Con el viento pampero

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Pocas lecturas de la adolescencia tan impactantes para mí como este Allá lejos y tiempo atrás, que hablaba de un paisaje lejano y a la vez familiar a fuerza de recuerdos y de historias contadas por gente tan querida como perdida; un paisaje de estancias y estancieros de origen ramillete, palenques, caballos, rebaños de ovejas, pájaros, nubes, en la provincia de Buenos Aires, de la que era originario W. H. Hudson.

Me temo que es de esa manera, por completo seducido, como se forma intención de coger un día el portante e irse a ver de cerca esos cielos que pueden aplastarnos, la pampa verde grisácea, la serpiente de la cruz, la loica de pecho escarlata y toda la pajarería, y saber algo de esa gente, gaucha, que todavía se hace una con su montura. El viaje de nuestra vida empieza en las páginas que nos hicieron soñadores. Y es que leer a Hudson es emprender el viaje de regreso a esos territorios que nos aguardan, siempre, desde allá lejos y hace tiempo, para celebrar en ellos los dones de la existencia.

Hudson fue el ornitólogo que hubiésemos querido como amigo (es la única manera de saber de pájaros), un naturalista muy seductor y contagioso en su gusto, expresado de manera muy sencilla, por esa comunión con la naturaleza y un soberbio catador de cielos –él era el adolescente que se tumbaba en la hierba para ver pasar las nubes– alguien que sabía de ese valor incalculable de la vida terrenal –«la única vida que el corazón puede concebir»–, del ser real, de la vida de aquí abajo. Hudson fue un vitalista apasionado, pero también alguien que se propuso entender a sus semejantes en sus afanes, dolores y sueños; desarrolló un agudo y emocionante sentido de la piedad y de la entereza, el que conduce a la limpia estima del prójimo, la estima generosa por los seres vivos.

*** Artículo publicado en el Cultural de ABC, madrid, ignoro en que fecha, ¿hacia 2005? No encuentro la referencia bibliográfica.

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Al hilo del punto en boca

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Vida secreta, de Pascal Quignard, un libro fuera de lo común, de los que ya no se escriben y de los que se leen apenas, o son de uso casi reglamentario en esa sociedad secreta de los verdaderos lectores a la que el autor hace explícita referencia en la página 129. Un libro impecable, claro, directo, que conmociona, que incita, que turba (que invita a la amulación) y que encontrará, a buen seguro, un lector para el que este libro será capital, de cabecera, ineludible. Libro de vigilia y guardián del sueño.

¿Novela? Según y cómo. No desde luego a la manera más convencional. ¿Ensayo filosófico? ¿Breviario, en genuina expresión muy querida del propio Quignard? Que lo diga él, con más precisión y maestría: «Intento escribir un libro que me haga pensar al leer. He admirado sin reservas lo que Montaigne. Rousseau, Stendhal o Bataille. Mezclaban el pensamiento, la vida, la ficción y el saber como si se tratase de un solo cuerpo». Está todo dicho, falta leerlo. Falta el sumergirse en su lectura como lo hace el nadador de Paestum, varias veces invocado en el cuerpo del relato.

Y sigo con otra cita, inevitable: «A algunos les parecerá carente de importancia, y desdeñable, que un hombre escriba sobre lo que entiende por amor». Y eso es lo que Pascal Quignard hace de manera seductora a lo largo de 284 páginas. Una historia de amor que obliga a pensar en las propias pasiones o en la carencia de estas.

Vida Secreta es el relato, fragmentario, tan ágil como denso, de la disección del amor que siente un joven estudiante de violín por su profesora, una magistral pianista, cuya glotonería era la parte más visible del secreto que la constituía y abocaba, dice el autor, a la muerte.

Un relato tejido sobre el dechado de los pliegues del lenguaje y del silencio, del secreto y de lo que está de más decir, de lo indecible y de todo aquello que titila en la punta de la lengua, de la sexualidad y del amor, de la fascinación y el deseo, de la seducción y el vacío, de la intensidad y belleza de la existencia a la oscuridad de la sangre y de la melancolía.

«Aspillera es este libro sobre una parte confusa de mi vida», dirá Quignard al cabo de su deriva.

Y esa actitud me ha recordado la de San Juan de la Cruz cuando decía que gustaba de meditar encerrado en una celda desde cuya saetera pudiera divisar un amplio panorama, o cuando escribía «Y a nuestra hermana Catalina que se esconda para llegar a lo hondo».

Leer es esconderse, es emprender un viaje interior, abrirse a la Vida Secreta hecha libro de horas ad usum de conjurados. Que no otra cosa es el motivo de este vicio impune de la lectura.

 

*** Artículo publicado en el Cultural de ABC, Madrid, 11.12.2014

 

Calle Pío Baroja, en Valparaíso (y 3)

VIAJE 1 39811887545_301782963278965_4528841589176785062_oEl fragmento corresponde a unas líneas de un artículo del poeta Guillermo Quiñonez, «De Valparaíso… Cerros, barrancos, abismos y pueblos», publicado y recogido en En Viaje, nº 281, Marzo de 1957, y luego en ese libro espléndido que es Memorial de Valparaíso, de Alfonso Calderón.

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Valparaíso, una reunión festiva de compadres barojianos que subían cerro Cordillera arriba, hasta dar con un descampado en el que había un circo en derrota y con la calle Pío Baroja… poetas, un dramaturgo, un músico. Tardé en darme cuenta de que era una reunión de gente excepcional que por si sola tiene una novela de exlio republicano español en Chile.
Alfredo González, autor de unas estupendas memorias, De carne y sueño
Juan Uribe-Echeverría un pelotari barojiano, amén de folklorista y novelista, en Sabadomingo, a quien debemos los navarros el oxímoron barojiano, referido al periódico de los carlistas (El Pensamiento Navarro), de que pensamiento y navarro es imposible.
Un músico, el cellista Salvador Goñi… tardé en darme cuenta de quiéne era. Me ayudó google. Le puse por casualidad el segundo apellido y acerté a la primera: Salvador Goñi Urriza, de los Goñi Urriza, de Pamplona, como su esposa (de eso que llaman de familia conocida hasta ahora mismo), los peligrosos Goñi Urriza. Salvador Goñi, abogado, concejal socialista del Ayuntamiento, exiliado, que de haber sido atrapado habría sido fusilado porque todos los hermanos fueron muy buscados, ellos y sus amigos, porque tener amistad con los Goñi Urriza era motivo de denuncia y prueba de cargo. Salvador Goñi Urriza padre de una arquitecta chilena de prestigio y abuelo de una novelista.
“El santanderino José Quintanilla”… caray, es el hermano del pintor Luis Quintanilla (durante meses jefe de los servicios secretos republicanos en San Juan de Luz), un personaje, José, de vida tan oscura que nadie quiere tocarla, ni su familia quiso saber qué hacia Pepe en el Madrid rojo, con sus trapicheos, sus influencias policiales y sus líos, y que había encontrado refugio en una conservera de langosta en Juan Fernández, lejos, de verdad lejos… ¿Sabían sus amigos del domingo porteño y  barojiano quién era en realidad el santanderino? De hecho, ya nadie lo sabe. Lean: José María (Pepe) Quintanilla, por Javier Rubio Navarro, autor de fiar.
Y el cronista de la parranda, el poeta Guillermo Quiñonez , para mí el gran poeta del puerto, junto con Pablo de Rokha en Oceanía de Valparaíso. Días de fiesta, días barojianos, lejos de aquellos otros en los que Alfredo González acusó, de manera velada y con tristeza, a Juan Uribe-Echevarría de connivencia con el régimen de Pinochet. (Continuará)

 

El paisaje del crimen

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«Y la muerte parecía ser el rasgo predominante del paisaje», escribe Cormac McCarthy, en un rincón perdido de este Meridiano de sangre, y la frase podía haber sido el ritornelo o el pie forzado de toda la novela, porque el verdadero asunto no es otro que la muerte violenta, los crímenes de una cuadrilla de asesinos, hechos irracionales oficiantes de un culto tan antiguo como perverso.

