Hugo Pratt

 

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HUGO Pratt (Rimini, 1927-Pully 1990), es uno de esos casos de creadores que sostienen con su vida las peripecias de sus personajes y que han tejido al margen de ellos una tupida red de leyendas, de mentiras y de verdades que exceden el papel. Lo explica muy bien el creador de ese inolvidable marino de fortuna que es Corto Maltese en dos de sus libros de memorias y reminiscencias autobiográficas: Antes de Corto y El deseo de ser inútil (buen título para explicar la andadura de quien decide ponerse el mundo por montera e irse a la Tierra de Fuego del sentido común).

No es de extrañar la amistad de Pratt con Alvaro Mutis, los dos frecuentadores de ese hotel Esmeralda de la orilla izquierda del Sena, frente a Notre Dame, los dos conversadores de los márgenes y de lo inverosimil. Al margen de Corto, en sus papeles de identidad aparece un Pratt aficionado a la Kabala y a las ciencias ocultas, viajero por la Irlanda de resonancias celtas, por la Patagonia argentina y la Tierra de Fuego chilena, donde sus pasos se cruzan con los de Chatwin, por el río Uruguay -el Uruguay no es un río que es un cielo azul que viaja-, por Etiopía y Somalia, por Canada y Amazonia, hacia las fuentes del Nilo o hacia los laberintos que esconde el Mediterraneo, peatón de muchas ciudades y en concreto de esa laberíntica Venecia donde vivió y que estuvo en el centro de la espesa tela de araña de su vida, una Venecia tapiada, oculta, misteriosa, sólo buena para viajeros de papel, para inventores de verdad. Pratt es otro caso curioso de esos profesionales de la errancia que a la vez han trabajado como forzados en su arte particular y que al margen de sus aventuras y trapisondas han acumulado una cultura libresca descomunal, extraña, caprichosa. Enigmático Pratt que aparece tras la sombra de Corto Maltese, el aventurero, el escudriñador de los rincones raros de la historia reciente, el experto en Tarot y amuletos varios, de los que Venencia fue uno de los lugares donde más fantásticos se llegaron a fabricar y entre ellos el anillo de San Huberto, el que permite viajar por el aire y el tiempo al conjuro de la fantasía.

*** Artículo publicado en El Correo, Territorios, 22.9.1999

 

 

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