“Una educación incompleta”, de Evelyn Waugh.

 

4d98c082b878f8dbd82cf3bbd967518b Evelyn Waugh comenzó a escribir Una educación incompleta en las proximidades de la sesentena, cuando ya había pasado lo que él llamó con mucha exactitud <<la edad de la irritación>>; esa que, siempre según sus palabras, iba de los 45 a los 55 años. Para entonces, Waugh empezaba a no ser ni la sombra de lo que había sido. Los éxitos sociales y literarios se iban alejando en el tiempo, y a Waugh el aburrimiento y la misantropía le empujaban a las últimas excentricidades, a los últimos viajes, y a la par, a tentar textos literarios con cuyos ingresos poder subvenir a su tren de vida, siempre más alto que el que en realidad podía pagar con holgura: una constante que había empezado cuarenta años atrás, en Oxford. Waugh fue un incurable manirroto, un caprichoso que regresaba de sus viajes con cargamentos dignos de una barraca de feria y que no podía prescindir de decorados a la altura de sus sueños de grandeza.

Una educación incompleta se publicó en 1964, aunque algunos fragmentos, como ese en el que hace un afectuoso retrato de su padre, hubieran visto la luz en 1962, en el Sunday Telegraph, como texto autónomo.

arton22-662b9Es posible que Waugh hubiese pensado en continuar esta pesquisa autobiográfica y memorialística, como lo habían hecho o estaban haciendo, casi todos sus amigos y condiscípulos; pero por mucho que, en lugar de embarcarse en una farragosa explicación sobre la teoría y la práctica de la autobiografía, dijera <<Sólo cuando ha perdido ya toda curiosidad acerca del futuro, alcanza uno la edad idónea para escribir una autobiografía>>, la continuación se quedó en proyecto. Escribió una sola página titulada <<Un poco de esperanza>>. Y eso que había pedido permiso a sus amigos para contar historias de las llamadas <<personales>>.

La autobiografía no es un empeño fácil. Las sucesivas destrucciones de sus diarios dan cuenta de ello. Es común acometer con entusiasmo la empresa y a medida que los pasajes se hacen escabrosos por la fuerza más de lo vivido que de su propia expresión y pueden ser o resultar dañinos, y la propia imagen quedar dañada, se recurre a los alcorces, a las elusiones, a las cosas vistas más que a la verdadera puesta en el tablero de la propia vida con los menos afeites posibles (como él mismo hizo con sus diarios, que terminaron por ser francamente descarnados).

Evelyn Waugh fue todo menos un personaje átono o monocorde. Ya fuera en una voluntaria y continua escenificación, que no tenía más objeto que llamar la atención y afirmarse, o de manera involuntaria, entre las líneas autobiográficas de sus novelas, sus diarios (poco o nada edulcorados por rachas) o sus libros de viajes, se reveló como un personaje muy complejo y contradictorio, no siempre previsible, que, encima, no ocultó los rasgos más conflictivos de su personalidad, aunque estos fueran a menudo patológicos.

Por eso resulta Waugh tan atractivo. Y por eso ha atraído a diversos biógrafos que han emprendido esa expedición literaria con más o menos fortuna. Su vida tiene rasgos convencionalmente novelescos, aunque en 1962 le escribiera a Nancy Mitford: <<¡Qué vida tan deslucida he tenido!>>. Más retórica expresión de su incurable insatisfacción que otra cosa. Pesan mucho más sus muchas tendencias contradictorias que, por ejemplo, hacían que el esteta que en el fondo era se complaciera en comportarse como un patán. Es justamente lo mucho que ocultaba la máscara hecha a medida lo que da fuerza y hondura al relato de su vida.

originalEvelyn Waugh, a poco que se le siga en sus diarios, correspondencias varias (notable la que mantuvo con Nancy Mitford), biografías y noticias sesgadas, aparece como un personaje debatiéndose en una contradicción permanente; sobre todo en la parte que no toca a sus ideas políticas conservadoras y a sus convicciones religiosas, más proselitistas de lo que él dijo, y fuente de incontables riñas y desavenencias con amigos y conocidos.