Pongamos que estamos a mediados del siglo XIX y pongamos a una compañía de caza cabelleras, forajidos sin alma, sin pasado apenas y sin futuro alguno, que por encargo del gobierno de algunas ciudades de la frontera entre México y los estados americanos fronterizos, se dedica a exterminar tribus de indios. Una fantasmal «compañía» de asesinos a sueldo que aterroriza los lugares por los que pasa cuando va de caza o cuando va a la deriva por una geografía que sus andanzas hacen imprecisa, tanto da, lo suyo es llevar la muerte con ellos.

Una historia fronteriza, y más que fronteriza, de pura pesadilla. Y es que la prosa de McCarthy hace la geografía irreal, y en ella sus personajes son, como él dice, «figurantes de un sueño», y más que sueño, pesadilla. Un paisaje desértico, salvaje, aunque los escenarios, decorados mejor, cambien sutilmente y se amolden a la necesidad del autor de describirlos con asombrosa minucia para crear un clima, un aire que se respira. Una tierra color del hollín no es lo mismo que otra que tiene la blancura grisácea de la piedra pómez. Las anfractuosidades del terreno llegan a parecer espejos donde se reflejan los pliegues de las conciencias, del poco de conciencias de los figurantes de esa deriva criminal, porque esas sombras, esos espectros (que así son descritas una y otra vez), más que almas parecen tener borrascas, tiniebla pura, y que en castellano sólo consiguió Benet con su mítica Región. Pero aquí se trata de un mundo sin piedad, cruel, sin leyes o lo que es peor, con leyes torcidas, embrionarias, un mundo regido por la ruleta de la fortuna y sólo por ella.

No es la guerra, su poder casi lustral, religioso, lo que pone en el tablero el más enigmático personaje de la novela, el juez Holden, en puridad el único personaje de la novela, sino el crimen. Sin más. «El chaval», a través de cuya vida en jirones se cuenta la historia, es poco más que un testigo mundo, un oficiante ciego de ese culto al crimen que llevan a cabo sus socios y capitanes, y una víctima más al cabo. Porque de crimen se trata en esta sangrienta, vaya que sí, historia. La historia de Cormac McCarthy es de una brutalidad enigmática, de una brutalidad que acaba estragando, de una violencia tan rebuscada como verosímil. Y no me refiero sólo a la forzosa referencia a las imágenes cinematográficas de Sam Peckinpah (y otros), sino al repertorio de horrores que los noticieros dan de esas guerras en las que Clausewitz está más que de sobra, las del tiempo de los asesinos. Pero hay algo que impide dejar la lectura de ese relato de horrores que se renuevan a cada página: el lenguaje, la prosa de McCarthy, su estilo, que es donde brilla todo su talento de narrador. Un estilo seco en apariencia, cortante, abrupto, muy eficaz, nada azaroso, y en el que destellan de continuo unas imágenes insólitas, de una belleza tan oscura como turbadora, una precisión léxica y una minucia descriptiva que casi por si solas sostienen un relato lejano y sombrío, asombroso.

*** Artículo publicado en ABC Cultural, Madrid, 28.4.2001

El pasaje de L. F. Céline, una corte de los milagros

DSC_0094 El peatón de esta primavera lluviosa de París que deje atrás el Boulevard des Italiens y entre por la rue de Choiseul tal vez no lo sepa porque la placa azul, verde y blanca estará tapada por otra artesanal en blanco y negro que dirá: «Rue Michel Foucault, mort du sida». En esa calle estrecha encontrará una pasamanería y otros comercios y talleres de artesanos, todos profundos y de color canela, que le llevarán sin esfuerzo cien años hacia atrás. Y en su fondo encontrará un pasaje, el de Choiseul: una puerta de hierro y de vidrios que descomponen las luces eléctricas del interior y el color de los anuncios publicitarios: verde botella, amarillo canario, negro. Al otro lado de esa puerta vidriera de invernadero se abre un pasaje comercial, uno de esos rincones que el viajero de oridanrio no visita, salvo que sea peatón de oficio, ese que se echa por la mañana a la calle y va a la buena de Dios, ensoñación va, hallazgo viene; un pasaje donde Louis Ferdinand Destouche, dit Céline, vivió de niño y que para él fue la calle mayor de una aldea perdida en el corazón de París, un escenario irrenunciable al que bautizó con el nombre de Pasaje de Beresinas algo que sin esfuerzo se puede entroncar con el «Nuestra vida es un Viaje en el invierno y en la Noche…», que abre Viaje al final de la noche, la canción de los Guardias Suizos, pero Eluard, Paul, habla de otros animales

DSC_0101Uno de eso pasajes que al peatón de la ciudad le pueden contagiar aquellas ensoñaciones tan del gusto de Walter Benjamin, casi, casi el inventor de estos escenarios del hombre moderno hecho espectador curioso de sí mismo, que pasa, se detiene, mira esto y lo otro, desea, sopesa, sueña, proyecta y al cabo echa andar con su insatisfacción y su anonimato a cuestas. Ese pasaje era una verdadera corte de los milagros, hasta las cartas postales que nos han llegado lo muestran abigarrado, lleno de gente detenida delante de las vitrinas, mirando esto o lo otro, un pasaje abrumado de enseñas y de reclamos comerciales, como hoy mismo: el editor –el de los poetas paransianos y el de Le Banquet–, el impresor, el saldista de ropa de confección, el cafetín, el juguetero, el higienista y hasta el bisutero, a las que se superponen el artesano, el pequeño comerciante que oscila entre la ruina y el apaño, el desocupado, el mocoso, el pillete y el buscavidas de otro tiempo… Y a ese escenario del flâneur volvió Céline una y otra vez. Para él fue ese callejón sin salida de la infancia que muchos escritores llevan dentro, el punto de partida de su viaje en solitario, errando entra la realidad y la invención, hasta el final de la noche. Unas veces nos dirá, maldiciéndolo, que era un lugar sólo bueno para reventar debajo de un cielo de vidrio polvoriento entre las miasmas y el gas que se escapaba silbando de los picos. Su viaje tiene sentido porque es para huir del pasaje de su infancia, de ese invernadero donde crece una vegetación malsana. Era preciso irse lejos de aquel ambiente asfixiante de campana de gas, pintado con una luz tenebrosa, para curarse la herida, la tara: sólo así se puede entender la nostalgia del viento de alta mar. Pero a la vez se llevó de ese pasaje de pequeños comercios un rico bagaje de imágenes y de personajes imborrables, de voces y de rostros, un amplísimo repertorio léxico para invectivar y nombrar el mundo, y hasta canciones de doble sentido, juegos de palabras, bromas feroces, que no en vano –curioso sarcasmo del tiempo– por la que fuera casa de Céline se abre una de las salidas del teatro des Bouffes-Parisiens. De esa breve calle Mayor de una ciudad de provincia donde todo el mundo se conocía y se espiaba y se calumniaba hasta el delirio, salió el cortejo del apocalipsis celiniano.

