Detrás de las máscaras

 

79911Después de la biografía, parca y mitómana en exceso, de Susannah Clapp, aparece esta de Nicholas Shakespeare que viene a contribuir a hacer todavía más de Bruce Chatwin un personaje de leyenda y un personaje literario (cosa que se advierte cuando algunos escritores, como Gregor Von Rezzori, han escrito ocasionalmente sobre su relación con él), protagonista de una difusa novela que se va escribiendo con el tiempo, con las páginas periodísticas de testimonios y remembranzas, con el fervor de sus lectores que escudriñan de arriba para abajo sus cinco libros mayores, su memorable album de fotografías, sus ensayos y artículos recupilados a veces con el criterio de que no queda más remedio, y que se lanzan tras las huellas de sus pasos hacia Australia, Afganistán, África, Praga, Brasil y la mítica Patagonia. Hubo y hay un vago estilo Chatwin flotando en el aire de las tenidas de culos de mal asiento, un perfumillo que queda como una estela tras los pasos de los solitarios que se entregan a la errancia.

Chatwin fue un cuenta cuentos, un mitómano que “no estaba acostumbrado a recitar un relato fiable sobre sí mismo” y un histrión en muchas ocasiones, un hombre seductor en lo físico y un manipulador de la vida de los demás en base a su propia vida (insiste mucho su biógrafo en una expresión particularmente brillante: la de su continua necesidad de reiventarse), que fascinaba, literalmente de manera hipnótica, a sus interlocutores que caían rendidos a sus pies, también literalmente, cosa en la Shakespeare insiste tal vez demasiado porque no llega a descubrir o cuando menos a contar en que consistía realmente (que diría el filósofo inglés William Brown) esa fascinación, su por qué, su truco: algo más que la irresisitible belleza física del personaje o su deslumbrante inteligencia (astucia de furtio tambiñen), sino la intuida estupidez, tal vez congénita. de algunas comparsas de esta comedia de altos vuelos tampoco debe desdeñarse como ingredientes del hechizo y su brevaje. No es difícil advertir a un Don Juan detrás de esas máscaras, un Don Juan necesitado de seducción como un brucolaco de la sabia de los vivos. Un Don Juan cuyo mito se reescribe una y otra vez encarnado por personajes muy singulares.

La vida de Chatwin, muerto de sida en 1989, fue una vida trepidante, una vida intensa, llena de éxitos y de golpes de suerte, llena de arte (fue empleado de Shoteby’s, traficante y coleccionista compulsivo), de coches, dandismo, gastrosofía, de viajes, de literatura de amigos (y de enemigos) y de amantes. Una vida de rapiña y aventura, de lujo y busca, de erudición pintoresca y escritura compulsiva, de amores inciertos: una vida alentada por una personalidad ramillete, y una obra literaria de importancia cierta: En la Patagonia, Colina Negra, Los trazos de la canción, El virrey de Ouidah, ¿Qué hago yo aquí?, Utz…

En lo personal, en lo íntimo, la de Chatwin es una vida más llena de sombras que de luces (o al menos así es como aparece en sus biografías, tanto en esta, de Nicholas Shakespeare, como la de Susannah Clapp), como si sus biógrafos, a pesar de todos sus esfuerzos (y verdaderamente notables en el caso de Shakespeare) no hubiesen logrado vencer una última frontera, desvelar una última máscara, tras la que se ocultaba con obstinación un verdadero Chatwin.

Eso sí, Chatwin, como protagonista de la novela de su propia vida, encarna a la perfección la inquietud de partir, el espíritu del vagabundeo y de la errancia (una de sus obsesiones fue la de escribir un libro sobre los nómadas) tal vez porque llevó siempre como guía los versos de Baudelaire, su poético fuir, fuir lá-bas., que alienta muchas insatisfacciones, muchas inquietudes: La anatomía de la inquietud, qué titulo tan brillante.

