Arma de de supervivencia

índiceViajemos a una aldea de la isla de Bougainville, asolada durante la guerra civil que desde 1989 a 2004 enfrentó a sus habitantes, por causa de una empresa minera de extracción abusiva de cobre y metales preciosos, en un clima de barbarie extrema, y escuchemos unas voces nativas que nos cuentan la vida imaginada de Pip y de paso las suyas propias. Una guerra perdida en la que murieron más de veinte mil personas y que produjo un éxodo masivo de refugiados y desplazados –Matilda, la narradora de la novela entre ellos– a otras islas de la Polinesia, además de desabastecimiento y corte de servicios sanitarios y de educación, que es el supuesto que aprovecha el autor para poner en marcha su novela.

El señor PipEs en ese escenario remoto donde Lloyd Jones coloca su fábula literaria El señor Pip, urdida alrededor de la obra Grandes Esperanzas, de Charles Dickens, «el señor Dickens», para sus lectores de Bougainville. Una fábula poderosa, emotiva, sobre el poder de la literatura para introducirse en otras vidas y vivir en ellas, para asomarse a otros mundos y ensanchar el propio de manera casi ilimitada, hasta dar con la propia voz irrenunciable y la no siempre inocua confusión entre realidad y fantasía, cuando esta ciega a aquella, tal vez por exceso de iluminación. Y en el caso de El señor Pip, gracias a la obra de Dickens, a sus personajes y pasiones, a lo que el autor de Grandes Esperanzas supo «acerca del alma humana y de su sufrimiento y vanidad». Pocas cosas tan raras y de resultados tan imprevisibles como ver –con los ojos cerrados de la imaginación avivada por la lectura, como pide Lloyd a través de sus personajes– a unas bestias uniformadas entregarse a la búsqueda criminal de un personaje literario, dándolo como alguien vivo y un rebelde subversivo por añadidura.

Vivir otras vidas y salvar la propia cuando esta transcurre en condiciones de precariedad extrema gracias precisamente a la lectura, a la relectura de una obra literaria en cuyo interior se vive y a su reinvención con la ayuda de la propia voz, aunque el hacerlo pueda costarte la vida, y todo gracias a uno de esos personajes, el señor Watts, que parece que solo Dickens pudo poner en escena, un improvisado maestro de escuela que poco sabía y que había dado sentido a su vida huyendo del silencio como lengua materna, y a quien la narradora, en aquel lejano medio hostil nunca vio «con machete: su arma para sobrevivir era el relato».

 

*** Artículo publicado en el diario ABC, de Madrid, el 10.1.2009

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