Otras veces Céline nos pintará este pasaje de esta manera: la zarabanda carnavalesca de pierrots, arlequines, payasos, máscaras, jóvenes, viejos que gritaban y reían y cantaban envueltos en una nube de confetis. Casi, casi estamos viendo una mascarada siniestra de Ensor o de nuestro Solana, si en vez de la luz azulada, verdosa, del gas tuviera la amarillenta oscura de las candilejas. Esa luz neblinosa es la del pasaje de su infancia, pero es también la que ilumina los pasajes más alucinados de Viaje al final de la noche y de Feérie pour une outre fois, I: «¡Posa Lili, posa¡», una luz más terrible (las palabras son suyas) que la de la luna, que aterra, que hace ver gente que ni está viva ni muerta ni nada, verdosa, azulada, del otro lado, envuelta en una nube de confetis de colores, como aquellos de los carnavales de 1900, en el pasaje de Choiseul.

IMG_8310         Este pasaje de Beresinas o pasaje de Choiseul o más sencillamente pasaje de Céline, es uno de los escenarios más duros y más sólidos de Viaje al final de la noche y de Muerte a crédito. Ahí abría su puerta el detestado comercio familiar de puntillas y curiosidades, el que le hará describirlas de esta manera grotesca: «¿¡Pero eso se compra, eso?! ¡¿Pero quién Dios mío, quién?!».

La casa familiar exigua, asfixiante, en un lugar donde la luz del sol puede eclipsarse con la llama de una vela; donde el padre, en su literatura, berrea estupideces y la madre se afana monstruosa encima del peculio; el escenario de la codicia, del miedo al presente, al futuro, a los demás, a la vida, del engaño, de la pequeñez y de una miseria cuyo horror, como el de las zorreras y los pulgueros, sencillamente se aprende. Eso al Céline regresado del exilio en una célebre entrevista de los años cincuenta le hará decir que la primera vez que vio la naturaleza fue cuando fue al cementerio.

A Céline, al final de su vida, se le podrá ver vestido de mendigo, pero con una pequeña fortuna cosida en los dobladillos y chalequillos de la ropa incierta que le cubría. Su vieja amiga la actriz Arlétty, decía que para ir vestido de esa manera hacía falta un gran estilo.

En su tumba, un tres palos a todo trapo.

*** Artículo publicado en el diario ABC, Madrid, 27.5.1994.

Memorial de invierno

varsovia11El invierno en Varsovia amenazaba con ser duro. Al otro lado de la ventana, en el panorama, unos edificios oficiales ante los que con parsimonia montaban guardia unos imperturbables soldados con la bayoneta calada, la fachada barroca de la iglesia de las Salesas, las ramas desnudas y negras de los olmos, aparecía desvaído, cubierto por una fina capa de nieve caída durante la noche. De cuando en cuando, los cuervos que bajan del Norte en busca de tierras más cálidas, con su vuelo pesado, atravesaban la escena. No era un panorama amable, no.
En días anteriores una niebla espesa, con olor a carburante, dulcificaba cuando menos los más duros perfiles de las cosas, hacía borrosos los rostros y hasta atractivos, en la anochecida, los pequeños escaparates de los comercios, que en realidad no contenían nada muy seductor, iluminados con una luz amarillenta. Yo buscaba, erróneamente sin duda, signos más evidentes de euforia; signos que confirmaran el cambio, las puertas por fin abiertas en un sistema político que a la postre, y con un coste demasiado elevado humano, económico, moral, se ha revelado ineficaz. Digamos que esperaba otra cosa, no los muros cubiertos de frases más o menos rotundas o contundentes, las pintadas, los cartelones, pero tampoco los trípticos distribuidos aquí y allá en calles y plazas, como en la plaza del Rinek, de Cracovia, destinados a la libre expresión, y repletos de «graffiti» de colores abigarrados. «Más música», decía uno de ellos. Como tampoco se esperaba que en la tarde-noche de esa misma plaza, bajo el heraldo que con su trompeta melancólica marca las horas y recuerda de paso las invasiones de los tártaros, al pie de la iglesia de Santa María, en uno de cuyos muros, bajo un reloj de sol donde campea la leyenda «Dios nostri quasi umbra super terram et nullas est mora», entre los puestecillos de flores de anémonas y crisantemos, iluminados como raros fanales de barcas varadas, se escuchara machaconamente la lambada: unos vendedores arrebujados, una mesita, un «radiocasette», unas pilas de cintas, bajo una brillante luz de gas, todo ello envuelto en torbellinos de nieve. Esperaba, ya digo, algo más llamativo. Algo dictado por la firme voluntad de casi todos de salir del atolladero, solo eso y no es poco, de revivir, de romper con un inmediato pasado de totalitarismo impuesto. Pero eso no se veía, o yo  no era capaz de verlo, y no lo escuchaba más que en las conversaciones privadas a propósito de todo y de nada, de literatura, de moda, de jazz, de política, de las dificultades de la vida cotidiana, de un sombrío pasado, mantenidas, con toda clase de cautelas y de reservas, en el Cawiarna Antyezna o en el café modernista Jama Michalikowa (La Michalickz) que recordaba, son sus vidrieras, sus cuadros, sus caricaturas, días mejores, abolidos, sí, pero no de un imposible regreso: y también lo observaba, cierto, en los pequeños, mínimos detalles de la vida cotidiana. Cracovia1Porque olvidaba tal vez lo más importante, los matices, la forma humilde en que se manifestaban las aspiraciones de unos y de otros a una vida más plena y más libre. Y en las colas, ante los mostradores o las puertas de los comercios, podían observarse rostros ensimismados que no expresaban ni esperanza ni optimismo, ni tampoco desmoralización, sino tan solo cautela, paciencia, una suerte de fatalista verlas venir: la expresión de quien las ha visto de todos los colores. Los mismos rostros que se veían al otro lado de las ventanillas de los tranvías rojos y azules que pasaban con el estruendo de sus timbres y dejaban una estela de chispazos en la nieve. Andrzej, con su mirada triste, me hablaba de malos tiempos y de abnegación. Y era algo que saltaba a la vista. No se necesitaban ni muchas palabras ni muchas líneas para relatar y describir un estado general de necesidad, de escasez y también un cierto cansancio, de fatiga que venía de lejos. No hacía falta sino echar una mirada al interior de esos comercios ante los que se formaban las colas para conseguir un solo artículo o para saber de la mercancía de mero adorno. A nadie, por otra parte, parecía importarle lo más mínimo, o al menos no lo manifestaba con alarma, que las mercaderías escasearan, que de pronto lo cual bebida se acabara o que los platos llegaran a la mesa del restaurante del hotel pintorescamente mermados.
Las palabras banales o más convencionales de apoyo, incluso el interés que uno podía mostrar desde la distancia de unas maneras corteses, sonaban a sarcasmo y a la postre tengo mis dudas de que no fusen humillantes. Era preciso decir algo más, algo dictado por el respeto, por ese sentido profundo de la solidaridad que dignifica la hombre y su tarea.

