Tras el rastro de Robinson Crusoe

 

EL 22 de Noviembre del año de gracia de 1574, el piloto español Juan Fernández, natural de Cartagena, se tropezó en su derrota con un prodigio natural: una isla muy escarpada que emergía del océano Pacífico y que estaba por completo deshabitada. No había en ella rastro alguno de habitación y, al margen de algunos pájaros (pocos), y de los lobos marinos, tampoco había animales. Sólo una fabulosa y espesísima vegetación. Juan Fernández la bautizó con el nombre de Santa Cecilia.

El hallazgo de aquella isla remota fue tan casual que le costó a su autor un fantasmal proceso con la Inquisición española de la época porque fue acusado de brujo. El motivo: haber acortado el viaje de El Callao a Valparaíso en varias semanas. Y Juan Fernández no hizo sino atravesar la corriente de Humboldt y navegar por su lado de poniente. Otra leyenda, porque el legajo, que buscaron los comisionados secretos Jorge Juan y Ulloa, no se ha encontrado jamás.

En Juan Fernández, las leyendas, las mitologías y las historias improbables son la marca de la casa, así estén tejidas sobre la más estricta realidad. La fabulación con la propia historia es una de las riquezas de la isla, mejor que su artesanía a base de pellejo de bacalao.

Es posible que el propio Juan Fernández intentara colonizar la isla, pero terminó sus días en Quillota. Todos los intentos de colonización de Juan Fernández, que fue rebautizada como de Más-a-Tierra, resultaron infructuosos durante tres siglos. La lejanía, el apartamiento, las dificultades de comunicación, acababan devorando y expulsando a los colonos. Esa al menos fue la norma hasta finales del siglo XIX.

Entre tanto, hasta se dio a la isla por perdida o poco menos, y Juan Fernández fue adquiriendo con el tiempo las proporciones legendarias que duran hasta ahora mismo: refugio de piratas y de contrabandistas contra los que se envió, en 1675 y de manera disuasoria, puntas de mastines feroces, presidio de patriotas y de delincuentes comunes, lugar de fama negra, por el crimen de honor de los Maurelios (novelado por el inevitable Jorge Hinostroza), escondite de loberos, correo de balleneros y de buscadores de oro…

Otros dicen que los perros dejados allí en 1675 por Antonio de Veas y cuya raza baila que es un gusto, debían acabar con las cabras que servían de alimento fresco para los piratas. Eso, a gustos. Y es que los piratas que asolaban las costas de los virreinatos españoles del Pacífico encontraban en Juan Fernández lo mismo que encontrarían los demás marinos que vinieron detrás: agua en abundancia, vegetales –plantados muchos de ellos por el jesuita Diego de Rosales en 1664-, madera para reparar obra muerta y arboladuras, sándalo, aceite de lobo marino, carne de cabra, pescado fresco y bacalao para salazón…

Y así habría seguido siendo la isla, si en el mes de octubre de 1704, cuando navegaba a bordo del Cinque Ports Galley, al mando del capitán Stradling, este no hubiese abandonado, «por amotinadorcillo», a uno de sus pilotos, el escocés Alexander Selkirk, un joven culo de mal asiento, levantisco y airado, que había huido unos años atrás de su patria chica, en Largo, condado de Fife, Escocia, donde fue un habitual de las reyertas.

El motivo concreto de su rebelión en Juan Fernández fue por negarse a embarcar de nuevo en un barco que tenía el casco medio podrido por la gusanera y amenazaba con hundirse. Y así fue, al Cinque Ports, como diría un marino de época, se lo llevó el diablo.

Selkirk fue abandonado en la isla, a petición propia, con más pertrechos de los que se supone, que le permitieron sobrevivir más de cuatro años, durante los cuales no le quedó más remedio que dedicarse a cazar las abundantes cabras que hasta hace nada poblaban las alturas impenetrables de la isla, como pueblan las de la más lejana isla de Más Afuera (hoy Alejandro Selkirk), a pescar, a otear el horizonte a la espera de un barco providencial, y sobre todo amigo, que le rescatara, porque cuando fueron los españoles los que anclaron en Juan Fernández, no bien lo avistaron, lo persiguieron a arcabuzazos como si fuera un bicho curioso.

