País del Bidasoa

 

CHESTERTON dejó dicho que el tiempo inglés había posado expresamente para el pintor Turner; también para Whistler, el de los negros betunes, podríamos añadir nosotros. Parafraseándolo, diremos que el País del Bidasoa posó expresamente para Pío Baroja, y también para su hermano Ricardo. En ese país pequeño y humilde, Pío Baroja encontró casi todos los materiales de construcción a los que puede aspirar un escritor que quiere construir un mundo literario propio: Itzea, su casa de Vera, que es el epicentro de ese país visible e invisible a la vez, y el entorno más inmediato, la segunda piel del poeta, Vera de Bidasoa y un mundo rural que a pesar de encontrarse en sus postrimerías, le permite localizar en él su ideal de vida al margen, sin cuidados, sin otro cuidado que el vivirla bien de los clásicos, y fundirse con un paisaje -el paisaje como patria del poeta suizo Ramuz y como escenario de la invención-. Ahí encontró unas gentes que le suministraron datos precisos acerca de unos personajes que acabarían teniendo existencia por estar en los papeles de Aviraneta ordenados por Pello Leguía, y casi sólo por eso: Chapalangarra, Fermín Eguía, Mina, Juanito el de la Rochapea, Jauregui, el pastor, el cura santa Cruz, Valdés, liberales unos, realistas otros -la misma gente, en dos bandos-, hasta la confusa historia de los anarcosindicalistas que entraron por Vera en 1924 con intención de acabar con la dictadura, pero que acabaron a la desbandada por los montes perseguidos por los carabineros, en la cárcel o agarrotados en la cárcel de Pamplona. Todo un mundo, pequeño y abigarrado a la vez, luminoso y oscuro, amable y ariscado, que tiene el otoño de las palomas como estación reina, un país de clima mudable y cambiante, y su paisaje en consecuencia, con brujas, mixtificadores, contrabandistas, carabineros, lamias, aventureros, soldados de fortuna, marinos que se han asomado a los prodigios de la mar mayor, negreros incluso, ilustrados, y en el que hay lugar también para ese sapo que protesta porque él no hace mal a nadie, no hace sino tocar la flauta y a quien le pesa su soledad cuando en el agujero en el que vive escucha el latido de su corazón, también para el agote cuyo pecado es haber nacido en la casa en la que ha nacido y no en la de al lado, y también para el leproso que anda en el akelarre porque “es el único sitio donde me tratan como a un hombre”, según le dice a Jaun, el de Alzate, el arisco caudillo que se quiebra y se hace peregrino porque no puede aliviar la verdad del dolor. Un mundo profundo y antiguo, un paisaje cierto, que le sirvió para colocar en él la célebre República del Bidasoa, la de su Momentum Catastrophicum, la de sus Chapelaundis del Bidasoa, gente de boina grande, pero de corazón también grande, que creen en un país libre, tolerante, culto, abierto, sin abusos de poder, sin excesos de fuerza, limpio, sin dogmas, sin empujones, con una libertad de conciencia expresamente reivindicada, un país en el que tuvieran cabida (también lo dice, también lo dice) los vascos y los no vascos, un país “sin moscas, sin frailes y sin carabineros”, dijo don Pío en 1918. Una utopía, cierto, pero nada nos impide aspirar a ella, nada, porque en eso consisten las utopías, dice don Pío más de una vez. Un país que para los entusiastas de la obra de don Pío es como canción dulce, ligera, conocida, siempre vieja y siempre nueva. [septiembre, 98]

 

Una paradoja andante

 

GK-Chesterton-006 «Al leer a Chesterton nos embarga una peculiar sensación de felicidad». Esta afortunada, por exacta, frase de Alberto Manguel, el autor de la selección y prólogo de Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos), resume a la perfección casi todo lo que se puede decir de estos ensayos (y de otros del mismo autor también). Todo lo demás tiene que ver con una peculiar, y alegre sobre todo, manera de vivir y ver la vida, que resulta estimulante en el papel, pero que luego, en nuestra vida cotidiana, se revela como algo más que un juego. La alegría: un don que se conquista en su ejercicio, como todos los verdaderos dones.

Chesterton fue un maestro en arrancar, o cuando menos en saber apreciar, los destellos que tienen las cosas y los asuntos de este mundo, porque hablaba en el lenguaje de este mundo (como convinieron un día sir John Falstaff y sus amigos), de las calles poco frecuentadas, de las riadas, de los carteles publicitarios, las paradojas callejeras, del humo de las tabernas, tan denostadas estas por los puritanos, de los teatrillos, de las lecturas gozosas y jamás impunes (Stevenson y Sherlock Holmes y Dickens, sobre quien escribió páginas memorables), de la aventura, del verdadero valor de la poesía, pero sobre todo de todo aquello que no se ve no porque no exista, sino porque no se pone la suficiente atención.