varsovia21No sé por qué unos grandes almacenes me recordaron los pasillos de intercomunicación del metro en una hora punta, de tal forma la gente con sus paquetes iba de un lado a otro presurosa y ajetreada y aparecían devastados los tenderetes, más que los stands, gastados los suelos, y allí seguirán. Un desgaste, un desinterés, una brusquedad incluso, en el trato de unos que contrastaba con la exquisitez de otros, y con el mimo, la paciencia, el extremo cuidado con que un pueblo es capaz de reconstruir una Varsovia devastada las calles de las tiendas color canela de un Bruno Schultz; recuperar obstinadamente el botín del pillaje de unos y de otros; cuidar de las colecciones del Palacio Real de Varsovia, donde el reloj de Cronos se detuvo a las once y cuarto de la mañana de un día de septiembre del año 1939 cuando cayeron las primeras bombas alemanas, o de ese museo de objetos prodigiosos de Cracovia que alberga la colección Czartoryski, donde el viajero encuentra desde La dama del armiño, de Leonardo, hasta una pequeña urna de esmalte de Limoge que encierra las cenizas de El Cid y de Doña Ximena, pasando por toda clase de refinadas rareza. Entre tanto, en la Ópera de Varsovia, el majestuoso teatro Wielki, abarrotado de público, se representaba con una grandiosa coreografía El Maestro y Margarita; el casino del hotel permanecía abierto hasta bien entrada la madrugada, las ruletas giraban sin parar, y en una de ellas un armenio con un cigarro colgando de la comisura de los labios se empeñaba con tozudez en cubrir el tapete de fichas de color rosa; en el cabaret El Gato Negro actuaba un ballet ruso o ante un público de extranjeros que se quería quitar de encima como fuera el aburrimiento de quien está acostumbrado a otras amenidades, y en cualquier lugar aparecían los cambistas, gentes que sacaban de sus bolsas de plástico mercaderías de todas clases para ofrecer al viajero en un galimatías confuso y preciso a la vez, mientras que en el bordillo de la acera de la calle Florianska, impávidos vendedores de relojes y joyas de oro, ofrecían en silencio su mercancía.

Y al margen de todo eso, había otra Polonia, otros polacos, que nada tenían que ver con los trapicheos, el fraude y el afán de acaparar a costa de los más necesitados, sino que estaban empeñados en su trabajo diario, en resistir a los malos tiempos en abrir más puertas, en construir una vida digna y libre, con el mismo tesón con que ellos reconstruyeron una ciudad; empeñados en un profundo principio de esperanza, a pesar de que el invierno y probablemente otras estaciones fuera duro.

*** Artículo publicado en el diario ABC, Tercera, Madrid, 26-II-1990, después de un viaje que hice a Polonia en noviembre de 1989, cuyos entresijos se cuentan en otra parte.

Calle Pío Baroja, en Valparaíso (2)

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Guillermo Quiñónez (1899-1982) fue un poeta de Valparaíso, autor de un emocionante poema largo titulado «Balada de la galleta marinera» –Canto que a nadie ha de interesar es éste/ Ahí reside su júbilo– y de otro, «Cuando los veleros anclaban en Valparaíso», de no menor intensidad. Quiñónez fue un poeta de tierra firme con nostalgia incurable del mar que azota la Costanera de la ciudad con la que se había «enredado indisolublemente», que diría Carlos León, El Hombre de Playa Ancha, el contertulio del desaparecido café Riquet, de la plaza Aníbal Pinto. (Obras Completas, Alfaguara, 2004).

La nostalgia del mar-océano y sus horizontes
le había mordido el alma como a los perros de los veleros,
que bajaban a tierra con las tripulaciones
y se quedaban dormidos debajo de los catres de los lenocinios,
arrullados por la música febril de los somieres,
y después, morían en los malecones,
ladrándole a las velas,
cargadas de vientos de todos los barcos.

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En uno de los artículos que Quiñónez escribió sobre su ciudad hecha manía, di con una pista para encontrar una calle de Valparaíso que se me escapaba, la calle Pío Baroja, que él describió como un lugar de desmontes donde había instalado su carpa uno de esos circos humildes que ponen algo de alegría en los cerros altos del descalabro y la pobreza; un escenario donde el poeta encontró a unos marineros en camiseta de lana azul, tomando el sol y fumando sus pipas: «Un organillero -escribe- tocaba un vals, que escuchaba una mujer desgreñada y gorda que lavaba un niño, al que esperaban otros niños para jugar a los bandidos. Ambiente y personajes del autor de Zalacain el aventurero, del áspero Pío Baroja (…) Después de nuestro descubrimiento nos fuimos a una taberna cercana, con clientela de hombres de mar, a descorchar unas botellas de vino. Estábamos todos jubilosos. Hablamos de don Eugenio Aviraneta, de Laura, del Empecinado, de Paradox, de Silverio Lanza, en el olvido, aun allá».

Juan Uribe-Echevarría, el vasco-chileno más barojiano, el que dijo que «A falta de mayores ocupaciones me aboné a Baroja», y autor de una estupenda novela porteña titulada Sabadomingo (1973), era aquel día de la partida. La taberna (¿Los Chicos Malos?) estaría bajando hacía el barrio Puerto, por donde estuvo el cabaret de Los Siete Espejos que fotografió Sergio Larraín, al cabo de una de esas calles que son torrenteras del invierno, por las que merodean perros vagabundos, los quiltros, y suben o bajan gentes derrengadas o felices, decidoras, como aparecen en algunas escenas de la película Valparaíso mi amor (1969), del doctor Aldo Francia. El presente es otra cosa: más duro, sin marinos, sin circo, con calaminas roñosas que tabletean con el viento del otoño, con casas cerradas y deshabitadas. Allí todo invita a seguir viaje.

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Calle Pío Baroja, en Valparaíso (1)

VIAJE 1 401Al fin, después de varios viajes y de no pocas vueltas, di con la calle Pío Baroja, en un cerro de Valparaíso. Está donde la habían dejado los últimos cronistas que escribieron sobre ella, o poco menos, en el límite entre los muy populares cerros Cordillera y Chaparro, cerros malfamados, porque en ellos habita (que le dicen) la pobreza y la delincuencia, dice, se hacen lenguas, o tal vez a causa de la obsesiva conversación sobre la inseguridad ciudadana que se convierte en una de las mejores armas del autoritarismo y que tiene a esos y otros cerros como escenario favorito. Nada como tener a la población atemorizada con lo que de hecho pasa y sobre todo con lo que puede pasarle para poder meterle ley y orden a cucharadas soperas en el menú del día.

La pobreza, cuando está a la vista resulta sospechosa, la vemos como una amenaza a nuestra seguridad, a nuestro modo de vida y probablemente lo sea. Por eso no frecuentamos los lugares donde anida. Por eso los mantenemos apartados, los borramos del mapa, salvo que nos sirvan para hacer uso de ellos en nuestro beneficio. Y en esa calle de Valparaíso, y también en otras calles, por llamarlas de alguna manera, de los mismos y otros cerros, la pobreza salta a la vista, agresiva, inquietante. Además de nuestro mundo, hay otros, muchos, demasiados. Conviene pasar de largo.

