Los pasos del cronista

 

427597EL libro en cuestión no es ninguna novedad y en consecuencia irá camino de ser un libro raro en busca de más raros lectores. Se trata de La horma de mi sombrero (Alfaguara). Las crónicas agavilladas en este libro revelan a uno de los más atractivos cronistas de estos años de pachanga, mediocridad, oportunismo, un verdadero lujo para sus lectores: Joan de Sagarra. Y siento si llego tarde a este festín literario.

Muy habilmente, en las crónicas de Joan de Sagarra se mezclan el pasado y el más estricto y sólo banal en apariencia presente, la deriva de las reminiscencias, las derivas del lector empedernido, bulímico, excesivo, que no se cansa de suministrar pistas a sus lectores -que provoca, más que busca la complicidad de sus lectores, que aviva su curiosidad y su entusiasmo- y un pasado casi irreconocible, hecho de ciudades como Paris, y del perfume de una época de cantantes ya casi desconocidos a los que dedicó un rotundo poema Jaime Gil de Biedma, <<Elogio de la canción francesa>>: Juliette Greco, Leo Ferre, Moloudjine -actor también en una película sobrecogedora, No matarás, de André Cayatte-, Serge Reggiani, Boris Vian…

Y junto a esos pasos perdidos la gastronomía, actrices, actores, gente de teatro, cine, pubs, cigarros, escritores de ahora mismo, como ese magistral Juan Marsé, siempre en la sombra del primer plano; y además, una forma de vivir intensamente una ciudad, Barcelona, de entregarse a su deriva, de entregarle los propios pasos sin contarlos, como escribía el poeta Jacques Prevert en su poema Londres. Joan de Sagarra escribe en este manual del perfecto flâneur (fue Mac Orlan quien escribió el manual del perfecto aventurero) la crónica de una época, la crónica de su haz, tan ridículo a veces, y de su envés, las cosas a las que nos agarramos para no naufragar, y lo hace mirando en el espejo de tinta de la melancolía, de la pasión, del entusiasmo envidiable por las cosas, de la memoria de lo vivido -esos recuentos de cosas vistas-, del humor vagabundo, el tíulo es de Antoine Blondin, el cronista deortivo, el dandi, el gamberro también, rompiendo lanzas rotundas en favor de los amigos, sacudiéndose las moscas cuando es menester, entre la elegante ironía y la sorna. Magistral.

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