo del hombre contra el universo mundo, alguien, que a la manera de Arthur Gordon Pym, sólo vive (sobrevive) para contarlo.

Moby Dick, es un gigante literario, una isla, me temo, más citada que frecuentada porque es de ardua, y cada vez más, lectura. Moby Dick es una gran y compleja novela (poliédrica o algo así andan ahora diciendo… a saber) que trata, sí, de la vida del mar, pero también trata del mal, del excederse, de la búsqueda del propio camino, de la furia que implica toda rebelión metafísica, empezando por la de Luzbel. Moby Dick es una novela que sigue suscitando las más variadas (peregrina a veces) interpretaciones –Pour saluer Melville, de Giono, es una de las mejores- porque sus páginas son un formidable dechado en el que tejer la reflexión acerca de todos los avatares de la vapuledada condición humana, la mejor matería literaria, casi la única que existe.

*** Artículo publicado en el diario ABC, de Madrid, 3.3.2001

 

 

 

Espejismos de fortuna

 

9788420676791  La de La locura de Almáyer es una de las historias más hermosas pergeñadas por Joseph Conrad y la primera de todas. Una obra de verdad mayor, sólida, muy bien armada, pletórica de personajes y de situaciones vividas; pero sobre todo es una novela que gira en torno a las preocupaciones éticas y morales fundacionales de una literatura y a las que su autor no dejaría nunca de darles vueltas: la ambición, la envidia, y ese ánimo de destrucción que, sin mirarlo de frente, anida en muchos corazones.

Poco o nada importa al final si la tragedia de ese próspero comerciante holandés que es Almáyer tiene lugar en el escenario de Macassar, una lejana isla de las Célebes, por donde el propio Conrad navegara durante años, lo que realmente importa es ese sueño de ambición, nada desmedida por otra parte, cifrada en la construcción de una casa que para poco o nada sirve, y sobre todo esa <<mala suerte>> que sería una de las preocupaciones mayores de Conrad expresada en muchas obras suyas, de Lord Jim a una de sus obras más autobiográficas como es La línea de sombra. Porque lo que une a casi todos los personajes de Conrad, y muy notablemente a Almáyer, no es ya el abismarse en sueños de riqueza y poder, ni siquiera el padecer la envidia de sus convecinos, sino <<la lucha, continua y necesaria, contra la mala suerte, los errores y la propia conciencia>> con la que aquel resumió una vida entera. Una lucha que, como le sucede al conmovedor protagonista de esta historia, puede terminar mal y arruinar de manera definitiva a quien la emprende. En ese combate, casi siempre desigual, se puede ganar y se puede perder. Importar también la manera en que se pierde, la manera en que quien juega y arriesga se convierte, o no, en la sombra de si mismo, como el propio Almáyer, en La Casa del Celestial Deleite, disuelto en humo, dimitido de todo.

 

Las tinieblas del olvido

 

NO tengo la seguridad ahora mismo de que fuera el tremebundo rey de los belgas, Leopoldo II, quien bautizara a sus posesiones africanas como el país de las tinieblas. Lo que si diré es que un explorador de ese mundo, H.M. Stanley, utilizó la expresión para titular sus dos tomos de exploraciones del Congo que aparecieron en 1890, en Nueva York y Paris. La edición francesa lleva como título, Dans les ténèbres d’Afrique. Los mapas del río Congo que acompañan a esa edición son muy elocuentes: allí no había nada, un territorio más ignoto que virgen. Ahí no hay nada, lo verde de lo impracticable y pardo de lo inexplorado. Fascinantes. Ahí hay espacio más que suficiente para el famoso Horror del libro de Conrad que es uno de los más poderosos leit motiv de esta narración. Stanley utiliza una y otra vez las expresiones del horror de la jungla a la que califica de oscura o de lóbrega.

Oscuridad, extravío, peligro, perdición, trastorno, pillaje, crueldad gratuita… son algunas de las más intensas impresiones comunicadas por Conrad en su libro. Esa impresión tenebrosa, de algo que no se llega a mostrar nunca del todo, que queda fantasmal, entre la niebla y la oscuridad y el territorio del río, es el mayor logro narrativo de Conrad. El poder de la densidad Tan agobiante como de dificl anabdono, de su prosa brilla en las páginas de esta novela en la que Conrad describe la navegación por el río y la calidad “mineral” de la selva impenetrable, y más loque entrevee, lo que sospecha que lo que en realidad ve. Conrad logra algo muy difícil: hacer inquietante algo lejano, que como lectores lo imaginemos con auténtica aprensión. Conrad con su descripcion de la selva como algo vivo –a una criatura- da de paso una increíble impresión de extravío.

