Recordatorio de desamparos

naufragio-shipwrec-vernetLOS llamados mares del Sud y aquellos otros surcados por las famosas Carreras de Ultramar, ya fueran portuguesas o españolas, inglesas u holandesas, son pródigos en naufragios cuyas relaciones rozaban unas veces lo radicalmente espantoso y otras la pura y simple maravilla, al margen de la crónica no siempre épica ni del todo precisa de los esfuerzos de la supervivencia heroica y ejemplar basada en la astucia, el sacrificio, la fuerza, la destreza, al entereza. Con todo, el milagro y lo sobrenatural nunca andaban demasiado lejos de la puesta en escena de aquellos padecimientos de los que se tiene noticia y no son leyenda pura o como mucho un mero nombre en el sobrecogedor muro de los desaparecidos en el mar y al día de hoy un escueto edicto judicial en el que se advierte la vida de todos los días que quiere imponer su orden en lo que fue desbaratado.

De los otros, de los barcos perdidos, desaparecidos, tragados por el mar sin dejar rastro o sin dejar otro rastro que un nombre en un registro, pillados también por quienes por puro azar los encontraban, incendiados luego, hundidos, hechos desaparecer por los buscadores de pecios, de esos sólo quedan los nombres, y eso con suerte, en un registro. Escribir de aquellas derivas que habían acabado mal era cosa de los supervivientes o de los eruditos de las siempre fantásticas (para quien se queda en tierra) cosas del mar o de los propios armadores que llegaban a retratarse con el barco hundiéndose a su espalda, a título de ejemplar recordatorio de oscura advocación.

Pocas capillas o santuarios marineros escapan a tener algún exvoto en agradecimiento por el salvamento debido siempre a la intervención divina, porque ahí, en ese desastre último, hasta la misma suerte queda excluida. Los golpes de suerte son demoledores. No digamos la intervención de la propia destreza, entereza, fuerza vital, porque esas quedan relegadas a un muy segundo plano. El hombre es por completo secundario cuando parece ser el indiscutible protagonista, aunque luego escriba, precisamente por eso, su propio elogio y su acción de gracias por el azaroso y milagroso rescate. La rara conciencia de que por si solo no habría logrado sobrevivir se impone. No creer ni en la propia fuerza, saber que de la manera más inopinada se puede quedar a merced de fuerzas que nos sobrepasan, está entre las líneas poco o nada literarias del relato de los naufragios.

En el imaginario de otros siglos el mar y las fuerzas de la naturaleza desatadas son instrumentos de la cólera divina, una forma de purgar pecados y culpas, apunta Isabel Soler en el prólogo a la Historia Tragico-Maritima de Bernardo Gomes de Brito donde este agavilló una serie de relaciones de naufragios que, como todos los de su género, tienen la fuerza de las cosas vividas, de las páginas por alguna razón necesarias: para aviso de navegantes, y de viajeros.

Hay toda una mitología de los naufragios, una mitología literaria y una mitología histórica y en el ámbito de las antigüedades de marina, hasta un coleccionismo de objetos con ellos relacionados: el encanto, más que dudoso, de los pecios, de las reliquias que tienen a su alrededor el fantasma del desastre, de lo decididamente espantoso.

Se me da que incluso las pinturas del naufragios más primitivas tienen un cierto parecido con las de los exvotos que representan a las almas del purgatorio. El mar de llamas se sustituye por el mar tenebroso y mortífero. La salvación y su causa son muy parecidas. Y es que salvarse de los naufragios daba lugar a pinturas votivas de distinta ambición y mérito, pero siempre muy expresivas de los peligros que acechaban a los marinos profesionales y a quienes emprendieran viaje en busca de mejor fortuna. A veces pintaban el barril en el que se habían salvado y lo llevan a cuestas de un lado a otro como quien lleva un nunca demasiado pesado amuleto.

A Pío Baroja que de niño conoció a algún que otro negrero vasco, le entusiasmaba un exvoto que tenían en su casa de Itzea y que representaba el naufragio y salvamento de La bella vascongada que había sido de uno de sus parientes. Pero eso era del siglo del romanticismo del mar. El mar que ha navegado Isabel Soler de la mano de las narraciones de Gomes de Brito, es el mar de las conquistas, los negocios, un mar mal conocido, peor surcado.

