Al hilo del punto en boca

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Vida secreta, de Pascal Quignard, un libro fuera de lo común, de los que ya no se escriben y de los que se leen apenas, o son de uso casi reglamentario en esa sociedad secreta de los verdaderos lectores a la que el autor hace explícita referencia en la página 129. Un libro impecable, claro, directo, que conmociona, que incita, que turba (que invita a la amulación) y que encontrará, a buen seguro, un lector para el que este libro será capital, de cabecera, ineludible. Libro de vigilia y guardián del sueño.

¿Novela? Según y cómo. No desde luego a la manera más convencional. ¿Ensayo filosófico? ¿Breviario, en genuina expresión muy querida del propio Quignard? Que lo diga él, con más precisión y maestría: «Intento escribir un libro que me haga pensar al leer. He admirado sin reservas lo que Montaigne. Rousseau, Stendhal o Bataille. Mezclaban el pensamiento, la vida, la ficción y el saber como si se tratase de un solo cuerpo». Está todo dicho, falta leerlo. Falta el sumergirse en su lectura como lo hace el nadador de Paestum, varias veces invocado en el cuerpo del relato.

Y sigo con otra cita, inevitable: «A algunos les parecerá carente de importancia, y desdeñable, que un hombre escriba sobre lo que entiende por amor». Y eso es lo que Pascal Quignard hace de manera seductora a lo largo de 284 páginas. Una historia de amor que obliga a pensar en las propias pasiones o en la carencia de estas.

Vida Secreta es el relato, fragmentario, tan ágil como denso, de la disección del amor que siente un joven estudiante de violín por su profesora, una magistral pianista, cuya glotonería era la parte más visible del secreto que la constituía y abocaba, dice el autor, a la muerte.

Un relato tejido sobre el dechado de los pliegues del lenguaje y del silencio, del secreto y de lo que está de más decir, de lo indecible y de todo aquello que titila en la punta de la lengua, de la sexualidad y del amor, de la fascinación y el deseo, de la seducción y el vacío, de la intensidad y belleza de la existencia a la oscuridad de la sangre y de la melancolía.

«Aspillera es este libro sobre una parte confusa de mi vida», dirá Quignard al cabo de su deriva.

Y esa actitud me ha recordado la de San Juan de la Cruz cuando decía que gustaba de meditar encerrado en una celda desde cuya saetera pudiera divisar un amplio panorama, o cuando escribía «Y a nuestra hermana Catalina que se esconda para llegar a lo hondo».

Leer es esconderse, es emprender un viaje interior, abrirse a la Vida Secreta hecha libro de horas ad usum de conjurados. Que no otra cosa es el motivo de este vicio impune de la lectura.

 

*** Artículo publicado en el Cultural de ABC, Madrid, 11.12.2014

 

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