Hablando muy poco de sí mismo, Chesterton se puso en escena con extraordinaria eficacia, comunicando un saludable sentido de la indignación moral, de la puesta en pie de guerra y del entusiasmo por las cosas. Manguel ha seleccionado un patético, hondo y tan amargo como veraz ensayo, el titulado «Unos policías y una moraleja», referido a la virtud de ser amigo de un hombre rico o de alabar sus cualidades exteriores (el vicio del snobismo) que es un impagable alegato en favor del igualitarismo basado en el valor de lo que es cada cual por sí mismo. Chesterton no practicó el cómodo igualitarismo a la baja, sino el elogio y la invitación a la excelencia personal, asunto este de conciencia y, por tanto, de cada cual y solo de cada cual.

Se entendería mal a Chesterton sin hacer referencia, casi siempre obviada (menos por Manguel), a su remisión, una y otra vez, a su fe religiosa, católica, apostólica y romana, porque de fe se trata, que alienta muchas de sus páginas y les da una cohesión y hasta un sentido combativo, épico, antiguo, que, sin ella, no tendrían ni por asomo.

Nunca he entendido demasiado bien a quien desdeña a Chesterton como algo propio del pasado, rancio, anacrónico y superado, cuando es el presente palpitante, al nuestro me refiero, el que aparece en sus (nunca mejor tituladas), alarmas y digresiones, un presente cuajado de verdades que tienen que ver con el roturar la tierra o el cortar leña (y todos los mitos que a ello van unidos), y también de mentiras enjaretadas con palabras de relumbrón. No gusta que nadie le de la vuelta a las verdades oficiales y a las convenciones, y muestre unas bambalinas pobretonas. Y Chesterton fue un maestro en ese arte mayor.

Hay tal cantidad de sabiduría centelleando en las páginas de G.K. Chesterton que, enseguida, abruma, distrae, inquieta; no es fácil leerlo de corrido sin sentir la necesidad de salir a recorrer una calle desconocida de cuya existencia acabamos de tener la certeza. Casi nada de lo que leemos, ya sea acerca de Lewis Carroll o del militarismo de Rudyard Kipling, nos es de verdad extraño, ajeno, el sentido de la patria y las raíces, al que vuelve con una lucidez poco común al hablar de las luces de Broadway. Su discurso es algo más que literario (referido a autores concretos de los que en esta colección de ensayos hay muchos y excelentes ejemplos) o meramente esteticista y, en cuanto tal, encandilabobos, es la crónica constante de quien busca el rastro y persigue ideas que no sean de niebla, que le sostengan y que, de paso, puedan sostener a sus lectores. No esconde sus carencias y sus prejuicios, aunque me pregunto si tuvo alguna vez conciencia plena de tenerlos. Tenía la sabiduría del vagamundos con los pies bien plantados en el suelo y la cabeza tan a pájaros, como sólida sobre los hombros.

Deriva de las estaciones

 

NI VOLVER, volver, volver, ni decíamos ayer, porque entre otras cosas no deja de ser un broma ya muy gastada, espesa. Cuando pasaron las grullas hacia el sur, nocturnas, atronadoras, estaba leyendo a Josep Pla y, con ese viento sur que hace que la gente melancólica camine como si no pisara el suelo y alquile de cuando en cuando el cerebro a los disparates furiosos, la chimenea echaba tanto humo como la suya, y casi todo en mi casa emanaba un confortable olor a jito. Luego vinieron los temporales. Cuando repasaron, hace ya un par de meses, no menos atronadores, pero en más perfecta formación, los ansarones hacia el norte, estaba leyendo la edición castellana de ese desbarre apocalíptico que es Guignol’s band de Céline. Hace unos años, Céline me interesaba bastante más que ahora. Ahora me abruma –ese agobio de la furia, ese malestar del rencor extremo–, tal vez porque como decía Caro Baroja en Los Baroja los asuntos tristes o tremebundos interesan cuando eres joven; cuando vas camino de ser mayor que le dicen, interesan cada vez menos, poco, nada. Citemos un verso de Gil de Biedma: cuando aparece cada vez más claro que envejecer y morir son los verdaderos argumentos de la obra, que es por cierto cuando hay quien se amorra a la contemplación de alguna vanitas siniestra o por el contrario se aplica a vivir con toda la intensidad de que sea capaz. Va en caracteres. Va en bolsas, también; y en estados de salud.