Nicholas Shakespeare no sé si habrá escrito la biografía “canóniga” de Chatwin (que hartadumbre de expresión, cuánta pereza y bobaliconería esconde), que es al día de hoy la pretensión de quien se acerca a los trabajos que tienen la erudición exhaustiva como exclusivo horizonte. Lo que si ha hecho es escribir una biografía asombrosa, memorable, tanto que hasta puede ser tomada como guía de método, sin contar con que Shakespeare tiene su propio talento y tiene habilidad y tiene método personal y estilo literario. Así, esta biografía de Chatwin es memorable tanto por el método biográfico y literario empleado, como por la formidable masa de fuentes a las que se ve ha recurrido como referencia continua y natural de su trabajo (el trabajo de investigación no pesa en la lectura, al revés, la alienta, la sostiene… cosa rara, la verdad). Y desde luego una guía inapreciable para cotejar y seguir los pasos de Chatwin a través de lo que a él mismo de verdad le importaba: su obra literaria.

En su texto se cruzan muy distintas voces, lo que le da al relato, porque de relato se trata, una rara vivacidad: un mismo hecho, episodio, lance contado por voces diferentes, pertenecientes a testigos directos e indirectos de la vida literaria, familiar, íntima de Bruce Chatwin y de su esposa Elisabeth, un personaje que brilla a lo largo de todo el libro con una muy intensa luz propia, muy atractivo. Las voces y las palabras de los amigos de ocasión, condiscípulos, familiares, compañeros de trabajo, a las que hay que añadir una masa de cartas, diarios y otras pruebas documentales de esas dilegencias o de ese sumario que es toda biografía, documentos muy turbadores algunos de ellos, y me refiero a los historiales clínicos de cuya utilización, desde un punto de vista ético, me permito dudar (y no me refiero en exclusiva a esta biografía).

Esta magnífica biografia plantea el casi insoluble problema del género: ¿Qué llegamos a saber de la vida de una persona? ¿Quién fue en realidad Bruce Chatwin? ¿Qué hubo detrás de la sucesión de sus máscaras y antifaces? De no tener sus libros sería un enmascarado arlequín, como el de la vitrina de Utz, su memorable personaje, el coleccionista compulsivo de la vieja Praga.

*** Diario ABC, Madrid, y Diario La Prensa, Buenos Aires, 24.12.2000, sin especificar autoría este.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hugo Pratt

 

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HUGO Pratt (Rimini, 1927-Pully 1990), es uno de esos casos de creadores que sostienen con su vida las peripecias de sus personajes y que han tejido al margen de ellos una tupida red de leyendas, de mentiras y de verdades que exceden el papel. Lo explica muy bien el creador de ese inolvidable marino de fortuna que es Corto Maltese en dos de sus libros de memorias y reminiscencias autobiográficas: Antes de Corto y El deseo de ser inútil (buen título para explicar la andadura de quien decide ponerse el mundo por montera e irse a la Tierra de Fuego del sentido común).

No es de extrañar la amistad de Pratt con Alvaro Mutis, los dos frecuentadores de ese hotel Esmeralda de la orilla izquierda del Sena, frente a Notre Dame, los dos conversadores de los márgenes y de lo inverosimil. Al margen de Corto, en sus papeles de identidad aparece un Pratt aficionado a la Kabala y a las ciencias ocultas, viajero por la Irlanda de resonancias celtas, por la Patagonia argentina y la Tierra de Fuego chilena, donde sus pasos se cruzan con los de Chatwin, por el río Uruguay -el Uruguay no es un río que es un cielo azul que viaja-, por Etiopía y Somalia, por Canada y Amazonia, hacia las fuentes del Nilo o hacia los laberintos que esconde el Mediterraneo, peatón de muchas ciudades y en concreto de esa laberíntica Venecia donde vivió y que estuvo en el centro de la espesa tela de araña de su vida, una Venecia tapiada, oculta, misteriosa, sólo buena para viajeros de papel, para inventores de verdad. Pratt es otro caso curioso de esos profesionales de la errancia que a la vez han trabajado como forzados en su arte particular y que al margen de sus aventuras y trapisondas han acumulado una cultura libresca descomunal, extraña, caprichosa. Enigmático Pratt que aparece tras la sombra de Corto Maltese, el aventurero, el escudriñador de los rincones raros de la historia reciente, el experto en Tarot y amuletos varios, de los que Venencia fue uno de los lugares donde más fantásticos se llegaron a fabricar y entre ellos el anillo de San Huberto, el que permite viajar por el aire y el tiempo al conjuro de la fantasía.

