La vida de los espejos

 

b67aa-espejos  EL reclamo de la magia era uno de los platos fuertes de los pasacalles circenses. Primero el fakir, el tragasables o el tragafuego, enseguida el conductor con los ojos vendados, detrás nosotros, como los ratones de Hamelin, Pinochos, hasta la carpa, hasta la pesada cortina del teatro de variedades de cuyo interior no se sale nunca. Una vez entré en uno de estos teatros, en un París fantasmal, cerca de l’Etoile. Echaban El rojo y el negro, con aquel inolvidable Gérard Philipe, pero en un entreacto que más parecía una parada técnica salió a escena un mago fantástico, un mago vestido de macarra, como lo oyen, de macarra de entonces, como de Saint-Tropez, algo así, algo bárbaro. Iba el mago vestido con un traje blanco y camisa negra y tocado con un sombrerito ridículo, pero nos hizo en un pispas el truco de la pecera vacía que sembrada de huevos de sucedaneo de caviar y después de algunas cucamonas aparece llena de pececillos rojos. El de los peces es un truco de ilusionismo que parece simple en el papel y de una complicación extrema cuando uno quiere llevarlo a la práctica. El mago se parecía a Vitorio Gassman en La escapada. Pero esto fue hace más de treinta años, en otra vida como quien dice, en otra de esas vidas que están en esta que tenemos todos, que era cuando los Reyes “traían” Cheminovas (por eso hay ahora tanto Cheminova andante que peina canas) y Juegos de Magia que no salían o salían poco, y dejaban entre las manos el regusto amargo del imposible no vencido, del otro lado intuido y lejano.

También fue en una de esas vidas de las que hablan los poetas surrealistas cuando traté con El Monstruo de Tanzania. El Monstruo de Tanzania no trabajaba en un teatro ni en un music hall para artistas de variedades -solo soy un artista de variedades, decía con desgarro el poeta Leo Ferré-, sino en una barraca de feria fantástica, en un truco basto de ilusionismo ful en la medida en que sólo lo son los que no salen y aun estos. El Monstruo de Tanzania había surgido, según berreaban los altavoces, los del señorasyseñores, roncos siempre de fritangas de churros y garrapiñadas, en la grieta de un terremoto y lo había capturado un explorador, que hablaba de le “cencia”, eso sí, muy tatuado, que lo exhibía en el Real de la Feria de una ciudad ya invisible. El Monstruo aparecía allí, después de los tamtams, en el fondo de un foso, aculebrado, medio mitológico o así, verde del todo, entre aserrines que simulaban arenas desérticas y pedruscos y huesos que no parecían humanos aunque dijeran que lo eran, lo que en el fondo era lo más real de aquella historia en la que yo intervine con mi toga de letrado raspa. La verdad es que lo mismo podía haber intervenido como vámpiro porque a pesar de que cité abundantemente a Jiménez de Asúa y otros, nos dieron un coscorrón en el alma y aun me duele. El Monstruo de Tanzania, era un mozo muy joven del sur con el que hice buenas migas enseguida y que me explicó el íntringulis de las ilusiones ópticas de todo aquello, lo que no deja de ser triste. Se le veía entusiasmado con el juego de los espejos, con las martingalas y las puestas en escena: <<Puedo mejorarlo>>, me decía convencido. Estaba envenenado. A pesar del serio empujón que le había propinado el mundo de los adultos y la gente de orden, cuando los chicos de su edad todavía andaban en COU o antes, el mozo estaba envenenado de la fiebre de la ilusión. Se veía que llevaba en el alma un Robert-Houdin, un David Devant o un Copperfield. Sólo pensaba en apariciones y desapariciones, en cestos y cajas mágicas (tal vez por darse cuenta que del lugar donde estábamos era más fácil entrar que salir), en simulaciones y encantamientos -olía mucho a zotal y hacía un frío de miedo-, en ilusionismo, en fantasías y transformaciones, en hipnotismos y espejos mágicos, en caminar por esa estrecha senda de lo posible y lo imposible. Aquel mozo era ya un experto en no ver el horror que tenía delante de las narices, quería regresar a su escena trucada como fuera, daba igual que fuera de monstruo o al modo de los fakires que primero aparecen descuartizados, luego recompuestos y al final se van para el cielo subiendo por una cuerda incendiada, con mucho humo y más petardeo, o en silencio, en la oscuridad furtiva del truco puro, que es sueño común y recurrente de ese territorio de las muchas ideas y ninguna buena que es el insomnio.

*** Artículo publicado en  Blanco y Negro, Nº 4142, Madrid, 22.11.1998.

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s