La sonrisa helada

nsmbl-Mark-TwainDE Mark Twain uno se queda con la idea del escritor que fue un experto en navegar contra corriente. De hecho yo sigo viendo su Huckleberry Finn como un raro, equívoco también, manual de rebelión adolescente. Twain tuvo algo de aventurero y de pionero del periodismo, navegó por el Mississipi, escribió como un forzado, ganó dinero y se arruinó, pagó sus deudas con su escritura compulsiva (algo muy balzaquiano por cierto), viajó, dio conferencias, fue un autor de éxito. Una vida intensa que resulta a la postre novelesca.

Twain, por si sus lectores no se habían dado cuenta, y esta especie de ramillete hecho caprichoso breviario de bolsillo para las horas bajas, plagó su obra de aforismos, de agudezas (y artesde ingenio por cierto), de finas chocarrerías (si tal cosa es posible) en las que brilla la ironía y el sarcasmo. Digo lo de las horas bajas porque el mismo Twain sabía y por eso echo sus ironías sobre el particular, que alguien que goce de una salud de hierro, poco dado al puritanismo y con el bolsillo caliente, a los aforismos no se arrima. Al día siguiente, cuando toca examianr lo inconstante que es el coraçon humano y lo débil de nuestra condición, tal vez.

Su análisis de caracteres le acercan más a un agrio, a un sulfúrico Chamfort (con ese ácido quiso borrarse el rostro, su detestado rostro de árcangel… decían), que a un De La Rochefoucauld, pero de la amargaura última, de la estocada, del portazo en el rostro le separa el humor, un humor franco, restallante de ingenio, con unas pinceladas de ternura, de piedda última (ay, le humor como rebelión contra el dolor) que otros moralistas (y otros humoristas) no se habrían permitido. Y algo más, Twain se nos muestra confortablemente instalado en su propia piel, a pesar de los pesares y por su causa. Todo su ingenio es una forma de instalarse en la existencia para recibir los menores daños posibles por parte de los poderosos y de nuestros iguales, y de todo el que siente la tentación de meternos de una forma u otra el dedo en el ojo. De hecho sus aforismos son una invitación clara a sobrellevar las pejigueras y los empujones, una especie de bálsamo del tigre de papel sobre el que su autor tampoco se hace ilusiones. Son de papel: el bálsamo y el tigre.

La de Twain es una desconfianza radical en el ser humano -el suyo es un precedente inmediato, al menos en el tiempo, a H.L.Mencken-, en ese prójimo que casi nunca lo es, con quien mantenemos ambiguas, trapaceras y convencionales relaciones que nos sirven para afianzar, a su costa, nuestra estima. Paradójica desconfianza porque lleva implicita una curiosa confianza, la del moralista que sabe, porque nos lo dice que es más fácilnseñar al prójimo a ser bueno que serlo uno mismo. Mejor la absolución y la tolerancia, mejor proscribir la cicatería del alma, mejor la risa: <<Ante el asalto de la risa nada se sostiene en pie…>>. Convengamos. Pero convengamos también que en ocasiones el espejo nos hiela la carcajada.

** Mark Twain, Ante el asalto de la risa nada se sostiene en pie, Aforismos, sentencias y reflexiones seleccionados y traducidos por Maurico Bach, Ed. Península, Barcelona, 1998, 157 págs.

*** Artículo publicado en El Cultural, de ABC, Madrid, 5.11.1998

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s