Así el bufón disputa la escena al eremita de vocación, más incluso que verdadero misántropo, necesitado del bullebulle social, pero no de cualquiera, sino del de la alta sociedad: una interminable nómina de relaciones mundanas con las que terminaría tarde o temprano querellándose. El histrión que utilizaba una trompetilla de sordos para hablar y se la quitaba para escuchar, esconde al tímido, al triste, y este al colérico, al caprichoso, al agresivo bebedor y ruidoso y permanente descontento, querella va, querella viene, que se hizo un impertinente profesional no solo como forma de expresar una elegancia de maneras y suplir su sentimiento de inferioridad, sino de encontrar una vía al margen del pensamiento bovino (peligroso asunto este), seguida con singular coraje y poco sentidos de las conveniencias. El glotón e infatigable conversador podía ser la antítesis del erudito que se quedó a medio camino, consciente de que, según él, no hizo gran cosa de valor, insatisfecho consigo mismo de manera incurable, incómodo y a disgusto en una época sobre la que, desde su conservadurismo (y aparatosas posturas reaccionarias también), echó miradas lúcidas, sarcásticas, melancólicas: sabía que el mundo que había conocido, y sobre todo el que no había llegado a conocer, estaba esfumado para siempre, y que él, de una manera oscura, había llegado tarde, y se encontraba desplazado. Su tiempo era irremediable. Eso es lo que late, y de qué modo, en su novelística: de la muy conocida y apreciada Retorno a Brideshead a la trilogía Sword of Honour (1964-65), cuyo tema de fondo vendría a ser la desilusión del héroe, un tema muy propio del Waugh enmascarado y vulnerable.

Lástima que, en la primera de las novelas citadas, su trasfondo de novela <<católica>>, que en Estados Unidos produjo un cierto rechazo, se obvie, pasándose enseguida al melancólico y <<novelesco>> regreso a los dominios de la familia Marchmain/Lygon, lo que es un error que empequeñece su lectura. Waugh no entendía ese rechazo y argüía que las cuestiones religiosas formaban parte de la vida de la gente.

Y por lo que se refiere a su cosmopolitismo, hecho atractivo por la fuerza de las modas literarias, Waugh no es que fuera un gran viajero, sino que padeció ataques de sed viajera. Lo suyo fue una periódica y perentoria necesidad de poner tierra de por medio: para conseguir dinero, sí, pero también a causa del espanto que le producía la imagen que le devolvían los espejos, y poder aplacar así su descontento. Como viajero tuvo poco de verdadero aventurero y mucho de aquellos viajeros que exorcizó Somerset Maugham (a quien Waugh despreciaba y trataba de vieja loca) en The Gentleman in the parlour, que llevaban los prejuicios de casta y clase, los hábitos domésticos incluso, con ellos: Antillas, Guyana y Amazonía, Etiopía, Italia, Grecia, Yugoslavia y Creta (por la fuerza de la guerra mundial en la que participó como inaguantable oficial), Egipto, Marruecos –Un puñado de polvo fue escrita, en parte, en Fez-, Kenia, Zanzíbar… En sus viajes, Waugh repartió su tiempo entre la casa del embajador de turno, o una gran casa donde hubiera buena conversación, y los barrios calientes, por llamarlos de alguna manera, de los que alguna vez salió a la carrera: las iglesias y los burdeles fueron dos hitos obligados de los viajes de aquel aplicado biógrafo de santos. Eso sí, rehusaría escribir lo que él llamó <<literatura turística>>. Para él no se viajaba con objeto de dar con temas sobre los que escribir (eso dice en Noventa y dos días), aunque él encontrara motivos sobrados para alimentar sus propios prejuicios racistas (no exentos de cierta lucidez anticipativa estos), sino para experimentar, en los confines de la civilización en conflicto, impresiones vivas que exigieran cobrar forma literaria.

¿Qué hay de todo esto en Una educación incompleta? Pues a pesar de que el periodo a que se refiere se circunscriba a su infancia familiar y adolescencia de estudiante mohíno en Larning y joven desconcertado y turbulento en Oxford, en estas páginas autobiográficas, escritas con una mezcla de aplastante seguridad y de elegante pudor, hay elementos suficientes como para, por una razón u otra, reconocer al autor de Decadencia y caída o de Retorno a Brideshead, y mucho al de The Ordeal of Gilbert Pinfold (1957), en cuyas tribulaciones no es difícil encontrar una buena parte de las del misántropo y poliédrico Waugh, el aficionado a la sátira y devoto de Woodehouse, que sufrió de manía persecutoria. Pues aunque Waugh diga que una biografía ofrece un exiguo margen de ironía, la suya no está exenta de retranca, por mucho que el recorrido –antecedentes familiares, hogares, parientes, colegios primarios, secundarios y universitarios- se aparte muy poco del guión oficial y resulte bastante convencional, salvo por lo que se refiere a las emociones infantiles y las relaciones familiares. Para alguien tan dado al ajuste de cuentas y a la displicencia brutal, a esa mezcla tan suya de realismo y de farsa, sorprende la benevolencia con la que trata a la mayoría de los figurantes.