El mismo año que se publica el realto del viaje de Stanley (al de 1888 me refiero), es cuando Conrad medio comanda Le Roi des Belges, el barco que remonta el río. Para entonces las leyendas del Congo y de quienes protagonizaban aquella “gesta civilizadora”, una turba de aventureros sin escrúpulos, corrían los mentideros de los culos de mal asiento, de los que vivían impulsados por el fuir, fuir la-bás, de Baudelaire y de la honorable carne de horca. Un paraiso de riquezas tan oscuro como peligroso. La llamada de la aventura estaba asegurada.

El médico que examina a Marlow le pregunta en El corazón de las tinieblas (1902), si en su familia hay algún precedente de locura o de trastorno mental más o menos transitorio. Porque para aventurarse en ese lugar donde no hay otro díos que el marfil y todo gira en torno a ese preciado bien y por el que cualquier crimen es posible, hace falta estar un poco loco. Ese libro será todo lo simbólico que queramos que sea, en nuestra calidad de lectores impertinentes, pero no puede ser desligado de la realidad de la época: la furia del márfil, la que luego daría en la furia del caucho y de otras riquezas que entonces sólo eran sospechadas, las atrocidades cometidas por agentes comerciales, militares, policías, curas, funcionarios blancos de la metrópoli belga en aquellas tierras. Es decir la labor de la barbarie blanca, vendida como obra civilizadora. Ese, en sus detalles más macabros, es el verdadero Horror que encerraba el país, no, desde luego, el fantástico descenso a los infiernos personales del más famoso agente de la Compañía, Kurtz, engolfado en su propio fondo cenagoso de barbarie, ambición, impunidad y locura.

El corazón de las tinieblas y la vuelta sobre las huellas de los propios pasos de Conrad en 1902, doce años después de haber hecho él mismo el viaje, tiene algo de simbólico, cierto, pero más que nada por que las tinieblas y profundidades de la conducta humana no le eran ajenas, al revés fueron la materia misma de sus mejores obras. El escritor del mar, de los viajes y de la aventura escondía en su interior otro que era el que le interesó tanto a André Gide, que fue su introductor en Francia. Alguien que no era indiferente a nada de lo que veía, a la barbarie de la civilización occidental y a sus patrañas, y a la labor de zapa que envenena las conciencias. En ese libro hay una evidente rumia del propio Conrad.

Cuando Conrad escribe esas páginas ya sabe lo que sucede allí abajo. No soalemente por las noticias más o menos vagas que le llegaban sino por su relación con ese personaje extraordinario y novelesco que es el patriota irlandés (ejecutado en 1916 por los ingleses acusado de traición) Sir Roger Casement, a quien conoce a poco de desembarcar en el Congo. A juzgar por sus diarios de viaje, Conrad tuvo enseguida oportunidad de ver lo que sucedía con la labor civilizadora de la Compañía belga de explotación de los territorios vírgenes del Congo. Se quedó sobrecogido.

En El corazón de las tinieblas aparece un personaje genuinamente conradiano, uno de sus más enigmáticos y atractivos personajes, más incluso que el abominable Kurtz o que el mismo Almayer, alguien que aparecerá en otras obras suyas: el capitán Marlow.

Marlow aparecerá en otra obra maestra, lord Jim, será su escribidor, el que se hace con los papeles (como en esta misma), el que concluye diciendo del desdichado Jim: <<Era un pobrecito soñador>>, y el que hablando con Stein, el cazador de mariposas, en el corazón de la noche otra vez, conviene en que para salvarse a veces es preciso echarse en medio del torrente. Marlow es un espectador del mundo y de las pasiones humanas, es comprensivo, pero lejano, lleva su propio equipaje a cuestas. Sabe que cada cual debe cumplir su destino, sabe que la nuestra es una lucha continua y necesaria contra los errores, la mala suerte y la propia conceincia, y que lo que más podemos esperar de la vida es un cierto conocimiento de uno mismo que llega siempre demasiado tarde y una cosecha de remordimientos inextinguibles.

