Músicos muy tocadores

robert-doisneau-juliette-grc3a9co-saint-germain-des-prc3a9s-1948

EL padre Isla sostenía (Cartas de Juan de la Encina contra un libro que escribió don Jospeh de Carmona, cirujano que fue de la ciudad de Segovia, intitulado Método racional de curar sabañones) que le gustaba la música, pero que le mataban los músicos si estos daban en muy tocadores. Viene esta digresión a cuento vago (si es que las digresiones vienen a cuento de algo) de algo que me parece decía Fernando Savater a propósito de Cioran y de otros ilustres pesimistas y nihilistas y otras gentes de vivir cojitranco: que cuando uno anda bajo de moral, bajo la nube y demás, nada como leerse unas páginas de esos moralistas a contrapelo para coger aire y decir eso, <<¡Airé!>>, y seguir camino adelante. Para esos achaques del alma leves la literatura (alguna) viene a ser un bálsamo del tigre, que no cura, pero alivia un rato (o dos). Son como un revulsivo eficaz, no sé. No hay otra.

<<Para los desarreglos estomacales leves, un buen gulash, bien especiado, es un revulsivo excelente>>. Lo decía aquel inolvidable doctor Sirota, judío polaco, hace mil años, en el extrarradio de París, en Aubervilliers, en el cinturón rojo, donde situó el poeta Jacques Prévert su hermosísima canción Petits enfants de Aubervilliers, petits enfants du monde entier… Aubervilliers, el puerto de llegada de los polacos, los republicanos españoles, los moros, los rusos, los emigrantes y los exiliados con o sin pasaporte Nansen, los chabolistas del mundo entero. Jacques Prevert, Joseph Kosma, Marcel Carné… una sensibilidad en blanco y negro, un romanticismo del desastre, de la derrota, de la desdicha. El mismo del que habla Jaime Gil de Biedma en <<Elegía y recuerdo de la canción francesa>>: “tú que cantabas la heroicidad canalla/ el estallido de las rebeldías/ igual que llamaradas, y el miedo a dormir solo,/ la intensidad que aflige el corazón.”

Canción francesa, de entonces, de hace treinta, cuarenta y más años, canción francesa o canciones de Paco Ibañez, canciones americanas de rebeldía, como las de José Larralde y otros, canciones, poca cosa, instrumentos de melancolía, sombras alargadas de la soledad para un sol literario. Hoy podríamos escribir otra nueva elegía, pero sería la nuestra, me temo, pura vanitas, puro sueño del caballero, velas apagadas de Pereda o Valdes Leal, anónimos pintores del tenebro. Hace tiempo que dejé de poner música mientras trabajo, prefiero el silencio, ese silencio espeso que ahora, con el frío adelantado del otoño, con la transparecnia del aire, con las noches de las constelaciones, se agudiza. Tal vez prefiera el silencio porque los ruidos que tengo dentro del zacuto de pensar (Torres) me bastan y me sobran y por eso puedo regalarlos o venderlos al detall. O tal vez lo prefiera porque los músicos dan en muy tocadores y me matan. No lo sé. Y aun, por encima de ese descrédito, de esa elegia autobiografica, de ese epitafio antes de tiempo, en los días borrascosos escucho y sigo y tarareo esos poemas bárbaros y sencillos, chocarreros, desgarrados y tiernos, de aque poeta combativo donde los hubiera que fue Leo Ferré, sus artistas de variedades, nosotros, los que andamos en el hampa esta literaria, sus poetas que van con el dni en la boca, su 68 que es nobleza de calendario en lugar de serlo de espada o de toga, su Richard cuando se habla tarde en la noche de problemas de melancolía y alguien quiere tomar la última, para el camino, o la última a secas, su grito anarco <<Ni Dios, ni amo>>, que da título a uno de esos monólogos poéticos atiza seseras que seguramente dan, como el místico cohete de Quevedo, en nada, en poca cosa, en caña chamuscada, porque no pretenden otra cosa, y aun así, quién sabe. Así las cosas, así los memoriales, así aquellas canciones del verano, del último verano, las de la vergüenza y la mentira, la deslealtad a los propios sueños: <<Nunca te entregues ni te apartes/junto al camino, nunca digas:/ no puedo más y aquí me quedo,/ y aquí me quedo>>. Para encontrar heridas de muerte las palabras hay motivos más que sobrados, viene habiendo motivos, y aun así, uno pone la oreja en la noche, como si la noche fuera una caracola, la caracola de un ingeniero y de un obrero del verso, y escucha en su fondo la voz del mozo que ha sido, y lo conoca, antes de que los músicos den en muy tocadores, antes del frío.

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s