Entre tanto, Selkirk, ayudado, eso dijo al menos, de la lectura asidua de la Biblia, tuvo que enfrentarse a la soledad, al hastío y al ensimismamiento: la verdadera trama del robinsonismo.

Aparte de las cabras y de las ratas que se comían sus provisiones, no había en la isla más animales que los endémicos que todavía perduran: el colibrí de plumaje rojizo, las fardelas de los acantilados y el lobo marino de dos pelos que durante décadas fue cazado por cientos de miles de manera furtiva para utilizar sus pieles en pertrechos de guerra.

Selkirk no fue el primer Robinson de la isla, ni iba a ser el último. De unos se tiene noticia, de otros se pierden las huellas en la propia isla. Con los naufragios pasa lo mismo.

Antes que Selkirk, estuvo «el indiano Will Moskita», abandonado por Watling en 1681, cuando este tuvo que escapar a la carrera ante la súbita presencia de barcos españoles, y rescatado por el barco pirata Las delicias del soltero (buena historia esta, buena) pilotado por Dampier, un hombre de marca, en 1684.

Después de Will Moskita y de Selkirk, hubo otros robinsones cuya memoria se pierde. Se los tragó la isla y sus oscuridades. En Juan Fernández los fantasmas andan sueltos que es un gusto y casi todo lo que les concierne es pretexto para una buena historia de esas noches de ventarrón que brama que es un gusto y que allí son muchas.

Will Moskita y su historia de supervivencia daría materia para el famoso Viernes. En la novela de Defoe, el encuentro de Viernes y su padre, está calcado del de Will y el suyo, relatado por Dampier.

Cuatro años más tarde, los marinos corsarios del Duke y el Duchess, al mando de Woodes Roggers, y con el inefable William Dampier como piloto, e instigados probablemente por este, que ya había estado en la isla en otras ocasiones, como relató en un extraordinario libro, fueron a parar a la isla y encontraron en ella a un hombre muy peludo, sólo en apariencia idiotizado, que había perdido la facultad del habla, pero que les recibió con un festín tirando a refinado.

En octubre de 1711, Selkirk desembarcó, por fin, en Londres. Había salido cinco años antes en busca de fortuna y en compañías algo más que dudosas (la de William Dampier no había sido la peor de todas), ahora llegaba pasablemente rico y con una experiencia a su espalda verdaderamente singular: la de haber sobrevivido más de cuatro años en una isla desierta de los confines. No cualquiera podía contarlo. Y él lo hizo, en los cafetines londinenses de su época, y fue escuchado. Su historia la imprimió Richard Steele, un hamponcillo del incipiente periodismo y de la política a él unido.

Pero fue Defoe quien en 1719 publicó Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe. Poco importa que situara la isla, perfectamente reconocible, en la desembocadura del Orinoco o que mezclara a unos y otros personajes. Lo importante es que dio con un libro y una historia tan inmortal como poco leída (entera).

El que murió arruinado fue William Dampier, un enamorado de la isla. Dampier, filibustero, naturalista, magnífico escritor, artillero, criminal, feriante sin escrúpulos que exhibía en una barraca de feria de Oxford a un príncipe nativo de Sumatra, no consiguió entrar como un igual en la ambicionada compañía de Samuel Pepys y sus amigos. Había perseguido la riqueza, la fama, el éxito social y le acogió una ruina que hubiese podido escribir el mismo Defoe.

 

Hoy, cuando la isla de Juan Fernández aparece de manera teatral en el horizonte, sigue causando la misma sorpresa que les causó a Dana cuando llegó a bordo del Pilgrim, a Alejandro Malaspina, a los gentilhombres del compás y de la pluma que acompañaban a Anson en aquella carrera enloquecida en pos de la riqueza que aocmetía a todos los se embarcaban rumbo a los confines.

Da igual que llegues a bordo del Navarino o del bimotor Dornier-Benz que despega de las pistas polvorientas del aeródromo santiaguino de Tobalaba, la visión en el horizonte del cerro El Yunque coronado de nubes, la silueta escarpada de la isla, parda o verde grisácea, eso según las luces, es de verdad sorprendente.

Como lo son las tierras salitrosas, blancas en unos lugares, rojas de almagre en otros, barridas por el viento y sembradas de adormideras, a donde llega el bimotor. Puedes quedarte a morir a pie de pista si el avión ese día no puede aterrizar y evacuarte a Santiago. Las cosas como son. El paraíso tiene otras caras.