Tengo para mi que en Marlow es más que posible ver uno de esos alter geos literarios hechos a base de lo vivido y de lo imaginado, uno genuino, uno de los mejores, en el que la realidad se mezcla con lo que pudo haber sido, la reveladora preyección de uno mismo. Marlow puede encarnar prejuicios, ideas y opiniones contundentes, una ctitud secreta del autor, un aspecto incluos concorde con la voz (voz nocturna: las suyas suelen ser las palabras de la nche. Marlow es Conrad y no es Conrad. Es Conrad quien viaja, en 1890, a África y remonta el peligroso rio Congo, todo un mundo, y Marlow quien se queda fascinado por el bárbaro Kurtz y por su demencia. La novela abunda en detalles autobiográficos del propio novelista, las tensiones entre Marlow y el ofical de la Compáñía son parecidas a las que tuvo el propio Conrad, las enfermedades que como él dice se desarrollarían plenamente más tarde, también. Se fue del Congo en parte empujado por ellas. Su mirada es la mirada de Marlow.

A cien años vista ese libro se nos ofrece rico en tensiones personale sy en contradicciones que retratan bien al propio Conrad como un escritor empeñado en la lucha consigo mismo, que le da a sus obras buena parte de su tensión. Si inequívoca es su condena de la brutalidad en el pillaje cometido por los belgas, su complacencia con lo que hacían a su vez los ingleses es tan clara como absoluta. Lo que en unos es expolio, en otros es labor civilizadora. Siempre depende de que lado nos ponemos o estamos, de quien es el más fuerte. Conrad además de sostener sus ideas más profundas debía cuidar a sus lectores y a sus editores. No era el único. Stanley en el viaje en busca de Emin Pachá (el aventurero alemán Edouard Schnitzer, el rey de Ecuatoria), echa la culpa de esa barbarie a los sudaneses que no consideraban a los habitantes de las selvas congoleñas más que como animales, esclavos o cosas. Llovía por tanto sobre mojado.

El corazón de las tinieblas es un libro denso, fascinante, una pieza mayor del mosaico conradiano. Sin contar con que la historia del libro está tan rodeada de personajes tan reales como legendarios, de leyendas pavorosas, que es por si sola una novela, una invitación a redoblar el viaje cuando menos literaria, al país de las tinieblas, al corazón de ese río del que Stanley decía –y ahí le seguiría Conrad- que se hacia profundo sin cesar, como el olvido.

*** Artículo publicado probablemente en El Cultural, de ABC, Madrid, ¿2008¿

 

 

 

Buena y mala conciencia

Manos-cortadas-2-misioneros-1904-1024x656No recuerdo haber leído que el escritor inglés de origen polaco, Joseph Conrad, que fue marino antes que escritor, y contrabandista de armas para los carlistas, hubiese tenido algo más que tentaciones racistas; pero es coherente con su época y con la manera generalizada de pensar en el ámbito del imperio británico, uno de cuyos pilares fundamentales fue el racismo extremo y la xenofobia, cosa que no se dice, claro. El racismo, como el antisemitismo, como cualquier forma de afirmación de la propia identidad por la exclusión y el desprecio del Otro, «se respira»; y a finales del siglo XIX se respiró mucho.

Al revés, a Joseph Conrad se le considera hasta un paladín de la denuncia de la barbarie europea, belga en concreto, en los territorios congoleños apenas explorados y explotados por las sociedades beneficiarias de las trapisondas del rey Leopoldo, en las que participaron europeos de todas las nacionalidades. La barbarie, el crimen estaba en el aire, era una forma de llevar y de imponer la civilización a los «salvajes», allí donde la religión pudiese ser un instrumento de dominación y donde, con mano de obra en condiciones de esclavitud encubierta, se pudiesen obtener grandes beneficios de lo que fuera: minerales, piedras preciosas, petróleo, caucho, madera, marfil… Y algo más, había complacencia en el crimen, en el asesinato, en las mutilaciones, como la hubo entre los nazis alemanes: las fotografías no dejan lugar a dudas. En la Patagonia chilena y en Tierra de Fuego se exterminaron indios patagónicos y fueguinos hasta finales de los años veinte o comienzos de los treinta del siglo pasado. Lo instigaron poderosos estancieros que pagaban matones a tanto la pieza. Un relato escalofriante. Impune. Allí quedaba la Patagonia. Y un estanciero era mucho estanciero. Pero eso no se cuenta o se cuenta como le conviene a quien paga la historia oficial.

