Una atracción engañosa

P1030274Dicen que en Potosí el diablo se disfraza de viento, ese que corre helado por la calle de la Pulmonía y del que no puedes protegerte así te metas en la calle de la Puerta Falsa y busques refugio en alguno de los patios virreinales por los que pasó, entre timbas y cuchilladas, la Monja Alférez, al tiempo de la guerra entre vicuñas y vascongados, cuando más furiosa fue la explotación de aquel cerro del que salía plata como agua.

Viento, un sol abrasador y el Cerro Rico, rojo, blanco, pardo, violeta, siempre presente. En Potosí, la que fue una de las mayores ciudades del mundo, vayas por donde vayas acabas tropezando con esa silueta cónica, descarnada y herida, cubierta de las marcas de los socavones, los derrumbes y los caminos de extracción del mineral por donde ves, diminutas, las siluetas de las palliris, las mujeres que arañan la plata de los escombros. Más de cuatro siglos y medio de explotación feroz. Fue un símbolo mundial de riqueza y hoy es un escenario de historias y leyendas de horror. “Vale un Potosí”, se sigue diciendo, pero detrás de esa frase están todas las codicias, los abusos, las tragedias, las supersticiones, los agravios imperdonables, las riquezas que chorrean sangre, que tienen a ese cerro por escenario, en tiempos de la colonia y ahora mismo, cuando bajar a las profundidades de los socavones donde el calor y la falta de oxígeno ahogan es una “atracción turística” o una hazaña deportiva, de la que se regresa cubierto de tierra y con el olor agrio de la dinamita y de la copajira en las narices.

P1030136

El Cerro está horadado a conciencia, como un termitero. Hubo explotación feroz de sus entrañas en el pasado y la sigue habiendo en el presente, convertida en algunos socavones en atracción turística con disfraces de “minerito” en los comercios de la calle Hernández: hoja de coca (la de mejor calidad se vende en el Mercado Uyuni), dinamita, alcohol Guariba de 90 grados “apto para el consumo” y visita ritual al Tío, señor de las profundidades, pareja de la China Supay, al que los mineros ofrecen todos los días una challa pidiendo su protección y favor, antes de ponerse a trabajar, mientras se arman el primer bolo de hoja de coca (pijtu), echan unos traguitos y fuman un cigarrillo tumbaburros. Los sábados de mayo son los de la wilancha, el sacrificio ritual de llamas que esperan apelotonadas y decoradas con cintas en el mercado callejero. Las degüellan a la entrada de los socavones, y el rociado de sangre por las bocaminas, previo a la asadura de las entrañas y a los dinamitazos, es una fiesta de carcajadas y música de acordeones y quenas, huaiños y yaravíes, buenos para tristear, que es lo propio de las desolaciones rojizas.

A la vista de sus iglesias, de las fachadas y portaladas de las casas palaciegas, viajeros entusiastas como Eugenio Noel o Ernesto Giménez Caballero dijeron que Potosí era la ciudad más española de la América hispánica. Se olvidaron de cómo fue explotado el Cerro, de los mitayos indígenas y de su cuasi esclavitud. No hay cuidado, no hay quien no te lo recuerde.

En Potosí, de la mano de Manuel Mujica Laínez y sus diablos voladores, Belcebú, príncipe de la gula, baja a ponerse las botas en compañía del general Melgarejo, un fantasma hecho de pólvora y locura, asistiendo a un festín digno del recetario de doña Josepha de Escurrechea, condesa de Otavi, entre cuyas líneas quedan jirones de los lujos, fastos, salas de baile y de juego, frontones de pelota vasca (todavía hoy) y escuelas de esgrima, teatros, títeres, amotinados y amotinadorcillos, rescatadores y azogueros que no siempre escaparon de la ciudad imperial con su botín a lomo de llama.

Otros tiempos, mejor perderse en los bulliciosos mercados: el Antofagasta; el Vicuña, en cuya trasera atienden las k’awayos, las mujeres herboristas de saberes ancestrales; o el Uyuni, el indígena, donde las burras se ordeñan en plena calle y los cueros de los carneros dan prueba de lo fresca que es la carne que se vende. Mercados que no defraudan, olor de especias, olor de asaduras, anticuchos de corazón de res y menudencias, ajíes, salteñas, chambergos (rosquillas), kalapurka (sopa de carne a la piedra rusiente) y pucheros que a 4.000 metros pueden tumbarte.

