La estampida del oro

stevensontwain En 1879, el escritor Robert Louis Stevenson, el autor de La isla del tesoro, hizo un viaje en tren entre Nueva York y San Francisco, del que escribió una serie de reportajes con auténtica enjundia. No era para menos. El tren de Stevenson era uno de aquellos trenes que cruzaban, de costa a costa, los incipientes Estados Unidos y hacían ya innecesario el viaje de los buscadores de oro a través del Cabo de Hornos o del istmo de Panamá, por la ruta que, en otros siglos, habían seguido piratas como Morgan, Bartholomew Sharp o el fantástico William Dampier.

Un tren, aquel en el que viajó Robert Louis Stevenson, abarrotado de gentes que esperaban hacerse de oro no bien desembarcaran en la costa del Pacífico y pudieran perderse hacía Río Sacramento, el American River, Stockton o el condado de las Calaveras. Un tren que se cruzaba con otros, igualmente abarrotados, que regresaban y cuyos viajeros les gritaban: <<¡Regresad!>>. No había oro para todos, pero eso no quitaba para que aquella fuera una de las grandes epopeyas de la <<especie humana>> (Robert Antelme) en el siglo XIX. Allí, en aquella loca carrera había hombres y mujeres de todas clases, credos, profesiones, nacionalidades, lenguas, razas, subrazas, tribus y un único objetivo: el oro, o cuando menos el bienestar que los sistemas sociales, las guerras o las hambrunas les negaban.

Por la misma época, otro escritor, Ambrose Bierce, también grande, pero norteamericano este, dejó dicho en su Diccionario del diablo que un inmigrante era una <<persona desinformada que cree que un país es mejor que otro>>. Como humorada sarcástica no es mala, pero lo cierto es que unos países tienen bienes que otros no tienen: sanidad, educación, vivienda más o menos digna, trabajo, alimentos, ocio y hasta libertades y derechos elementales, que hasta pueden asegurar un mínimo de dignidad.

Pero lo importante de esos artículos de Stevenson, que era más un tránsfuga que un inmigrante, es que fue testigo de los modos y maneras padecidos, dentro del mismo tren, por los chinos que viajaban en un vagón aparte, por los indios de la praderas y por lo habitantes de la región de antes de que en 1848 se descubriera oro en la serrería del <<coronel>> Sutter y comenzara la estampida.

Stevenson se rebela indignado contra el trato injusto, injurioso, racista, que padecían los inmigrantes de otras razas, allí donde se estaba organizando un imperio blanco, yanqui por supuesto. No habla de los hispanos, pero su testimonio no es el único, e hispanos había, a miles, y rusos, franceses, italianos, suizos, vascos, nórdicos, galeses, escoceses, irlandeses… Es, como digo, una epopeya asombrosa, en algunos de cuyos empeños <<trabajaron piratas chinos al lado de rufianes de la frontera y pillos evadidos de Europa, entendiéndose unos a otros por medio de un dialecto extraño que se componía en su mayor parte de juramentos, jugando, bebiendo, peleando y asesinándose unos a otros como lobos>>.

Stevenson se da cuenta de que ningún país se somete de buen grado a la inmigración, como tampoco quieren someterse a la invasión, ambas son <<una guerra a sangre y fuego, y la resistencia a cualquiera de las dos no es otra cosa que legítima defensa>>. Claro que. aquel vibrante abogado de la dignidad y de las libertades que a ella coadyuban, se lamenta de que la tradición libre e igualitaria de la república, se ve pisoteada precisamente por quienes en ella se abanderan de forma campanuda e hipócrita. El creer en ciudadanos de primera, de segunda y de tercera es un asunto viejo, que hunde sus raíces en un mundo de amos y de siervos, de razas superiores y de razas inferiores, de sangres limpias y de sangres sucias.

En la California de la época cundía un racismo brutal del que eran víctimas los indios norteamericanos, los chinos y los hispanos, vulgarmente llamados <<mexicanos>> o greasers, para no meterse en honduras de si en realidad eran <<peruvianos>> o chilenos, de los que había miles, ya que Chile era el granero de la región: exportaba trigo y los barcos regresaban con lastre de pino Oregón del que tiraban para la construcción y para las más hermosas carpinterías interiores del viejo Valparaíso.

Corrían tiempos de xenofobia y de racismo, impunes, sin testigos de cargo. Los inmigrantes concitaron de inmediato el tradicional e inveterado odio xenófobo y racista de los yanquis anglosajones, que se materializó en un sin número de asesinatos, robos, atrocidades impunes padecidas por los hispanos cuya historia a quedado tan a tras mano que parece inexistente. Cuando un pueblo no tiene pasado remoto, mucho menos lo tiene reciente. Los pasados fundacionales suelen estar limpios. Eso no impidió ni la estampida ni la creación de una sociedad nueva.

No es difícil acordarse de ese lejano tren de Robert Louis Stevenson ni de esa estampida profundamente transformadora del escenario que la recibe, con las brutales tensiones y malestares sociales que provoca, cuando se ven las colas de la sopa madrileña, los dormitorios del vagabundeo urbano, las ciudades siempre invisibles del extrarradio; los autobuses que salen nocturnos de las cercanías del mercado Oborn, en Bucarest, en dirección a ese oeste de la Europa del bienestar; la llegada incesante de pateras con su carga de vivos y de muertos anónimos que desaparecen en las trastiendas de los cementerios o en los centros de acogida; el desembarco del pasaje de los aviones que llegan de la América andina en una especie de búsqueda de El Dorado a contrapelo; el pase silencioso, continuo, como de reloj de arena inacabable, por las antiguas fronteras de gentes que vienen de remotas regiones de China o de esa Rusia sin otros zares que la inmensidad del territorio, en busca de un poco de ese oro que aquí parece sobrar o de empezar de nuevo o de empezar a secas, y a quienes tarde o temprano las viejas leyes, las costumbres de un tiempo que se aleja por la brava nos resultarán a todos insuficientes. Hace años que los nuevos tiempos estaban aquí. Llegaron los bárbaros, traen especias nuevas, alfabetos, lenguas, dioses domésticos, instrumentos musicales, leyes, mitos, cuentos y una violencia, sí, que invita cuando menos a reflexionar en la propia, como los irlandeses que en aquel tren lejano brutalizaban al indio cheroqui que cogían por banda, igual.

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