La Mandrágora

 

LA mandragora es una planta que crece en un terreno vago entre la botánica, la magia y la supersticón. Una planta -la tal y cual- de la que habla muy ponderadamente el Pedacio Dioscorides Anazarbeo, comentado por el doctor Andrés Laguna -cito por Alcalá, 1555, que es la edición que m-, y que se expandió, que es uno de los libros preferidos de mi biblioteca y que procede de la Botica de un Colegio de la Compañía en Cebú, también conocido por “nuestras posesiones de Asia” (de ahí sus anotaciones marginales en lenguas bisaya y tagala). Cuando éramos jóvenes

Uno de los nombres por el que se le conoce a la madragora es el de “enano de la horca” (galgen-moenlein) y los hermanos Grimm en su obra acerca de las tradiciones alemanas, la describe de esta manera: “Se dice que cuando un adolescente, nacido de padres ladrones y ladrón él mismo o incluso, según otros, inocente de robo, pero obligado por la tortura a declararse ladrón, es ahorcado cito por el Diccionario de Supersticiones populares de M.A. De Chesnel (tomo XX de la Enciclopedia Migne, París, 1856)

De lo mismo habla Colin de Plancy en su Diccionario Infernal (cito por la edición parisina de 1844) y de todo ello se hacen eco prestigiosos tratadistas como Juan Perucho, Botçanica oculta o el falso apracelso, y otro que sería ocioso citar aquí.

Viene lo anterior porque ha habido mala sombra, un tartufo que de cándido no tiene nada, sucia, puerca gente, que ha afilado el lapiz de su ingenio romo -el del escritor acabado al que alguna vez admiramos de manera cierta, qué asco-, en las jacarandosas páginas del Interviú, ya solo bueno para que le amañaen un premio gordo de jubilación- en las líneas de humor vagabundo que escribí hace un par de semanas en esta misma página, en un alarde de esa proeza tan característica de la clase literaria española -a la pachanguera me refiero- que es cocear como un asno loco a quien no puede hacernos nada, porque no es nadie, porque no tiene poder ni amigos ni éxito social, nada, lo que demuestra una tara y una cobardía moral de campeonato: el hampa de la peor sociedad literaria española, casi más por española, que por literaria. A nadie nos gusta vernos tratados arbitrariamente de idiotas y que se juzgue nuestro trabajo hecho con dignidad y lo mejor que hemos sabido hacer con dignidad. Un escritor acabado que me recprocah el detalle de erudición fantástica con que adorné una nimiedad aduciendo que él sabía, él sabía, los demás no, qué era la mandrágora y COMO HACEN TODOS LOS IGNORANTES se pregunta de dónde saqué lo del semen del ahorcado aquello porque habida cuenta de que el no sabía nada de aquello nadie podía saber más que él. Y encima el puto jebo mete la zarria, hasta el hondón, demostramdo que quien no sabe nada del asunto es él. Qué vileza. Y lo peor es que este miserable Tartufo de cándido no tiene nada: mal escritor, periodista chungo, chaquetero, negro de los fascistones… Sus memorias son un prodigio de banalidad, mala intenión y cinismo. Mete miedo que sea esta gente la que pontifica a diario en los foros hechos bustos parlantes, oráculos de una tribu a la que le importa un carajo lo que dicen, mete miedo, o da asco. Es lo mismo…¡A la mierda con los jebos! [23.10.98]

 

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