Gustavo de Maeztu

 

 

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A Gustavo de Maeztu le sobrevive, como a tantos otros, su poco de leyenda. En parte la que él mismo tejió en vida, con paciencia de encajera unas veces y otras de forma involuntaria (por llevar poco trapo para demasiado viento que es manía de gente alegre y despreocupada), y en parte la que se deduce de su biografía hecha y rehecha al hilo de quienes vamos escribiendo sobre ella, levantando una malpuestería de datos ciertos sobre conjeturas, adivinación del pasado por medio del perfume del tiempo, y sobre un escudriñar las sombras, en el fondo oscuro de las fotografías, en el envés de sus cuadros y litografías.

Hermano menor del 98, Gustavo de Maeztu teje su filiación, sus transparentes papeles de identidad, casi en la hoja roja del librillo, a base de vagabundeos, cuadros, viajes, ciudades, amigos (muchos), empeños y folletines estrepitosos, como El Imperio del gato Azul o Las andanzas y aventuras del Sr. Doro, repletos de lances, de disparates, de opiniones contundentes e incendiarias sobre todos y cada uno de los estamentos nacionales, opiniones radicalmente ácratas, nihilistas. Maeztu quiere hacer folletines cuando ya nadie hace folletines y las vanguardias son un hecho en las calles de Madrid. Cuando Bergamín publica El cohete y la estrella, Meztu intenta representar una obra de teatro, Cagliostro, basada en los enredos del collar de la reina famoso… El célebre Rambal, maestro del teatro de estrépito, rehusó ponerla en escena y Maeztu arremetió contra la camorra del teatro.

Ruano, en el año 1934, en las páginas de este mismo periódico, dijo de Gustavo algo zumbón y a la vez inclemente: iba pasar ser el mejor de todos nosotros, se encontró con unos amigos que le convidaron a chacolí y para cuando quiso darse cuenta se le había hecho tarde para ser el mejor pintor de España. Y sigue adelante la leyenda del bohemio que trabajaba como un forzado y al que le sobraba para derrocharla esa alegría, ese entusiasmo, que son indeclinables y de los que habla Robert Louis Stevenson en su muy hermoso Sermón de Navidad. Maeztu leyó sin duda la donosura, pero no replicó, no fue su costumbre la polémica, ni el hacer mal a nadie, ni incomodarse y responder a las malas críticas (que las tuvo y de sus amigos encima). Hasta el final de su vida fue amigo de sus amigos, ya fueran monárquicos, falangistas, nacionalistas vascos -como aquellos grandes personajes que fueron el escritor Manu de la Sota o el pintor Guezala-, o tan tremebundos como Estanislao María de Aguirre, crítico de arte que llevó a Bilbao los primeros gauguins, panfletario, bohemio y poeta autor del Pájaro de Cuenca, a quien salvó del paredón su amigo Lequerica, y de pudrirse en la cárcel, Aunós. Extraño mundo de amigos y enemigos, de empeños comunes resueltos en nada, de rojos y de blancos (y ramillete), de fronteras, exilios, razones y sinrazones, que incluso ahora, justamente ahora, que corre tiempo de enconos, de violencia y empujones, mete miedo.

Maeztu fue a pasar el verano del 36 a Estella, con su madre. Allí se enteraron del fusilamiento de su hermano Ramiro y de esa mínima ciudad, que podría haber dibujado Durero, ya no salieron, la hicieron suya. Luego, luego, los episodios últimos y agridulces de una biografía, el trabajo, sus éxitos, sus sinsabores, el consuelo de la amistad en las calles adoquinadas de la capital del Viejo Reyno, con sus amigos -tal y como los reseñó otra sombra, el escritor Angel María Pascual-: el marqués (Vessolla), el escritor (José María Iribarren), el terrateniente, el procurador de los Tribunales y fantástico crítico musical (García-Mina) que protegió en los malos tiempos al gallego Vicente Risco, el industrial, el arquitecto, el tendero modesto, el chisgarabís impenitente, siempre hay uno, de guardia como quien dice. Aquella era la Nave de Baco al completo, de la que ya sólo se acuerdan, cuando lo hacen, los hijos y los nietos de sus tripulantes. Y también, claro, en las calles flanqueadas de casas palacianas de Estella, la que fuera capital de la corte errante de Carlos VII (Carlos Chapa), donde imprimían aquel Cuartel Real que daba cuenta puntual y encedida de las acciones y que aparecía en los viejos burós, doblado, redoblado, junto a las obligaciones de las Junta de Guerra de 200 francos oro, suscritas poco menos que a punta de bayoneta, y a los papeles de Escribano del Reino, robados, llevados de aquí para allá en la boina del faccioso como si fueran un tesoro, amarillos, sucios de sebo y sudor de guerra, que hoy, en sus lamparones oscuros, siguen siendo un mapa cierto de la desdicha. En esas calles, cerca de los restos de la aljama, tenía su estudio Maeztu, entre cachivaches, máscaras africanas, faroles chinos -entre el gabinete del hidalgo impecune y el fumadero de opio de los chinos y los marinos de la Isla de los Perros-, imaginería religiosa, banderas desgarradas, armas herrumbrosas, cosas heterogéneas -todo lo que acaba convirtiéndose en un eficaz autorretrato-, en medio de las cuales el viejo anarquista, el revolucionario, el hombre que había ido a contrapelo, tenía entronizado un estupendo busto de Alfonso XII.

