Marinos de tierra firme

En 1941, en una época por demás incierta,  Jean Giono publicó la traducción francesa de Moby Dick y al poco, fascinado, publicó uno de esos libros que resultan inolvidables porque son todo un modelo de lo que debe ser escribir con amor y pasión de cuestiones literarias, y expresar su placer profundo, y hacer de ello algo contagioso: Pour saluer Melville. Jean Giono, el solitario, el ermitaño de Manosque, caminante infatigable, abre el libro contándonos de qué manera en sus caminatas llevaba en el bolsilo el tomo de Moby Dick para leerlo donde la apeteciera, en esa Flecha abierta que es el paisaje, y dice que cuando lo leía y levantaba la vista veía cómo la sucesión de las colinas provenzales se convertía en la sucesión del oleaje, despertaba en aquel peregrino de tierra adentro esos ecos inolvidables del partir a la aventura con los que se abre Moby Dick o esas melancólicas y desoladas meditaciones del gaviero Chaqueta Blanca que se adormece en las jarcias, bajo la bóveda estrellada que lo queramos o no, a todos nos une, y piensa en su futuro y cuenta su pasado y siente que no está solo ni allí arriba ni aquí abajo. Nada muy diferente han sentido las sucesivas generaciones de lectores de aquel soñador de un hombre nuevo y de sus viejas taras: las páginas de Melville han sido nuestro mar soñado, inolvidable, y a veces nuestro manual de navegantes solitario en tierra firme, en una derrota para la que .

Es un gaviero el que nos lleva de la mano a su mar interior, allí donde lo leamos, en la edad a la que lo leamos, excitados siempre, ya sea con sus estafadores del Mississipi –El timador (18..)-, ya con sus indigenas de Ouka Iva –Typee (184.)- o con su capitán Amasa (con toda probabilidad un vasco de origen), en Benito Cereno, o con su sombrío Ahab. Es un gaviero, un marino de las alturas, un extravagante también cuando camina a medias disfrzado por las calles de Londres, el que se interroga por el sentido profundo de la existencia, que es uno de los pilares de la mejor literatura, el que nos confronta como lectores con una comprensión y una expresión cabal del mundo, más allá de lo inmediato de nuestra época incluso, en otro orden.

* Artículo publicado en ABC Cultural, Nº 371, Madrid, 7.1.1999.

** Esa edición de Pour saluer Melville me la encontré bajo la lluvia, en el muelle de Grands Augustins, en París, a una hora en que los bouquinistes estaban todavía casi todos cerrados. Un día muy oscuro. Hace mucho, no sé, pongamos que fuera en 1989.  No sé, hay un momento en que las fechas de los viajes se confunde. Libros viejos que morirán contigo y sin embargo primeras ediciones, auténticas princeps. Y ese no fue el único hallazgo, otro día… lo contaré otro día.

Anuncios

Navegar mares prohibidos

 

05mobydickrockwellkent1

EN el primer párrafo de Moby Dick aparece una imagen preciosa. Su curioso narrador nos dice que cuando se encuentra dominado por el humor melancólico (niebla en la mirada) lo que hace es embarcarse, echarse al mar. Y no otra cosa hace, o puede hacer, el lector siguiendo sus pasos, porque además de que la lectura es un formidable antídoto contra las borrascas del alma, la de Moby Dick es toda una travesía, uno de esos viajes literarios que resultan a la postre inolvidables, que como todos los viajes cambian, cuando menos, nuestra mirada. El Pequod es uno de esos barcos (como la Hispaniola) de los que una vez que hemos subido no podemos bajar jamás. Vamos, como lectores, a bordo para siempre, en compañía del enigmático Quiqueg, harponero, memorable personaje literario, natural de Rokovoko, “una isla muy lejana hacia el Oeste y el Sur. No está marcada en ningún mapa: los sitios de verdad no lo están nunca”.

Herman Melville publica  en 1851. La escribió en apenas un año y la novela cayó de inmediato en el olvido fruto del desinterés del público por ese majestuoso artefacto narrativo, plagado de digresiones morales y oceanográficas (agotadoramente enciclopédicas, cosa en la que no repara casi nadie por una razón más que obvia), de reflexiones de resonancias míticas y metafísicas –como lo será otro de sus mejores libros, Las encantadas- y de situaciones poco menos que enigmáticas, absurdas casi, arbitrarias, lejanamente autobiográficas (Melville en su calidad de culo de mal asiento anduvo en un ballenero hasta que desertó) que tenían a la cubierta del Pequod como privilegiado escenario teatral, y a los señores Stubs y Starbuck, entre muchos otros, como conspicuos actores de una marítima compañía del cisne. Un teatro, el del Pequod, en el que se representa, con la debida grandilocuencia, la historia de una rebelión de resonancias clásicas contra el destino, la suerte y contra las fuerzas oscuras que parecen dominarnos sin remedio y apenas logramos sujetar, como no sea mirando para otro lado. Una rebelión contra los errores, la mala suerte y la propia conciencia, dirá muchos años más tarde otro grande de la literatura del mar, Joseph Conrad. Una rebelión de ángeles caídos, de humanos que se miden, harpón en mano, con los dioses y sus tormentas.

Ismael va a contarnos su vida, se embarca casi sólo para eso, para contarnos del mar y de los buques, de la tela de araña de las gavias y aprejos, pero acaba contándonos la asombrosa historía del capitán Ahab y de su ballena blanca, inseparables el uno del otro, incomprensibles el uno sin el otro. Ismael acaba contándonos la historia de un destino inexorable, de un destino que el hombre no puede en modo alguni alterar. Es, el suyo, un viaje hacia la destrucción, un morir matando. Ni siquiera Mr. Starbuck es capaz de pegarle un tiro a Ahab y terminar con la pesadilla de la caza de la ballena blanca. Starbuck baja el fusil y firma su condena de muerte y lo sabe, es humano, no es Ahab. No hay a bordo más salvadidas que un ataud. Ismael no será un héroe, es sólo un superviviente, un amedrentado superviviente, un testigo del desigual duelo del hombre contra el universo mundo, alguien, que a la manera de Arthur Gordon Pym, sólo vive (sobrevive) para contarlo.

Moby Dick, es un gigante literario, una isla, me temo, más citada que frecuentada porque es de ardua, y cada vez más, lectura. Moby Dick es una gran y compleja novela (poliédrica o algo así andan ahora diciendo… a saber) que trata, sí, de la vida del mar, pero también trata del mal, del excederse, de la búsqueda del propio camino, de la furia que implica toda rebelión metafísica, empezando por la de Luzbel. Moby Dick es una novela que sigue suscitando las más variadas (peregrina a veces) interpretaciones –Pour saluer Melville, de Giono, es una de las mejores- porque sus páginas son un formidable dechado en el que tejer la reflexión acerca de todos los avatares de la vapuledada condición humana, la mejor matería literaria, casi la única que existe.

*** Artículo publicado en el diario ABC, de Madrid, 3.3.2001