Hay en estas páginas lo suficiente para encontrar el germen de su incurable esnobismo y de su arribismo, su sentimiento de desplazamiento y desclasamiento, su incomodidad consigo mismo y con el medio, su necesidad de ser acogido y a la vez de tomar y transitar caminos de verdad propios, poniendo en escena un personaje altivo, engreído, sostenido por un ingenio demoledor, que conoció muchos altibajos, tanto sociales como en su reputación. Waugh fue un esnob enfermizo que frecuentó todo lo que pudo a la gente de la alta sociedad, ya fuera mariposeando alrededor de las familias Plunket-Green, Duggan o Lygon, o de amigos como Randolph Churchill o las hermanas Mitford. Para Waugh las casas en las que recibían fue toda una obsesión, compartida, por cierto, con Cyril Connolly, otro <<invitado>> permanente.

Tanto Una educación incompleta como sus Diarios (The Diaries of Evelyn Waugh, editados por Michael Davis en 1976), ofrecen el atractivo de ser un singular testimonio de alguna de las claves del arte narrativo de Waugh, y de la visión <<social>> y privada que sostiene el entramado de ideas y motivos novelescos, y hasta un tipo de personajes. La suya no es un pesquisa lineal, al contrario. Una educación incompleta es bastante sinuosa y se advierten los terrenos en los que su autor decide no aventurarse.

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Es cierto que para escribir algunas páginas de esta autobiografía parcial se apoyó en sus diarios, pero muchos de ellos habían sido ya destruidos para cuando se puso a la tarea. Habría que hablar de reconstitución talentosa, pero fragmentaria y azarosa, escogida, como suele ser común en el género, pero que, en este caso y por fortuna, no pierde un ápice de su valor literario y testimonial. No en vano el propio Waugh nos dirá que la tentación de todo aquel que emprende su autobiografía es o la ocultación o el dirigir la mirada del espectador, cosa que él hace poniendo de relieve aspectos familiares, mientras silencia o elude otros.

En 1922 Waugh acude a Oxford con una beca. En total pasó allí, en el Hertfrod College, un par de años, hasta que se licenció de manera mediocre. Fueron dos años deslumbrantes o así recordados, que Waugh pasó sumergido entre clubes de debates, amigos y relaciones ocasionales; mucha mística de la bebida, heredada dice él, de Belloc y Chesterton, y consistente sobre todo en una forma expansiva de alegría -<<no solo disfrutábamos bebiendo, sino estando bebidos>>-; genialidades diversas, propias y ajenas, que eran la expresión de una patológica necesidad de destacar que contrasta con su confesada voluntad de pasar inadvertido en los colegios de primaria y secundaria a los que asistió; cenas, y escarceos periodístico literarios, esteticismos varios, más vacuos unos que otros… buena parte de esto lo encontrará el lector en Retorno a Brideshead.

Los personajes de la galería que traza Waugh harían luego carrera en la política o en la literatura. A cuarenta años vista, advirtiendo de que puede incurrir en evidentes errores de percepción comunes a todos los biógrafos, los ve como auténticas curiosidades. Y de pronto, entre lo previsible del relato de su vida de estudiante en Oxford y la galería de afortunados retratos de la gente que conoció y le deslumbró, aparece está reflexión hermosa: <<El historial de mi vida allí es en esencia un catálogo de amistades>>. Así es como desfilan Alfred y Hubert Duggan, John Sutro, Terence Greenidge, Robert Byron, Harold Acton, el autor de Memorias de un esteta, que, se nota, consiguió <<sacudirle>>, Hugh Lygon, Graham Green, Anthony Powell, Ciryl Connolly y Maurice Bowra (a quien ridiculizaría más tarde), David Plunket-Green… Estos son algunos de los personajes que contarán, y mucho, a lo largo de su vida, algunos de ellos hasta el final de esta, por no hablar de su presencia, menos fantasmal de lo que él pretende, en varias de sus novelas.

Es mucho lo que Waugh se dejó en el tintero, pero al menos puso lo elemental para explicar su desconcierto en la entrada en la edad adulta, cuando no le quedó más remedio que ser profesor de secundaria en un colegio tan detestable como aquel al que él había asistido.

Y no podía faltar Waugh a la cita de la burla jocoseria en la forma en que esta tentativa autobiográfica se cierra cuando su amigo el esteta Harold Acton, que le gustara o no, tenía todavía mucha ascendencia sobre él, le da una opinión negativa y zumbona sobre las páginas de su primera novela. Waugh arroja el manuscrito a las llamas de la caldera del colegio.

Estamos en 1925, faltan tres años para la publicación de su primera novela, la que le daría el éxito social, y cinco para su conversión al catolicismo, y Evelyn Waugh, abrumado por su intensa sensación de fracaso, intenta ahogarse nadando hacia mar abierto hasta que las picaduras de las medusas le obligan a regresar a la playa. Ese suicidio, frustrado de una manera bufa, marca su verdadera entrada en la edad adulta dibujada como una cuesta arriba.

*** Prólogo a Una educación incompleta,  Libros del Asteroide, Barcelona, 2007.

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