En esa época de declive personal y de posguerra triste, de vida a la fuerza al margen, es cuando Maeztu pinta su Toro Ibérico, una alegoría patriótica tremenda, que, lo mismo que sucedió con su Eva, escandalosa en el Bilbao de los años diez, hizo torcer el morro a más de uno. Lo presentó a la exposición Nacional de Bellas Artes de 1945 y cosechó una crítica nefasta. El Toro Ibérico de Maeztu no estaba del todo claro. Su patriotismo era y no era ortodoxo, era ya politicamente incorrecto. No se sabía qué quería decir Maeztu con aquella alegoría guerrera e imponente, en la que se ve a un toro alzarse al cielo rodeado de soldados. Hubo quien pensó que Maeztu había trotado mucho de aquí para allá, con unos y con otros, para ponerse a hacer de pronto alegorías de la patria y ser “de los nuestros”. A Maeztu le pesaba la biografía. Llevaba a rastras su leyenda como bola de penado. Estaba siempre en otra parte. Nunca acertaba. Maeztu nunca quiso contentar a nadie, ni siquiera con su alegoría patriótica. Sólo era fiel a si mismo, a su manera ingenua e entusiasta de ver las cosas. Enigmático al cabo. Nunca pudo ser el cuco que sabe por donde soplaban los vientos para orzar con fortuna. Extraño destino el de andar siempre en la dirección contraria o poco menos, que condena a la soledad, a pesar de la mano de los amigos, a la melancolía profunda, al trabajo ciego. [4.11.98]

*** Artículo publicado en ABC, Madrid, 11.11.1998.

[Tantas horas dedicadas a Maeztu, su vida, sus obras, para nada… esa gente repulsiva del Museo Gustavo de Maeztu, de Estella, 1.12.2015]

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Elogio de Antonio Pérez

 

antonio_perez_top  EL homónimo del secretario de Felipe II no tiene más relación con el monarca sombrío que su sostenida vecindad con los potentes retratos imaginarios que pintó Antonio Saura. Antonio Pérez, en su calidad de “amigo de los pintores”, tuvo mucha relación con Saura y con Millares, con Bonifacio y Javier Pagola, con Gordillo y con Equipo Crónica, pero también con Juan Marsé, Juan Goytisolo, Ramón Chao y José Miguel Ullán… y muchos otros, conocidos unos, menos conocidos otros. Su juvenil curiosidad le ha llevado a la pintura, la escultura, la literatura, coleccionismo lúdico y a mantener un extraño sentido entre festivo y serio, hondo, de la existencia. Visitarlo en Cuenca, en su enrevesada casa de la calle San Pedro, era una fiesta. Antonio Pérez es uno de esos personajes radicalmente singulares de la cultura española: afable, generoso, pícaro, divertido, entrañable, emprendedor, creativo y nada cicatero con la obra del prójimo. Su nombre está ligado a la editorial Ruedo Ibérico y sobre todo a la mítica librería La joie de lire, la de François Maspero, en el quartier Saint Severin, de París, donde hasta Bono compraba libros prohibidos (ahora sabemos), mientras otros mangaban a todo mangar bajo la atenta mirada del librero. Editor, librero (actor ocasional de cine como suele serlo la gente inquieta), coleccionista y un furioso buscador de objetos singulares. Hace unos años hizo algo que pocos hacen, tal vez porque pensamos que para qué, que qué más da (que es una de las armas más eficaces de la muerte): montar en Cuenca, con todos sus fondos y colecciones, la Fundación Antonio Pérez, en el Antiguo Convento de las Carmelitas, sobre la foz del Huécar. Un lugar vivo, privilegiado que hoy alberga una estupenda muestra de pintura contemporanea y los fondos de Antonio Millares y de Lucebert, y que se se ofrece como un laberinto de libros, pinturas, esculturas, objetos que a los que el azar les confiere una rara calidad de trampantojo, fotografías, grabados, motivos literarios.. Allí no hay rincón donde la vista no se detenga y pierda, y casi todo es un estímulo para el trabajo creador. Sólo por ver su obra, hoy, Cuenca, la Pequeña ciudad de la hablara el bohemio ful de Gonzalez Ruano, merece el viaje, vaya que sí.

*** Artículo publicado en El Correo, Bilbao, 2002