P1030271

En Potosí tal vez no encuentres a las k’awayos que pueden curarte hasta de los males que no tienes, pero como preguntes por un tapado te puede dar la del alba. Los tapados: los tesoros ocultos y sus guardianes, prelados enjoyados en las profundidades de la tierra, como el que encontró la madre del pintor potosino Cecilio Guzmán de Rojas, casas encantadas, carruajes fantasmas, caballerías nocturnas que no hieren el adoquinado, como las que utilizaba Juan de Lizarazu para sacar de la ciudad su mineral de contrabando.

Adoración de los magos en la iglesia de San Lorenzo y máscara grotesca y festiva en la entrada de esa Casa de la Moneda donde se conserva la maquinaria de la acuñación de la moneda virreinal; riquezas y patios llenos de colorido del convento de Santa Teresa, restaurado por una monja arquitecta sevillana, y reziris ciegos (rezadores por encargo y eficaces intermediarios con el más allá) de los pasadizos del enrevesado mercado artesano donde los peces tropicales se venden a la puerta de la sauna junto a la vendedora de jugos y remedios “con sabor a selva”; charlatanes (pajpakos) del más allá y fabulosas pinturas coloniales de la iglesia de Jerusalén; fachadas republicanas de “maestros fachadistas” que esconden insondables patios donde el pasado virreinal duerme en galerías y columnatas, escudos nobiliarios y monstruos de piedra; perros bravos del Callejón de las Siete Vueltas, donde pasan hechos títeres de sombra los cuchilleros y las mujeres de honor abollado, y golpes rituales de soroche que te hacen caminar como si no pisaras el suelo. Estás lejos y estás muy alto, y al fondo de la calle, sin escapatoria posible, el cerro, de día y de noche, a la luz de la luna o de las bombillas que lo convierten en una engañosa atracción de feria.

Artículo publicado en El País, el 1.3.2013, también se publicó en un periódico de Potosí, estaban encantados

Anuncios

Buena y mala conciencia

Manos-cortadas-2-misioneros-1904-1024x656No recuerdo haber leído que el escritor inglés de origen polaco, Joseph Conrad, que fue marino antes que escritor, y contrabandista de armas para los carlistas, hubiese tenido algo más que tentaciones racistas; pero es coherente con su época y con la manera generalizada de pensar en el ámbito del imperio británico, uno de cuyos pilares fundamentales fue el racismo extremo y la xenofobia, cosa que no se dice, claro. El racismo, como el antisemitismo, como cualquier forma de afirmación de la propia identidad por la exclusión y el desprecio del Otro, «se respira»; y a finales del siglo XIX se respiró mucho.

Al revés, a Joseph Conrad se le considera hasta un paladín de la denuncia de la barbarie europea, belga en concreto, en los territorios congoleños apenas explorados y explotados por las sociedades beneficiarias de las trapisondas del rey Leopoldo, en las que participaron europeos de todas las nacionalidades. La barbarie, el crimen estaba en el aire, era una forma de llevar y de imponer la civilización a los «salvajes», allí donde la religión pudiese ser un instrumento de dominación y donde, con mano de obra en condiciones de esclavitud encubierta, se pudiesen obtener grandes beneficios de lo que fuera: minerales, piedras preciosas, petróleo, caucho, madera, marfil… Y algo más, había complacencia en el crimen, en el asesinato, en las mutilaciones, como la hubo entre los nazis alemanes: las fotografías no dejan lugar a dudas. En la Patagonia chilena y en Tierra de Fuego se exterminaron indios patagónicos y fueguinos hasta finales de los años veinte o comienzos de los treinta del siglo pasado. Lo instigaron poderosos estancieros que pagaban matones a tanto la pieza. Un relato escalofriante. Impune. Allí quedaba la Patagonia. Y un estanciero era mucho estanciero. Pero eso no se cuenta o se cuenta como le conviene a quien paga la historia oficial.

