De los duelos

EN una calle de París, la de Gît le Coeur, cerca de una librería que vendía mandrágoras auténticas, regadas con semen de ahorcado*, como es de rigor, y amuletos raros y reliquias enigmáticas, de cátaros y así, y el Diccionario Infernal de Colin de Plancy (con licencia del Ordinario siempre) y más cosas de magia, había hasta hace poco una vieja sala de armas con su maestro incluido, el maestro Pinel de la Taule. Una sala de armas que se anunciaba con un par de floretes, algo herrumbrosos, que colgaban del vano de la puerta y que habían sobrevivido milagrosamente a los gamberros y a los coleccionistas de curiosidades (muchas veces son parientes o “medio parientes”, que dicen en mi pueblo). Creo que fue Ruano quien le hizo una entrevista a un célebre maestro de armas madrileño, el maestro Afrodisio, que estaba en la calle Echegaray de Madrid, en el mismo lugar, me dijeron, donde luego pusieron una almoneda enorme que tenía algo de anfiteatro de anatomía y que exhibía, entronizada encima de un arcón, la pierna ortopédica de un conocido político y orador del 98. Eso al menos es lo que ponía en la etiqueta de cartón que le colgaba a la célebre prótesis. A Ruano le retaron en duelo alguna vez, se cuenta entre bastidores, por burlarse de los hermanos Maeztu, ya fallecidos, que habían sido sus anfitriones en Bilbao. Y Ruano, prototipo de caballero español, se achantó y tuvo que bajar las orejas y retirar lo escrito.

El maestro Afrodisio enseñaba el arte de la esgrima, es decir, a batirse en duelo. Sus clientes eran periodistas, plumíferos, hampones de la pluma, políticos, gente con el honor raro y epidérmico, elegantes del tiempo ido, sportmens. Los periodistas y los plumíferos eran muy de batirse en duelo, de injuriarse mucho, de tirarse de las barbas, de matarse con la pluma y con el sable. Se daban de estocadas o de bastonazos y hasta de puñetazos, como gañanes, por un quítame allá esas pajas o por motivo de injurias ciertas y graves. Las mismas que hoy, los hampones, sus parientes lejanos, sus herederos, llaman, cuando están en cuadrilla, porque solos y de frente y por derecho no se atreven, “la sal de la literatura”. Ramiro de Maeztu y Baroja, a resultas de un duelo, se tuvieron que ir en busca de refugio a Marañón (Navarra), donde Baroja terminó y fechó, en 1900, La casa de Aizgorri. En mi ciudad, ya invisible, pura literatura, tanto como el inolvidable Castroforte del Baralla de Torrente Ballester, dos militares, ya en los años treinta, alquilaron por cien duros un frontón famoso, el de la Mañueta, para batirse en duelo. Uno era republicano, él otro era aristócrata, hijo de un general. El primero había insultado burlonamente al padre del segundo. A mí, la verdad, cuando han insultado a mi padre me he liado de la misma a mamporros sin pensármelo dos veces. Cosas que pasan. Igual es que venía “reñidorico” desde pequeño. No conviene, no es razonable, pero pasa. En el Diario de Jules Renard quedan testimonios bastante grotescos de esas siniestras mascaradas que tenían lugar al amanecer y acababan en sangre o en vómito o en vino o en tragedia, sobre todo en tragedia. Es trágico y es bufo ver en la penumbra herrumbrosa de las páginas de Renard batirse a Jean Jaurés y a Déroulède, o a Gauguin de padrino en otro duelo haciendo el mico, como patéticos resultan todos los negocios turbios que explotan la exhibición de la inquina, el rencor, los celos profesionales, el resentimiento y la ambición frustrada, y que dan en un pretexto, dice Jules Renard, para frases huecas, para beber mucho y no almorzar, para necedades de abogados, para ver que los amigos se vuelven hienas al olor del barullo, para que cada cual se lleve a casa, como recordatorio, un pedazo del ridículo que flota en el aire y en el espejo vea aparecer un descompuesto polichinela. Falta la cordura y el temple, cuando parece sobrar este.

* Aquel canalla absoluto que fue Álvarez, Cándido, se pitorreo de esto y me dio rejón sin moelsatrse en saber demostrando que no tenía ni puta idea de lo que hablaba. En el puto ABC no me dejaron responderle porque era de la casa. No sé quienes fueron más hideputas.