Levantar el vuelo

 

11349976_10203054246356043_961494171_nIRSE, quedarse, esa parece ser hoy la única cuestión. Irse de tu paisaje del alma para ser uno mismo, para poder reconocerse como persona, libre, autónomo, señor de un pequeño gran mundo, el de las ideas de todos los días, el de sus emociones y sus empeños. Quedarse, irse, de la tierra de donde eres, de la que a pesar de todo eres, para poder simplemente respirar, sin verte abrumado por las oscuras leyes de la tribu, para poder percibir la anchura del mundo, su color, sus voces, para poder pensar el libertad, algo tan sencillo, en apariencia, expresada una palabra de otra, y otra más, pequeñas verdades siempre, como pájaros echados a volar, propios, libres, al alcance de cualquiera, al alcance de las personas de buena voluntad. Irse para coger boleto para el viaje del peor de los exilios, el que te echa de tu casa y te obliga a fundarla día a día en tus palabras. No hay tierra que así merezca la pena de ser vivida. No hay tierra que en condiciones de secuestro cierto merezca la pena, escenario de tu pequeña vida, de tu pequeña verdad. No hay, al cabo, paisaje como patria que valga cuando uno no puede ser uno mismo, libre, autónomo, señor de tu casa de palabras. Mejor el exilio, para poder construir tu casa, para poder al cabo defender la única casa que merece la pena de ser defendida, la de las palabras en libertad, la que de seguro quiso uno de nuestros mejores poetas (el otro es Blas de Otero) Gabriel Aresti. Irse, quedarse, no cejar en el empeño de poner una palabra detrás de otra, en libertad.

*** Artículo publicado en El Correo, de Bilbao, hacia 2001.

**** La ilustración es de Pedro de la Sota.

 

El poeta y su escenario

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DE las muy peculiares relaciones que mantienen los escritores con las ciudades que son para ellos el paisaje de fondo de sus vidas o el paisaje del alma, Bilbao ha sido uno de esos escenarios pirvilegiados. Basta asomarse a dos de sus mejores poetas, Blas de Otero y Gabriel Aresti, sin contar con que los libros de ambos nos restituyen una juventud que a veces da vértido más entusiasta y nos proponen ambos el activo exilio de la palabra como tarea. Las relaciones del poeta con sus mundo urbano de todos los días son unas relaciones espesas, pocas veces mansas si el poema vale de verdad la pena, conflictivas casi siempre y hasta a veces tiende el poeta a morder la mano que le da de comer, tiende el poeta a rebelarse contra la casa del padre y contra el padre mismo, cuando puede, y contra el paisaje, y tiende a mantener de por vida una enconada guerra parricida contra lo que en el fondo le constituye, en un tira y afloja tan extenuante para quien lo pone en el papel como emocionante para quien lo lee. Es de esa tensión del “amor del disgusto”, que dijo un cursilón, de la que surgen los poemas más intensos, más vibrantes de las últimas generaciones. La ciudad y la propia biografía a ella inseparablemente unida suscita en el poeta palabras dulces de las humildes parcelas de la vida en ellas festejadas, pero también la amargura y el sarcasmo, la nostalgia agónica, turbadora, embriagada de nieblas y de lluvias, la burla mordaz y el dicterio arrebatado.

Para el poeta la ciudad, su ciudad natal o la ciudad de su elección, tanto da al cabo, es el escenario preciso de sus cotidianos avatares, el de su pequeño gran mundo, el de los episodios más o menos intensos, el de su gris cotianeidad también, el que alienta su ansia de partir, como los pájaros que buscan una estación más propicia, que decía ese gran poeta del viento y las soledades que fue Leo Ferré sus lances y avatares, el que le contagia para bien o para mal un cierto clima moral. Y es que cuando el poeta se refiere a la ciudad se suele referir a las oscuras entretelas de su propia biografía, pocas veces a sus muy precisos y muy contados convencinos, aunque sí a ese algo al parecer tan inasible como la transparencia del aire y que en él que flota y que sólo el poeta parece ver, algo no muy festivo, o más doloroso que festivo. Cuando el poeta dice <<Ciudad nada me importas>>, es más fingitore que nunca, lo sabe él y lo saben sus lectores.

En el escenario de la vieja ciudad hay poetas raros y menos raros, a unos y a otros los vemos en el mito literario, sombrío y romántico de sus cafés, redacciones de periódicos, bares de trueno y de menos trueno, trabajos a salto de amta o trabajos de provecho, páginas novelescas de los que se van para volver o para siempre, leyendas más o menos terribles o insustanciales portagonizadas por escritores con más o menos fortuna, y talento, claro, exiliados en su propia ciudad, inventando paso a paso su laberinto sísifos de papel y tinta. De ellos habla, con precisión y humor, José Fernández de la Sota en su reciente Bilbao, literatura y literatos.

En los poemas escritos por esos poetas de la ciudad encontramos una búsqueda imposible del paraíso perdido, una nostalgia del paraíso perdido nunca visto ni menos vivido, de un imposible no vencido, el de convocar la vida aquí, a la verdadera me refiero, a la de los poetas, en estas calles y no en otras, cuando siempre se la supone en otra parte. Poetas confundidos con su ciudad, en sus legitimas aspiraciones de vidas mejores y distintas, en sus desazones, enconos, frustraciones, en los regresos en solitario, en la nostalgia turbadora sentida en la distancia de las ciudades extrañas, y lluvia, bastante lluvia, es decir paisaje, del alma siempre. Poetas que se entenderían mal sin la ciudad a la que pertenecen, la que les pertenece, de la que se van, de la que con ellos viaja, a la que vuelven y vuelven, una y otra vez, en sus sucesivas ciudades de papel.

*** Tal vez se publicara en Pérgola, de Bilbao, en el año 2000.