El paisaje del crimen

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«Y la muerte parecía ser el rasgo predominante del paisaje», escribe Cormac McCarthy, en un rincón perdido de este Meridiano de sangre, y la frase podía haber sido el ritornelo o el pie forzado de toda la novela, porque el verdadero asunto no es otro que la muerte violenta, los crímenes de una cuadrilla de asesinos, hechos irracionales oficiantes de un culto tan antiguo como perverso.

Pongamos que estamos a mediados del siglo XIX y pongamos a una compañía de caza cabelleras, forajidos sin alma, sin pasado apenas y sin futuro alguno, que por encargo del gobierno de algunas ciudades de la frontera entre México y los estados americanos fronterizos, se dedica a exterminar tribus de indios. Una fantasmal «compañía» de asesinos a sueldo que aterroriza los lugares por los que pasa cuando va de caza o cuando va a la deriva por una geografía que sus andanzas hacen imprecisa, tanto da, lo suyo es llevar la muerte con ellos.

Una historia fronteriza, y más que fronteriza, de pura pesadilla. Y es que la prosa de McCarthy hace la geografía irreal, y en ella sus personajes son, como él dice, «figurantes de un sueño», y más que sueño, pesadilla. Un paisaje desértico, salvaje, aunque los escenarios, decorados mejor, cambien sutilmente y se amolden a la necesidad del autor de describirlos con asombrosa minucia para crear un clima, un aire que se respira. Una tierra color del hollín no es lo mismo que otra que tiene la blancura grisácea de la piedra pómez. Las anfractuosidades del terreno llegan a parecer espejos donde se reflejan los pliegues de las conciencias, del poco de conciencias de los figurantes de esa deriva criminal, porque esas sombras, esos espectros (que así son descritas una y otra vez), más que almas parecen tener borrascas, tiniebla pura, y que en castellano sólo consiguió Benet con su mítica Región. Pero aquí se trata de un mundo sin piedad, cruel, sin leyes o lo que es peor, con leyes torcidas, embrionarias, un mundo regido por la ruleta de la fortuna y sólo por ella.

No es la guerra, su poder casi lustral, religioso, lo que pone en el tablero el más enigmático personaje de la novela, el juez Holden, en puridad el único personaje de la novela, sino el crimen. Sin más. «El chaval», a través de cuya vida en jirones se cuenta la historia, es poco más que un testigo mundo, un oficiante ciego de ese culto al crimen que llevan a cabo sus socios y capitanes, y una víctima más al cabo. Porque de crimen se trata en esta sangrienta, vaya que sí, historia. La historia de Cormac McCarthy es de una brutalidad enigmática, de una brutalidad que acaba estragando, de una violencia tan rebuscada como verosímil. Y no me refiero sólo a la forzosa referencia a las imágenes cinematográficas de Sam Peckinpah (y otros), sino al repertorio de horrores que los noticieros dan de esas guerras en las que Clausewitz está más que de sobra, las del tiempo de los asesinos. Pero hay algo que impide dejar la lectura de ese relato de horrores que se renuevan a cada página: el lenguaje, la prosa de McCarthy, su estilo, que es donde brilla todo su talento de narrador. Un estilo seco en apariencia, cortante, abrupto, muy eficaz, nada azaroso, y en el que destellan de continuo unas imágenes insólitas, de una belleza tan oscura como turbadora, una precisión léxica y una minucia descriptiva que casi por si solas sostienen un relato lejano y sombrío, asombroso.

*** Artículo publicado en ABC Cultural, Madrid, 28.4.2001

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