 

En 1966, tras muchos años de brega, la isla, por capricho de la entonces todavía uruguaya Blanca Luz Brum Elizalde, cambia de nombre y adquiere el de Robinson Crusoe. Yo no sé si tanto como homenaje al personaje de Defoe como a sí misma, que se veía como una Robinsona, en tareas de construir o reconstruir una vida que se le deshacía sin remedio.

Donde hay un Robinson hay un naufrago, aunque el naufragio no sea marítimo.

Blanca Luz Brum es otro de los robinsones legendarios de la isla: poeta –«mejor hembra que poeta», dijo de manera brutal Martín Adan- y pintora, sí, algo más que naif, pero también revolucionaria, viajera por fuerza, esposa en una época del atrabiliario David Alfaro Siqueiros, cuya muerte glosó en la isla con un solitario poema y para quien sirvió de modelo de una de sus obras más extrañas, el muy erótico «Ejercicio Plástico», de la finca del magnate argentino Natalio Botana; peronista activa y, al final de su vida, cuando por fin consiguió la nacionalidad chilena, pinochetista convencida, esto es, cacerolista y mitómana irredenta. Atrás habían quedado los tiempos de amistad política y literaria con Mariátegui, Marlene Dietrich, Charles Laugthon, Neruda –la llamó «Heroína de todos los amores»-, García Lorca, Huidobro, Supervielle, Freire y Allende cuando estos formaban en el grupo Mandrágora… hasta aparece como sombra errante en un poema del escultor vasco Jorge Oteiza.

Lo cierto es que Juan Fernández no sería lo que hoy es sin su decisiva y novelesca presencia, entre el exilio y el extrañamiento, después de la rocambolesca fuga de la cárcel de Río Gallegos del peronista Patricio Kelly, en la que participó Blanca Luz.

De ella fue la idea de hacer de la isla un destino turístico, para privilegiados al comienzo, que llegaban a la isla a bordo de yates más o menos lujosos, como el Tzu Hang, de Miles Smeeton, y encontraban en su hostería una simplicidad «a lo Gauguin». Blanca Luz falleció en 1985, mucho antes de que la electricidad, el teléfono y la televisión fueran algo corriente en la isla.

En Juan Fernández, Blanca Luz Brum pintó, escribió, repensó su propia y agitada vida –Bello lugar para deshacer lo hecho/desandar lo andado/y deshablar lo hablado–, construyó una preciosa cabaña de troncos al pie del agua donde vivió solitaria, rodeada de sus libros y sus cuadros –qué melancolía la de sus estantes vacíos con números atrasados de la National Geographic y algo de cachureo–, frente a la que siguen pasando los lobos marinos y saltan los pejerreyes perseguidos por las vidriolas, en lo que hoy es un lugar inevitable de la isla: la hostería Daniel Defoe, dirigida por su hija, la María Eugenia Béeche.

Tan inevitable como el mejor mentidero de Juan Fernández: el comercio de artesanías varias y tabaquería de la Mar Poveda, La isla de los piratas, una española que con su marido Fernando Sancho, el actual secretario de la comuna, lo colgó todo hace ya más de diez años todo para hacer de Robinsones y buscar en Juan Fernández el tesoro de su vida, con éxito y no sin penalidades. No han sido los únicos.

Ah, sí, y está la cocina y los pisco sauer de la Florita, descendiente del suizo Alfred De Rodt, en El Remo, que es poco menos que el centro social obligado, junto al malecón del puerto. Allí se traba conversación con el que esté de guardia, ya sea una turca o un ruso persigue islas solitarias, o alguien autóctono, un pescador o un vagabundo de las islas, y se habla de la pesca del salmón de roca o del cangrejo amarillo, de los antepasados colonos que grabaron «la piedra de la letra», de los presidiarios, de los piratas y sus tesoros, del orgullo de ser isleño, una mezcla de renuncia a otra vida, de afirmación de la diferencia por el apartamiento y del convencimiento de vivir en un paraíso. No es fácil compartir ese orgullo.

