Calle Pío Baroja, en Valparaíso (1)

VIAJE 1 401Al fin, después de varios viajes y de no pocas vueltas, di con la calle Pío Baroja, en un cerro de Valparaíso. Está donde la habían dejado los últimos cronistas que escribieron sobre ella, o poco menos, en el límite entre los muy populares cerros Cordillera y Chaparro, cerros malfamados, porque en ellos habita (que le dicen) la pobreza y la delincuencia, dice, se hacen lenguas, o tal vez a causa de la obsesiva conversación sobre la inseguridad ciudadana que se convierte en una de las mejores armas del autoritarismo y que tiene a esos y otros cerros como escenario favorito. Nada como tener a la población atemorizada con lo que de hecho pasa y sobre todo con lo que puede pasarle para poder meterle ley y orden a cucharadas soperas en el menú del día.

La pobreza, cuando está a la vista resulta sospechosa, la vemos como una amenaza a nuestra seguridad, a nuestro modo de vida y probablemente lo sea. Por eso no frecuentamos los lugares donde anida. Por eso los mantenemos apartados, los borramos del mapa, salvo que nos sirvan para hacer uso de ellos en nuestro beneficio. Y en esa calle de Valparaíso, y también en otras calles, por llamarlas de alguna manera, de los mismos y otros cerros, la pobreza salta a la vista, agresiva, inquietante. Además de nuestro mundo, hay otros, muchos, demasiados. Conviene pasar de largo.

Pablo Neruda se escondió en esos cerros de la persecución de la que fue objeto por parte de un dictador de feo rostro, González Videla, –amigo de Baroja, o eso decían, en su exilio parisino- que le declaró comunista y Enemigo de la Patria, habló de los habitantes de esos cerros, de los racimos de puertas pobres, de esas casas desvencijadas, habitadas por «dinastías de marítimos y portuarios, que se eternizan entre los cerros y el Puerto». Los oficios de la bahía se heredan: estibadores del cuarto y el medio pollo, mecánicos, ferreteros y shipchandlers, gruistas, lancheros, pescadores, camioneros… Otro tiempo, sin la amenaza del paro y las demoledoras reubicaciones neoliberales, los regalitos globalizadores que paralizan en seco vidas.

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La calle Pío Baroja es una calle humilde y descalabrada, sinuosa. No hay en ella una plaza donde tiende su carpa un circo en derrota, sino que por un lado está flanqueada por una escuela en cuyos muros aparece, blanco sobre negro, el nombre del escritor, y por otro, por casas bajas de techos y paredes de calamina verde limón, azul Prusia o desvaído, granate intenso. Viejas puertas y viejas aldabas. Algún derribo. En los bordes de la calle basuras, muebles desvencijados, escombros. A la espalda de la escuela hay una iglesia medio ruinosa y un enorme conventillo ahora restaurado y grafiteado en plan elegante por los grafiteros porteños que ponen su alegría, su arte cierto y su lirismo intenso de palabras, colores y formas en los muros descalabrados y ruinoso de la ciudad. Hace unos años, el ruinoso e insondable conventillo, estaba habitado por delincuentes y travestís que salían nocturnos, como los vampiros. Eran una parte de esa leyenda urbana del viejo puerto que se renueva sin cesar fantasía sobre verdad.

De la calle Pío Baroja salen un par de calles que los días de lluvia se transforman en torrenteras, en cuyo fondo aparecen las grúas del puerto y los barcos que estén al atraque. Hasta allí llegan los bramidos de las sirenas y al día siguiente de las grandes borrascas, el olor del yodo marino. Le hubiese gustado al autor de La estrella del capitán Chimista.

Un vecino que andaba al ojeo, cuando me vio tomando una fotografía del viejo cartel de la calle, además de decirme que tuviera cuidado porque me iban a robar la cámara –un guardacoches, unas calles más abajo, después de preguntarme: «¡Aonde va, gringo!?», me hizo un expresivo gesto de cortar el pescuezo–, me instruyó de inmediato sobre el nombre de la calle que, según él, era de «un importante papa de Roma, muy antiguo», por lo de Pío, explicó. Se mosqueó el hombre cuando me eché a reír. Y no le gustó nada que le dijera que era el nombre de un importante escritor. Importante o no, un escritor no es lo mismo que un papa ni de lejos, como todo el mundo sabe. Y mientras vivir en la calle de un papa tiene su prestigio, vivir en la de un escritor que vaya usted a saber qué habrá escrito, no tiene ninguno, sobre todo para quien no lee. Siento haberle dado el día. Supongo que en cuanto me di la vuelta, el papa regresó a los altares de aquel mitómano de barrio y ahí seguirá. De la misma manera que hace cincuenta años, la calle no era Pío Baroja, sino Pido barajo, una expresión del habla canalla porteña propicia a la bronca (según el folklorista Juan Uribe-Echeverría).

Esas calles vertiginosas van a parar a la plaza Echaurren, la plaza que fue de la marinería en tierra y hoy es de los mendigos y de los platos de sopa que reparten los que anuncian el fin del mundo y otras amenidades. El barrio chino porteño del que apenas queda nada, como no sea el Bar Liberty, un antro centenario, donde los borrachones medio méndigos o méndigos completos, beben y arman bulla debajo de un insólito cuadro, no malo, de tres jugadores de golf vestidos impecablemente de tales, auténticos gentlemens, y bajo una constelación de miles de gorras marineras y cuatro o cinco loros verdes y pulgosos que arman una gori de espanto en la penumbra. Ambiente. Espeso.

Esa calle, ese barrio que nunca vio, aunque lo describiera con exactitud, le hubiese gustado a aquel Baroja que soñó, como pocos lo han hecho en lengua castellana, con una vida de aventuras, propia y ajena, o ajena hecha propia; con largas travesías, con vidas intensas de marinos que hacían la carrera de Ultramar, con espejismos americanos y supo escribir esa amarga e intensa poesía de la vida en el mar para seguir cien años después conmoviendo a sus lectores.

*** Artículo publicado a origen en el Diario de Noticias, de Navarra, en la sección “Y tiro porque me toca”, el 20-VII-2008.

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