Los reportajes de grandes viajes (pura industria turística de la peor especie) son una buena muestra de lo que digo. Así, los norteamericanos, en un reportaje sobre las ciudades perdidas del Amazonas, cuando se refieren a la deforestación hablan de «limpieza de maleza», o así está doblado al castellano. De las actuales fechorías de los madereros es mejor no hablar porque están con el poder que conviene al gobierno norteamericano. Además, los narcos no suelen andar muy lejos y en esos andurriales los forasteros, por intrusos, están mal vistos.

Es una de las novelas más conocidas de Conrad, Lord Jim, donde encontramos expresiones como «perros sarnosos» referidas a los que se atreven a juzgar a un blanco. En el fondo es la misma mentalidad que empuja a los norteamericanos a hurtar a los delincuentes que gozan de esa nacionalidad a los tribunales de otros países donde han cometido delitos. Algo que pone en solfa la noción misma de soberanía e independencia, y de elemental justicia.

Pero más que ese episodio anecdótico, producto de una época, Conrad reprocha a Jim, el haberse entregado a los salvajes, viviendo con ellos, a su manera. Conrad no entiende que alguien se pueda ir a vivir entre «salvajes» de manera benévola, altruista, considerándolos sus iguales, asumiendo sus costumbres sin intención de imponerles la civilización del imperio, al revés, despojándose del lastre civilizado. Y quien dice salvajes, dice indígenas o pobladores originarios, cuya igualdad está discutida y rechazada hasta ahora mismo.

EL FILÓSOFO francés Pascal Bruckner acaba de hablar de una mala conciencia de la izquierda europea que le hace transigir con ideas reaccionarias, abstenerse de la crítica, no opinar (asumiendo el ser extranjeros cuando pretenden ser ciudadanos del mundo), comprender, en falso la mayoría de las veces por entrega y asunción, y todo por una mala conciencia, un difuso sentimiento de culpa por un pasado histórico del que no son herederos ni por asomo. Como si la nacionalidad nos hiciera co-responsables de las fechorías que gobernantes del pasado que ni siquiera hubiésemos podido elegir. Mucha responsabilidad es esa.

Cabe preguntarse si detrás de las ayudas oficiales españolas en Latinoamérica, y al margen de proteger los negocios actuales, no hay una mala conciencia por dos o tres siglos de ocupación virreinal, mal estudiada, mal explicada, hecha justificación de un odio necesario para ser algo, para sentirse algo, para vibrar por la patria (en América acabas muy harto de patrias y de patriotas): los españoles tienen la culpa de todo, hasta de los desmanes y el pillaje cierto de las elites republicanas, criollas, mestizas e indígenas incluso que quieren pasar por blancos cuando adquieren algo de poder. Yo tengo claro que si los beneficiarios de algunas ayudas (y no precisamente oficiales) no fueran radical, furiosamente anti españoles no recibirían las ayudas o el apoyo ideológico que reciben. Pero bueno, lo que yo crea y nada es lo mismo. La riada del tiempo va por otro lado y se lleva las opiniones particulares al chirrión.

Según la tesis de Bruckner, el altruismo o esos elementales sentimientos de solidaridad, de piedad, de fraternidad, de elemental justicia quedarían excluidos. Sería la mala conciencia la que empujaría a dejarse el pellejo en guerras ajenas a cooperantes, a miembros benévolos de ONG (cada vez más contestadas por cierto por los países que las acogen y no solo por el asunto de sus fondos o de que sean cotarretes), a religiosos, que en realidad no tratarían sino de llevar su verdad y de barrer las creencias originarias, aunque luego tú mismo puedas ver que, cuando menos los actuales, no tratan de imponer nada y hasta dudes de que sean los mismos católicos que intervienen de manera abusiva en la política conservadora y autoritaria de tu tierra. Mala conciencia o conciencia a secas. La idea no es mala, pero me temo que Bruckner, desde su olimpo universitario, olvida que al beneficiario de un hospital, un dispensario, un equipo quirúrgico, una capacitación profesional, la buena o mala conciencia del pagano le importa, de entrada, un carajo.

 

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, en el año 2008, ignoro la fecha. Está escrito desde Bolivia en el viaje de aquel año.