 

 

Hoy, la vida cotidiana de los alrededor de seiscientos habitantes de la isla tiene poco que ver con la piratería. Está centrada en la pesca, en un turismo de temporada veraniega tirando a pintoresco que llega atraído por esa leyenda robinsoniana de los confines, y en una ganadería episódica y depauperada que conoció mejores momentos en los pastos solitarios del sector Villagra o más allá de Cerro Centinela, hacia Puerto Francés.

Las barcas de los pescadores, copia de antiguas balleneras, salen entre gritos y silbidos al amanecer, bajo cielos casi siempre teatrales, a la pesca de langosta, de la vidriola, de la breca, del cangrejo, del muy apreciado salmón de roca… las langostas son la leyenda que termina en las mesas de los restaurantes de Santiago, París, Madrid. Hay quien no conoce la isla más que por las langostas.

Por su parte, los niños isleños van, mañaneros y uniformados, a la escuela, la Dresden. Más tarde se irán a estudiar al continente. Unos regresarán, otros, los más, no. En temporada, los que pueden, se dedican a una incipiente y rústica industria hostelera a base de hospedajes y de explotar las leyendas de la isla: Robinson Crusoe, los naufragios, los piratas y sus tesoros, el submarinismo y un poco, una nada de gastronomía, y, sobre todo, la idea de que el turista está pisando el paraíso. No hay que ahorrarse superchería alguna con tal de lograr el objetivo, ya sea histórica, arqueológica o científica. No en vano, a fines del siglo XIX, a un buscador de oro de los que tenían que atravesar el cabo de Hornos para llegar a California, le trataron de vender el cráneo auténtico de Robinsón Crusoe.

Luego, enseguida, al turista le llega la tremenda realidad: en Juan Fernández no hay nada; nada que el viajero no lleve en su equipaje o en su zacuto de pensar. Las fiestas a la hawaiana o a la pascuense, la disco, son cosas del verano austral, lo demás es la vida rutinaria de dos calles en cruz, Larraín y La Pólvora, por las que a veces pasa un isleño a galope montado a pelo en un caballejo raquítico, sin mas alicientes que el propio trabajo, o el paseo al atardecer hasta el cementerio de las animitas medio milagrosas o hasta el malecón solitario cuando vuelven las barcas y donde atraca el Navarino, el barco que cada mes llega desde Valparaíso con pertrechos y con todo lo que es necesario en la isla, que es mucho, casi todo. Cuando el barco tarda en llegar se nota mucho en las estanterías de los pequeños comercios de la isla donde venden ese «de todo», que es muy poco, lo elemental.

En Juan Fernández no hay bancos, no hay tarjetas de crédito, hay, o había, pesos contantes y sonantes. No hay nada superfluo. Los artículos de primera necesidad a veces son grandes lujos, como las aspirinas. Las hostias, consagradas para todo el año, las guarda el cartero y diácono Jorge Palomino en la caja fuerte de Correos. Eso sí, a cambio, hay langostas. Legendarias. Los isleños entienden mal que no vayas a comer langosta hasta empapuzarte o que busques otra cosa que submarinismo y camines por los cerros y los desiertos o en las cercanías del bosque impenetrable.

Al margen del poblado de San Juan Bautista, la isla es un parque natural, muy protegido, pero muy amenazado por la plaga de la zarzamora expandida por los tordos, erosionado por la de los conejos y por el coatí introducido para matar ratas. Tiene, alrededor del cerro El Yunque sobre todo, una parte extremadamente boscosa, impenetrable en muchas zonas, donde sigue habiendo ejemplares de la mítica chonta (juania australis), y los más corrientes, allí, claro, del monumental naranjillo, del pimentero, de la luma, de los fabulosos helechos arborescentes, del ruibarbo gigante –el paraguas de Robinson– o del Juan Bueno de cuyas flores violáceas liba el picaflor.

Mientras que otra parte de la isla, más allá del mirador de Selkirk, hacia Bahía del Padre, por un lado, o más allá del cerro Centinela por otro, se extienden unas tierras abruptas, amarillas, rojizas, violetas, verdes, grises, habitualmente barridas por el viento que conforman el mejor emblema de la soledad.

Del sándalo juanfernandino sólo queda la leyenda.

 

 

Si la de los piratas, convenientemente traficada, es la leyenda más frecuentada, la de los tesoros es ahora la que con más insistencia ronda a Juan Fernández.

