El caso Modiano

modiano1-tt-width-604-height-630-fill-0-crop-1-bgcolor-000000-nozoom_default-1-lazyload-1EN 1978, Patrick Modiano publica La calle de las bodegas oscuras, su sexta novela y una de sus novelas mayores, y en sus páginas se hace una pregunta que funda su motor literario más significativo: ¿qué queda de la vida de un hombre? A saberlo se aplican los personajes de esa novela, vagos detectives, que se mueven en una ciudad y en territorios fantasmales. Identidades perdidas, identidades ganadas, duplicidad de vidas, escamoteos… Es preciso seguir sus pasos para ver cuáles son los intereses narrativos y fundacionales del arte narrativo de Patrick Modiano, en su permanente juego entre los ejercicios de memoria y su ausencia, entre la amnesia y la reconstrucción interesada, fragmentaria.

La respuesta a la pregunta citada, referida a los papeles de identidad y a las endebles pruebas documentales que el tiempo adelgaza, estará presente a lo largo de toda su obra: una carta, una agenda, fotografías, recortes de prensa, tarjetas de visita, una línea en viejos anuarios comerciales o telefónicos que dice coleccionar Modiano, un nombre en un registro… tiradores todos de la memoria y pruebas documentales de cargo, que serán el punto de partida de un viaje al pasado en pos de las propias huellas. Viaje equívoco este porque el narrador, Modiano o cualquiera de sus alter egos, de lo que tratan es tanto de saber como de huir de ese pasado que les persigue, amenaza y puede hacerles daño, aunque el lector no acaba nunca de enterarse por qué, y se quede en vilo, en el oscuro terreno de la amenaza. Un temor evidente a encontrarse con gentes que regresan de ese pasado para sumergirse de seguido en la nada, en el olvido, tras dejar el mensaje de la vida dañada sin remedio.

Así, un viejo periódico, en concreto un Paris-Soir del 31 de diciembre 1941, donde Modiano encuentra un aviso de búsqueda de una joven, Dora Bruder, será el motor de la novela homónima en la que la novela de la pesquisa franca y abierta de una desaparecida en las redadas del Vel d’hiv o de Drancy que alcanzaron a muchas familias francesas de origen judío. Un caso entre muchos otros y una apuesta en contra de un olvido social generalizado y consentido. Modiano se mueve a tentones por la época de la Ocupación –“su paisaje”, dirá de manera muy temprana-, pero su búsqueda se agota en sí misma, el cansancio se apodera del narrador que deja para mejor ocasión el ir a comprobar por sí mismo si el nombre de Dora Bruder figura en los registros escolares de la escuela más cercana a su domicilio.

         La Ocupación, ese “paisaje” literario y personal al que se refería Modiano es algo que él, nacido en 1945, no conoció más que cuando era ya cosa del pasado. Una herencia que pesará de manera negativa en su infancia y adolescencia, y marcará el contenido narrativo de buena parte de su obra. Su padre, de origen judío, se dedicará durante la Ocupación al mercado negro, algo que aparece en varias de sus novelas (en esta Reducción de condena por ejemplo), siempre rodeado de personajes turbios cuando no francamente delincuentes: los ambientes interlopes, serán los característicos de Modiano cuando no se refugia en un café del barrio latino o huye, en tardes deshabitadas, por barrios de París desolados (los dibuja muy bien Pierre Le-Tan): Quartier perdu. El ajuste de cuentas con su padre y su mundo oscuro será una constante y un buen terreno narrativo.

         Modiano, ya lo había reseñado Bernard Frank, es un “caso”, un fenómeno literario, por su fidelidad a las propias huellas fundacionales. Lo mismo afirmaba Paul Morand que creyó en él desde el comienzo (aunque pensara que La ronde de nuit era un fracaso: no se podía hacer una novela policíaca pija de algo tan siniestro como la rue Lauriston).

         Reducción de condena (1987) será, tras Livret de famille (1977) un nuevo ensayo de encarar sus fantasmas familiares, su infancia, los cambios de domicilio, la precariedad, el padre fantasmal, huidizo, y la madre actriz que se mueve al ritmo de sus representaciones y se desentiende en la práctica de sus hijos: Patrick y Rudy Modiano en pensión, a merced siempre de conocidos, de cuidadores, de gente poco clara, tan desvalida como ellos muchas veces. Su familia, exorcismo y asunción de su filiación: una recurrencia narrativa –habrá personajes que aparecerán en La petite Bijou (2001) y en Un cirque passe (1992) que alcanzará su punto culminante en ese gran logro modianesco que es Un pedigrí, mucho más que “más de lo mismo”, que de manera malévola se puede caracterizar la ya colosal obra de Modiano...

A mi juicio, el máximo logro literario de Patrick Modiano, de auténtico ilusionista de la narración, es el de ser capaz de seducir a sus lectores arrancando misterio a lo que no parece que lo tenga, de asomarlos a escenarios vacíos o sumergidos en una niebla intensa en los que pueden escuchar los pasos de gente desaparecida hace cuarenta años y de la que lo ignoran todo, pero a la que acaban poniendo rostros, incluidos lectores españoles del siglo XXI, a quienes la banda de la rue Lauriston (la sede de los servicios parapoliciales franceses de la Colaboración ligados a la Gestapo), por ejemplo, le suena a chino mandarín. Todo en Modiano tiene un aire Modiano, hasta cuando este hace de sí mismo en una película de Raúl Ruiz con cuyo universo tiene sutiles relaciones. El arte novelesco de Modiano no consiste tanto en elucidar y poner en claro de manera definitiva aspectos de su pasado, como en el de embarullar las huellas, los recuerdos, bien de cosas vividas, bien heredados, bien fabricados por acumulación, y no menos verdaderos al cabo. Ningún escritor francés de su época es capaz de contar sin contar, de imponer sus balbuceos (que se harían famosos), sus andanzas sonámbulas, por París o por otra geografía urbana, de manejar los silencios narrativos y las elusiones, de amagar pistas que de antemano se sabe darán en nada y de tener unos lectores fieles y algo más que fieles que lo colocan sin dudar y a fecha fija en la primera fila de la literatura francesa de hoy. Modiano, un caso, y a fecha fija escribe con tiza en la pizarra, como si del último beaujolais se tratara : “El Modiano nuevo ha llegado”.

*** Artículo publicado en ABC Cultural, 7.3.2009

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