Si me interesan los asuntos más o menos campestres, de un bucolismo que a veces pone los pelos de punta, es porque los tengo delante de las narices. De no ser así, es decir, de no tropezarme con las grullas o con el viento huracanado del sur, que como asunto nocturno es de una animación que tumba, o de no poder comprobar que aun no estando en Malasia los bosques son majestuosos como templos y rumorosos como el mar (Conrad), esos asuntos del pasar de las estaciones, de su ritmo, de sus hitos y de sus oficios desaparecidos, de sus gastronomías menores hechas a base de platos contundentes, me resultarían extremadamente irreconocibles, imaginarios, pura literatura fantástica. Si no fuera de esa manera me iban a interesar tan poco como las historias del Kronen y el mensakismo ilustrado y toda una faramalla literaria que me resulta por igual incomprensible y antipática, y con pésima prosa, además, (sobre todo la prosa). En esos asuntos de la deriva de las estaciones, que sé interesan más bien poco, podemos fijarnos quienes vivimos en algún lugar en el que todavía hay cielo y tierra. Solo así tiene sentido leer un libro como Las horas de Pla o su Huida del tiempo, y que esa materia literaria nos resulte cuando menos identificable. Libros apacibles, libros de horas, libros del humor vagabundo, hechos de mucho mirar las cosas del mundo en torno y de poner la mirada allí donde no la suele poner nadie, y a la vez de mirar en la tradición literaria, de fijar la memoria, de genuina invención literaria; libros que me parece resultan cada vez más anacrónicos, más representativos de una sensibilidad que tiene mucho de resistencia a la barbarie, como los de artículos de Chesterton, cada vez menos frecuentados, más desconocidos, como nuestros clásicos (reflexión recurrente donde las haya y sin mucho futuro), cada vez más lectura propia de unos lectores que tienen algo de sociedad secreta, que leen a contrapelo, que leen, a secas.

*** Artículo publicado en La Nueva España, Cultura, de Oviedo,        20.3.1996, y el El Correo de Andalucía, Sevilla, 28.6.96. Escrito desde Gorritxenea, en Zozaia, de Baztan.

Farandola para un guiñol burlesco

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LA época en la que Céline escribió y publicó Guiñol’s Band es una época turbia y confusa por encima de todas las de su vida. Es la época de la ocupación y de las deportaciones, del colaboracionismo y del mercado negro, de la resistencia y de la delación, del ánimo de justicia parejo al de venganza, de los amos del día camino de ser los vencidos del mañana. Es la época de su encuentro con Jünger, en casa de Paul Morand –los dos escritores se detestaron de inmediato–, y es la de las amenazas de muerte –«on pense à moi dans les ténèbres», escribirá… Roger Vailland, su vecino, se defenderá de haber proyectado matarlo–, de los falsos documentos de identidad y del permiso de armas, de los delirios de la huida, del inminente y anunciado apocalipsis hacia el que Céline va con los ojos bien abiertos, pero con los forros de la ropa rellenos de guita, luises, moneda contante. El apocalipsis tanto tiempo anunciado, porque Céline se pasó la vida anunciando el apocalipsis, la hecatombe, la gran nada, no otra cosa. La época de Guignol’s Band es en la que parece no haber tiempo más que para huir, para ponerse a salvo; pero todavía hay tiempo para chalanear con Denoël, su editor, el contrato de ese guiñol, para escribir incendiarias cartas al director en el periódico fascista Je suis partout, para merodear por Montmartre, para seguir una palabra detrás de otra en el empeño de no dejarse nada en el tintero, ningún rincón de la memoria sin revisitar, sin reinventar, nada.

 El fondo autobiográfico, el material-memoria, de Guignol’s band son las estancias londinensas de Céline, ese Londres recordado y reinventado desde que su familia le envía adolescente a estudiar inglés para que pudiera convertirse en un buen hombre de comercio –ese fondo miserable, torpón, del petit boutiquier, que Céline llevaba dentro y que aflora por todas partes en su obra en forma de mezquindades de carcajada-, y sobre todo el de su trabajo en la embajada francesa durante la primera guerra, antes de que fuera licenciado del todo, inválido condecorado. Esa es la época revisitada veinticinco años después, la de la vida a grandes tragos, de las andadas en los bajos fondos de Londres, cuando él mismo teje la leyenda de haber conocido a Mata Hari en algún antro de los que visitaron Kessel o Mac Orlan, en compañía de un profesional del hampa, Joseph Garcin.