Al margen de cuadros, como el famoso de Gericault, los naufragios fueron un motivo pictórico para las tablas populares de los exvotos marineros que se encuentran un poco por todas partes, tanto en el Mediterráneo, como en el Atlántico, en Bretaña y en Galicia, los más conocidos, pero también en el ámbito portugués al que pertenece la Historia Tragico-Maritima de Bernardo Gomes de Brito. Y siempre muy expresivos de lo sucedido.

La mitología nórdica incluso habilitó un reino especial que acogiera a los buques náufragos y lo llamó Magonia. Allí iban a parar los barcos que desaparecían en el mar y vagaban luego de un lado para otro tripulados por fantasmas.

ACA0090Los naufragios han nutrido algunas fantasías literarias de altos vuelos, como es el Robinson Crusoe de Daniel Defoe, a quien le pierde, claro está, su mala cabeza, su presente es la causa de la rebelión de su pasado, o como la que le dan pie a Edgar Allan Poe para sostener sus fantásticas Aventuras de Arthur Gordon Pym donde la errancia está abocada a la destrucción sin regreso posible (salvo el enigma de que alguien pudo contarlo).

Las verídicas historias de los abandonados en el mar, de quienes lo han perdido todo y han salvado la vida, y en algunos casos, el de los robinsones, que se ven abocados a organizar una vida nueva, a medirse consigo mismos, tienen un encanto irresistible. Hay que pasar, con todo, la prueba del naufragio, correr el riesgo azaroso de la desaparición, para poder escribir esas epopeyas de la supervivencia y de la vida nueva. En esta historia, los mitos y las fantasías que tienen al propio destino como genuina materia encajan unos dentro de otros como cajas chinas.

Hay un patetismo especial y hasta una picaresca en los naufragios. <<En la protestasion algunas mentiras ya teimos puesto en interés general de interesados>>, le escribe en la época dorada de los grandes veleros un capitán de barco, abandonado en <<Llebrepull>> después de su naufragio, a su armador bilbaíno. Pero esta de Gomes de Brito estudiada por Isabel Soler es otra época, anterior, no teñida por el romanticismo y sus derivados. Ahí no hay versos ni versitos que valgan, hay contabilidad (al céntimo si se puede), hay misterio, marinería, ambición. Se están levantando las cartas de marear y escribiendo con todo lujo de detalles las relaciones sobre las que se batirán otras expediciones. Es la época, o poco menos, del Guidon de la Mer, anterior a la Lloyds y a sus madejas legales, anterior a la Lutin bell, la campana de la Lloyds londinense que tocaba cuando se tenía noticia de un naufragio, esto es de algo que hacia subir o bajar el precio de las mercaderías. Es la época de las grandes y verdaderas aventuras épicas.

Pero la relación de hechos vividos tiene otra prosa, hay otra forma de contar las cosas, más cruda, más fría, más tramposa a su modo. Ahí, como advierte con perspicacia Isabel Soler, todo el mundo tiene algo que ocultar. La barbarie última, la furia de la supervivencia, donde sólo cabe salvar la propia vida, a costa de lo que sea, literalmente de lo que sea. Poco importa el crimen, la antropofagia, el robo, sólo cuenta el salvarse. Sobre esas trastiendas, las crónicas, e incluso las páginas literarias, corren un telón de piedad y de vergüenza. La extrema crudeza hay que suponerla, sospecharla, ponerse en situación, temblar en base a lo leído. El hombre puesto a prueba es un lobo. Conviene que se sepa lo menos posible o con el menor detalle posible. De ahí que la mayoría de los relatos sean tan convencionales.

Bernardo Gomes Pinto (los cronistas por él agavillados) nos habla de una época de monstruos marinos y otras enormidades que llenaban las crónicas de lo extraordinario y nutrían la imaginación de dibujantes y grabadores, en la que los navegantes se enfrentaban sin remedio a lo inesperado, pero que a la vez eran extremadamente realistas con lo que les sucedía. Los viajeros iban hacia lo desconocido o casi, empujados por la furia de la riqueza, la codicia, y las fantasías que corrían las gacetas y los mentideros. Casi todo era incierto, poco comprobable, incitador, seductor.