Pablo Neruda se escondió en esos cerros de la persecución de la que fue objeto por parte de un dictador de feo rostro, González Videla, –amigo de Baroja, o eso decían, en su exilio parisino- que le declaró comunista y Enemigo de la Patria, habló de los habitantes de esos cerros, de los racimos de puertas pobres, de esas casas desvencijadas, habitadas por «dinastías de marítimos y portuarios, que se eternizan entre los cerros y el Puerto». Los oficios de la bahía se heredan: estibadores del cuarto y el medio pollo, mecánicos, ferreteros y shipchandlers, gruistas, lancheros, pescadores, camioneros… Otro tiempo, sin la amenaza del paro y las demoledoras reubicaciones neoliberales, los regalitos globalizadores que paralizan en seco vidas.

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La calle Pío Baroja es una calle humilde y descalabrada, sinuosa. No hay en ella una plaza donde tiende su carpa un circo en derrota, sino que por un lado está flanqueada por una escuela en cuyos muros aparece, blanco sobre negro, el nombre del escritor, y por otro, por casas bajas de techos y paredes de calamina verde limón, azul Prusia o desvaído, granate intenso. Viejas puertas y viejas aldabas. Algún derribo. En los bordes de la calle basuras, muebles desvencijados, escombros. A la espalda de la escuela hay una iglesia medio ruinosa y un enorme conventillo ahora restaurado y grafiteado en plan elegante por los grafiteros porteños que ponen su alegría, su arte cierto y su lirismo intenso de palabras, colores y formas en los muros descalabrados y ruinoso de la ciudad. Hace unos años, el ruinoso e insondable conventillo, estaba habitado por delincuentes y travestís que salían nocturnos, como los vampiros. Eran una parte de esa leyenda urbana del viejo puerto que se renueva sin cesar fantasía sobre verdad.

De la calle Pío Baroja salen un par de calles que los días de lluvia se transforman en torrenteras, en cuyo fondo aparecen las grúas del puerto y los barcos que estén al atraque. Hasta allí llegan los bramidos de las sirenas y al día siguiente de las grandes borrascas, el olor del yodo marino. Le hubiese gustado al autor de La estrella del capitán Chimista.

Un vecino que andaba al ojeo, cuando me vio tomando una fotografía del viejo cartel de la calle, además de decirme que tuviera cuidado porque me iban a robar la cámara –un guardacoches, unas calles más abajo, después de preguntarme: «¡Aonde va, gringo!?», me hizo un expresivo gesto de cortar el pescuezo–, me instruyó de inmediato sobre el nombre de la calle que, según él, era de «un importante papa de Roma, muy antiguo», por lo de Pío, explicó. Se mosqueó el hombre cuando me eché a reír. Y no le gustó nada que le dijera que era el nombre de un importante escritor. Importante o no, un escritor no es lo mismo que un papa ni de lejos, como todo el mundo sabe. Y mientras vivir en la calle de un papa tiene su prestigio, vivir en la de un escritor que vaya usted a saber qué habrá escrito, no tiene ninguno, sobre todo para quien no lee. Siento haberle dado el día. Supongo que en cuanto me di la vuelta, el papa regresó a los altares de aquel mitómano de barrio y ahí seguirá. De la misma manera que hace cincuenta años, la calle no era Pío Baroja, sino Pido barajo, una expresión del habla canalla porteña propicia a la bronca (según el folklorista Juan Uribe-Echeverría).

Esas calles vertiginosas van a parar a la plaza Echaurren, la plaza que fue de la marinería en tierra y hoy es de los mendigos y de los platos de sopa que reparten los que anuncian el fin del mundo y otras amenidades. El barrio chino porteño del que apenas queda nada, como no sea el Bar Liberty, un antro centenario, donde los borrachones medio méndigos o méndigos completos, beben y arman bulla debajo de un insólito cuadro, no malo, de tres jugadores de golf vestidos impecablemente de tales, auténticos gentlemens, y bajo una constelación de miles de gorras marineras y cuatro o cinco loros verdes y pulgosos que arman una gori de espanto en la penumbra. Ambiente. Espeso.

Esa calle, ese barrio que nunca vio, aunque lo describiera con exactitud, le hubiese gustado a aquel Baroja que soñó, como pocos lo han hecho en lengua castellana, con una vida de aventuras, propia y ajena, o ajena hecha propia; con largas travesías, con vidas intensas de marinos que hacían la carrera de Ultramar, con espejismos americanos y supo escribir esa amarga e intensa poesía de la vida en el mar para seguir cien años después conmoviendo a sus lectores.

*** Artículo publicado a origen en el Diario de Noticias, de Navarra, en la sección “Y tiro porque me toca”, el 20-VII-2008.

Los mascarones de Isla Negra

 

 

mascaron-isla-negra_CustomEL poeta Pablo Neruda tuvo una pasión arrebatada: construir y habitar casas nada convencionales y crear en ellas escenarios que acababan por resultar prodigiosos y algo teatrales, como las cajas de Cornell. Neruda fue un formidable aficionado al cachureo, esa manía, muy chilena, por reunir cosas inverosímiles que adornan las casas humildes y las no humildes, las tumbas de los cementerios insólitos, como el de Punta Arenas, y los mejores bares de Valparaíso.

Las casas en las que vivió Pablo Neruda son una más de sus creaciones. En ellas se refleja la arbitrariedad, el gusto a contrapelo, el gusto por lo insólito, propio del collage surrealista. Son escenarios en los que lo raro, lo precioso, lo ridículo y hasta lo cursi, se dan cordialmente la mano. Tantas casas como escenarios donde representar el papelón de la propia vida y una prolongación de los poemas escritos desde el mirador de sus ventanas y sobre el dechado de la épica de lo cotidiano, de lo humilde, de lo que está poco menos que hecho al tamaño de las manos y que fue la materia de sus odas elementales.

Como buen personaje literario importan sus escenarios porque estos forman parte de su obra. Se entendería mal a Pablo Neruda, al poeta, al personaje literario y a la persona secreta en los pliegues de su perfil psicológico, sin el entorno en el que vivió. Lo suyo no fue un mero alarde decorativo, sino proyecciones de un mundo interior, de un universo poético alérgico, desde luego, al horror vacui. Al contrario, esos escenarios son el más cabal espejo de su bulimia vital y de su exuberancia sentimental. Neruda decía que se había pasado la vida reuniendo juguetes, edificado sus casas como un juguete y que jugaba en ellas <<de la mañana a la noche>>.

Neruda fue un infatigable recorredor de mercadillos, un pedigüeño convincente, un tenaz buscador de artesanos, un genio en dejarse tentar por el azar de las calles, de los derribos, de los naufragios, de lo que ya fue. Lo saben todos los que le conocieron y dejaron testimonio de su trato y entornos, ya fuera en el Madrid republicano en cuyas insondables ferreterías alavesas rebuscaba en busca de un picaporte, una de las muchas manos gentiles que invitaban a llamar a sus puertas, o en las dichosas tapias del Botánico; en el París donde estuvo de diplomático, en el Chile de su vida pública política y del pulule de los remates. Abrió las puertas de todos los comercios insondables que pudo, en un sitio y en otro, de las tiendas arrebatadoras de los naturalistas y los exploradores, de los lugares que ostentan el cerrado por defunción. Sopesó las tripas de las casas, los pecios, los barcos en desguace, los equipajes perdidos, las cosas que estuvieron en una mano y fueron dejadas caer, las cosas perdidas, las herramientas de los oficios desaparecidos, los testimonios materiales de los vagos afanes.