Los reportajes de grandes viajes (pura industria turística de la peor especie) son una buena muestra de lo que digo. Así, los norteamericanos, en un reportaje sobre las ciudades perdidas del Amazonas, cuando se refieren a la deforestación hablan de «limpieza de maleza», o así está doblado al castellano. De las actuales fechorías de los madereros es mejor no hablar porque están con el poder que conviene al gobierno norteamericano. Además, los narcos no suelen andar muy lejos y en esos andurriales los forasteros, por intrusos, están mal vistos.

Es una de las novelas más conocidas de Conrad, Lord Jim, donde encontramos expresiones como «perros sarnosos» referidas a los que se atreven a juzgar a un blanco. En el fondo es la misma mentalidad que empuja a los norteamericanos a hurtar a los delincuentes que gozan de esa nacionalidad a los tribunales de otros países donde han cometido delitos. Algo que pone en solfa la noción misma de soberanía e independencia, y de elemental justicia.

Pero más que ese episodio anecdótico, producto de una época, Conrad reprocha a Jim, el haberse entregado a los salvajes, viviendo con ellos, a su manera. Conrad no entiende que alguien se pueda ir a vivir entre «salvajes» de manera benévola, altruista, considerándolos sus iguales, asumiendo sus costumbres sin intención de imponerles la civilización del imperio, al revés, despojándose del lastre civilizado. Y quien dice salvajes, dice indígenas o pobladores originarios, cuya igualdad está discutida y rechazada hasta ahora mismo.

EL FILÓSOFO francés Pascal Bruckner acaba de hablar de una mala conciencia de la izquierda europea que le hace transigir con ideas reaccionarias, abstenerse de la crítica, no opinar (asumiendo el ser extranjeros cuando pretenden ser ciudadanos del mundo), comprender, en falso la mayoría de las veces por entrega y asunción, y todo por una mala conciencia, un difuso sentimiento de culpa por un pasado histórico del que no son herederos ni por asomo. Como si la nacionalidad nos hiciera co-responsables de las fechorías que gobernantes del pasado que ni siquiera hubiésemos podido elegir. Mucha responsabilidad es esa.

Cabe preguntarse si detrás de las ayudas oficiales españolas en Latinoamérica, y al margen de proteger los negocios actuales, no hay una mala conciencia por dos o tres siglos de ocupación virreinal, mal estudiada, mal explicada, hecha justificación de un odio necesario para ser algo, para sentirse algo, para vibrar por la patria (en América acabas muy harto de patrias y de patriotas): los españoles tienen la culpa de todo, hasta de los desmanes y el pillaje cierto de las elites republicanas, criollas, mestizas e indígenas incluso que quieren pasar por blancos cuando adquieren algo de poder. Yo tengo claro que si los beneficiarios de algunas ayudas (y no precisamente oficiales) no fueran radical, furiosamente anti españoles no recibirían las ayudas o el apoyo ideológico que reciben. Pero bueno, lo que yo crea y nada es lo mismo. La riada del tiempo va por otro lado y se lleva las opiniones particulares al chirrión.

Según la tesis de Bruckner, el altruismo o esos elementales sentimientos de solidaridad, de piedad, de fraternidad, de elemental justicia quedarían excluidos. Sería la mala conciencia la que empujaría a dejarse el pellejo en guerras ajenas a cooperantes, a miembros benévolos de ONG (cada vez más contestadas por cierto por los países que las acogen y no solo por el asunto de sus fondos o de que sean cotarretes), a religiosos, que en realidad no tratarían sino de llevar su verdad y de barrer las creencias originarias, aunque luego tú mismo puedas ver que, cuando menos los actuales, no tratan de imponer nada y hasta dudes de que sean los mismos católicos que intervienen de manera abusiva en la política conservadora y autoritaria de tu tierra. Mala conciencia o conciencia a secas. La idea no es mala, pero me temo que Bruckner, desde su olimpo universitario, olvida que al beneficiario de un hospital, un dispensario, un equipo quirúrgico, una capacitación profesional, la buena o mala conciencia del pagano le importa, de entrada, un carajo.

 

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, en el año 2008, ignoro la fecha. Está escrito desde Bolivia en el viaje de aquel año.