En 1998, la isla saltó a la fama porque el millonario norteamericano Bernard Keiser había emprendido la búsqueda de un fabuloso tesoro, cuyas pistas están en manos de María Eugenia Béeche, heredadas de quien fuera su marido, Matías Cousiño.

No es la primera vez que se busca ese mítico tesoro. Hacia 1950, el millonario Luis Cousiño, padre de Matías, junto al italiano «conde» Di Giorgio y a algún otro aventurero, llegaron a la isla bordo de la preciosa goleta Serva la Bari, con intención de hacerse con el tesoro que allí había escondido, en 1761, el pirata Cornelius Patrick Webb. Trajeron pirquineros del norte, horadaron en el corazón de San Juan Bautista, pero no encontraron nada.

Webb, llegó a Juan Fernández, provisto de cartas muy precisas de ubicación, a bordo del Unicornio, un barco mercante camuflado y fuertemente armado, cuyo armador secreto no sería la Lloyd’s, sino el entonces primer lord del Almirantazgo, lord Georges Anson que ya había estado en la isla veinte años atrás.

Una vez en el lugar de tesoro, desenterró este en un lugar que no se ha precisado, lo inventarió –«864 bolsas con oro, 200 barras de oro, 21 barriles con piedras preciosas y joyas, un baúl dorado conteniendo una rosa de oro y esmeraldas de dos pies de altura y 160 cofres con monedas de oro y plata»–, lo embarcó en su barco y zarpó de nuevo rumbo a Inglaterra.

Pero a los pocos días, y a causa de un motín, se vio obligado a regresar a Juan Fernández y a volar el barco con toda la tripulación a bordo, salvo unos pocos hombres fieles a la corona. Webb moriría de mala manera en Horcón llevándose a la tumba (profanada) el secreto del lugar preciso donde estaba enterrado el tesoro.

Bernard Keiser, en una tarde memorable de café y cigarrillos en la veranda de la tiendita de la Mar Poveda, nos hizo ver que el recuerdo de la canción de los piratas de R.L.Stevenson resulta inevitable: Quince hombres van en el cofre del muerto/¡ja, ja, ja, y una botella de ron!/     El diablo y el ron se llevaron al resto,/¡ja, ja, ja, y una botella de ron!. Y por si fuera poco, una vieja canción de marineros ingleses, la de Horatio Hornblower the Muting, habla de lo mismo.

El tesoro que desenterró y de seguido ocultó Webb, habría sido escondido, a origen, por el marino español de origen vasco, de Hondarribia muy probablemente, Juan de Ubilla y Echeverría, hacia 1714. Ubilla murió pocos años más tarde frente a los cayos de Florida sin haber dejado rastro del paradero del tesoro que había escondido.

Se trata de un fabuloso tesoro que habría salido de Veracruz y nunca llegó, entero, a España, porque en el camino, una parte fue distraída por partidarios de la casa de Austria para subvencionar una rebelión contra los borbones. Eso dice la actual leyenda. Pruebas, ninguna.

Sea o no cierto el motivo, el tesoro sigue allí, en algún lugar de la isla de Mas-a-Tierra. Bernard Keiser está convencido de ello. Y tiene una fe que resulta contagiosa y no hay isleño o visitante que no tome partido en ese aventurar hipótesis.

Un año tras otro, Bernard Keiser, don Berni, ha venido saliendo en su lancha cada amanecer rumbo al valle de Puerto Inglés, donde tenía la concesión de la excavación arqueológica. Allí pasaba los días al frente de su cuadrilla de excavadores. Muy cerca de la cuevilla que se ha venido vendiendo como la cueva de Selkirk (otra superchería) ha movido toneladas de tierra para encontrar sólo indicios de habitación. Allí hay algo, ¿pero qué?

Bernard es un personaje novelesco. Historiador, politólogo, empresario de éxito, que un día, después de ver en la televisión un reportaje que trataba de la isla, decide hacer algo grande con su vida y se lanza a la búsqueda de un tesoro del que hasta la víspera no sabía nada. Un gran tipo que excavaba como un poseso y se hacía los sesos agua descifrando viejos mapas y cartas cifradas. Y, sobre todo, de un entusiasmo contagioso. Entre tanto le ha dado vida a la comuna.

