Cielo cubierto

 

IMG_8613EL Mercado de las Pulgas de París seguía el otro día como siempre, ajeno a la amenaza de las profecías oraculares de Miguel de Nostradamus interpretadas por Paco Rabanne. En sus calles estaban los mismos trileros, timadores, vendedores de lo inverosimil -<<¡¿Pero eso se compra, eso, pero quién Dios mío, quién?!>>, voceaba como un loco Céline cuando describía el escaparate de la tienda de curiosidades que tenía su madre en el Pasaje Choisseul-, todos envueltos en olores y humos de merguez a la brasa, de garrapiñada, de cueros, incienso, humedades profundas y humos tan varios como intensos.

El bullebulle en torno a los pecios y mercaderías era por completo ajeno a la amenaza de que un día de estos, el del eclipse del año y a la vez el de las Perseidas, el cielo del verano vaya a desplomarse sobre las cabezas de mirones, de vendedores y compradores igualmente compulsivos, de descuideros, de coleccionistas atrabiliarios.

En la Brasserie Biron había un estupendo Côtes de Vauvray y música de acordeón y de guitarra, y una cantante de otro tiempo, con su voz de guasa y de desgarro, rubia, cantaba en francés y portugués aquellas canciones melancólicas y desgarradas de las que habló Gil de Biedma, y al final pasaba un sombeero de copa, negro, descomunal que era un anuncio de champaña.

En la rue des Rosiers, los ceremoniosos senegaleses vendían sus mejores piezas de arte africano en el fondo de esos tabucos abigarrados que huelen a sebo, a humo, a tierra, a esparto. En resumen, que casi todo de esa formidable vanitas que es un mercado de restos estaba en su sitio, en el orden de siempre, nada hacía pensar en esa amenaza del porvenir podía dejar el panorama mondo, como no fuera el vendedor de ediciones un si es no es guarreras de las profecías sombrías de Nostradamus. Y aun este tenía que competir duramente con el que prefería, por el mismo precio, ojear el mínimo tratado diciochesco De la Gaieté, que escribiera el marqués de Caraccioli, acerca de ese misterioso asunto del que todo el mundo parece saber mucho y en la práctica demuestra no saber nada, que excluye la desconfianza, los agüeros (famosos), el dar crédito a los signos de apocalipsis que resultan invisibles para la mayoría y el hacerse los sesos agua consultando insomnes los grimorios que, cosa curiosa, jamás ofrecen nada moderadamente dichoso que induzca a la celebración de la existencia.

*** ABC, julio de 1999 [Al regreso de un breve viaje a París, rue de Courcelles]

 

 

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