IMG_0002En Guiñol’s band se desata con violencia la rabia, la furia y la capacidad visionaria, la vena burlesca, sarcástica, la elaboración de la parodia de si mismo, héroe de guiñol –ese fue uno de sus mejores trucos literarios–, ahí está el asunto, héroe de guiñol, negro y secreto, impostor redomado en aras de un relato más verosímil que ningún otro, el del desastre sin reposo ni respiro; aquí la construcción de ese personaje pícaro y abusivo, hampón, crápula y hasta macarra de ocasión, que se ríe de todo y de todos, cruel casi siempre, abusivo, pocas veces tierno, desbordante de humor negro, el jinete solitario de la noche, el navegante igualmente solitario de la mugre, llegan a su culmen. No hay mejor océano que ese para navegar con el viento del verbo furioso, torrencial, en las velas. La suya es una vuelta de tuerca genial. Guiñol’s Band fue saludado como una pieza magistral del surrealismo… no sé yo, no sé. No queríais taza, pues taza y media, parece decir con esta vuelta sobre las huellas de sus pasos, y lo dice explícitamente en el prólogo que encierra su mínima poética.

 Todavía este Céline, este mitómano que inventa su propia biografía página a página, es el Céline legible, identificable -el esfuerzo de Carlos Manzano su traductor es colosal–, todavía podemos seguir las andadas del que se tira de cabeza en el dominio de la noche y ahí se pierde para regresar trayendo de la mano un cortejo de personajes cuando menos insólitos, delirantes, grotescos, pura barraca de feria.

Y eso que a la vista de estas apretadas, avasalladoras seiscientas cuarenta páginas en ebullición, no puedes menos que preguntarte «¿Pero quién demonios lee a Celine?». No tengo la menor idea. Es para mí todo un misterio. Debe ser cosa de iniciados, de tenida de furiosos (tirando a domésticos). Lo mejor son los lugares comunes, el escritor fascista, antisemita brutal y minucioso (una de sus fobias llevada al delirio), eso sí, el magnífico prosista, qué prosa, eh, qué prosa: colgajos de calidad para excusarse de arrimarse a su prosa. Inimitable, además. La furia, su furia, su verbo, no se improvisa, no se copia. Para quedarse sin resuello no hay más que leer en voz alta alguna de estas escenas. No se parece a nada que recordemos. A nada.

Celine_-_Gen_Paul_-_Pierre_Labric_01_maxDetrás de este libro está el Céline que acumula luises de oro, que ya se teme lo peor –en ese momento su amigo, aunque esto,tratándose de Céline sea mucho decir, Antonio Zuloaga (y también Lequerica) se lo quiere traer a España–, que acumula patatas en la bañera, y es el mirón de los cursos de danza de su mujer Lucette Almansor. Detrás de este relato torrencial está el Céline enrabietado por la falta de éxito total de sus novelas anteriores, por la ocupación alemana, por los judíos, en general, y por las sandeces místico-célticas-esotéricas puramente nazis del nacionalista de la edad de piedra: materia con la que delirar un rato largo, alucinógenos de primera.

IMG_0176Ahí  también, ahí, la magia de la literatura, su poder, un Céline que logra transformar la mugre, la codicia, la ambición desmedida, el rencor, el orgullo bobalicón, los delirios del que no bebe, que esa sí que es buena, en oro puro literario, en esa prosa entrecortada y asfixiada del fuera de sí, en ese borbotón prodigioso de lenguaje, en esas imágenes inesperadas del verdadero visionario, el que como Elías se va con ellas, en ellas se pierde y le lector con él.

La primera de Guiñol’s band este libro, terminado de imprimir en marzo de 1944, va ornada con una imponente fotografía (h. t.) de un mascarón de proa femenino, motivo curioso si pensamos que es un símbolo o un emblema de una enorme belleza (VD. Chesterton en «Un dickensiano»»), que sugiere todo lo que no hay, o no parece haber, en la obra de Céline, el viento del largo (valga el galicismo forzado), el de Baudelaire cuando escribe el fuir-fuir la bas, sobre todo para quien afirmó reiteradamente que en esta vida todo es feo, sucio, todo está irremediablemente degradado, no hay nadie, no hay nada que valga la pena. Sólo hay que vivir para contarlo y jugarse la vida en el empeño. Y perderla, y perderla.

NOTA: salvo la del mascarón de la primera edición francesa y la de sus amigos de Montmartre, las otras dos fotografías corresponden a su época de Meudon, tras su regreso del exilio danés.