Cara o cruz de Jacques Vergès

 

Jacques-Verges

HACE unos meses, el abogado francés Jacques Vergès fue noticia no ya por la exhibición del reportaje El Abogado del terror, rodado por Barbet Schoeder, sino por haberse puesto él mismo en escena, durante unos meses, en un teatro parisino con un soberbio monólogo titulado Serial plaideur. No era un actor el que subía a la escena, era un abogado y de tal actuaba, muy consciente de que lo suyo es la actuación, tanto en las tablas de un teatro como en el foro.

Un abogado elocuente y un escritor vigoroso, como lo ha demostrado recientemente con otro libro que ha hecho ruido, La démocratie à visage obscène. Porque tanto las actuaciones forenses como los libros de Vergès son ruidosos. Y no solo por la calidad de sus defendidos –Klaus Barbie, Milosevic… los indefendibles, los condenados de antemano-, eso sería miniminzar mucho el proceso, sino por el fondo de las cuestiones tratadas, por las acusaciones que vierte Vergès contra un sistema que considera hipócrita y podrido.

El ruido, al provocación y el escándalo, es lo suyo, y el coraje de su conciencia individual, son armas judiciales, solidamente apoyadas para la ocasión en los códigos y muy consciente de que caminamos hacia una justicia preventiva sin necesidad de leyes.

Porque si corrosivo es Vergès cuando habla de procesos políticos, también lo es cuando habla de la justicia de dos velocidades, la de los ricos y la de los pobres, o hace declaraciones incendiarias al margen de los procesos, muy consciente de que es preciso sacar a la calle, a la opinión pública, los juicios de las salas de audiencia donde se ha montado el proceso-espectáculo, algo que según él viene ya de lejos, en busca de ejemplaridad, y no tiene traza alguna de cambiar, y donde se escamoten los debates de fondo. Los jueces, para Vergès, no son todopoderosos. Juzgar a los jueces. En el proceso. Es una estrategia. Necesaria y subversiva. Que de eso se trata.

Estrategia judicial en los procesos políticos es un libro de 1970, más subversivo, insisto, de lo que parece, que no ha perdido actualidad alguna, al revés, que la ha ganado, en la medida en que sigue habiendo procesos políticos y algunos de ellos son un espectáculo o están montados como tales.

Y en la medida también en que, otros, que están montados como procesos por delitos comunes –banqueros, financieros, propietarios de grandes medios de comunicación-, son políticos tanto por la intención de inscribirlos en el capítulo de los delitos sin otro móvil que el lucro personal, y deslegitimar así a los ojos del público los motivos que han empujado a los procesados a quebrantar la ley, como por la forma en que esos acusados apuntalan y a la vez se sirven de un sistema político y social del que la magistratura forma parte.

Vergès tiene muy claro que la función de la justicia es servir a las clases dirigentes resolviendo “siempre en provecho de éstas las contradicciones sociales que se manifiestan en la violación de la ley”.

Para Vergès, la justicia es un Arte –y él lo crea con una elocuencia asombrosa, antigua, esa que ha desertado de las salas de audiencia y de las prosas jurídicas- y un Circo, a un circo romano me refiero, donde se desarrolla un espectáculo que no es ni más ni menos cruel que la guerra o el comercio, o más aún, un Palacio de Deportes (Páginas 85 a 89) dice, un combate en el que hay que vencer al adversario, el fiscal, sabiendo que si la Justicia –“uno de los nombres de la necesidad”- aparece por una sala de audiencia lo hará por casualidad o porque se ha equivocado de día, cosa que él puso en escena con su monólogo Serial plaideur.

En esta obra Vergès repasa una serie de procesos penales cuyo contenido excede la mera infracción penal y que resultan muy significativos desde el punto de vista histórico, dividiéndolos en varias clases, Procesos de connivencia, Procesos de ruptura, como los que en la actualidad emplea ETA-Batasuna, en los que la denuncia de torturas es un arma (Página 132), y Procesos espectáculos, como los de Nuremberg o Bujarin, que persiguen una ejemplaridad que el poder no siempre consigue y puede revertir contra él.

Este es un libro irritante, necesario, que sacude ideas comunes y que se opone a ellas. Por ejemplo, en todo lo referido al magma de la subversión nacionalista que desemboca en enfrentamientos armados o a su peculiar concepto del terrorismo, algo de lo que el autor sabe por haber militado en la causa argelina y haber defendido a muchos miembros del FLN.

Alrededor de Vergès se instala siempre el “¿A favor o en contra?”, algo que es saludable en la medida en que el público reflexiona sobre una de las convenciones sociales en las que sostiene su vida cotidiana: la Justicia, y su administración, en la que suele creer en la medida en que le es favorable y solo si le es favorable. Vergès hablando por ejemplo de las torturas perpetradas por la Coalición en Irak, acusando al ejército inglés y respondiendo a quien le preguntaba si defendería a Bush, diciendo que porqué no, si lo haría con Hitler. Militante antiesclavista, anti tortura y anticolonialista en todas sus formas, por supuesto que resulta molesto.

Hoy, casi cuarenta años después, Estrategia judicial en los procesos políticos, viene acompañado de un posfacio en el que Jorge Herralde, su editor entonces y ahora, relata los pormenores de publicar un libro como este en el contexto de la censura de la dictadura franquista y del proceso de Burgos, entre otros.

 

*** El artículo fue publicado en el ABC Cultural, ignoro en que fecha. Me puede la admiración que tengo a Vergès como abogado y como escritor, con sus luces y sus sombras como personaje.

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