TD-Santiago-La-ChasconaIslaNegra-Mascarones-620x413Detrás de las cosas que abarrotan las casas de Pablo Neruda están sus múltiples viajes por Oriente, China, Rusia, la entonces Europa del Este, Francia, Italia, América Latina. Detrás de los objetos hay congresos de escritores, lecturas públicas, empeños políticos, mercadillos, hallazgos casuales, enseñas de comercios insondables, y muchos lances de la compra de lo inverosímil: un gigantesco rompecabezas, una constelación de huellas de pasos.

Para el que fuera su secretario en la embajada de Francia, Jorge Edwards, tan insustituible como implacable conocedor del poeta, el paraíso de Neruda era Las Pulgas de París. Habitar casa, componer casa, en Sicilia, con Matilde Urrutia o en la Chascona, en Santiago, en París, en Madrid, la Casa de las Flores en el Argüelles bombardeado, donde dejó las máscaras de Bali. Aquí fue Miguel Hernández quien empujando una carretilla le ayudó a salvar algunos libros de la casa bombardeada en la guerra civil.

Según Neruda para coleccionar algo, cualquier cosa, bastaba con desearla intensamente. Algo que se revela más o menos cierto en cualquier furioso coleccionista y, por supuesto, en su caso. Y estar en ello, claro, estar en la labor de meterse el mundo en el bolsillo que es tarea de ilusionista y de poeta.

Desde muy niño, desde que vivía en Temuco donde nació, Pablo Neruda tuvo una relación muy especial con los objetos. Los reunía con pasión, los amaba de una muy peculiar, cantarina y poco descifrable manera, hacía que hablaran para él a su antojo, les dedicaba poemas, les inventaba también, muy a menudo, historias improbables, hermosas, lejanas, que los mejoraban. Son o fueron las piezas incontables de su humano rompecabezas. Rossebud sería para Neruda la vaquita de madera que le pasó por un agujero de la cerca el vecino al que no volvió a ver jamás.

Neruda tuvo una vista prodigiosa para las cosas. Sabía rescatar lo anodino del polvo y de las penumbras más o menos lujosas donde las cosas duermen y darle valor, un valor que tal vez nunca tuvieron cuando estuvieron en su sitio o que nadie, salvo él, supo ver: el sifón, la horma del zapato, la llave, el animal que iluminaba la alcoba, la lupa, la imagen devota del rincón del humo, el dios temible, la taza, la última copa. Y tuvo un gran sentido del lugar que debían ocupar en sus escenarios. Allí nada era casual. Un instrumento de música, una máscara, unas mariposas o unos escarabajos estaban en el preciso lugar donde iban a servir de recordatorios de vidas vividas y soñadas, de reliquias y de incitadores al viaje literario, al poema.

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EN Isla Negra, al sur de de Valparaíso, el mar bate violento, bronco, contra las rocas rotundas de la orilla y el viento levanta arena y tierra entre los cipreses y los eucaliptos. La luz es la del otoño austral, la de las sombras que se alargan y el aire esta velado con las gotas de agua de la espuma.

La de Isla Negra es una casa construida a medida de los caprichos, a medida que el poeta necesitaba más espacio para colocar sus colecciones. Es una casa sin orden ni concierto o sin otro orden y concierto que el del capricho, coronada por el pez nerudiano encerrado en sus aros armilares. El mismo pez de la enseña de la casa que hondeaba cuando el poeta estaba en casa.

Una casa rodeada de una cerca de tablas de ciprés de las Guaytecas con nombres grabados, nombres que fueron gestos de resistencia en los tiempos más duros de la dictadura, el testimonio de un aprecio popular y una devoción que pocas veces concita un poeta.

Una casa que iba a ser centro de reposo de agotados mineros y exhaustos obreros del salitre, cantados una y otra vez en sus poemas, y ha dado en santuario, en lugar de peregrinación de lectores y no lectores de Neruda.

Las vigas de raulí del bar de Isla Negra son el testimonio de los amigos que partieron, de Miguel Hernández a Paul Eluard, pasando por Federico, y del gusto de Neruda por los buenos vinos (no fue él el único que brindó con el dinero de su premio Nobel) y las mejores copas. Hombre de muchos amigos, de muchas sobremesas, de mucha fiesta y de muchos regalos de no cumpleaños, como los de Alicia en el País de las Maravillas, de mucho huronear y patear las calles de las ciudades, de asomarse a donde no se asoma nadie, un merodeador y buscador, de imaginar de caprichear, de cachureo bravo: hay que comprar haciéndose el dormido, decía, como juegan los jugadores de ventaja.

Si toda colección es un eficaz autorretrato, las de Pablo Neruda conforman el de alguien proteico, insaciable, curioso hasta el delirio, alguien pueril y refinado, ambicioso y humilde, baratero y secreto, algo ilusionista también que busca el asombro de sus huéspedes. Es una casa para uno mismo y para los visitantes. Tal vez por eso se les enseñe el guardarropa del poeta, su sombrero Stetson, sus zapatos ingleses y sus corbatas ídem y su americana de Eton.

Es en el escenario de sus casas, rehechas después de su muerte por su viuda Matilde Urrutia, donde se ve que nada le bastaba, que su propósito poético era abarcarlo todo. Así es como resultan un portentoso rompecabezas, una cacharrería del alma, la envidiable escenografía de una vida que le permitió titular sus memorias con un rotundo Confieso que he vivido que esconde las sombras todavía no exploradas de su psicología compleja.

Isla Negra es la casa del mar, la que encierra su prodigiosa colección de mascarones de proa: la Cymbelina, el Gran Jefe Comanche, el Armador, la Sirena, la María Celeste, La Novia, la Bonita, la Micaela, la Medusa… Otras tantas evocaciones de la mitología de los grandes veleros, los balleneros, los clípers del nitrato, los barcos que navegaban con leyendas innombrables a bordo, los de la mala suerte, que atracaron en Valparaíso: <<Hoy llegó de arribada, por haberse declarado un motín a bordo, el pailebote Juan Fernández>>.

<<Soy el más marinero del papel>>, escribe un Neruda enamorado de un mar mítico, para él imposible, porque en lugar de navegar, cosa que le gusta poco, nada, se contenta con coleccionar caracolas, mapas, instrumentos de navegación, barcos innumerables encerrados en botellas, cuadros de barcos –muchos de ellos en el museo dedicado casi por entero a lord Thomas Cochrane, a quien Neruda tuvo una ilimitada admiración, en el cerro Cordillera de Valparaíso, -, maquetas, caracolas de todos los rincones del globo, máscaras rituales, pipas de espuma de mar, manuscritos, legiones de <<judas tronadores>> (unos diablos mexicanos de barro con festivo corazón de pólvora), mapamundis y mapas, cartas de navegación, picaportes, dientes de cachalote con escenas de la vida en el mar, tarros de farmacia, vajillas, naipes, dioramas, ex votos italianos, juguetes, animales, grabados naturalistas, herramientas de oficios viejos a los que dedicará odas de elementalidad y emoción parejas, pisapapeles, sulfitos, fósiles, grabados de naufragios, angelotes, esos fabulosos estribos chilenos tallados cuyo origen se remonta al siglo XVII de los jesuitas americanos, imágenes religiosas exóticas, relojes, insectos, piedras, fósiles, zapatos, botellas y garrafones de colores… Cualquier inventario se hace a la postre insuficiente. Y todos hacen un poema del inventario, que es poema de solitario, como el que sin saberlo levanta Robinsón en su isla.

