Veleros de once metros

 

6751970_origA A mí los navegantes solitarios me resultan una gente envidiable, algunos, como el vasco José Luis de Uriarte parecen monjes zen, otros como el bárbaro de D’Aboville, el aventurero bretón, de la estirpe de los vendeanos, parece un hombre de otro tiempo y sin duda lo es: sólo hacía falta oirle por la radio el día que, en  una tormenta, se partió la cara con un remo en medio del Pacífico. He seguido con interés y emoción sus andanzas, siempre. Hay otros. Hay muchos. Y algunos, como Bombard, como Gerbault, como Marin-Marie, son más que novelescos.

Además, la navegación en solitario es un emblema excelente en un mundo que los ha perdido, de la forma en la que uno debe conquistar su mundo, su indentidad profunda, como persona, a pesar de los pesares.

Uno de los mejores relatos que conozco es de Joshua Slocum, el primer circunnavegador solitario a bordo de un velero de once metros, que fue a parar a esas islas que andan estos día otra vez de moda en los papeles, las de Juan Fernández, las que fueron cárcel de la Inquisición y a la que fue a parar aquel marino que la literatura inmortalizó, Alexander Selkrik, modelo del Robinson Crusoe de Daniel Defoe, a quien Borges dedicó un poema, y Tournier una novela admirable. El relato de época, el abandono confuso en la isla, tal vez a causa de un motín, de Selkrik, marino en el Cinco Puertos, y su encuentro con el indiano Will Moskita (Viernes) que ya estaba en la Isla cuando llegó Robinson, se las trae.

Slocum llegó al Archipiélago de Juan Fernández el 23 de Abril de 1896. Lo vió desde lejos. Vió sus montañas verticales alzarse hasta quedar cubiertas por las nubes, estuvo allí y comerció con los nativos, en el borde la inexistencia, con café, sebo y algo que me temo fueran donuts (o algún comistrajo parecido). A cambio le dieron unas monedas antiguas que podían proceder de un galeón hundido y que luego vendió con ventaja a un anticuario de Boston. A lo mejor venían del tesoro escondido por el capitán Anson -vease esa joya de la literatura del mar que es Viajes del Capitán Anson por la América Meridional-. Cuando Slocum dejó a su espalda uno de eso mundos donde florece el buen salvaje y se adentró en el Pacifico rumbo a Las Marquesas sin otra compañía que sus libros, el timón y la aguja de coser. A veces no hay mucho más.

*** Ignoro dónde fue publicado, tal vez hacia 1998 o 1999.

 

 

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