*** Artículo publicado en El Correo, Territorios, 22.9.1999

 

 

Patagonia Express

A Luis Sepúlveda le conocí en Madrid, un día de finales de Mayo de 1994, en una comida que probablemente fue, creo, un si es no es tumultuosa, más que nada porque me parece que había por allí un poeta arrebatado y gritón que ponía pingando a todo bicho viviente, que es oficio de poeta en campaña, como todo el mundo sabe. Y es que al berreo se le llama vitalidad, entre otras cosas. Sea. De la misma forma que a la difamación, a la burla, a los celos, algunos clarinetistas de postín les llaman “la sal de la literatura”. Cominerías. Afortunadamente comimos en un extremo de la mesa, y bebimos y hablamos hasta que él se fue a firmar ejemplares a la feria del Retiro. Sepúlveda es un conversador nato, un entusiasta contagioso y uno de esos seductores que saben como capturar, como hacerse, como vivirlas en el fondo, historias geniales, las que aparecen en este Patagonia Express, emocionantes, rebosantes de entusiasmo y de celebración de la vida. Llevaba una ballena de plata al cuello. Yo había leído un libro suyo, Mundo del fin del mundo, y me había quedado de inmediato cautivado por esa Patagonia o esa Tierra de Fuego de la que me había hablado un poeta chileno que aparece y desaparece de mis historias, Adolfo de Nordenflycht, y que también había leído en el extraordinario libro de Bruce Chatwin a esos confines dedicado. Un territorio que nunca perdí la esperanza de ver alguna vez (porque no pongo empeño alguno en ello), pero que desde entonces, fue el telón de fondo de esa No existe tal lugar de mis desvelos y el acicate de un viaje que concluyó cuando metí los pies en el agua del estrecho de Magallanes, en una playa sucia, junto a la ciudad más asutral del continente americano: Punta Arenas.

Aquel día de primavera madrileña hablamos de ballenas, de barcos, de viajes, de viajeros, de literatura, de un congreso de escritores del viaje y la aventura que se celebra todos los años en Saint-Malo… Casi, casi, aquella comida pudo haber acabado como una de las historias espléndidas, arrebatadoras, que componen este Patagonia Express: su encuentro con Bruce Chatwin en Barcelona y su casi inmediato propósito de salir disparados hacia la Patagonia. Sepúlveda, un escritor de viajes, sea, y algo más, bastante más. Tiene un estilo natural y eficaz, que evoca de manera engañosa el relato oral, porque tiene rasgos de gran estilo. El suyo, sus viajes, tienen poco que ver con un inventario de cosas vistas -Desde aquel lejano Rien que la terre del mítico Paul Morand (y otros autores también) a Il mondo cho e visto de Praz- y mucho, bastante más con las historias vividas. Nos separaban muchas cosas, nos unían otras. El es un viajero. Yo no lo soy, y hasta se me han pasado las ganas de decir, sin venir mucho a cuento y a modo de gansada, aquella cita de Lezama que a muchos les sirve de excusa para no leerlo a fondo jamás: <<Pocas personas habrán viajado tanto como yo entre las paredes de mi biblioteca>>. Sepúlveda me hablaba de los escritores de gabinete (casi todos los españoles), los que necesitan un espacio preciso, casi un escenario, y de cómo él, para escribir, no necesita ese gabinete -no le hace falta este secreter de indiano, aunque en él acabe iluminándolo-, sino espacios más amplios, más abiertos, el requerimiento del viaje. Lo explica muy bien en ese libro: le basta con una mítica moleskina y una tabla de panadero en la que apoyar sus papeles. Y además se nota que es veraz. Un escritor de gabinete jamás habría escrito estas historias americanas (incluida la del pariente de América que cierra el libro de manera contundente y obliga al lector a quitarse el sombrero).

Importa sin embargo el lugar donde leemos ciertos libros. Este Patagonia Expres, leído desde uno de esos lugares donde uno se siente bien, de los que habla Sepúlveda, a pesar de todo, a pesar de los pesares, es una forma de vivir la propia casa, el paisaje como una segunda piel. Leer ese libro de viajes desde un rincón perdido, en el rincón del fuego de una casa vagamente perdida en una geografía que les dice poco a quienes en ella no vive, con el viento del sudoeste silbando por la chimenea, es también una forma de viajar, es, como decía Jean-François Fogel al hablar de Paul Morand, admitir que “siempre tiene que haber alguien en movimiento para pervertir a los que están en reposo”. Y es, sobre todo, una forma de comprobar el poder de seducción de esa literatura sostenida en las historias verdaderas y en las vidas de los hombres: escribir con verdad.