El otoño y sus sombras

LA gente que entiende de estas cosas afirma que el otoño es la estación gastronómica por excelencia. Y es que el otoño, en el campo, es la época de las recolecciones, de la depredación, de la caza. Hace unas semanas, por San Miguel, que es cuando se ajustan los pastores, pasaron las primeras palomas, las zuritas, en su viaje anual hacia el sur y la gente de esta tierra de todos los demonios se echó al monte con la escopeta al hombro.

Escopetas elegantes, escribió Pla en algún lado, en unas páginas que no sé yo, no sé, si no tienen ya sus buenas arrugas. José María Castroviejo, Alvaro Cunqueiro, Pla, y hasta el Baroja de Las horas solitarias, escribieron páginas muy hermosas sobre esta estación. Ahora no sé. Ahora piensa uno en los mendigos utilizados como cobayas humanas por los servicios secretos del gobierno, por ejemplo, y se le quitan las ganas de estas y otras excursiones por las chimeneas del otoño. Todos los días la prensa nos trae nuestra diaria ración de enormidades.

Y si hablo de los demonios es porque sin remontarnos a los disparates furiosos de los inquisidores Salazar y Frías (Logroño) o Pierre de Lancre (Bayona), es fácil advertir que no hace falta echarse al coleto ningún potingue medianamente venenoso para verlos y apreciar que son terríficos, feroces y de instintos criminales. No te encuentres con uno esos de noche, no te encuentres, que cuando menos te llevaras un buen susto. Lo digo porque el otro día, en un pueblo fronterizo, me tropecé con uno de estos que a lo que se veía capitaneaba una punta de diez o doce patriotas tan silenciosos como funerales y feroces hasta las cachas, necesitados de enemigos para subsistir, para existir. Diz que me tomaron por madero. Mal asunto, malo de veras.  Julio Caro Baroja opinaba que esos mozos, esas fieras, para hablar pronto y mal, estaban demasiado bien alimentados y les sobraba una energía que echaban con facilidad en el crimen o en sus aledaños. Están en pie de guerra -esa es una precisa seña de identidad- y con ser pocos, abultan que es un gusto.

Ahora, eso sí, el país, este país tan desconocido como denostado, tiene una luz única, clara, transparente. Dicen que es cosa del viento sur que tiene el poder de hacer bajar las bandadas de palomas y de acercar las cosas, dibuja sus perfiles más precisos, sus sombras desconocidas, y nos hace creer algo tremendo: que vivímos en un belén; y no es así. Barthes habló de esa luz en un texto muy hermoso y decía que era líquida; eso decía, sí.

La luz es líquida y transparente, pero para lo demás, el país profundo, el país oscuro y sombrío, es un escenario impecable para algunos poemas de Seamus Heaney: <<Oh, tierra de santo y seña, garra, guiño y mueca,/ De mentes abiertas, tan abiertas como trampas>>. Heaney tiene sus razones.

Sarrionaindia, en otra lengua, en otra circunstancia también, las suyas, y pensando en algunas de sus páginas -No soy de aquí: menudo dietario, poco frecuentado, poco leído, menos citado, tal vez inquiete de verdad-, en sus poemas también, uno duda, y se siente confuso por ello, de que las ideas políticas, por muy radicales que sean, con ribetes totalitarios y étnico-visionarios incluso, invaliden forzosamente una obra literaria, como parece afirmar Horacio Vázquez-Rial en su magnífico por otra parte prólogo a El prolífico y el devorador de W.H.Auden. La de Joseba Sarrionaindia es una literatura profundamente anclada en un país, en una lengua que es un país.

Sin olvidar el X.L.Méndez Ferrín de Con pólvora y magnolias cuando reclama en un poema vibrante la libertad de su pueblo o en los poemas de Triste Stephen.

Todo esa difícl armonía entre el sentimiento nacionalista, el sentimiento del extrañamiento, de la expropiación, de la pérdida y a la vez de un sentido justo de la historia, ese peligro cierto de los pujos étnicos, raciales, exclusivistas, esas afirmaciones en la propia identidad a costa siempre del desprecio, a costa de otro. Pantanoso terreno este para la literatura.

Lo cierto es que hay literaturas tan ancladas en la tierra profunda de sus autores, en sus fuegos, y en sus sombras sobre todo, que sin ella no serían posibles. Hay tierras que de tan profundas, tan sombrías, resultan a la postre sofocantes y ahogan la literatura, las palabras en libertad, ligeras, audaces, que en ellas se puedan escribir.

<<Deberíamos viajar sin tregua y alentar en nuestro pecho un corazón de mzungu>>, concluye el mejor de nuestros escritores viajeros, Javier Reverte, en su deslumbrante El sueño de África. Siempre tiene que haber alguien en movimiento para pervertir a los que estamos en reposo. Un corazón de vagabundo o de vagamundos (que eso significa mzungu) en cualquier lugar, con y sin luz líquida, en el rincón del fuego sobre todo, para que las páginas que escribamos ni huelan a sangre ni a meos de gato.

 

 

Tiempos banales

Srebrenica2

HASTA hace nada era de buen tono referirse a nuestra época como “tiempos banales”, no susceptibles por tanto de ser tenidos en consideración a efectos literarios. No era de buen tono, insisto, hablar de lo que uno tenía delante de las narices o sucedía en el pequeño escenario del que somos espectadores, casi, casi a la fuerza. Nunca me fie de esa afirmación arbitraria, entre otras cosas porque los tiempos siempre son más banales para unos que para otros. Los testimonios de quienes iban a los lugares donde la tragedia se manifestaba de más cruda manera –Bosnia, Adganistán, Ruanda…- y contaban lo que habían visto, han sido poco o nada frecuentados. Pienso, entre otros muchos, en Juan Goytisolo, en Alfonso Armada, en algún que otro libro de Javier Reverte que no es de los más conocidos, han venido siendo valorados poco menos que como un género menor. Ha venido siendo mejor mirar para otra parte o a parte alguna. Lo cierto es que la realidad de nuestra época tira de una manera firme del escritor, le requiere. Casi no hay escapatoria posible. A veces está en juego hasta la autoestima. El escritor abandona la ficción, la fantasía incluso, y echa mano de la cruda y estricta realidad. Los más que trágicos acontecimientos de la última semana que nos han dejado sumidos en la perplejidad y en el miedo, plantean tales y tan ineludibles cuestiones filosóficas, morales, éticas, jurídicas, que están poco menos que llamados a ser la espoleta casi de una nueva escritura que se cuestione, incluso desde la estricta invención literaria, todo un sistema de valores que han venido rigiendo hasta ahora, y subvertir algunos de ellos incluso. El terrorismo es uno de los problemas fundamentales de la época, como lo es el rumor de fronda de los desheredados de la fortuna, y el escaso valor que tiene la vida humana, y el imperio de la ley del más fuerte y el fanatismo religioso o político que tiene en nada a la persona y a su dignidad, y su pariente carnal, el totalitarismo. Como cuestiones para nutrir obras literarias o filosóficas, o híbridas (vuelve ya una narrativa sostenida en la reflexión filosófica de sus autores: ver la última novela de Phillipe Sollers publicada en castellano), hay casi de sobra. Jamás fueron menos banales que ahora nuestros tiempos. Sólo puede ser banal la escritura que de ellos se ocupa, pero esta si que es otra historia. [18.9.2001]

*** Ignoro donde fue publicado, por la extensión es posible que fuera en El Correo, de Bilbao, en la fecha que se indica.