Pero en Isla Negra es el océano que se sale del mapa el que está dentro de la casa, junto a una de las mesas de trabajo del poeta, una mesa de madera basta que llegó, como no podía ser menos, con las olas, según informa la guía aquejada de psitacosis, encargada de suscitar el asombro de los miles y miles de visitantes, devotos peregrinos de todo lo que sea insólito, que pasan por la casa. Una mesa ruda, una mesa para la tinta verde y para los poemas como torrentes de montaña, arrastrando muchos materiales, feraces por supuesto, por supuesto.

coleccion-barcos-en-botellaFUE en Isla Negra donde Pablo Neruda enfermó de muerte poco después del golpe de estado de 1973. Una ambulancia lo sacó días después de que la casa fuera registrada con él en cama. Se cuenta que el propio Neruda presidió el allanamiento desde la cama: <<Aquí lo único peligro es la poesía>>, le dijo al oficial que mandaba el registro.

Neruda no volvió a pisar la casa de sus sueños, la de sus mejores días, la que alberga lo más significativo de su mitología marinera, la del <<soy el más marinero del papel>>, el del navegante de sueños. Cuando regresó lo hizo en un féretro para ocupar la tumba que comparte, después de algunos avatares, con Matilde Urrutia frente al océano, cerca de un ancla.

Como tampoco llegó a ver La Chascona, la casa de Santiago que fue destrozada por los militares alzados –<<generales, traidores, mirad mi casa muerta>>- y en la que fue velado, la noche del 23 de septiembre de 1973, entre cascotes, cenizas, vidrios rotos, barro, obras de arte destrozadas, libros quemados. Hay vidas que no son en balde, hay vidas que ofenden, hay escenarios que molestan: te quemo la casa porque sé que la quieres, rompo tus cosas porque formas parte de ellas. Esa es la divisa de la barbarie.

Recordatorio de desamparos

naufragio-shipwrec-vernetLOS llamados mares del Sud y aquellos otros surcados por las famosas Carreras de Ultramar, ya fueran portuguesas o españolas, inglesas u holandesas, son pródigos en naufragios cuyas relaciones rozaban unas veces lo radicalmente espantoso y otras la pura y simple maravilla, al margen de la crónica no siempre épica ni del todo precisa de los esfuerzos de la supervivencia heroica y ejemplar basada en la astucia, el sacrificio, la fuerza, la destreza, al entereza. Con todo, el milagro y lo sobrenatural nunca andaban demasiado lejos de la puesta en escena de aquellos padecimientos de los que se tiene noticia y no son leyenda pura o como mucho un mero nombre en el sobrecogedor muro de los desaparecidos en el mar y al día de hoy un escueto edicto judicial en el que se advierte la vida de todos los días que quiere imponer su orden en lo que fue desbaratado.

De los otros, de los barcos perdidos, desaparecidos, tragados por el mar sin dejar rastro o sin dejar otro rastro que un nombre en un registro, pillados también por quienes por puro azar los encontraban, incendiados luego, hundidos, hechos desaparecer por los buscadores de pecios, de esos sólo quedan los nombres, y eso con suerte, en un registro. Escribir de aquellas derivas que habían acabado mal era cosa de los supervivientes o de los eruditos de las siempre fantásticas (para quien se queda en tierra) cosas del mar o de los propios armadores que llegaban a retratarse con el barco hundiéndose a su espalda, a título de ejemplar recordatorio de oscura advocación.

Pocas capillas o santuarios marineros escapan a tener algún exvoto en agradecimiento por el salvamento debido siempre a la intervención divina, porque ahí, en ese desastre último, hasta la misma suerte queda excluida. Los golpes de suerte son demoledores. No digamos la intervención de la propia destreza, entereza, fuerza vital, porque esas quedan relegadas a un muy segundo plano. El hombre es por completo secundario cuando parece ser el indiscutible protagonista, aunque luego escriba, precisamente por eso, su propio elogio y su acción de gracias por el azaroso y milagroso rescate. La rara conciencia de que por si solo no habría logrado sobrevivir se impone. No creer ni en la propia fuerza, saber que de la manera más inopinada se puede quedar a merced de fuerzas que nos sobrepasan, está entre las líneas poco o nada literarias del relato de los naufragios.

En el imaginario de otros siglos el mar y las fuerzas de la naturaleza desatadas son instrumentos de la cólera divina, una forma de purgar pecados y culpas, apunta Isabel Soler en el prólogo a la Historia Tragico-Maritima de Bernardo Gomes de Brito donde este agavilló una serie de relaciones de naufragios que, como todos los de su género, tienen la fuerza de las cosas vividas, de las páginas por alguna razón necesarias: para aviso de navegantes, y de viajeros.

Hay toda una mitología de los naufragios, una mitología literaria y una mitología histórica y en el ámbito de las antigüedades de marina, hasta un coleccionismo de objetos con ellos relacionados: el encanto, más que dudoso, de los pecios, de las reliquias que tienen a su alrededor el fantasma del desastre, de lo decididamente espantoso.

Se me da que incluso las pinturas del naufragios más primitivas tienen un cierto parecido con las de los exvotos que representan a las almas del purgatorio. El mar de llamas se sustituye por el mar tenebroso y mortífero. La salvación y su causa son muy parecidas. Y es que salvarse de los naufragios daba lugar a pinturas votivas de distinta ambición y mérito, pero siempre muy expresivas de los peligros que acechaban a los marinos profesionales y a quienes emprendieran viaje en busca de mejor fortuna. A veces pintaban el barril en el que se habían salvado y lo llevan a cuestas de un lado a otro como quien lleva un nunca demasiado pesado amuleto.

A Pío Baroja que de niño conoció a algún que otro negrero vasco, le entusiasmaba un exvoto que tenían en su casa de Itzea y que representaba el naufragio y salvamento de La bella vascongada que había sido de uno de sus parientes. Pero eso era del siglo del romanticismo del mar. El mar que ha navegado Isabel Soler de la mano de las narraciones de Gomes de Brito, es el mar de las conquistas, los negocios, un mar mal conocido, peor surcado.

Al margen de cuadros, como el famoso de Gericault, los naufragios fueron un motivo pictórico para las tablas populares de los exvotos marineros que se encuentran un poco por todas partes, tanto en el Mediterráneo, como en el Atlántico, en Bretaña y en Galicia, los más conocidos, pero también en el ámbito portugués al que pertenece la Historia Tragico-Maritima de Bernardo Gomes de Brito. Y siempre muy expresivos de lo sucedido.

La mitología nórdica incluso habilitó un reino especial que acogiera a los buques náufragos y lo llamó Magonia. Allí iban a parar los barcos que desaparecían en el mar y vagaban luego de un lado para otro tripulados por fantasmas.

ACA0090Los naufragios han nutrido algunas fantasías literarias de altos vuelos, como es el Robinson Crusoe de Daniel Defoe, a quien le pierde, claro está, su mala cabeza, su presente es la causa de la rebelión de su pasado, o como la que le dan pie a Edgar Allan Poe para sostener sus fantásticas Aventuras de Arthur Gordon Pym donde la errancia está abocada a la destrucción sin regreso posible (salvo el enigma de que alguien pudo contarlo).

