Calle Pío Baroja, en Valparaíso (2)

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Guillermo Quiñónez (1899-1982) fue un poeta de Valparaíso, autor de un emocionante poema largo titulado «Balada de la galleta marinera» –Canto que a nadie ha de interesar es éste/ Ahí reside su júbilo– y de otro, «Cuando los veleros anclaban en Valparaíso», de no menor intensidad. Quiñónez fue un poeta de tierra firme con nostalgia incurable del mar que azota la Costanera de la ciudad con la que se había «enredado indisolublemente», que diría Carlos León, El Hombre de Playa Ancha, el contertulio del desaparecido café Riquet, de la plaza Aníbal Pinto. (Obras Completas, Alfaguara, 2004).

La nostalgia del mar-océano y sus horizontes
le había mordido el alma como a los perros de los veleros,
que bajaban a tierra con las tripulaciones
y se quedaban dormidos debajo de los catres de los lenocinios,
arrullados por la música febril de los somieres,
y después, morían en los malecones,
ladrándole a las velas,
cargadas de vientos de todos los barcos.

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En uno de los artículos que Quiñónez escribió sobre su ciudad hecha manía, di con una pista para encontrar una calle de Valparaíso que se me escapaba, la calle Pío Baroja, que él describió como un lugar de desmontes donde había instalado su carpa uno de esos circos humildes que ponen algo de alegría en los cerros altos del descalabro y la pobreza; un escenario donde el poeta encontró a unos marineros en camiseta de lana azul, tomando el sol y fumando sus pipas: «Un organillero -escribe- tocaba un vals, que escuchaba una mujer desgreñada y gorda que lavaba un niño, al que esperaban otros niños para jugar a los bandidos. Ambiente y personajes del autor de Zalacain el aventurero, del áspero Pío Baroja (…) Después de nuestro descubrimiento nos fuimos a una taberna cercana, con clientela de hombres de mar, a descorchar unas botellas de vino. Estábamos todos jubilosos. Hablamos de don Eugenio Aviraneta, de Laura, del Empecinado, de Paradox, de Silverio Lanza, en el olvido, aun allá».

Juan Uribe-Echevarría, el vasco-chileno más barojiano, el que dijo que «A falta de mayores ocupaciones me aboné a Baroja», y autor de una estupenda novela porteña titulada Sabadomingo (1973), era aquel día de la partida. La taberna (¿Los Chicos Malos?) estaría bajando hacía el barrio Puerto, por donde estuvo el cabaret de Los Siete Espejos que fotografió Sergio Larraín, al cabo de una de esas calles que son torrenteras del invierno, por las que merodean perros vagabundos, los quiltros, y suben o bajan gentes derrengadas o felices, decidoras, como aparecen en algunas escenas de la película Valparaíso mi amor (1969), del doctor Aldo Francia. El presente es otra cosa: más duro, sin marinos, sin circo, con calaminas roñosas que tabletean con el viento del otoño, con casas cerradas y deshabitadas. Allí todo invita a seguir viaje.

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