El tesoro no ha aparecido y veremos si las últimas excavaciones son, como dicen, las de la habitación de Selkirk u otra falsificación histórica de la que ir tirando como reclamo turístico.

 

 

Pero el caso es que en 1741, Georges Anson, que de alguna manera llegará a tener conocimiento del tesoro escondido en Juan Fernández, apareció en el escenario de la isla a bordo del Centurión en tareas de «enojar al rey de España», después de haber perdido su flotilla en el cabo de Hornos perseguido por el almirante Pizarro. Lo que le quedaba de sus tripulaciones estaba muy maltrecho y el escorbuto las había más que diezmado, tanto que apenas pudo acometer las tareas de atraque y desembarco.

En las tripulaciones de aquellos barcos de corso abundaban los niños, los tullidos, los ancianos y los jubilados porque para poder armar la expedición tuvieron que limpiar los asilos de Londres.

Durante los alrededor de siete meses que permaneció Anson en la isla esta fue un hospital, un astillero, un anfiteatro de anatomía y un cementerio de considerables proporciones, bueno para alentar las leyendas de aparecidos.

Fue en Juan Fernández donde Anson reconstruyó como pudo el Centurión y el Tryal, dos barcos supervivientes de su escuadra, para terminar haciéndose con el fabuloso tesoro del Nuestra Señora de Covadonga, el galeón de Manila.

Anson se quedó asombrado del vergel de la isla, de su aspecto paradisíaco y bautizó para siempre la bahía con el nombre de Cumberland, así la describió en las memorias de su viaje que le escribieron, poco menos que a su dictado, otros.

Así la vieron también, casi cien años después, otros ingleses: la estupenda escritora y naturalista Mary Graham, que quedó maravillada de la vegetación y de la intensa sensación de ser allí, en completa soledad, la dueña del mundo, y lord Cochrane, el marino que luchó con los chilenos por su independencia y a quien Pablo Neruda tuvo devoción. Los ilustres visitantes tuvieron ocasión de ver los restos de la colonia penitenciaria a la que fueron llevados los patriotas chilenos después de la derrota de Rancagua.

Según la leyenda, los patriotas se cobijaron en unas curiosas cuevas que se abren a la bahía, cuando basta leer El Chileno consolado, escrito por Juan Egaña, uno de los deportados, para saber que vivían en cabañas.

Pero no sólo estuvieron en la isla los patriotas de la independencia chilena. Juan Fernández comenzó siendo una colonia penitenciaria de la Inquisición para delitos de lesa majestad y terminó siéndolo de presos comunes y políticos que vivían en condiciones ínfimas hasta bien entrado el siglo XX. Alrededor de los presidiarios surgen historias de motines, fugas, matanzas, depravación y horrores varios.

Pero antes de que la isla se convirtiera en presidio, la corona española cansada de que Juan Fernández fuera la Tortuga del Pacífico y permanente refugio de corsarios y piratas que allí hacían las aguadas y se proveían de plantas en abundancia para curar el escorbuto, fortifica, aconsejada por Jorge Juan y Ulloa, la isla. Las parvas ruinas del fuerte español son uno de los atractivos turísticos y ante ellas el viajero de los confines se pregunta: «¿Pero qué demonios hago yo aquí?».

El maremoto de 1751 arrasa la incipiente colonia, pero a partir de esa fecha la presencia española en la isla, con sus baterías de artillería de costa, es disuasoria, como dejó dicho el navegante inglés Carteret o el mismo Delano Amasa que acabaría de personaje de Herman Melville.

 

 

Fue el suizo Jost Otto Schneider, mientras estábamos sentados en la veranda de su casa prefabricada –diseñada por el arquitecto austriaco Miji Bear, otro personaje–, de cara al océano oculto por los cipreses y los eucaliptus, quien me dijo que su sueño, uno de sus sueños, era reflotar el Dresden y convertirlo en monumento nacional. Jost es otro de los que colgaron todo lo que tenían para recomenzar en Juan Fernández, aunque lo hiciera en las cercanías de Colonia Dignidad.

El Dresden. Otro mito inevitable y otra fuente de mitologías locales, como la de Hugo Weber cuya historia es tan hermosa como triste.

Al pie del cerro El Yunque están los restos casi invisibles de lo que fue uno de esos paraísos de los confines que encienden la imaginación y pervierten sin remedio a quien vive en su propio callejón sin salida. Es el mejor señuelo de Juan Fernández.

