Memorial de invierno

varsovia11El invierno en Varsovia amenazaba con ser duro. Al otro lado de la ventana, en el panorama, unos edificios oficiales ante los que con parsimonia montaban guardia unos imperturbables soldados con la bayoneta calada, la fachada barroca de la iglesia de las Salesas, las ramas desnudas y negras de los olmos, aparecía desvaído, cubierto por una fina capa de nieve caída durante la noche. De cuando en cuando, los cuervos que bajan del Norte en busca de tierras más cálidas, con su vuelo pesado, atravesaban la escena. No era un panorama amable, no.
En días anteriores una niebla espesa, con olor a carburante, dulcificaba cuando menos los más duros perfiles de las cosas, hacía borrosos los rostros y hasta atractivos, en la anochecida, los pequeños escaparates de los comercios, que en realidad no contenían nada muy seductor, iluminados con una luz amarillenta. Yo buscaba, erróneamente sin duda, signos más evidentes de euforia; signos que confirmaran el cambio, las puertas por fin abiertas en un sistema político que a la postre, y con un coste demasiado elevado humano, económico, moral, se ha revelado ineficaz. Digamos que esperaba otra cosa, no los muros cubiertos de frases más o menos rotundas o contundentes, las pintadas, los cartelones, pero tampoco los trípticos distribuidos aquí y allá en calles y plazas, como en la plaza del Rinek, de Cracovia, destinados a la libre expresión, y repletos de «graffiti» de colores abigarrados. «Más música», decía uno de ellos. Como tampoco se esperaba que en la tarde-noche de esa misma plaza, bajo el heraldo que con su trompeta melancólica marca las horas y recuerda de paso las invasiones de los tártaros, al pie de la iglesia de Santa María, en uno de cuyos muros, bajo un reloj de sol donde campea la leyenda «Dios nostri quasi umbra super terram et nullas est mora», entre los puestecillos de flores de anémonas y crisantemos, iluminados como raros fanales de barcas varadas, se escuchara machaconamente la lambada: unos vendedores arrebujados, una mesita, un «radiocasette», unas pilas de cintas, bajo una brillante luz de gas, todo ello envuelto en torbellinos de nieve. Esperaba, ya digo, algo más llamativo. Algo dictado por la firme voluntad de casi todos de salir del atolladero, solo eso y no es poco, de revivir, de romper con un inmediato pasado de totalitarismo impuesto. Pero eso no se veía, o yo  no era capaz de verlo, y no lo escuchaba más que en las conversaciones privadas a propósito de todo y de nada, de literatura, de moda, de jazz, de política, de las dificultades de la vida cotidiana, de un sombrío pasado, mantenidas, con toda clase de cautelas y de reservas, en el Cawiarna Antyezna o en el café modernista Jama Michalikowa (La Michalickz) que recordaba, son sus vidrieras, sus cuadros, sus caricaturas, días mejores, abolidos, sí, pero no de un imposible regreso: y también lo observaba, cierto, en los pequeños, mínimos detalles de la vida cotidiana. Cracovia1Porque olvidaba tal vez lo más importante, los matices, la forma humilde en que se manifestaban las aspiraciones de unos y de otros a una vida más plena y más libre. Y en las colas, ante los mostradores o las puertas de los comercios, podían observarse rostros ensimismados que no expresaban ni esperanza ni optimismo, ni tampoco desmoralización, sino tan solo cautela, paciencia, una suerte de fatalista verlas venir: la expresión de quien las ha visto de todos los colores. Los mismos rostros que se veían al otro lado de las ventanillas de los tranvías rojos y azules que pasaban con el estruendo de sus timbres y dejaban una estela de chispazos en la nieve. Andrzej, con su mirada triste, me hablaba de malos tiempos y de abnegación. Y era algo que saltaba a la vista. No se necesitaban ni muchas palabras ni muchas líneas para relatar y describir un estado general de necesidad, de escasez y también un cierto cansancio, de fatiga que venía de lejos. No hacía falta sino echar una mirada al interior de esos comercios ante los que se formaban las colas para conseguir un solo artículo o para saber de la mercancía de mero adorno. A nadie, por otra parte, parecía importarle lo más mínimo, o al menos no lo manifestaba con alarma, que las mercaderías escasearan, que de pronto lo cual bebida se acabara o que los platos llegaran a la mesa del restaurante del hotel pintorescamente mermados.
Las palabras banales o más convencionales de apoyo, incluso el interés que uno podía mostrar desde la distancia de unas maneras corteses, sonaban a sarcasmo y a la postre tengo mis dudas de que no fusen humillantes. Era preciso decir algo más, algo dictado por el respeto, por ese sentido profundo de la solidaridad que dignifica la hombre y su tarea.

varsovia21No sé por qué unos grandes almacenes me recordaron los pasillos de intercomunicación del metro en una hora punta, de tal forma la gente con sus paquetes iba de un lado a otro presurosa y ajetreada y aparecían devastados los tenderetes, más que los stands, gastados los suelos, y allí seguirán. Un desgaste, un desinterés, una brusquedad incluso, en el trato de unos que contrastaba con la exquisitez de otros, y con el mimo, la paciencia, el extremo cuidado con que un pueblo es capaz de reconstruir una Varsovia devastada las calles de las tiendas color canela de un Bruno Schultz; recuperar obstinadamente el botín del pillaje de unos y de otros; cuidar de las colecciones del Palacio Real de Varsovia, donde el reloj de Cronos se detuvo a las once y cuarto de la mañana de un día de septiembre del año 1939 cuando cayeron las primeras bombas alemanas, o de ese museo de objetos prodigiosos de Cracovia que alberga la colección Czartoryski, donde el viajero encuentra desde La dama del armiño, de Leonardo, hasta una pequeña urna de esmalte de Limoge que encierra las cenizas de El Cid y de Doña Ximena, pasando por toda clase de refinadas rareza. Entre tanto, en la Ópera de Varsovia, el majestuoso teatro Wielki, abarrotado de público, se representaba con una grandiosa coreografía El Maestro y Margarita; el casino del hotel permanecía abierto hasta bien entrada la madrugada, las ruletas giraban sin parar, y en una de ellas un armenio con un cigarro colgando de la comisura de los labios se empeñaba con tozudez en cubrir el tapete de fichas de color rosa; en el cabaret El Gato Negro actuaba un ballet ruso o ante un público de extranjeros que se quería quitar de encima como fuera el aburrimiento de quien está acostumbrado a otras amenidades, y en cualquier lugar aparecían los cambistas, gentes que sacaban de sus bolsas de plástico mercaderías de todas clases para ofrecer al viajero en un galimatías confuso y preciso a la vez, mientras que en el bordillo de la acera de la calle Florianska, impávidos vendedores de relojes y joyas de oro, ofrecían en silencio su mercancía.

Y al margen de todo eso, había otra Polonia, otros polacos, que nada tenían que ver con los trapicheos, el fraude y el afán de acaparar a costa de los más necesitados, sino que estaban empeñados en su trabajo diario, en resistir a los malos tiempos en abrir más puertas, en construir una vida digna y libre, con el mismo tesón con que ellos reconstruyeron una ciudad; empeñados en un profundo principio de esperanza, a pesar de que el invierno y probablemente otras estaciones fuera duro.

*** Artículo publicado en el diario ABC, Tercera, Madrid, 26-II-1990, después de un viaje que hice a Polonia en noviembre de 1989, cuyos entresijos se cuentan en otra parte.

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