Hotel Ritz, en Punta Arenas

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Punta Arenas, abril 2003

DEL DIARIO de viaje de los días de Punta Arenas, en abril de 2003, rescato un episodio nocturno que tuvo que ver con Bruce Chatwin hecho cebo turístico y con la invasión de Irak por parte de Aznar, algo que a los chilenos parecía enfurecerles, como les enfurecía la persecución judicial de Garzón al general Pinochet, replicando que nos buscásemos nosotros nuestros propios criminales de guerra.

“Cuando voy a pagar, un tipo que estaba en una mesa cercana perorándole a un gringo, en cuanto se dió cuenta de que yo era español (por el acento supongo) se levantó y me increpó pidiéndome explicaciones por las hazañas políticas de ese “güevón” en relación a la guerra de Irak.
A los chilenos el apoyo del aznarismo a la guerra de Irak les trae a mal traer.
Parece que por tener pasaporte español tienes que responder de las majaderías política de un presidente a quien tú, encima, no has votado. Aquí el asunto de la guerra no gusta y sobre todo no gusta Aznar. Eso ya lo veía yo en la isla de Juan Fernández.
En Chile, después de la pinochetada de Garzón, lo del apoyo, por parte de España, a la guerra de rapiña de los Estados Unidos se ve con malos ojos, como algo impropio de una democracia nueva, dubitativa a ratos, que se ejercita como puede de demócrata y gasta de cuando en cuando maneras del autoritarismo del antiguo régimen. Por no hablar de las ideas preconcebidas y los prejuicios que vienen de lejos.
Yo no sé si el Espartaco de los confines olfateaba trago gratis o si ya tenía más que agotado al gringo que no paraba de tomar notas casi al dictado; pero el caso es que se sentó a mi mesa y allí estuvo hablando un buen rato, mientras dábamos cuenta de un par de bajativos: de la guerra de Irak, de las andanzas criminales de Pinocho, de la Patagonia y de Bruce Chatwin, vaya por Dios, a quien me ha jurado haber conocido, bien conocido, y haber sido su guía en la ciudad. Sabía que me las veía con un embaucador, pero no más que alguno que conozco en los porches, tal vez menos peligroso, menos dañino.
Entre tanto el gringo se quedó en su mesa tomando notas. Sospecho de qué tomaba las notas. No era difícil adivinarlo.
Me ha querido enseñar el célebre hotel de Chatwin. Enseguida he caido en la cuenta de que se trataba del hotel Ritz, el que había visto ayer cerrado. Se lo he dicho, pero él m ha replicado que a él le abrirían y que nos darían un trago y que me contaría todas las mentiras que ha contado Chatwin y que, si quería, me podía vender fósiles de Milodón, reliquias del bandido patagónico Jimmy Button, y dientes de tiburón prehistórico, como los que he visto en la plaza de Armas, y espadas de Conan el Bárbaro, prehistóricas, auténticas… y hasta un atómata (…) “¡Concha su madre!”, ha dicho refiriéndose al español que le había querido comprar el autómata a la baja.

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El guía, el gringo que lucía  una ostentosa sonrisa de beatitud inenarrable y yo hemos ido hasta el hotel Ritz cruzando la plaza Martín Gamero bajo los árboles y pasando junto a la estatua del indio patagón al que ha habido que tocarle el pie para lo de la buena suerte en los viajes… Soplaba un viento que nos bamboleaba y amenazaba con tumbarnos.
Cuando hemos llegado al hotel, el guía se ha puesto a aporrear la puerta de una manera poco convincente, teatral. Sonaba a vacío. El gringo, que nos acompañaba, tal vez porque no quería perderse nada de color local, no decía nada. Parecía como que no entendía una palabra de castellano. Me quedé sin confirmarlo.
El hotel estaba cerrado, pero en cambio los bares de tragos de la zona estaban abiertos, todos, cosa que era fácil imaginar. No he llegado a saber cómo era por dentro el hotel Ritz, el de Bruce Chatwin. Me conformo con la descripción que hace en su “Patagonia”. Deberían hacerle un monumento. No sé quién dijo que había puesto a Punta Arenas en los mapas.
La expedición literaria-política se ha disuelto en una cervecería de las cercanías porque mi lazarillo y su gringo pusieron mucho más interés en la camarera, ya en la cuarentena avanzada, de pelo negro cuervo, pechos tremendos y unos muslos de circo enfundados en medias de mallas negras. Chatwin y yo mismo podíamos esperar, un buen rato.
Me he venido hasta la hostería agotado y ahora, con el ventarrón, no hay manera de pegar ojo…
Roberto, hijo de padre chileno y madre alemana, eso es lo que ha dicho, quería contarme la vida y milagros de Chatwin. Un andarríos de Punta Arenas. Él la conocía mejor que nadie. En todas partes hay un bolsero, un gorrón que a cambio de largar se procura copas gratis. En todas. Eso sí, no ha habido manera de saber nada a ciencia cierta del Roberto este. Decía haber vivido en Buenos Aires, haber viajado, cosa que ya me tiene acostumbrado, haber sido resistente contra la dictadura, pero tenía unas uñas de jugador de baraja. Igual ni siquiera me ha dicho su verdadero nombre.

DE algunos viajes te van quedando estos jirones que se adelgazan con el tiempo y se hacen fragmentos de un sueño vivido por otro. De no ser por la ayuda de las fotografías tomadas en el viaje o por las libretas de notas, de esos episodios a los que raras veces nos asomamos, no quedarían más que vagas impresiones, apenas nada y hasta pensaríamos que son tan imaginarios.

Adrián Giménez Hutton, La Patagonia de Bruce Chatwin, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1999.

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