Weber llegó por primera vez a la isla en 1915, a bordo del Dresden, el buque estrella de la flota alemana comandada por von Spee, en su derrota de huida de la batalla de las Malvinas. Venía perseguido por los cruceros ingleses Kent, Orama y Glasgow. Su epopeya tuvo como escenario los fantásticos canales del estrecho de Magallanes, entre la Patagonia y la Tierra del Fuego, y finalmente el escondrijo de Juan Fernández.

El 14 de marzo de 1915 el Dresden fue finalmente atrapado contra los acantilados de Punta San Carlos y obligado a entablar un combate desigual. Tras fracasar las gestiones parlamentarias del joven teniente Wilhelm Canaris, que años más tarde haría en España carrera de espía, fue finalmente volado por su comandante von Lüdecke. Casi toda su tripulación pudo ganar a nado la costa.

El pecio del Dresden yace, a más de sesenta metros de profundidad, a un costado de la bahía de Cumberland y sus entrañas son una trampa mortal para los submarinistas que se aventuran a la caza de restos para vendérselos a los turistas. También el Dresden llevaba a bordo un tesoro enraizado en la revolución mexicana. Vaya por Dios.

En 1931, Weber, antiguo telegrafista del Dresden, regresó a la isla y construyó su casa en las alturas de la Plazoleta del Yunque, el lugar más melancólico de la isla y todo un emblema de los sueños arruinados. Allí, junto a una compañera alemana de robinsonadas con la que se casó en la isla, pasó diez años, de los que dio cuenta en un libro, 10 fahre anf der Róbinson Inseln (1941), ocupado en tareas de horticultura, de jardinería, de zoología recreativa, tomando fotografías en sus caminatas de exploración naturalística –incluida una de las contadas ascensiones al Yunque-, cazando cabras por los cerros y las quebradas, leyendo y escuchando música en un potente aparato de radio alimentado con la energía de una elemental turbina movida con el agua del monte.

Fue el aparato de radio el que le dio la idea a un periodista que le visitó en 1943 de que Weber era un espía de los alemanes y así lo publicó. Hugo Weber fue expulsado del paraíso por la brava. No regresó jamás.

 

 

Detrás de los viajes a la isla de Robinson, de fuga unos, de sueños de fortuna otros, más que la lectura del libro de Defoe o la propia leyenda de la isla, está el mal de vivir de quien busca en Juan Fernández alivio, una tregua en su andar azaroso, como Blanca Luz Brum en su día, como el legionario francés Henri Simon, que se instaló en una casa de El Palillo, en la que hoy vive uno de los actuales robinsones hospitalarios de Juan Fernández, Raimundo Bilbao.

Raimundo, junto con un arqueólogo submarino francés, Arnaud Cazenave de la Roche, anduvo hace años a la búsqueda del pecio del Speedwell, el del pirata Shelvocke, que yace en la bahía confundido con otros pecios de barcos desaparecidos sin dejar mucho rastro en los mares australes.

Y es que en los mismos pasos que Anson o Dampier anduvieron por Juan Fernández otros marinos y filibusteros ingleses: Watling, Davis, Strong, Bartolomé Sharp, Morgan, Clipperton… Llegaban en busca de agua y de plantas medicinales y alimentos frescos con los que curarse el escorbuto, y echando de paso algo de pólvora al aire, riñendo y jugándose el producto de unos botines tirando a exiguos.

En 1720 llegó a la isla, con poco cargamento y una tripulación de levantiscos robinsones a bordo, otro tipo de verdad singular, George Shelvocke. Venía enviado por la jacarandosa razón social Los Caballeros Aventureros de Londres, en el Speedwell, una fragata de 24 cañones, que terminó estrellándose contra la isla.

El barco de Shelvocke venía maldito porque uno de sus tripulantes, el torvo Simón Hartley, había matado de un tiro a un albatros que seguía al Speedwell, el pájaro que encarna a los marinos muertos. S. T. Coleridge escribirá, sobre el dechado de esa leyenda, su Oda del viejo marinero.

No sin querellas, buena parte de la tripulación de Shelvocke construyó una barcaza, la Recovery, para escapar del paraíso de los robinsones y ganar con ella la costa. Lo consiguieron. Pero algunos piratas no se arriesgaron a la travesía que sabían peligrosa y se quedaron en Juan Fernández, a vivirla, algunos para siempre.