Con todo, las calamidades disuadían a los hombres de partir, les hacían temerosos de Dios y de sus fulminantes castigos, les dejaban afincarse en donde estaban cuando no tenían que redimir con dinero el querer marcharse de donde eran necesarios. Nada como hablarles a los feligreses, desde el púlpito o desde sus aledaños, de monstruos, hambrunas y peligros sin cuento que concluían indefectiblemente con la muerte en medio de crueles padecimientos, preludio todos del infierno. Los naufragios fueron hasta un recurrente motivo de sermones aldeanos. El hombre abandonado a si mismo, a merced del cataclismo, dependiente no de su fuerza, sino sólo y exclusivamente de la misericordia divina, de la famosa providencia, es una figura de la que sacar mística tajada. Es necesario partir, lejos, para sostener la vida del reino y de los negociantes, pero el caso es que para algunos clérigos el viaje era nada menos que pecado de soberbia. Ahí es nada.

El viaje no tenía buena prensa. El viajero, a quien no se dudaba en comparar con Caín, era alguien que rompía con la comunidad, que tenía unos motivos para partir que los demás no tenían o tenían el buen sentido de ocultar. De hecho viajar era una forma de hurtar la soga, las galeras o los pontones: partir lejos, conquistar tierras para la muy católica majestad de turno y para los pingües negocios de sus socios o para uno mismo. Basta asomarse a un diario como el de Samuel Pepys para ver con qué interés se seguía en el Londres de su época las noticias que llegaban de los buques que hacían la particular carrera de ultramar inglesa. Los accidentes representaban dinero perdido o dejado de ganar. Los barcos eran negocios andantes, grandes negocios. Alrededor de los armadores pululaba una fauna espesa de aventureros, caballeros de industria y de fortuna, gente con pocos escrúpulos y a veces con muchos conocimientos marineros. Y el que estaba en el negocio del mar, pero no podía armar una expedición mercantil, conseguía una carta de marca o patente de corso y se dedicaba al pillaje. De todos ellos se fue nutriendo una espesa literatura del mar mucho menos frecuentada al día de hoy de lo que parece. No toda la literatura del mar es Conrad o Melville y el siglo XVI y sobre todo el XVII es pródigo en relaciones del mar y sus naufragios que nos son prácticamente desconocidas..

Naufragios provocados más que por la aparición súbita de monstruos, por la impericia, la meteorología adversa, la piratería o los motines que estallaban en los barcos de largas travesías fruto de las muy duras condiciones de vida y hacinamiento (condiciones de vida perfectamente descritas en el texto de Isabel Soler), de las que se puede encontrar una larga bibliografía, al menos en lengua inglesa (bastante menos en lengua castellana y eso que los españoles tienen una prolija nómina de desastres marítimos por lo que se refiere a los mares americanos y de China, <<nuestras posesiones de Asia>>).

Los mares náufragos de Isabel Soler es un prólogo espléndido por varios motivos. Está escrito con viveza literaria, sin pesadez académica, sugiriendo una lectura precisa de la obra de Gomes de Brito, pero también abriendo puertas de interpretación a esas crónicas que nos son tan desconocidas y a esa arrumbada literatura que tiene a los naufragios y a los viajes en busca de más poder y de fortuna como principal asunto. Es algo más que un prólogo convencional a la edición de una obra clásica y olvidada. En esas páginas late la pasión por desentrañar las bambalinas, las trastiendas de aquellos viajes que acabaron empujados por el viento oscuro del desastre, por saber cuál era la mentalidad de quienes tejían la madeja de los viajes y su relato.

La literatura del mar, mucho más olvidada y desconocida de lo que parece, insisto, tiene un léxico tan extraño y variado, como de una extrema precisión. No da igual una cosa que otra, salvo para los malos poetas que cogen el asunto del mar como quien coge un puro. Isabel Soler sabe de lo que habla y lo hace con sentido. Y eso para el lector interesado en esos descalabros, en esas desdichas últimas, es muy de agradecer. Prefiere la precisión y la exactitud a la bambolla de la mala literatura que sobre el dechado de la desdicha ajena teje el manso tapetito de ganchillo de la sentimentalidad agónica. Ella trabaja con un material que tiene al naufrago como protagonista del << modo más trágico de enfrentarse a la vida>>.

*** Prólogo para Los mares naúfragos, de Isabel Soler, publicado en Acantilado, en 2004.  Si llego a saber cómo me iban a tratar, jamás lo hubiese escrito. Lo escribí en Sutegia, de Lekaroz, en agosto de 2002.

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