Las verídicas historias de los abandonados en el mar, de quienes lo han perdido todo y han salvado la vida, y en algunos casos, el de los robinsones, que se ven abocados a organizar una vida nueva, a medirse consigo mismos, tienen un encanto irresistible. Hay que pasar, con todo, la prueba del naufragio, correr el riesgo azaroso de la desaparición, para poder escribir esas epopeyas de la supervivencia y de la vida nueva. En esta historia, los mitos y las fantasías que tienen al propio destino como genuina materia encajan unos dentro de otros como cajas chinas.

Hay un patetismo especial y hasta una picaresca en los naufragios. <<En la protestasion algunas mentiras ya teimos puesto en interés general de interesados>>, le escribe en la época dorada de los grandes veleros un capitán de barco, abandonado en <<Llebrepull>> después de su naufragio, a su armador bilbaíno. Pero esta de Gomes de Brito estudiada por Isabel Soler es otra época, anterior, no teñida por el romanticismo y sus derivados. Ahí no hay versos ni versitos que valgan, hay contabilidad (al céntimo si se puede), hay misterio, marinería, ambición. Se están levantando las cartas de marear y escribiendo con todo lujo de detalles las relaciones sobre las que se batirán otras expediciones. Es la época, o poco menos, del Guidon de la Mer, anterior a la Lloyds y a sus madejas legales, anterior a la Lutin bell, la campana de la Lloyds londinense que tocaba cuando se tenía noticia de un naufragio, esto es de algo que hacia subir o bajar el precio de las mercaderías. Es la época de las grandes y verdaderas aventuras épicas.

Pero la relación de hechos vividos tiene otra prosa, hay otra forma de contar las cosas, más cruda, más fría, más tramposa a su modo. Ahí, como advierte con perspicacia Isabel Soler, todo el mundo tiene algo que ocultar. La barbarie última, la furia de la supervivencia, donde sólo cabe salvar la propia vida, a costa de lo que sea, literalmente de lo que sea. Poco importa el crimen, la antropofagia, el robo, sólo cuenta el salvarse. Sobre esas trastiendas, las crónicas, e incluso las páginas literarias, corren un telón de piedad y de vergüenza. La extrema crudeza hay que suponerla, sospecharla, ponerse en situación, temblar en base a lo leído. El hombre puesto a prueba es un lobo. Conviene que se sepa lo menos posible o con el menor detalle posible. De ahí que la mayoría de los relatos sean tan convencionales.

Bernardo Gomes Pinto (los cronistas por él agavillados) nos habla de una época de monstruos marinos y otras enormidades que llenaban las crónicas de lo extraordinario y nutrían la imaginación de dibujantes y grabadores, en la que los navegantes se enfrentaban sin remedio a lo inesperado, pero que a la vez eran extremadamente realistas con lo que les sucedía. Los viajeros iban hacia lo desconocido o casi, empujados por la furia de la riqueza, la codicia, y las fantasías que corrían las gacetas y los mentideros. Casi todo era incierto, poco comprobable, incitador, seductor.

Con todo, las calamidades disuadían a los hombres de partir, les hacían temerosos de Dios y de sus fulminantes castigos, les dejaban afincarse en donde estaban cuando no tenían que redimir con dinero el querer marcharse de donde eran necesarios. Nada como hablarles a los feligreses, desde el púlpito o desde sus aledaños, de monstruos, hambrunas y peligros sin cuento que concluían indefectiblemente con la muerte en medio de crueles padecimientos, preludio todos del infierno. Los naufragios fueron hasta un recurrente motivo de sermones aldeanos. El hombre abandonado a si mismo, a merced del cataclismo, dependiente no de su fuerza, sino sólo y exclusivamente de la misericordia divina, de la famosa providencia, es una figura de la que sacar mística tajada. Es necesario partir, lejos, para sostener la vida del reino y de los negociantes, pero el caso es que para algunos clérigos el viaje era nada menos que pecado de soberbia. Ahí es nada.

El viaje no tenía buena prensa. El viajero, a quien no se dudaba en comparar con Caín, era alguien que rompía con la comunidad, que tenía unos motivos para partir que los demás no tenían o tenían el buen sentido de ocultar. De hecho viajar era una forma de hurtar la soga, las galeras o los pontones: partir lejos, conquistar tierras para la muy católica majestad de turno y para los pingües negocios de sus socios o para uno mismo. Basta asomarse a un diario como el de Samuel Pepys para ver con qué interés se seguía en el Londres de su época las noticias que llegaban de los buques que hacían la particular carrera de ultramar inglesa. Los accidentes representaban dinero perdido o dejado de ganar. Los barcos eran negocios andantes, grandes negocios. Alrededor de los armadores pululaba una fauna espesa de aventureros, caballeros de industria y de fortuna, gente con pocos escrúpulos y a veces con muchos conocimientos marineros. Y el que estaba en el negocio del mar, pero no podía armar una expedición mercantil, conseguía una carta de marca o patente de corso y se dedicaba al pillaje. De todos ellos se fue nutriendo una espesa literatura del mar mucho menos frecuentada al día de hoy de lo que parece. No toda la literatura del mar es Conrad o Melville y el siglo XVI y sobre todo el XVII es pródigo en relaciones del mar y sus naufragios que nos son prácticamente desconocidas..

Naufragios provocados más que por la aparición súbita de monstruos, por la impericia, la meteorología adversa, la piratería o los motines que estallaban en los barcos de largas travesías fruto de las muy duras condiciones de vida y hacinamiento (condiciones de vida perfectamente descritas en el texto de Isabel Soler), de las que se puede encontrar una larga bibliografía, al menos en lengua inglesa (bastante menos en lengua castellana y eso que los españoles tienen una prolija nómina de desastres marítimos por lo que se refiere a los mares americanos y de China, <<nuestras posesiones de Asia>>).

Los mares náufragos de Isabel Soler es un prólogo espléndido por varios motivos. Está escrito con viveza literaria, sin pesadez académica, sugiriendo una lectura precisa de la obra de Gomes de Brito, pero también abriendo puertas de interpretación a esas crónicas que nos son tan desconocidas y a esa arrumbada literatura que tiene a los naufragios y a los viajes en busca de más poder y de fortuna como principal asunto. Es algo más que un prólogo convencional a la edición de una obra clásica y olvidada. En esas páginas late la pasión por desentrañar las bambalinas, las trastiendas de aquellos viajes que acabaron empujados por el viento oscuro del desastre, por saber cuál era la mentalidad de quienes tejían la madeja de los viajes y su relato.

La literatura del mar, mucho más olvidada y desconocida de lo que parece, insisto, tiene un léxico tan extraño y variado, como de una extrema precisión. No da igual una cosa que otra, salvo para los malos poetas que cogen el asunto del mar como quien coge un puro. Isabel Soler sabe de lo que habla y lo hace con sentido. Y eso para el lector interesado en esos descalabros, en esas desdichas últimas, es muy de agradecer. Prefiere la precisión y la exactitud a la bambolla de la mala literatura que sobre el dechado de la desdicha ajena teje el manso tapetito de ganchillo de la sentimentalidad agónica. Ella trabaja con un material que tiene al naufrago como protagonista del << modo más trágico de enfrentarse a la vida>>.

*** Prólogo para Los mares naúfragos, de Isabel Soler, publicado en Acantilado, en 2004.  Si llego a saber cómo me iban a tratar, jamás lo hubiese escrito. Lo escribí en Sutegia, de Lekaroz, en agosto de 2002.