Al hilo de los días

 

Pla-en-Llofriu Notas para Silvia (1973) y Notas del crepúsculo (1976) son los volúmenes 26 y 35 de la obra completa de Josep Pla (y un festín literario). Con ellos queda cerrada, al menos de momento, la edición en castellano de sus dietarios de Josep Pla, aunque en puridad no lo sean o sólo lo sean a ratos. <<El libro se ha acabado>>, escribe con laconismo Pla al final de sus notas crepusculares; pero hay todavía unas páginas de diarios, los de los años 1965-1968 que leídos con atención, y sin las anteojeras del prejuicio, arrojan no poca luz sobre la personalidad, sobre las sombras sobre todo, de Josep Pla –un personaje mucho menos festivo y chocarrero de lo que parecía-. Unas páginas que en mi opinión son sus más genuinos diarios, mucho más expresivos de lo que se viene diciendo, menos literarios, pero de un descarnado que resulta asombroso.

Estos de ahora son diarios y son dietarios y son lo que el lector quiera encontrar en ellos porque tienen mucho de fenomenal cajón de sastre. En Notas del crepúsculo (1976) encontramos anotaciones estrictamente cronológicas junto a evocaciones de hechos pasados, revisitaciones, remembranzas varias de personajes, de paisajes, de viajes, de costumbres, cosas vistas, lecturas, política (gloriosas anotaciones sobre la turbiedad del preposfranquismo)… una necesidad compulsiva de llevarlo todo a los papeles, sin orden ni concierto, o sin otro orden y concierto que el del capricho del momento, esa ineludible arbitrariedad de la escritura diaristica. A qué entraba o dejaba de entrar en un diario contestaba en una memorable página de Notas dispersas. Aquí, en estas apretadas páginas, reunidas con la intención de que tuvieran “una modesta y vaga amenidad”, está, digamos, la puesta en práctica de lo que allí se decía. Qué entra en un dietario: todo, o casi todo, desde recetas de cocina hasta una especulación sobre los desagues de Barcelona y la polución de la costa hacia Mataró, pasando por las inevitables digresiones meterológicas propias de quien mira al cielo con tanto interés de acuarelista como preocupación de payés.

En Notas para Silvia se recoge un texto espléndido donde los haya para comprender mejor el mundo privado de Josep Pla, la mentalidad de aquel payés que sólo lo fue, como casi todo, a medias: <<Un infarto de miocardio>>. Un Pla que al pairo del infarto que padece en el mes de agosto de 1972 se dedica a poner orden en su vida (casi más en sus papeles). Ahí aparecen los últimos fantasmas: los de la vejez, la soledad, el insomnio, lo que se es y lo que no se es, la necesidad de echar cuentas y de ver que estas no cuadran por que nuestra vida ha sido una imparable chocarrería y casi no nos queda otra cosa en pie que la poca gana que tenemos de dar gato por liebre.

El Pla de estas páginas memorialísticas es el grafómano, pero es el hombre que contra lo que suele sostenerse con fundamento tirando a nulo, habla de si mismo porque se pone expresamente en escena, que traza una y otra vez su autorretrato, nos habla de lo es y lo que no es, de lo que es su vida cotidiana (habla de lo que le viene en gana, claro) y algunos temas son por completo recurrentes y trazan un cumplido retrato: la soledad, la casa, la salud, la vejez, la curiosidad hacia las cosas, los defectos, la necesidad de la escritura, el tiempo que hace o deja de hacer (climatología del alma siempre). La metereología tiene aquí su importancia. Parafraseando a Chesterton diremos que el tiempo del Ampurdán posó para Pla. Es tal vez uno de sus rasgos más inimitables, el secreto de su arte de escritor, hacer literatura con aparentes nimiedades, con el resultado de la observación minuciosa del mundo entorno. El parafresaba a Leopardi y decía que escribir del otoño es algo que parece sencillo: <<Que lo intenten y verán>>.

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A LOS CUATRO VIENTOS

UN pequeño propietario rural que se asoma a la ventana de su casa, una casa abierta a los cuatro vientos, y mira las cosas con detenimiento, con curiosidad inagotable, –de ahí su crepuscular defensa de la curiosidad-, que hasta el final de su vida será un lector empedernido, que pensaba que el fuego en el hogar era casi el mejor entretenimiento, que evitaba hacer y decir collonades y sobre todo andar de fachenda, que sabía mirar al cielo y escuchaba con atención a sus convecinos y que hablando de lo que tenía delante de las narices y casi nada más que de eso, evitó por todos los medios el localismo. Un pequeño propietario rural que era un solitario a quien la conversación y el trato le podían, que fue consciente de sus debilidades, y viv ió acometido de una imperiosa necesidad de comprender las cosas, las gentes, la vida, sus secretos a voces, y de llevarlo a los papeles.

*** Artículo publicado en el Cultural de ABC, Madrid, 9.2.2002

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