Con mi mano amiga

647_5EN Blaise Cendrars hay algo irremediablemente atractivo. Como poeta es magnífico y como cronista de viajes, reales o imaginarios, no tiene precio. Mitad eremita, mitad vagamundos, Cendrars fue un barloventeador (Bourlinguer) nato. Eso sí, su íntimo amigo y biógrafo T’Serstevens dijo de él que, como le pasaba al barón de Munchausen, había visitado países que no le habían visto jamás. Pero eso es lo de menos. Lo importante en Cendrars es el verbo aventurero, su genio para ponerse en la escena de la aventura. Ese era el personaje que, en sus días de exilio parisino, encandilaba al muy apocado Pío Baroja: aquel hombre que era amigo de poetas, de gente dudosa y turbia, de aventureros, de pintores, que mataba ratas a tiros de pistola y vivía bajo la sombra protectora de marquesas o de millonarias le resultaba irresistiblemente atractivo. Sin contar con que había dormido en la celebre <<habitación azul>>, la del fantasma del hugonote, del palacio de la marquesa de Narros en Zarauz. Cendrars tenía cosas para contar y no parar de su vida aventurera en Rusia, en USA, Brasil, Argentina, Bolivia, África, Alemania, España, Inglaterra…

Y es en la casa de una de esas millonarias legendarias, la Mimoseraie de Biarritz, propiedad de la chilena de origen boliviano Eugenia Huici de Errazuriz, donde Cendrars fecha, en 1925, el prólogo a este relato inolvidable. Una novela escrita después de la primera guerra mundial en la que el poeta suizo Frederic Sauser-Hall, habitual de los cafés de Montparnasse y de los talleres cubistas, combatió en las filas de la legión extranjera francesa y en la que perdió un brazo para convertirse en Blaise Cendrars, el cronista de la vida intrépida.

Cendrars traza en esta novela el relato alucinante, y a ratos truculento, desmedido siempre, de la trepidante vida de ese personaje sórdido y criminal, revolucionario nihilista, que es el príncipe húngaro Moravagine que con ayuda de su médico de cabecera y cronista se escapa del manicomio en el que está recluido. Una vida de errancia y violencia sin límites que lleva al narrador a recorrer una fantasmal geografía que va desde los paisajes de la Europa convulsa anterior a la revolución rusa , hasta las humedades amazónicas de los indios azules, pasando por las minas de oro de la frontera mexicana. Cendrars montó una hábil y seductora superchería literaria, muy de la época, muy de pintura y trazo futurista, y cubista si nos ponemos a ello, con mucho canto a la locomotora y a la máquina (y a la revolución) que hoy resulta cuando menos ingenuo, pero que a cambio tiene un preciso valor documental sobre el mundo surgido de la primera guerra mundial, el de los maquillados años veinte, el del jazz, el del desconcierto.

Moravagine es, con la muy delirante Llévame al fin del mundo, la novela más lograda de Cendrars, la que más éxito de crítica y lectores tuvo, la que en apariencia menos tiene de crónica personal o de habitual ficción autobiográfica (su especialidad indiscutible), a pesar de que el libro sea un episodio más de la vida errante del propio Cendrars, convertido, por arte de superchería literaria, en albacea testamentario de ese médico atrabiliario que Moravagine arrastró a un callejón sin otra salida que esas muertes que se dicen <<de mala manera>>.

*** Artículo publicado en el Cultural de ABC, Madrid, 18.12.2004

moravagineItem más: mi primera edición, en el sentido que, en Le temps retrouvée, le da Proust a estas, es la de Livre de Poche, leída en el verano de 1971, en un campamento militar. Una edición, ya muy maltrecha,  que todavía me acompaña, y que conserva el inconfundible olor de aquellas ediciones.  Creo que llegué a sus páginas através de Henry Miller, que le tuvo devoción. No he dejado de frecuentarlas. Es para mí uno de esos mitos que conforman nuestro mapa literario. Libros irrenunciables.

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