Más tarde, Shelvocke, de regreso a Inglaterra, acusado de haber ocultado sus ganancias, también escribirá su crónica minuciosa del viaje. Para aquellos marinos aventureros el escribir libros necesarios sobre sus viajes –los de William Dampier son excepcionales– era una forma de ganar el dinero que no habían ganado con la piratería. Anson llevaba a bordo el libro de Shelvocke y de él se sirvió para ganar la isla.

Del viaje de Shelvocke queda un ancla a la puerta de la biblioteca pública e inenarrable museo de la isla que dirige el erudito Victorio Bertullo, animador de lo inanimado. Hay que creer en ese ancla como en dogma de fe.

 

 

Juan Fernández sigue seduciendo con su lejanía y su leyenda robinsoniana. El mito de Robinson está detrás de todo ello. El mito de un Robinson obligado a construirse una vida a su medida y los muy precisos agobios personales que ponen en fuga a quien corre el riesgo de cortar amarras y buscar refugio en los confines.

La isla de Robinson, por arte de novelería, atrae a quien necesita esconderse o cuando menos hacer un alto en su camino, más o menos obligado, en esa fantasía de la paz de los confines, alimentada por testimonios como el del circunnavegador solitario Joshua Slocum, que pasó por la isla a comienzos del siglo XX y la describió como el paraíso utópico conde no hacían falta leyes, policia, modas.

Ese parece que fue el caso de Blanca Luz Brum, como pudo ser el de Henri Simon, un viejo ex-legionario de Indochina y Argelia, y ex-mercenario de los del legendario Bob Denard en las Comores que escribió un libro sobre la isla, como es el caso de los robinsones anónimos que pasaron y se fueron, con su equipaje de versos, cuadros, o hasta las narices, como Uli, un alemán de buen humor, después de haberse deslomado para construir las casas de Miji Bear, cuya arquitectura podía haber terminado siendo una de las características de la isla.

Gentes que llegan, se emboscan, y un día se van de manera tan brusca como vinieron y pasan con ello a engrosar la leyenda. Extraños náufragos que saben que su vida está en otra parte o cuyos sueños están condenados a terminar mal, como el del «barón» suizo Alfred de Rodt que colonizó e intentó explotar la isla a finales del XIX y terminó arruinándose, después de haberse pegado el gusto de firmar sus cartas como Robinson Crusoe II.

 

 

En lugar de los loberos criminales, de los balleneros de Nuntacket, de los buscadores de oro o de los utopistas acometidos de misantropía, la isla sigue atrayendo hoy día a naturalistas y botánicos, como el francés Philippe Danton, a buscadores de tesoros y de paraísos remotos y, sobre todo, a quienes padecen la tentación de las robinsonadas, cada vez más imposibles, cada vez más duras.

Y es que la soledad acaba achatando el horizonte. La soledad de Robinson sólo sirve para alimentar un lirismo de pacotilla y para las mandangas literarias. Cuando un isleño te dice que quiere irse y que no sabe cómo ni a dónde, te das cuenta de que el paraíso tiene otras caras. Y lo cierto es que, al final, los Robinsones han huido a la carrera de la isla y hasta algunos viajeros salen de allí con auténtico alivio y lo dicen encima: «No había nada». Por eso otros regresamos. Por eso fuimos, porque «no había nada», para deambular por cerros y quebradas, para escuchar el bramido del viento y el berrido de los lobos. Por eso pesa el momento de los abrazos de la despedida en el muelle de Juan Fernández, antes de embarcarse en la Blanca Luz rumbo a la pista de aterrizaje de Bahía del Padre, rumbo a la vida del común.

 

NOTA BENE: creo que este artículo se publicó en el año 2003 en el suplemento dominical del diario El País. Es la crónica de un viaje que hice ese año a la isla. El maremoto del año 2010 desfiguró por completo la población de San Juan Bautista y algunos habitantes desaparecieron, fallecidos o regresados al continente. Sobre el dechado de ese viaje escribí mi novela La calavera de Robinson (2006) y la crónica La isla de Juan Fernández (2005), saqueadas ambas por gente sin escrúpulos.

 

 

 

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